Viejos recuerdos

             Este relato resultó premiado en el XXV Concurso literario “Benjamín Jarnés” 2016-2017, categoría B, narrativa.

 

    Una figura oscura recorría la silenciosa calle nocturna con paso rápido y vigoroso. Aquellos con los que se cruzaba no se atrevían a dedicarle una sola mirada, tan amenazante resultaba su delgada figura. Como si se acercara a su destino, su marcha se ralentizó. Giró una esquina, entrando en un callejón, y se detuvo, intranquila.

       ¡Todo es tan similar!

       En el horizonte, la misma luna llena atravesada por unas finas nubes que ocultaban su brillo. Por entonces iba al instituto, acabando su último curso de secundaria. Dos horas a la semana entrenaba judo, ya que sus padres siempre andaban preocupados por su seguridad. Y, cada día, con la intención de ayudar  en el negocio familiar, trabajaba hasta el cierre en la cafetería. En esa época, ella lucía una melena castaña, y solía vestir con vaqueros y tirantes. Era una joven corriente. Pero qué lejos quedaba todo eso de su look actual, con el pelo más corto, más claro, tanto que contrastaba con su traje de cuero negro.

       Aunque hacía ya mucho tiempo de aquello, y no estaba aquí para rememorar momentos alegres. Con eso en mente, logró centrarse en su objetivo. Era su gran prueba, su futuro dependía de lo pasara hoy. Igual que solía hacer diez años antes, salió del callejón con un suspiro y se dirigió al edificio tan rápido como le era posible sin levantar sospecha. Evitaba mirar a todos los que se pasaban a su lado. Bajaba la cabeza cada vez que veía a alguien, esperando que no la reconociesen. De todos modos, no creía que nadie la identificara como la chica desaparecida tantos años atrás, y le alegraba. Ya había superado esa parte de su vida y no tenía forma de volver a ella. Tampoco lo deseaba. Esperó a que el semáforo que la retenía pasara a verde y cruzó la calle, sabiendo que, ahora sí, se acercaba a su destino. Suspirando, evitó el estremecimiento que amenazaba con recorrerle la columna vertebral, sacó un juego de llaves y entró en el bloque donde había vivido, el que había sido su hogar.

       Sin hacer ruido y sin apretar el interruptor, cruzó el corto pasillo. Se detuvo un momento frente al ascensor, dubitativa. Un segundo más tarde subía rauda las escaleras. Al llegar a la tercera planta dirigió una melancólica mirada hacia el apartamento de la izquierda, recordando todas las veces que había cruzado aquel umbral, y siguió subiendo. No, no estaba allí para eso. Por fin llegó al quinto piso y se detuvo, atenta. Tras comprobar que no había nadie cerca, llamó a la puerta del centro. Un momento después, una voz somnolienta, claramente sorprendida por el timbrazo a esas horas de la madrugada, dijo: ¡Ya voy!

       Kate escuchó aproximarse al inquilino con una sonrisa irónica. Menuda sorpresa se iba a llevar. Más tranquila, se apoyó en la pared del ascensor con los brazos cruzados, lo que hizo crujir las mangas de su chaqueta. Se encendió la luz en el interior del apartamento y se abrió la puerta, mostrando a un muchacho de unos 29 años, que, vestido con un pantalón de chándal, bostezaba tapándose la boca.

       Todo cesó de repente al percatarse de la oscura figura. El joven se frotó los ojos para descubrir quién se había presentado en su puerta. Kate, riendo, se adelantó:

       -Cuánto tiempo, Adam. –El chico se echó para atrás, incrédulo, y forzó la vista para ver que era la cara de su mejor amiga, desaparecida tanto tiempo atrás-. Tranquilo, ya me acerco, sólo quería reírme de tu cara -dijo empleando la voz cargada de ironía que siempre había usado con él.

       -¿Kate? ¡Kate! ¡No puede ser! Pero, pero ¿eres tú? ¿En serio eres tú? Ven. Pasa y cuéntamelo todo.

       Kate, aliviada por la invitación, entra, e inmediatamente recibe un abrazo que la coloca en una situación embarazosa. Tras lo que a ella le parece una eternidad, él se separa, incómodo.

       -Esto… bien. Perdona. Ve al comedor y ponte cómoda que voy a pillar algo de ropa. Pero… empieza a contar. Quiero enterarme de todo –le pide mientras recorre veloz el  pasillo-. ¿Cuándo has vuelto? ¿Lo saben tus padres? ¿Estás bien?

-A ver, a ver. Relaja, que tenemos tiempo. Te muevo esto, ¿vale? –Ella sigue sus pasos hasta encontrarse en la salita y se hace hueco en el pequeño sofá, dejándole la silla a Adam, que en un instante aparece poniéndose una camiseta corta-. Estoy bien, acabo de volver, no, no lo saben mis padres, y, si dejas de mirarme como un bobo, te explicaré lo que me ha pasado en estos años –termina de hablar haciéndole un guiño y mostrando una media sonrisa, buscando tranquilizarle.

       -¡Pero cómo no voy a tener cara de bobo con el alegrón que acabas de darme! Ahora que caigo, ¿quieres algo? ¿Agua, un refresco? -le ofrece, aún excitado por la situación-. Espera, ¿has venido a verme antes que a tu familia? ¡Eso no está bien!

       -No quería presentarme ante ellos a estas horas. Y como hay mucho que contar, esperaba que me dejases estar aquí un rato -dice ella algo crispada-. Siéntate anda, que me estas poniendo más nerviosa aún.

       -Lo siento. Estoy que no me lo creo. Tanto tiempo dando por sentado que ya no ibas a volver, y… ¡y has vuelto! –Adam se sienta en la silla y respira hondo para no incomodarla. Esto le recuerda a los viejos tiempos, cuando venía a su casa para pedirle ayuda y no lograba articular palabra alguna-. Ahora que me fijo; ¡has cambiado muy poco! Aún tienes ese aire de niña adolescente, a pesar del pelo y del look a lo motera –bromea, más calmado al fin.

       -¿En serio? Supongo que será un halago, ¿no? Tú, por otro lado, has dejado de ser el delgaducho que eras y te has puesto más guapo… ¿Será que le has echado el ojo a alguien?

       Pasan una media hora intercambiando puyas y comentarios, hasta que Kate decide que es el momento de contarle todo lo que ocurrió.

       -Bien… Me parece que ya nos hemos divertido suficiente. Supongo que aún querrás saber todo lo que ha pasado y por qué desparecí sin dejar rastro, ¿no? –Kate cambia a un tono más seco y formal.

       -¿Es necesario preguntar? –dice él, y su cara adopta ese gesto de curiosidad que tanto le llamaba la atención.

       -No has cambiado en nada –comenta ella-. Y eso es bueno. Pues… allá voy.

       Hace ya diez años de ese 14 de abril, pero no he olvidado un solo detalle. Yo, como siempre, hacía el último turno de la cafetería, cuando apareció un cliente. Le dije que iba a cerrar. Él se disculpó y salió sin más dilación. Sin darle más importancia recogí la cocina, me cambié y eché la persiana. Hacía un poco de frío para esas fechas, así que caminaba a buen ritmo, dándole vueltas a si me había dejado el calentador encendido al salir hacia el instituto. Atajé por el callejón de los gatos, y sentí que alguien me seguía. Recordando lo que me había dicho el profe de judo, corrí en busca de la luz de las farolas. Sin embargo, esa persona fue más rápida, y logró cogerme antes de salir a la avenida. Yo quise quitarme el agarre a la vez que pedía ayuda, pero por mucho que lo intenté, no pude moverlo ni un centímetro. Entonces, desesperada, vi al asaltante. Era un chaval como tú o como yo en aquella época. Vamos, un tirillas que no llegaría a los veinte. Pero me dio la sensación de que algo no encajaba, como si estuviera loco, no sé si me explico. Me quedé paralizada. No tenía ni idea de qué más podía hacer. Así que, supongo, tiré la toalla.

       -¿Ya te has relajado? Has tardado más de lo que esperaba –me dijo el joven. Llevaba un chándal oscuro, con la capucha de la sudadera ocultándole la cara. Sin embargo, sus ojos relucían. Ya sabes, como en las pelis.

       -¿Qué quieres de mí? –le pregunté, tan aterrorizada que me costaba hasta hablar-. No llevo dinero, así que ¡por favor, por favor, déjame ir! ¡No me hagas daño! –creo que ahí empecé a sollozar.

       -Calla y deja de llorar. –No sé por qué, pero le hice caso-. Mírame –otra vez, le obedecí. Me levantó del cuello como quien mueve un lego, y pude reconocerlo: era el tipo del bar. Me puso de espaldas y se acercó, colocándose detrás de mí. Noté un pinchazo en el cuello y cómo un hilillo de sangre recorría mi espalda. Entonces mi cuerpo se adormeció. Y no recuerdo más de esa noche.

       -Te das cuenta ahora, ¿verdad? Es lo mismo que te está pasando a ti, querido. Sí. Veo el miedo en tus ojos. Pánico porque no puedes moverte. Quizá no deberías haberme invitado a entrar. Pero no tengas miedo. No vas a morir hoy. Al contrario. Vas a descubrir otra faceta del mundo. Una alucinante –dijo con dulzura. Se levantó y, con una fuerza  mucho mayor de la que aparentaba, sujetándolo del cuello, alzó a Adam. Este, inerte, solo controlaba sus ojos. Ella le besó en la boca, recordando viejos tiempos.

       ¡Sí, qué buen sabor! Justo como lo recordaba. Vas a ser perfecto, Adam.

       Separó sus labios, dejó que sus colmillos se alargaran, y mordió el cuello de su antiguo novio, deleitándose en el cálido sabor de la sangre. Intencionadamente dejó escapar un hilillo rojo, justo como el que había descrito en su historia. Sin embargo, alteró un detalle. Adam seguía consciente cuando, utilizando un colmillo, se abrió una pequeña pero profunda herida en la muñeca. Él, impotente, vio como ella dejaba caer tres gotas de su sangre en su boca. Kate notó como el placer recorría el cuerpo de Adam. Sonrió excitada. Sí, acababa de hacer lo que se esperaba de ella. Pese al temor inicial, pese al recuerdo de su propio martirio, sentía que era lo mejor que haría jamás.  Había creado otro vampiro.

Balón

    Habíamos quedado en casa de Inal para preparar el trabajo de clase. La verdad es que al principio aquello parecía una jaula de grillos. Vamos, como casi siempre. Nuestra compañera Egrid gritaba más que todos juntos, sobre todo cuando se trataba de llevarle la contraria a Julio. Casandra y yo nos miramos y en seguida nos pusimos de acuerdo. ¡Ya teníamos costumbre! Les dejamos seguir mientras acabábamos la merienda y, en el viaje a la cocina para recoger los platos y traer unos refrescos preparamos por encima cómo íbamos a llevar aquel grupo adelante.

    Regresamos con los zumos y nos pusimos a trabajar ambos, papel y lápiz en mano. Poco a poco los demás se fijaron en nosotros y se unieron. La primera fue Inal.

    -¿Qué habéis pensado hasta ahora Cas? -así llamábamos a Casandra y a ella no le importaba.

    -Bueno, como es el mundial de fútbol en Sudáfrica, creo que podemos recoger información sobre ese país y presentarla en clase. -Fui yo quien contestó, en previsión de la algarabía que sabíamos se iba a formar.

    -¡Ya están los chicos con sus cosas! -dijo Egrid. -No sé porqué sólo os preocupan los deportes. Podríamos hablar de las reservas de elefantes en Tanzania o de los diamantes de sangre. El otro día vimos una película que iba sobre eso. Es muy triste.

    -Claro -saltó en seguida Julio-, porque a ti te van los bichos. Podríamos hacer el trabajo sobre el Sahara. Mi abuelo cuenta muchas cosas de cuando su padre estuvo allí con no sé qué de una “Marcha Verde” y Marruecos. Y luego lo de la señora esa en huelga de hambre. No sé, podría ser interesante saber qué pasó.

    -Ya. Fútbol o peleas. ¿Es que no podéis pensar en otra cosa? -contestó enfadada Egrid.

    Casandra habló bajito, dirigiéndose más a Inal y a mí y siguiendo el truco que siempre nos funcionaba con aquellos dos peleones.

    -¿Y si en vez de mirar en los libros lo que ocurre se lo preguntamos a los niños de allí? ¿Y si les pedimos que nos cuenten cómo viven de verdad, cómo son sus escuelas o en qué trabajan sus padres? ¿A qué juegan o donde van los días de fiesta?

    -Eso mola -dije yo. -Pero ¿no será muy difícil?

    -Estaría bien -apoyó Inal. -Pero, es verdad. Nosotros no vamos a poder hacer eso.

    -Ya, claro. Ahorramos de las propinas y nos vamos a hacer de reporteros por África. ¿No te joroba?

    -Tú siempre tan positiva, Egrid -le respondió Julio. -No sé, podemos hacerlo por correo electrónico.

    -Como que en África todos tienen ordenadores. No ves que son pobres. Porque si vamos a saber de la vida de los niños allí, yo quiero que sean niños de pueblos, de los que viven en la selva y eso.

    -Pues lo hacemos por carta. Podríamos hablar con el cura, que seguro que hay algún misionero por allí.

    -Una tía mía es voluntaria en una O.N.G. que trabaja en África -apunté. -Igual nos puede decir cómo hacerlo.

    Casandra no dejaba de tomar notas mientras los demás hablábamos. Una de las veces me guiñó el ojo: Egrid y Julio, aunque fuera por llevarse la contraria entre ellos, estaban colaborando. La sonrisa de Inal nos hizo ver que había descubierto nuestro plan y que estaba de acuerdo.

    -De acuerdo entonces -intervino Casandra en un repentino silencio. -Julio se encarga de hablar con el cura y Jaime le pregunta a su tía por lo de la O.N.G. esa. Egrid y yo prepararemos una serie de preguntas que hacerles para que nos cuenten lo que queremos saber. Inal y Alfonso, que os manejáis bien en Internet, mirad a ver qué países pueden resultarnos interesantes y nos dais datos para que podamos decidir. Coged seis o siete y así podemos elegir tres, por ejemplo. Además, si esto no sale, siempre nos servirá para esa primera idea de contarles a los de clase lo de Sudáfrica ¿Os parece bien que nos veamos el sábado por la mañana? Casandra se había salido con la suya.

*****

    Durante los días de clase nos íbamos poniendo al corriente. La verdad es que a algunos de los padres les pareció una idea muy rara; pero al profe, que nos pilló en uno de los recreos y le tuvimos que contar lo que habíamos pensado, nos dijo que era muy buena idea. Que él nos ayudaría y que le mantuviésemos informado.

    El sábado nos reunimos en mi casa porque mi tía me dijo que vendría a vernos. Cuando se lo dije por teléfono se entusiasmó y me prometió que nos traería folletos y cosas de Manos Unidas, que es donde ella colaboraba.

    Cuando estuvimos todos, el sábado por la mañana, Casandra comenzó a preguntar.

    -A ver Alfonso e Inal. ¿Qué habéis encontrado?

    -Nosotros nos hemos repartido los deberes -empezó Alfonso. -Yo he traído información de Sudáfrica, Tanzania y Egipto. Inal ha recogido de Marruecos, Congo y Madagascar.

    -Pensamos en coger cada uno dos del norte, dos del centro y dos del sur -intervino Inal. -Por aquello de elegir. Como es un continente tan grande, con tantas razas, climas, religiones y eso. Así tendríamos también una vista de lo diferentes que son entre ellos.

    -Entonces tenemos que escoger entre Marruecos o Egipto, Tanzania o Congo y Sudáfrica o Madagascar -apunté viendo el mapa que nos habían puesto en la mesa.

    -Podemos votar -dijo Egrid. -Yo quiero Tanzania, que tiene que ser muy chulo.

    -Un momento -interrumpió Casandra a Julio que ya estaba defendiendo al Congo porque el nombre le gustaba y por enfadar a Egrid. -Antes de eso que nos cuenten un poco ellos lo que tienen y vemos qué nos dicen los demás. Porque igual es más fácil contactar con unos sitios u otros y ya no tenemos que elegir.

    -Es verdad -dije. -Mi tía me ha traído un montón de cosas de Tanzania. Me ha dicho que allí tienen varios programas de educación y no sé cuantas cosas más. Que puede ponerse en contacto con algún cooperante que esté en alguna aldea.

    -Vale -me apoyó Egrid encantada- pues el Congo lo tacho.

    -Entonces nos quedamos con Marruecos -saltó Julio. -El cura, que ha estado muy majo, me ha dicho que Caritas tiene sedes en Tánger y Rabat. Y que un compañero suyo del seminario está allí en un centro educativo para niños disminuidos psíquicos.

    -Pero eso son ciudades grandes -dijo Inal -y queríamos pueblos pequeños.

    -No creo que sea un problema -intervino Casandra. -Seguro que a alguien de la ciudad le costaría poco hablar con los profes de aquí.

    -Sí, eso es verdad -cedió Egrid. -Marruecos y Tanzania. ¿Y del sur?

    -Yo sigo con la idea de Sudáfrica, por lo del fútbol -dije. -Como estarán con tanto periodista y eso es fácil que nos hagan caso.

    -Bueno. Egrid y yo le dimos muchas vueltas a qué preguntarles y, la verdad, se nos hizo muy complicado. Sobre todo porque al no saber mucho de cómo viven, pues eso. Así que se nos ocurrió proponerles dos cosas.

    -Fue idea de Cas -acusó Egrid por justificarse.

    -Vale. Se me ocurrió. Egrid no estuvo del todo de acuerdo pero me ayudó a hacerlo cuando la convencí. Os cuento. Se trata de que algún niño de cada país nos escriba un diario de lo que hacen una semana normal y, entre todos los de clase, nos hablen de su pueblo y hagan un calendario explicándonos cuando y cómo son sus fiestas, con dibujos o lo que quieran, para ver sus casas, los trajes y eso. Como lo que hicimos nosotros en tercero con los compas de otros países. ¿Qué os parece?

    -Joroba ¡Qué buena idea! -dijo Alfonso. -Pero es una currada. A mí no me parece bien ponerles deberes a los niños.

    -Ya. Además seguro que al profe se le ocurre que lo hagamos nosotros también para mandárselo. Y yo paso de que nos metan más deberes.

    -Hombre -dijo Casandra-. -Míralo por este lado. Si estamos una semana haciendo eso igual nos libramos de algún ejercicio de cono.

    -¿Con Francisco? Ni en broma. Aunque si dicen algo podríamos proponerlo como tema para la semana cultural -sugerí. -Así matamos dos pájaros de un tiro.

    -¡Buena idea! -saltaron a la vez Egrid y Julio, de acuerdo por fin en algo-. Y encima nuestra clase seguro que queda la mejor del cole.

    -Ya, ya -siguió Alfonso a lo suyo-. Hemos resuelto nuestro problema. Pero sigo diciendo que les hacemos trabajar para que nosotros tengamos nuestro trabajo y buena nota. No sé, no me quedo tranquilo. Me parece tener mucha cara.

    Todos nos quedamos muy pensativos un rato no se nos ocurría nada. Y en el fondo Julio tenía razón.

    -¿Y si les hicierais algún regalo?- terció mi tía desde el salón. -Perdonadme; pero os estaba oyendo. Estaba esperando a ver qué decidíais para hablar con vosotros. Tenéis que pensar que vosotros sois unos privilegiados. Muchos niños en África sólo tienen una pizarra para dar las clases. Ni tablets, ni proyectores. Ni libros muchas veces. Y eso cuando hay escuela. Muchas veces no tienen ni juguetes.

    Nos dejó muy asombrados. Algo habíamos oído. Pero cuando nos enseñó las fotos de una escuela de Tanzania donde había estado un verano vimos cómo estaban los niños y fue impresionante.

    -Pues sí. Les podíamos mandar algo en compensación -dijo Alfonso.

    -Jo. ¿Os imagináis si les consiguiéramos un balón firmado por la selección? Sería la bomba.

    -No sé -dijo Inal. -A nosotros nos haría ilusión, pero a ellos. No tengo claro que un balón les saque de apuros.

    -Es verdad, Inal -dijo mi tía. -Pero muchas veces el gesto es lo que importa. Además, si lo movemos en los sitios adecuados podemos hacer que mucha gente se fije en el problema y se decida a ayudar.

    -Ya, como cuando los famosos apoyan alguna cosa. ¿Y de donde sacamos nosotros un balón firmado por la selección?

    -Bueno -dijo Egrid-, y si no sale podemos pensar en otras cosas. Como el mercadillo solidario que hacen en el pueblo.

    -Decidido entonces -terminó Casandra. -Vamos a repartirnos las tareas. Julio sigue el tema con el cura para lo de Marruecos y Jaime con Tanzania. Egrid y yo le daremos forma a lo que queremos para presentárselo a Francisco. Y lo difícil para Inal y Alfonso, porque con Sudáfrica no tenemos nada y tendrán que trabajarse lo de la selección.

    -¡Corcho! Con lo que me gusta a mí el fútbol -dijo ella.

    -Ya -rió Alfonso. -Para eso tu padre es el presidente del equipo del pueblo.

    Faltaba poco para Navidad y las cosas parecían ir fenomenal. Mi tía nos dio la dirección de correo electrónico de un cooperante que estaba de enfermero con un médico en Tanzania y en seguida nos dijo que sí, que le parecía estupendo. Sobre todo porque Francisco nos dijo que teníamos que preparar lo mismo que les pedíamos. A los compis no les hizo mucha gracia tener que trabajar tanto. Pero la idea de la Semana Cultural funcionó y eso salvó un poco las cosas. Con Marruecos tampoco tuvimos problema, porque el cura habló con el obispo y con el director de Caritas. Nos faltaba Sudáfrica. Se solucionó gracias a Francisco, el profe, que se le ocurrió mandar una carta a la embajada de Sudáfrica, nos pusieron en contacto con un pequeño colegio cerca de Ciudad del Cabo, que aceptaron la idea con entusiasmo.

    Menos mal que no les habíamos dicho nada de regalos, porque lo de los balones de la selección se complicaba. El padre de Inal habló con la federación y no le habían respondido nada en concreto. Decían que estaban muy liados con lo del mundial, que la empresa de los balones no los tenía aún, que si serían muy caros, que había que hablar con los equipos y todo eso. Volvimos a reunirnos.

    -Bueno, empezó Inal. -Mi padre les ha vuelto a escribir; pero no nos hacen mucho caso. No sé si lograremos algo.

    -Pues nada. -Egrid estaba muy enfadada-. Volvemos a la idea del rastrillo, que les hace más falta. Juntamos alimentos, libros, ropa y juguetes y se los mandamos.

    -Sí, los de Manos Unidas me han dicho que envían todas las primaveras material que necesitan, así que podrían llevarlo -intervine.

    -Y los de Caritas no paran de pedir para el tercer mundo. Así que no creo que se quejen -aseguró Julio.

    Llegó la semana Santa y nuestra Semana Cultural. Los de sexto hicimos un mural con las fiestas del año y, por grupos, les contamos cómo era nuestra vida: estudios, el trabajo de nuestros padres, nuestras casas y todo eso. Quedó muy bien y lo mandamos por correo. Estábamos muy nerviosos esperando que nos llegasen los suyos. Y cuando lo hicieron fue tremendo. La verdad es que se lo habían currado mucho. Aprendimos cómo viven, en qué trabajan y con qué sueñan los niños de aquellos países. Las cosas que necesitan y que, aún así, pueden ser felices sin tener mucho de lo que nosotros tenemos. Nos gustó mucho y a Francisco se le ocurrió que podríamos enviar a cada uno los trabajos de los otros, de modo que también se conociesen entre ellos. Aprovechamos para hacer un mercadillo benéfico y todo el pueblo colaboró. Sacamos dinero y preparamos lotes de material escolar que enviamos a través de Caritas y Manos Unidas. Pues a ellos les hacía más falta que a los de Sudáfrica.

    Pero la sorpresa llegó poco antes de las vacaciones. El padre de Inal recibió una carta en la que le decían que todos los jugadores habían firmado cuatro balones, tres para que los enviásemos y uno para nosotros. ¡Bien! Los dos envíos estaban ahora completos y teníamos algo que mandar a Sudáfrica que, seguro, les haría ilusión.

    Fue un día grande en el pueblo. Vinieron muchos periodistas y alcaldes de la zona, porque el que nos traía los balones era nada menos que David Villa. Todo el mundo quería que le firmara un autógrafo y que les sacaran una foto juntos. El polideportivo se quedó pequeño de la gente que había. Todos estaban muy contentos. Comenzaron los discursos y fue un poco rollo. Luego mejoró, cuando mi tía y el presidente de su O.N.G., y el cura y el responsable de Caritas recibieron lo que habíamos preparado. Nos dio vergüenza cuando dijeron nuestros nombres y afirmaron que la iniciativa había sido muy bonita. Y dijeron que éramos un ejemplo. Luego Villa nos saludó uno a uno. ¡Egrid hasta le dio un beso!  Sobre todo porque dijo que, aunque no había podido venir, el embajador de Sudáfrica le había dado algo para nosotros. ¡Teníamos unos billetes de avión para que fuésemos en persona a conocer a nuestros nuevos amigos!

Straordinarius

     Antonio recorrió con una última mirada su taller. Lo primero fue comprobar la estufa de leña. Aunque estaba seguro de haberla apagado, nunca estaba de más tranquilizarse, pues una carpintería es propensa a los incendios. Luego el banco de trabajo, con una pieza envuelta en paños húmedos reposando entre los sargentos para que adquiriese la forma precisa. La herramienta perfectamente recogida y ordenada en la mesa y el tablero colgado de la pared. Ya podía cerrar. Dejó la linterna de mano en el suelo y sacó de su bolsillo la llave. Sin mirar a la calle la giró y suspiró, sabiendo que estaba solo. Era tarde y ningún sonido alteraba la tranquilidad de la calle. Se puso el sombrero y se arrebujo en su abrigo. Nevaba.

     Sonrió ante la idea que le cruzó la mente. Debió ser en una noche como esa, hace más de 50 años, cuando Nicolò se sobresaltó al cerrar esa misma puerta. También se creía solo. Y así, engañado, hubiese caminado hasta su casa si no fuese porque un niño, arrebujado en el callejón, no pudo reprimir una tos enfermiza. Muchos habrían hecho caso omiso de otro pordiosero en aquellos años de penurias; pero no así Nicolò. Se acercó a él -al bulto que formaba en realidad- y, sin mediar palabra, lo alzó en brazos abrigándolo. Cuando llegaron a su casa lo depositó frente a una bien alimentada chimenea, dejándolo solo. Al poco volvió con ropa y, tras una ausencia mayor, con un cuenco de sopa bien caliente y una generosa porción de pan, aún blando.

     -Si yo fuera tú, comería. Con ese catarro necesitas calentarte el pecho. Luego coge esa manta y acuéstate junto al fuego. He puesto un caldero con menta a hervir y sus vapores te harán bien. Yo dormiré arriba. Si quieres irte, eres libre de hacerlo; pero cierra bien, que no quiero tener un susto. -Sonrió y deseándole buenas noches subió las escaleras. Nada más se habló.

     Nicolò no estaba nada seguro de verlo a la mañana siguiente y, cuando bajó, el chico, efectivamente, no estaba. Negó con la cabeza mientras desayunaba y al fin, resignado, salió hacia su taller. Aún no había logrado encender aquella maldita estufa (tendría que mandar limpiar el tiro, pensó) cuando escuchó unos pasos en su puerta. Era demasiado pronto para los clientes y no esperaba a ningún proveedor. Se quedó atento: dos pasos, parada, dos pasos, nueva parada. Ahora parecía alejarse. De nuevo ante la puerta. Silencio. Decidió, imaginando lo que ocurría, dejar que el chico se tomara su tiempo. Se puso en pie, tomó una escoba y la apoyó junto al marco de la puerta.

     -No le vendría mal un escobado al taller… -dijo en alto para que se le oyese desde afuera-. Bueno, luego, si tengo tiempo. -Se volvió hacia la bancada y comenzó a barnizar la última de sus creaciones.

     No miró directamente cuando oyó abrirse despacio la puerta. Una sonrisa y un cabeceo afirmativo acompañaron el rítmico frotar sobre el suelo.

     -Deja el serrín en aquél cubo y vente, que ya es hora de almorzar.

     Así transcurrieron varios meses. El chico cazando al vuelo los encargos velados que Nicolò le hacía y este explicando pausadamente cada una de las facetas de su labor conforme las hacía. El pequeño nunca hablaba, aunque por cómo repetía en sueños las lecciones, el maestro supo que le prestaba atención, que era espabilado y que no tenía nada de mudo. Poco a poco fue ganándose la confianza y el interés del muchacho. Una mañana decidió probar.

     -Si quieres trabajar la madera, tendrás que conocer y cuidar las herramientas. Si quieres, yo te enseño. -El chico afirmó decidido con la cabeza. -Pero tendrás que pagar un precio. Deberás hacerme cada día dos preguntas que me demuestren que mantienes el interés. Y, sobre todo, decirme tu nombre. No quiero seguir llamándote “chico” o “eh” cuando te necesite.

     -Antonio -susurró por lo bajo. -Me llamo Antonio.

     -Muy bien entonces. Antonio, te presento a la familia formón. Vamos a sacarles filo.

     Paso el tiempo y aquel niño silencioso se convirtió en un joven inquisidor. Que si ¿qué pasa si variamos el grosor de esta parte? O ¿Y si usamos un puente más alto?, Quizá si cambiamos el tipo de madera, ¿Y si la humedecemos más mientras la modelamos? ¡un barniz poroso no la dejaría respirar mejor? Más adelante Nicolò no paraba de dar explicaciones y dejaba ya a Antonio hacer sus pruebas cuando carecía de respuesta. Después, le miraba con cierto recelo y asombro, pues la curiosidad de Antonio tenía el mismo límite que su perseverancia: ninguno.

     Llego el verano y el bochorno reinante casi impedía el trabajo. La madera estaba sedienta y no se dejaba manipular, así que Nicolò y Antonio debían aprovechar las primeras y últimas horas del día. Cuando pararon por la mañana Nicolò se sentó, como siempre, a la puerta de su taller, con una enorme jarra de “Grattacheca”, un refresco a base de hielo picado con sirope y fruta fresca a trozos al que se había aficionado en sus estancias en Roma. Antonio tardó un poco en salir y, cuando lo hizo, llevaba un paquete en las manos.

     -Es para ti, maestro. Mi primer trabajo en solitario.

     Nicolò le miró con infinito amor y una pizca de condescendencia. El detalle era precioso y lo valoraba; pero como experto lutier sabía que Antonio estaba aún verde. Aquel instrumento podía, como máximo, ser “decente”, aunque ello no le restaba en absoluto mérito al trabajo y valor a las intenciones de Antonio. Además. ¡Un violín! No podía negar que el chico apuntaba alto.

     -Veamos como suena, mi joven aprendiz.

     Tomó el violín y lo examinó. Tenía mucho de lo que él le había enseñado. Pero había pequeños detalles que lo hacían… ¿Extravagante? ¿Heterodoxo? No podría definirlo y, desde luego, para sus clientes sería “¿demasiado imaginativo?” Reconoció en él, muchas de las preguntas del chico, muchas de sus ideas, las más de las cuales él había intentado limar, si no extirpar. Comenzó a afinarlo y mandó al muchacho que le trajera uno de los arcos que él solía utilizar, en parte por sentir tocar con algo familiar, en parte por ocultarle si se le escapaba algún gesto desaprobatorio. Al fin y al cabo no era la calidad del instrumento lo que contaba, si no el esfuerzo y el detalle que su alumno había demostrado.

     Comenzó a tocarlo. Primero una pieza fácil, una tonada popular cremona. Le sorprendió la sonoridad, alegre y delicada, que nacía de sus manos. Probó con una obra moderna y el resultado fue increíble. ¡Aquel violín hablaba, lloraba, reía! Parecía poder transmitir los sentimientos del intérprete y sublimarlos. Deseaba abrazar a Antonio, pero no podía dejar de tocar. Era como si el propio Dios quisiese expresarse a través de sus dedos, del arco y de la increíble resonancia de la caja de aquel violín. Hubo de acabar la pieza antes de hacerlo y, sin ver todavía a la gente congregada ante su taller, abrazó por fin a su pupilo tras depositar el violín en su funda con auténtica veneración. No hicieron falta palabras entre Nicolò y Antonio.

     Desde ese momento ambos trabajaron juntos, como iguales. Nicolò respetaba la labor de su alumno, al que consideraba ahora su igual, si no por encima. Pero algo le roía el alma. El taller de Nicolò Amati era conocido y tenía cierto renombre. Incluso algunos intérpretes famosos le encargaban instrumentos; pero los de Antonio eran rechazados. Tiene el puente muy alto, dijo uno. Ese mástil de madera tan oscura no me convence, otro. Es un tanto desproporcionado en la panza,… Así uno tras otro. Nicolò estaba desencantado. Lo había hablado con Antonio y quería que éste vendiese uno de sus violines para que pudiese independizarse. El joven no quería. Aún así, Amati no le dio opción.

     -Si podemos vender uno de tus instrumentos a la persona adecuada, te lloverán los encargos -le dijo-. Y con ese dinero y los salarios que te guardo… ¡Montarás tu propio taller y serás rico y, aún más importante, recordado por siempre!

     -Pero si yo no soy importante. Todo lo que tengo y sé te lo debo a ti. Eres tú quien debería…

     -¡Ni hablar! Yo soy un buen lutier; pero tú… ¡Oh! Lo que eres capaz de construir es arte en sí mismo. Y es tu mérito. Algo que, ¡Dios me perdone!, traté de que abandonaras. Por fortuna sus decisiones son más sabias que las mías.

     Cansado de los fracasos en las ventas, Nicolò ideó un plan. Envió billetes a varios intérpretes famosos invitándoles a una audición. Quería que le aconsejaran sobre unas innovaciones que estaba experimentando. Sólo el anciano Biagio Marini se dignó acudir. Hablaron sobre la curvatura de las cajas o la elegancia de las aberturas de resonancia. Ambos amaban la música por encima de todo y se sumergieron en la conversación, aislándose del mundo. Marini acariciaba las piezas y de cuando en cuando, arrancaba unas notas de alguno de los “prototipos” como los llamó Nicolò. De repente, Marini se quedó callado e hizo callar a Nicolò. Una suave música le envolvió. Venía de la tienda adosada al taller y no era otra que su vieja “Sonata sopra la Monica”. El anciano temblaba, claramente emocionado.

     Antonio sonrió ante los recuerdos. Sacudió su cabeza y dio vuelta a la llave. Enfiló la avenida que le llevaría a casa. A su espalda, sobre la puerta del taller, un rótulo rezaba:

Antonio Stradivari

Lutier

Discípulo de Nicolò Amati

 

     Se lo debía. Sin duda, se lo debía.

Secreto de familia

     Desde muy pequeño siempre he tenido mucho miedo a hablar o actuar en público. Aunque me supiera las canciones o el papel que me hubiese tocado, los nervios me han jugado más de una mala pasada. ¡Como cuando olvidé el diálogo en mitad de una escena de la obra de Navidad y me quedé mudo, sin saber dónde estaba! ¡O qué hacer ni decir! Lo que provocó la carcajada general entre los asistentes: padres, madres y abuelos, tanto de mis compañeros de clase como míos. Me puse muy colorado y salí corriendo del escenario, lo que enfadó mucho a mi profesora y a los demás actores y actrices… La verdad, cuando lo recuerdo, todavía noto calientes las orejas.

     Pero desde ese día también tengo un gran recuerdo. Al salir me escondí de todos por miedo a las críticas y las risas. Fue mi abuelo quien me encontró, sentado en un banco del parque que había junto a casa, llorando. Pasó su brazo por mis hombros y me ofreció un pañuelo de tela que siempre llevaba en el bolsillo. Esperó, paciente, hasta que me hube sonado los mocos varias veces y ya no me quedaban muchas lágrimas. Me miró con esa mirada tierna que solo saben poner los abuelos y suspiró.

     -Bueno, ¿Y ahora que vas a hacer?

     -No lo sé yayo… Lo he estropeado todo y, cuando vuelva a clase, sé que voy a tener problemas.

     -Sí, es cierto. Lo has estropeado. De eso no cabe ninguna duda. Pero con lamentarte no vas a arreglar absolutamente nada. Tienes que ser un muchacho valiente, reconocer lo que ha pasado y, si la tiene, buscar una solución.

     -No creo que pueda arreglarlo -contesté consciente de que la tierra no iba a tragárseme, que era lo único que se me ocurría para librarme de la vergüenza.

     -¡A lo hecho, pecho! -Siempre le habían gustado los refranes y los dichos-. Pero lo que sí tiene solución es lo de que te quedes bloqueado cuando estás delante de gente. A mí también me pasaba. Afortunadamente, en mis tiempos, no se hacían estos festivales de Navidad ni cosas por el estilo. Una vez iba a visitar el pueblo un señor muy importante, un obispo o algo así. No me acuerdo bien. Tenía mucho miedo porque me habían elegido para recitar un poema en la plaza del ayuntamiento y no era capaz de memorizarlo. Mi abuela me dijo que para aprenderlos, podía pedir ayuda a los espíritus del agua. Que si lo recitaba muchas veces mirando la superficie de un lago, un estanque o algo parecido, me ayudarían a aprenderlo. Y luego, cuando estuviese delante de la gente, solo tendría que pensar que estaba agachado mirando al agua y me saldría de corrido.

     Han pasado años desde entonces y, la verdad, debo confesar que recurrí al truco de mi tatarabuela muchas veces. ¡Y funciona! Desde entones, cuando tenía que exponer algo en clase o representar una obra, pensaba en el estanque que hay junto a mi casa -donde la había ensayado para mí mismo- y enseguida estaba tranquilo y podía continuar sin tartamudeos ni olvidos. Pero lo mejor de todo me ha ocurrido hace muy poco. Estaba en el parque que os digo repasando una exposición sobre los romanos que tenía que explicar ante mis compañeros. Iba ya por el nacimiento del imperio cuando una señora, con un niño como de cuatro años, se sentó en un banco cercano a charrar con su vecina, mientras tomaba el sol y miraba de reojo como jugaba el pequeño. Bajé la voz para no parecer un loco y seguí a lo mío. Cuando me encontraba narrando la muerte de Augusto, el primer emperador, me di cuenta de que el niño estaba a mi lado mirándome con cara curiosa.

     -Hola -le saludé con ese tono que ponemos todos cuando hablamos con los niños-. ¿Cómo te llamas? Yo me llamo Pedro.

     -Me llamo Adbelto -Alberto, traduje mentalmente-. ¿Qué haces?

     -Me estoy entrenando para hablar delante de mis compañeros.

     -¿Y qué les vas a contar?

     -El nacimiento del Imperio Romano -reí-. Es un poco aburrido; pero es lo que me ha dicho el profesor que tengo que hacer.

     -¿Y no te lo zabes porque es muy largo?

     -No, no. Sí que me lo sé

     -Entonces, ¿porqué estas contándoselo al agua?

     -Es por algo que me enseñó mi abuelo. Y a él su abuela. Verás -siempre he creído que a los niños no hay que tratarlos como tontos, sino como niños-. Desde que era como tú me ha dado miedo hablar delante de la gente.

     -A mi no me lo da.

     -Ya lo veo, ya. Pero a mí sí. Y mi abuelo me dijo que si lo repasaba cerca de un estanque o de un lago, los espíritus del agua me ayudarían a recordar y luego a estar tranquilo cuando tuviera que decirlo.

     -Ah, -El niño se quedó callado mirando al agua durante un rato de esos que si miras el reloj no son más de treinta o cuarenta segundos; pero que a ti te parecen años-. Pues yo en el agua no te veo más que a ti. Adiós -dijo. Y salió corriendo ante la llamada de su madre-.

     Me quedé perplejo pensando en lo que había dicho Adbelto. ¡Joroba con el peque! No le di más importancia y seguí a lo mío.

     Ese domingo fuimos a casa de los abuelos. Antes de comer, salí a dar un paseo con él.

     -¿Qué, cómo le va al orador? Tu madre me ha dicho que tienes al profesor de sociales bien contento con no sé qué de una exposición sobre el Imperio Romano.

     -Sí, me salió estupenda… Gracias a ti.

     -Y a la abuela María, que me enseñó el truco -rió.

     -De eso quería hablarte. Dos días antes me encontré con un niño en el parque mientras ensayaba la disertación y mira lo que me pasó.

     Cuando termine de contárselo mi abuelo no paraba de reírse.

     -¡Santa madre de Dios! ¡Santa madre de Dios! -repetía-. ¡Caramba con el pequeñajo ese! ¿No lo entiendes, Pedro? ¿No lo ves?

     -¿Ver? ¿Qué tengo que ver? -pregunté intrigado.

     -Ese niño ha descubierto el truco antes que tú. ¡Y dices que solo tenía cuatro años!

     -Sí, más o menos.

     -¿Tú no te habrás creído eso de los espíritus del agua, verdad?

     -La verdad es que… ¡Nooooo! -mentí.

     -Juas juas, juas. ¡Vuelves a tener las orejas como tomates! ¿No lo has visto aún? ¿No te has dado cuenta? Vaya, pensé que eras más espabilado. Cuando repasas el texto delante del estanque…

     -No se trata de que el estanque me ayude… -grité asombrado y a medias orgulloso de haber caído por fin- ¡No se trata de magia!

     -No, muchachito. Se trata de que lo trabajes en un entorno tranquilo al que puedas volver mentalmente cuando estés ante tu público.

     -Y que aprenda a hablar ante ellos como si hablara solo para mí.

     -Sí, eso es. Cuando eres capaz de convencerte a ti mismo… Los demás ya no te dan miedo…

     Años después, aún siento el calor de ese abrazo y la risa en los ojos alegres de mi abuelo.

Amor en piedra

     Aún era temprano. Quedaban varias horas de sol en mi ruta hacia Tarazona, donde al día siguiente me esperaban asuntos importantes. Pero ni el fino aguacero que había calado mi capote, ni el cortante viento del noroeste invitaban a seguir la ruta. Aún me quedaba bastante hasta la cita que tenía concertada y, la verdad, no resultaba nada agradable viajar.  Sabía que me acercaba a Litago y, si el Altísimo así me amparaba, encontraría alguna posada donde cobijarme. Unas revueltas después, mis oraciones parecieron ser escuchadas. Entre la cortina de agua descubrí un brillo al final de un corto sendero que se abría a la derecha del camino.

     No eran, como supuse en un principio, las luces de las primeras casas de Litago; pero, al menos, sí se trataba de una casa de postas. Allí podría disponer de cena y cama caliente. Dejé sujeta a Inquieta, mi yegua, a una de las aldabas sujetas a la pared, al resguardo de un amplio alero, y entré en la sala. Apenas cuatro mesas desvencijadas con sillas de anea, desplegadas de modo arbitrario cerca del fuego, y un tablero que hacía las veces de barra delante de unos añejos y prometedores toneles. La atmósfera era pesada, tanto por el humo de la chimenea -cuyo tiro necesitaba una evidente limpieza- como por la falta de ventilación que acumulaba el humo de los cigarros y el olor a humanidad y campo.

     Tras disponer el cuidado de Inquieta, encargué habitación y una cena caliente. Tomé asiento de espaldas a la lumbre, dejando que el calor secase mi capote y aproveché para observar a los parroquianos. Eran gentes nobles, de caras y manos grandes, de los que saben qué significa el sudor. Apenas hablaban entre ellos y parecían comunicarse con gestos y miradas, mientras apuraban unos jarros de áspero vino tinto. Después de cenar, desplegué mis útiles de escribir dispuesto a adelantar mis notas para las gestiones del día siguiente. Estaba nervioso, pues Tarazona iba a ser mi primer destino tras obtener plaza de notaría. Absorto en mis papeles, apenas vislumbré a un anciano acercarse a mi mesa, vaso y jarro en mano, con la cara roja y la telaraña de venillas bien marcada en sus mejillas. Sus ojos, no obstante, desmentían la primera sensación acerca de su estado.

     -A las buenas, viajero -saludó sentándose frente a mí sin esperar permiso. ¿Aceptaréis beber con este anciano? Sois escribiente, según parece. ¿A dónde os dirigís en una noche destemplada como esta?

     Me sirvió un trago generoso mientras le invitaba innecesariamente a ocupar una silla con un gesto y comenzamos a hablar. En realidad me escuché a mí mismo narrarle mi peripecia mientras él escuchaba atento y se ocupaba de que no faltase el vino. Él asentía con esa sonrisa ambigua que dan los años y un vivo interés en su despierta mirada. Me dejó hablar sin interrumpirme más que para pedir alguna explicación y, cuando acabé, me ofreció una extraña historia.

     Según me dijo, en el pueblo de Vera de Moncayo vivió hace años un extraño personaje. Se trababa de un foráneo que llegó al pueblo sin razón aparente y que se instaló en una vieja casona. Todo el mundo se preguntaba quién era y qué hacía en la aldea, pues no se le relacionaba con ninguna de las familias del lugar. Poco duró la incertidumbre y, como parecía gozar de cierta fortuna, a nadie le importó demasiado sus orígenes. Era escultor, según dijo, y así lo demostraba su quehacer. Pronto se ganó las simpatías de los vecinos, cuando vieron asombrados su maestría en el trabajo de la piedra. El párroco le encargó una imagen de San Isidro, patrón del pueblo y todos quedaron encantados del realismo y la expresión del santo. Con el tiempo, su fama aumentó y llovieron los encargos de municipios vecinos.

     Sólo él no parecía feliz, como si algo en su pasado le negase la posibilidad de disfrutar su desahogada posición. Estaba absorto en su trabajo y, pese a las continuas y bien merecidas alabanzas, nunca se sentía satisfecho. Aunque sus patronos se deshacían en halagos, él siempre descubría algún minúsculo defecto, una pequeñísima imperfección en la obra. A pesar de que el anhelo de alcanzar la perfección fue siempre motivo de discusiones con el abad del monasterio que el Cister regentaba en el pueblo, la amistad surgió entre ellos. Paseaban y hablaban durante horas, como sí el padre fuese el bálsamo que el alma del escultor necesitaba para serenarse y seguir viviendo sin caer en la locura.

     Fueron años prósperos, en lo material y lo espiritual. Tanto que los monjes consiguieron reunir los dineros que precisaban para cumplir su más preciado sueño. Por fin podían encargar la imagen de Santa María, advocación de su casa monástica, que había de presidir los jardines del claustro. Así se decidió en capítulo y, de inmediato, el abad pensó en su amigo como el artífice adecuado. Ninguno de los dos se lo pensó dos veces y se puso en marcha el encargo. El artista viajó a varias canteras en busca del bloque pétreo adecuado, al tiempo que iba dibujando los bocetos que presentaría al abad. Estaba entusiasmado, vital, como nunca se le había visto. Regresó al pueblo y, carpeta en mano, corrió a mostrar sus ideas al abad. Éste se sintió asombrado por lo que las manos de su convecino eran capaces de crear. Tanto que “sólo un ángel del Señor sería capaz de superar tamaña belleza”. Cuando llegó la piedra, celebraron un oficio y la consagraron al que sería su destino: la sagrada imagen de la madre de Dios.

     Trabajó sin descanso. Con el paso de los días su obra iba tomando forma. Pese a la insistencia de monjes y vecinos no permitió que nadie la viese antes de que estuviese finalizada. Pasaron los meses y la impaciencia crecía con la misma intensidad que el artista parecía consumirse, cada vez más delgado y ojeroso, huraño y solitario. Comenzó el verano y ya estaba próxima la fecha de la entrega, pues se consagraría la estatua el día de la Ascensión de Nuestra Señora, fiesta grande del pueblo. Entre gritos, aseguró que la obra estaría a tiempo y que debían dejarle trabajar. El abad, aunque preocupado por su amigo, confió en él. Convocó a las autoridades eclesiásticas y civiles para la citada fecha y rezó porque nada empañase la gloria de aquel día, pues deseaba que la imagen ayudase a los fieles a afirmar su fe. Todo estuvo dispuesto. Sólo faltaba la escultura.

      El quince de agosto el escultor se dirigió con su carro al monasterio. Llevaba una imagen de tamaño natural cubierta por telas y un mecanismo de poleas. No permitió que nadie le ayudase a colocarla sobre el pedestal al efecto, tarea que le llevó toda la mañana y que realizó en solitario, asistido por sus dos mulas. Todo el pueblo estaba en misa, que oficiaba nada menos que el propio obispo de la cercana Tarazona. Al finalizar ésta se congregaron en el claustro, que presidía la cubierta estatua. La expectación era mayúscula, pues conocidos los trabajos previos del artista y habiendo visto su frenética dedicación, se presumía algo espectacular. La verdad no defraudó.

     La figura era de una hermosura exquisita. Una mujer joven, bella pero recatada, con un rostro que embelesaba y, sin embargo, no despertaba pasiones. Cada uno de los presentes retornó a un momento feliz de su infancia, cuando recibían los arrullos y caricias de sus respectivas madres. Fueron incapaces de articular palabra y muchos hombres bajaron la mirada mientras las mujeres lloraban y abrazaban a sus pequeños, por una vez silenciosos. La emoción llenaba la atmósfera. Un grito sonó rompiendo la magia del instante. Con las manos crispadas en torno a su pecho, el escultor cayó al suelo. El abad corrió en su auxilio y, mientras le abrazaba, escuchó el último aliento del moribundo: “muero en paz, mi obra por fin está acabada”.

     Todo el pueblo veló el cadáver de su vecino. Las alabanzas se sucedían y los llantos de algunas ancianas acompañaron toda la noche las oraciones de los apesadumbrados monjes. El funeral se celebró en la iglesia del convento, repleta de convecinos, desde la que partió el cortejo fúnebre hacia el pequeño cementerio en un alto próximo a la población. La silenciosa procesión se reunió ante la recién excavada tumba y tras rezar un padrenuestro y un avemaría se dispusieron a colocar el cadáver en la fosa. No pudieron. Cuando intentaban introducir el ataúd, éste quedaba flotando sobre el hoyo y se negaba a descender. Asombrados, mientras los monjes se santiguaban y elevaban preces al Altísimo, los hombres trataron de llevar a cabo el enterramiento. No fue posible. El miedo pobló los corazones y, cuando la tarde ya avanzaba sin obtener logro alguno, trasladaron incrédulos el cadáver a la iglesia. No sabían qué hacer.

     Los monjes pasaron horas rezando y discutiendo en el refectorio. Aquello era imposible, pero debían hacer algo, pues estaba en juego la fe de su rebaño y el acto de dar cristiana sepultura a uno de sus feligreses. El propio obispo y el párroco estaban con ellos y a nadie se le ocurría qué podía estar pasando o cómo resolver el inquietante enigma. Se trataba de un milagro o algo en el pasado del escultor impedía descansar en suelo sagrado. No se ponían de acuerdo y nadie aportaba nada. Cansado de tanta discusión estéril, el abad se retiró de la sala. Salió al claustro y paseó por sus porches, rezando en voz baja en busca de una respuesta que, estaba seguro, escapaba a las capacidades de los hombres. Anduvo ensimismado, repitiendo de modo mecánico sus súplicas, ajeno al mundo que le rodeaba. Oró a Dios con fervor sin encontrar respuestas. Cansado, tomó asiento en uno de los poyetes que flanqueaban las esquinas. Entonces creyó escuchar una voz dulce pero llena de pena que le preguntaba: “¿Porqué alejáis de su madre al hijo que tanto amor le ha demostrado?”

     Años después, cuando los monjes abandonaron el monasterio, éste fue adquirido por una empresa que pretendía adecuarlo para un negocio de hostelería. Contrataron varios arquitectos y a una famosa paisajista que redecorase los jardines. Ella estaba encantada con el hermoso rosal que crecía en el centro del claustro -ahora los jardines del hotel-, pero le horrorizaba la estatua, pues no pegaba nada con la decoración moderna que quería para el entorno. Tenía previsto cambiarla por una obra abstracta de un conocido artista al que encargó una “Puesta de sol sobre el Moncayo”. Grúas y operarios rompieron la paz del edificio. Las cadenas rodearon la imagen y tiraron con fuerza, levantándola del suelo. En ese mismo instante, todas las flores blancas se marchitaron.

En la memoria

     Ese día era importante. Recogí la ropa y empecé a ponerme la corbata: puntas hacia delante, pasas el extremo estrecho por debajo y luego… Entonces apareció ella por detrás de mí. No había notado que hubiera entrado en la habitación. Me abrazó y me dijo:

     -El más grueso por delante, luego le daremos una vuelta alrededor del nudo, pasas hacia arriba y lo metes por la parte abierta. -Entonces se movió para quedar frente a mí, con una luminosa mirada.

     Esa era Isabel. Morena, de pelo largo y ojos oscuros enormes. Siempre me ayudaba, no sólo con mis problemas; sino que cada vez que la veía sonreír, sonreía yo también. De verla feliz, supongo. Mientras pensaba en esto me dijo:

     -Venga, que si no de pronto haremos tarde y hoy es tu gran día

     Me acabé de vestir mientras se arreglaba en el baño y, cuando acabé, recordé cómo nos habíamos conocido. Fue en una fiesta de cumpleaños. Ella era la amiga de la cumpleañera y yo uno de los invitados. En cuanto nos vimos, conectamos. Tres semanas después éramos pareja. Salió del baño.

     -¿Estás listo?

  -Si tú estás a mi lado, siempre -respondí.

     Me sonrió de nuevo y me dio la mano. Se había pedido fiesta en el trabajo para la ocasión. Era maquilladora. Yo artista, y esa noche inaugurábamos mi primera exposición. Antes teníamos un pase privado para profesionales que acabaría en comida. Allí iba a haber críticos de arte, que luego publicarían sus opiniones a cerca de mi trabajo en algún que otro periódico, además de posibles compradores. Sí, era un día importante. Podría lanzar mi carrera o hundirla en la miseria y, además, esperaba, por lo menos, vender algún cuadro. Pero no lo era sólo por eso: hoy pensaba pedirle matrimonio. Tras la inauguración la llevaría a cenar en un restaurante, donde había reservado un saloncito para nosotros dos y se lo pediría. Ya sabía la respuesta -bueno, estaba casi seguro-, pero no podía evitar estar más nervioso por eso que por la exposición.

     Paseamos cogidos por las cinturas hasta el cercanías. Pese a vivir en las afueras de Madrid, ninguno de los dos teníamos carné, así que lo usábamos mucho. Justo antes de entrar en la estación me di cuenta de que había olvidado el anillo. “Todo a la porra por culpa de los nervios”, pensé.

     -Isabel, cariño. Me he dejado las notas para el discurso. ¿Por qué no vas tú en el metro, lo recojo y voy en taxi? –Una pequeña mentira improvisada no hace mal a nadie-. Si me retraso tú puedes echarme un capote, como siempre, mi vida -le dije con mi sonrisa más zalamera.

     -De acuerdo, pero no llegues tarde, que con el trabajo que nos ha costado… -me reprochó tras meditar unos segundos.

     Le dije que por supuesto que no, que llegaría a tiempo, y, tras un beso rápido, regresé a casa. A toda prisa llamé a un taxi y, mientras lo esperaba, encontré el pequeño estuche en el que se centraban casi todas mis ilusiones, me aseguré de que el anillo iba dentro y bajé a la calle. Tras indicarle la dirección al conductor, traté de relajarme escuchando la música que sonaba suave en el equipo del coche. El tráfico me resultaba insoportable. De pronto las sirenas se impusieron al ruido de la ciudad y la melodía enmudeció, dando paso a un emocionado locutor.

     Interrumpimos la emisión para informar de…

     -Es impresionante, ¿verdad?

     Como tú, pensé mirándola. Estaba deslumbrante con un traje de corte masculino que hacía resaltar aún más su feminidad. Dejaba claro, desde el primer vistazo, que era una chica segura de sí misma, de las que nada se les pone por delante. Y el leve y cuidadoso maquillaje que lucía la hacía parecer casual, como si no se hubiese arreglado para la ocasión.

     -Sí, desde luego. Conmueve.  Pero resulta un poco caótico. Las piezas de la primera sala rezuman alegría de vivir: las líneas suaves, los tonos intensos, los ricos matices y sin apenas contrastes. Luego cambian de manera radical. Se tornan más profundas, íntimas. Renuncian al color y se restringen a la gama de los grises en las telas o la sanguina para los papeles. Pero, aún así, resulta mucho más expresivo. Casi desgarrador. No sé. Me tiene un tanto desconcertada.

     -¿Eres artista tú también? -me atreví a preguntar.

     -Casi… aunque mis lienzos están vivos -rió ante mi cara de sorpresa-. Maquilladora -se explicó.

     -Ah… Bueno. No es una profesión muy reconocida -balbuceé.

     -En mi caso no. Mi nombre sólo sale, pequeñito, al final de los créditos. Y, en la tele, ni aún eso. Pero todo se andará.

     El mohín de su boca me sedujo y, seguida por mi boba mirada, se alejó para admirar otro cuadro. ¡Dios! ¡Cómo se movía! Y ese aroma… Su perfume aún flotaba en torno a mí y resultaba embriagante. La seguí con cierta distancia mientras pasaba de una pintura a otra, esquivando con gracia, tras una breve conversación, a los que se acercaban a saludarla. ¡Estaba tan hermosa!  Nuestro juego, pues era evidente que ella se había percatado de mi interés, se prolongó bastante. Miradas que iban y venían tratando de evitarse y consiguiéndolo sólo tras unos segundos de dulce fracaso.  En uno de los dibujos se detuvo más tiempo y ya había decidido, únicamente por eso, comprarlo, cuando ella giró la cabeza y sonrió. Me miró, serena y con ojos ilusionados y me dijo sólo moviendo los labios: tuyo.

     El encanto se rompió cuando el dueño de la galería reclamó la atención del público. Las conversaciones se fueron acallando y, tras varias toses, tomó la palabra. La perdí en la pequeña aglomeración frente al hombre del micrófono.

     -Buenas noches a todos y gracias por venir esta noche. Hoy hace diez años que un joven pintor se presentaba en sociedad. Todo apuntaba perfecto y los críticos a los que había sondeado hablaban de un artista emergente, de un joven que despegaría pronto y llegaría lejos. No hubo oportunidad. Los acontecimientos de ese día, que ninguno podremos olvidar, hicieron suspender la inauguración. Cuando llegué por la noche para dar vuelta y ver que todo estaba en orden, le encontré ante la puerta, sentado en el suelo, mirando fijamente algo que llevaba en la mano. Tuve que llamar a los servicios sanitarios y desde entonces permaneció recluido en un psiquiátrico, según los médicos, reviviendo una y otra vez el mismo día.

     »Desde entonces no había dejado de pintar aunque, como ya sin duda habrán comprobado, de un modo bien diferente. Y, desde luego, desapareció de la escena artística local. Desde la dirección de la galería hemos querido recordarle como homenaje a todas las vidas que se truncaron, de uno u otro modo, aquella aciaga jornada. Porque Enrique de Luisan, aunque se suicidó hoy hace también cinco años, dejo de vivir el mismo día que perdió a su amada Isabel.

     »No es habitual en estos casos sacar a la venta la obra; pero, ante la ausencia de herederos, quienes aún manteníamos relación con él hemos decidido que era importante mostrarlas al público. Y hemos querido, además, que tanto sufrimiento no fuese vano. Así, los beneficios están destinados ayudar a las víctimas.

     El clima de la sala se había enfriado y tardó en volver a una cierta normalidad. Aproveché para acercarme al dibujo, que aún no había visto pero que sabía iba a ser mío. Era un retrato al carboncillo. Una mujer joven, de boca grande y labios gruesos, con un largo cabello ondulado que enmarcaba su rostro ancho, de pómulos altos y marcados, y frente alta. “Recuerdo tu rostro, Amor”, se titulaba. De inmediato supe que era ella. La prometida del artista y la joven que me había subyugado. Media hora más tarde era plenamente feliz. Un punto rojo lucía junto a la cartela y una preciosa mujer me sonreía con aire soñador desde la calle. Al percatarse de que la observaba rió y echó a correr. No la he vuelto a ver; pero vive en mi memoria.

Perspectivas

     Echaba de menos un libro. Pero había terminado por desterrar la costumbre de leer en el instituto. Lo sentía como una traición a sí mismo; pero era mejor para su sociabilidad… y para la supervivencia de su biblioteca. El destino de los tres últimos ejemplares hechos prisioneros, a los que las hordas bárbaras condenaron a muerte por ahogamiento en cisterna de retrete, le convenció de que el número de bajas había sido ya suficiente. La alternativa era repasar los dos folios que no había enterrado con el resto de los apuntes en la mochila, aunque se los sabía de memoria. Hoy tenía examen de Física y, la verdad, los tres temas que entraban no le habían despertado el más mínimo interés. Tampoco le habían supuesto un reto intelectual.

     El sol se desperezaba esa mañana más despacio de lo habitual. O así se lo parecía a un somnoliento Lucas, al que tampoco ayudaba el aburrido programa que su padre había sintonizado y que alternaba cotilleos con, por llamarlas de algún modo, noticias de ámbito local. El locutor berrea un acertijo y ofrece una consumición gratis en una conocida franquicia para el primero que llame y adivine qué mes tiene veintiocho días.

     -Y darán por buena febrero, fijo -suspiró Lucas-. Y estará mal.

     -Pero qué dices. Febrero es el que tiene veintiocho días… Vale, sí, si no es bisiesto.

     -No, papá. Si es bisiesto, también tiene veintiocho días. Igual que los otros once. Todos los meses tienen veintiocho días. La respuesta debería ser todos o, si quería preguntar por la especificidad de febrero, haber dicho sólo veintiocho días.

     -Pero todos entendemos lo que quiere decir ¿De dónde sacas esas cosas? ¿No irás de ese palo en el “insti”, verdad? Ya sabes que tu tutora está muy preocupada…

     -De la tele, papá -bufa impotente Lucas-. Eso es de “Scorpion”. No creo que la hayas visto -piensa en alto. Sus padres son más de comedias nacionales de chiste fácil-. Va de un grupo de…

     -¡No sé qué ponen ahora por televisión! -le interrumpe-. Cuando yo era pequeño, no nos dejaban ver más que dibujos.

     -Pues no creo que los de ahora contribuyan especialmente a nuestra educación. Deberías ver las series que ponen por las tardes -murmura por lo bajo mientras esconde el rostro tras los folios para acabar con la charla. Ya la conoce. Enseguida llegan a las cercanías del instituto y Lucas se prepara para bajar del auto-. Aquí va bien, papá. Que tengas un buen día.

       -¡Ánimo! ¡Verás como hoy todo va mejor! Y suerte en tu examen.

     -¡Ojalá! -Lucas no está nada convencido ni de que los deseos hagan que las cosas mejoren per se o de que la suerte tenga algo que ver con las notas; pero ya ha aprendido que es mejor no discutir. Y el concepto “por educación” va desvelándole poco a poco sus arcanos y subjetivos misterios-. Un beso, papá.

     Sara mira desde la puerta cómo llegan los muchachos. Pitillos que se esconden, elaborados “encuentros casuales”, pugnas de poder, flirteos. La misma danza que tantas veces en tantos lugares han visto sus ojos. Diez años en la enseñanza, de pueblo en pueblo, en una espiral con la ciudad como centro y que ahora desanda, han apaciguado su juvenil entusiasmo. Las ideas y los métodos innovadores han ido perdiendo batallas ante ministerios cortoplacistas, claustros conservadores, padres inexistentes –muchas veces lo mejor, suspira para sus adentros- y alumnados carentes del más mínimo interés. Todavía propone, cada previa de comienzo de curso, proyectos que intentan cambiar cosas; pero cada año con menos ganas. Siente que aún no ha perdido la guerra; pero el desgaste, derrota tras derrota, le resulta insoportable. A lo lejos, un Audi de un azul infrecuente le indica que, en nada, Lucas doblará la esquina. Aunque no lo ha racionalizado, siente que el joven es uno de sus últimos cartuchos. En el fondo, ha decidido lanzar una ofensiva desesperada para alcanzar alguno de los objetivos por los que eligió el magisterio o resignarse, por fin, a un largo, aburrido e insoportable tránsito hacia la jubilación. O sea, claudicar también en esto.

     -Buenos días, Lucas. ¿Todo en orden?

     -Como siempre, Sara. Buenos días  a ti también.

     -¿Sigue en pié lo que hablamos?

     -¡Por supuesto! Nos vemos en el segundo recreo. ¿De acuerdo?

     -Muy bien -asiente Sara mientras le pasa un abultado sobre -. Aquí tienes entonces. ¿Podrás hacerlo? Hoy tienes examen de… -mi sonrisa de ¡Qué me estás contando! la convence- Sí, claro. ¿En qué estaría yo pensando? Búscame cuando acabes.

     La primera hora fascina de nuevo a Lucas. Es una de las pocas asignaturas a las que presta atención y , curiosamente, de las que menos entiende. Quizás por eso… y porque aún no ha dado por perdida la posibilidad de comprenderla Nada encaja, nada es lo que se afirma y, desde luego, ni se le puede aplicar una lógica, ni las cosas siguen pautas razonables. Sin embargo, ha comprobado que, reinterpretada de acuerdo con los criterios que desvela el profesor, quizás sea la que mejor le explique al ser humano y su forma de actuar. A través de la literatura descubre pasiones, instintos o deseos; el heroísmo y la traición; la nobleza y la bajeza de la especie a la que pertenece. El problema reside en que muchas veces es incapaz de desentrañar el mensaje. En narrativa porque los personajes ni optimizan sus posibilidades ni actúan de manera coherente. En poesía… bueno… es otro idioma, ¿no? Luego matemáticas le aburre sobremanera. No porque no le guste, que le encanta, sino porque hace años que dejó atrás por sus propios medios lo que están viendo. Lo que a sus compañeros les lleva tiempo y folios de operaciones resolver, él lo hace de memoria y en apenas unos minutos. No hay estímulo; pero sólo por falta de nivel.

     Durante el recreo se esconde en un rincón apartado del patio y saca del sobre que le ha pasado Sara una veintena de folios, la mitad blancos y la otra mitad grises. Lucas, boli en mano, estudia los primeros y realiza varias anotaciones en los márgenes. Los segundos los lee con intensidad. Nadie le molesta, ni siquiera le perciben. Es como las señales que te cruzas en el recorrido diario: las percibes; pero inmediatamente dejas de tener conciencia de ellas. Así es Lucas papel en mano en el patio: algo de lo que sólo se es consciente si necesitas alguien con quien meterte. Y su nueva actitud de silenciosa resignación ha aburrido por fin a los gallitos más pesados del instituto.

     Toca examen, por lo que han incluido la hora de Inglés para darles tiempo. Tras entregar el ejercicio, que ha resuelto en apenas treinta minutos, Lucas consigue hora y media de tranquilidad. Se dirige a la sala de profesores y pregunta por Sara. Mientras espera que salga, se siente incómodo. Conoce bien esa mirada, la ha sentido demasiadas veces. Normalmente antes de ser ridiculizado, empujado o agredido. Pero nunca antes por parte de un adulto. ¿Qué es eso? ¿Admiración, extrañeza, envidia? Sara aparece y su sonrisa elimina la picazón que siente en la nuca. Ambos salen charlando al patio y se sientan en los escalones de acceso a la puerta principal. Lucas rescata el sobre y al poco suenan las risas.

     Lucas espera en unas sillas que hay junto a la puerta de Jefatura de Estudios. A su lado su padre y su madre, con caras muy serias, tratan de averiguar qué ocurre. Ya les ha dicho que es inútil, que carecen de datos. Casi tantas veces como que ni ha hecho nada ni se ha quejado de nada. Con todo, entiende que estén extrañados. Al fin y al cabo es la primera vez que les llaman sin que el problema tenga que ver con algo que le haya ocurrido al “rarito” de su hijo. Incluso él parece estar ¿nervioso? Tras veinte minutos de espera, les invitan a pasar. Ya dentro, se topan con una mesa demasiado grande para la sala. A un lado, en cabecera, el equipo de dirección. Al otro, sola, Sara.

     -Ya nos conocen a todos de ocasiones anteriores -comienza el director-, así que si les parece iremos al grano. Varios componentes del claustro han acusado a la profesora Rodríguez de conducta inapropiada con su hijo Lucas. Ella niega semejante extremo pero no aporta nada que lo rebata. -Mira hacia Sara invitándola a hablar.

     -A ellos corresponde probar semejantes afirmaciones, no a mí mi inocencia.

     -Estás en tu derecho, Sara, por supuesto. Pero si nos explicaras qué hacéis todo ese tiempo que pasáis juntos…

     -¿Cómo? ¿Qué quiere decir con eso de que pasan tiempo juntos? -es la madre de Lucas la que grita.

     -Tranquila, señora Andrade. Algunos profesores piensan que ella se aprovecha de la excepcional capacidad intelectual de su hijo superdotado para obtener beneficios económicos. Les han visto intercambiando sobres, hablando en el patio o en cafetería. Nada más allá. Y antes de iniciar una investigación oficial, con consecuencias graves…

     La carcajada de Lucas atrae las miradas de todos los presentes. Se ríe con tantas ganas que le saltan las lágrimas. Cada vez que mira a las caras de los adultos no puede evitarlo y comienzan de nuevo las estridentes carcajadas. Saca de la mochila el último sobre que han compartido y lo pone sobre la mesa. Varios profesores toman las hojas y sus expresiones cambian conforme revisan su contenido.

     -Sólo le pedí a Sara que me ayudase a entender lo que es el sentido del humor. Ella me pasa unas listas calificadas de chistes. Sobre esa base, yo me invento nuevos y ella los clasifica según cuán graciosos le han parecido. Me cuesta mucho entender el mundo y Sara sólo trata de ayudarme a traducirlo. ¡Menos mal que no han pillado cuando quise escribir poesía! Por cierto, Sara. A la vista de sus caras ¿Esto ha sido muy gracioso, verdad?

     -Antes no, Lucas; pero ahora ya sí. Ahora ya es gracioso.

Infección

      Un nuevo reporte ha llegado hasta la Pirámide central de Sequo Primus. El virus que asola la galaxia sigue extendiéndose de modo inexorable. Aquí, donde se centralizan los esfuerzos en la lucha contra esa infección aún estamos a salvo. Pero todos sabemos que no será para siempre. Debemos encontrar una cura, una vacuna, un remedio. Algo que, al menos, frene el avance de la plaga que desde hace tres siglos asola planeta tras planeta, enclave tras enclave, ciudadano tras ciudadano. Ya nos hemos enfrentado a situaciones similares durante los milenios de historia de nuestra civilización. Nuestros avances nos han permitido expandirnos por innumerables mundos. Hemos superado la enfermedad y, si bien la muerte aparece como una barrera insalvable, ésta está cada vez más lejana y llegamos a ella en un estado cercano a la plenitud. Pero esto…

      Nuestros esfuerzos por identificar la fuente no dan resultados fiables. Las pruebas practicadas a los pocos que escaparon de los lugares infectados, incluso los de los que más tiempo han pasado expuestos, son infructuosas. Nada les aqueja. No es un nutriente -la variedad de casos sin elementos comunes lo confirma-, no es ambiental -los ecosistemas afectados también son dispares- ni genético -no hemos observado alteraciones en los individuos ni antes ni después de desvanecerse-. En definitiva, no tenemos apenas nada. Las reuniones que el equipo científico mantenemos todas las mañanas son poco más que una jaula de grillos, llenas de extrañas teorías, o, las más de las veces, el momento de exteriorizar por los más diversos métodos el sentimiento dominante: la frustración.

      Neria Olander repitió de nuevo los análisis. No tenía grandes esperanzas; pero, al fin y al cabo, tampoco se le ocurría nada mejor que hacer. Mientras esperaba los resultados (tardarían unas horas) decidió tomar un baño de ultravioletas en el solárium del estrato superior. Se dejó llevar mientras el benéfico calor la invadía y la sumergía en un estado próximo al completo abandono. Estaba disfrutando como hacía meses. Posiblemente el agotamiento debido al exceso de actividad y a la presión del Círculo Interno para que obtuvieran respuestas la había estresado demasiado. Y en esas condiciones no era fácil dar con una chispa de genialidad. Siguiendo ese curso de pensamiento comunicó con su amiga Apis Mellifer para repasar los informes que, como agente activo, había recogido en Semenic, tercer planeta del sistema Carasului. Fue uno de los primeros mundos afectados y donde la infección se había mostrado más explosiva. Apenas veinte años bastaron para que Semenic se tornara inhabitable. Se reunieron junto a un estanque y Neria tuvo que frenar a Apis, que de inmediato quiso referirse al tema.

      -No, Apis. No deseo hablar de la epidemia. Al menos no de modo directo. Creo que llevamos demasiado tiempo obsesionados con ella, aunque sea comprensible, y eso nos impide pensar de modo creativo.

      -Bueno -Apis estaba muy nerviosa, como siempre, y no paraba de revolotearle alrededor-. ¿De qué quieres hablar entonces?

      -No sé. Yo nunca he salido de Sequo Primus y apenas conozco otros pocos mundos donde mi familia está presente. Tú sí que has viajado. Cuéntame como son, qué has visto.

      Apis le relató algunas de sus misiones. De joven, como cadete, se encargaba de la transformación de especies, seleccionando variedades y reforzando sus características. Cuando se graduó, le encargaron tareas más importantes, como el análisis de entornos para posibles colonizaciones. Sus últimos trabajos, antes de que todos los esfuerzos se centrasen en la plaga, eran alto secreto.

      -Tranquila. Ya sabes que tengo la máxima acreditación de seguridad.

      -No, no es eso. Es que en ocasiones me entran dudas sobre la moralidad de lo que me mandaban hacer.

      -No tienes porqué contármelo; pero sabes que puedo acceder a esos bancos de memoria.

      -Si quieres las versiones oficiales…

      -Preferiría la información de primera mano, desde luego. Mas respetaré tu silencio.

      -En fin -Apis seguía dudando, como si le costase decidir a si sincerarse o no-. La verdad, no creo que a estas alturas importe lo más mínimo. Bien, bien. De acuerdo. En mis últimas misiones nos enviaron a modificar especies autóctonas para poder obtener nuevas líneas genéticas y enriquecer el acervo transplanetario. El proyecto quería explorar las posibilidades de cara a un posible estancamiento endogámico de nuestra civilización. Todo respondía a una elucubración teórica del famoso Querco Ilexa, como sabes indiscutible dentro de la élite. Se llevaron a cabo una serie de experimentos y, como ninguno prosperó adecuadamente, cerraron el programa y archivaron los informes.

      -¿Sabes dónde se llevaron a cabo los trabajos de campo?

      -Podría darte una lista, sí.

      -Mándamela al laboratorio, por favor. Puede que hayamos dado con algo. Te mantengo informada -le pidió mientras, excitadísima, comenzaba a madurar una idea.

      De vuelta en el laboratorio Neria comunicó con un amigo del archivo astronómico, Arane Diademat, al que había alojado en su casa en más de una ocasión. Le pidió que le enviara un mapa secuenciado del desarrollo de la infección. Con él en su poder, Neria no pudo sacar conclusiones claras. En los primeros estadios parecía mantener un esquema radial; pero enseguida se volvía prácticamente aleatorio y la velocidad de contagio aumentaba de modo exponencial a partir de un determinado momento. Volvió a repasarlo. ¿Porqué ese cambio en la velocidad y la ruptura del diseño?  Vio la señal de un documento nuevo: la lista Apis. Introdujo los nombres y, casi por casualidad, superpuso los nombres en el mapa de Arane… Eureka.

      Hace trescientos años

      … Dentro de diez minutos conectaremos con la sala de prensa de la sede de Naciones Unidas en Nueva York, donde está prevista la comparecencia del presidente de los Estados Unidos. Si bien el motivo se ha mantenido en estricto secreto, fuentes cercanas a la Casa Blanca han hecho circular el rumor de que el presidente va a hacer un anuncio histórico…

      “Ciudadanos del mundo. Hace casi doscientos cincuenta años tres hombres iniciaron un camino. Hablo de Yuri Gagarin, el primer cosmonauta; de Neil Armstrong, el primer hombre en pisar un cuerpo estelar ajeno a la tierra, y John F. Kennedy, aquel presidente que tomó la decisión y quien, gracias a su empeño personal, hizo posible la hazaña. Ese camino ha sufrido altibajos; pero la mirada del ser humano, desde su despertar a la inteligencia, ha estado puesta en las estrellas. Primero con temor, asombro y reverencia, como corresponde al lugar donde moran los dioses. Después con inquietud científica, como el insondable entorno que debíamos comprender. Desde Kennedy, como un objetivo a alcanzar.

      Hoy, estoy en condiciones de afirmar que la humanidad ha roto una nueva barrera. La nave Enterprise se ha posado sin daños en Gliese 832-c, y los datos recibidos indican una absoluta idoneidad para la vida. Dieciséis años luz nos separan de ese mundo; pero ya no son una distancia infranqueable. La Enterprise nos ha marcado el rumbo. Ahora, nuestra especie posee los medios para colonizar la galaxia. Citando a Kennedy, elegimos esta meta no porque sea fácil, sino porque es difícil… Porque esta meta, servirá para organizar y probar lo mejor de nuestras energías y habilidades… Yo os digo que elegimos nuestra nueva meta por una razón bien distinta: porque lo necesitamos. La Tierra agoniza y se nos da una oportunidad para seguir adelante. Que Dios nos guíe.”

El recreo

       Hacía frío. Mucho. Era uno de esos días de invierno en los que el sol no consigue romper el espeso manto de nubes y la luz se torna grisácea, apagada. De esos en que la gente apenas habla y está malhumorada sin motivo, de los que apenas puedes distinguir a nadie entre guantes, bufanda, gorros y orejeras hasta que se quitan, ya en el interior, los pesados abrigos o los plumas. Entonces ves las caras y la realidad te engaña, porque ese rubor de las mejillas no refleja alegría o esfuerzo, sino frío.

       El patio se dividía en dos. Los incombustibles devotos del balón, a los que les empezaban a sobrar prendas tras las primeras carreras, bulliciosos y alborotadores ocupaban el centro, bien delimitado en una dirección por las dos porterías y muy difuso -lo que provocaba más de una disputa- en lo que a las bandas se refiere. El perímetro, por el contrario, aparecía salpicado de pequeños grupitos. Los menos hablaban entre ruidosas bromas o veladas confidencias y mal disimuladas miradas y risitas. Los más estaban constituidos por seres que solo compartían el refugio de una esquina o un pilar. Entre estos imperaban los mitones mientras los dedos volaban por las pantallas táctiles de los teléfonos móviles. Sus rostros cambiaban al son de una conversación muda. Y no me extrañaría que algunos de ellos estuviesen manteniendo un diálogo para el que era imprescindible el aislamiento, a pesar de que solo unos metros le separaban.

       Alcancé mi rincón favorito y me puse, como muchos días a observar. Llevaba mi libro bajo el brazo; pero hoy no quería leer. Y eso que tenía a Kvothe en un momento bien dramático, mientras perseguía el nombre del viento. El título me hizo soñar y me reí para mis adentros al darme cuenta de que, inconscientemente, trataba de discernir las líneas que las corrientes trazaban invisibles. Estás pirado -pensé. Eso solo ocurre en los libros. Entonces me di cuenta. Mis ojos, siguiendo el sinuoso devenir que imaginaba, se habían detenido en ella. Y ella levantó la cabeza clavándome a su vez una mirada inquisitiva. Parecía decirme Y tú, ¿qué miras? ¿Quién te crees que eres para mirarme con ese descaro? El reto se mantuvo. Ella poderosa, a medias insinuante a medias retadora. Yo cuidadoso, medido, tratando de no asustarla y poder así mantener el frágil contacto. Quería detener, incluso, el movimiento de mi corazón para que aquel efímero lazo se fortaleciera.

       Al rato ella se cansó y, altiva, miró hacia las ventanas del edificio que quedaba a mi derecha, mostrándome un cuello desmesuradamente largo. Abrió un poco sus labios, como en una sonrisa que se me antojó pícara y, en un grácil gesto, arqueó su espalda en un ángulo imposible, primero convexo y luego cóncavo. Se sentó, miró un segundo más en mi dirección y como si se teletransportase, estaba ya en el suelo, al pie del muro corriendo hacia los arbustos.

       -¿Es bonita, verdad?

       La voz sonó a mi lado y me sobresaltó, absorto como estaba en la contemplación de la gatita blanca que visitaba el patio en busca de restos. Era una chica a la que no conocía. Me sonaba de haberla visto en los tumultos de entrada y salida, pero no conseguí situarla.

       -Sí -acerté a contestar-. Llevo muchos recreos tratando de acercarme a ella; pero progresamos muy poco.

       -Lo sé. Te vi hace un par de semanas y te he observado desde entonces. Me parecías muy raro, siempre ahí solo, mirando al cielo sin hacer nada o leyendo esos libracos que siempre llevas. Hasta que no descubrí a la gata creía que mis compañeros tenían razón en lo que dicen sobre ti… Bueno, y en parte aún la tienen. Pero ya sé porqué te comportas de ese modo.

       -¿A sí? ¿Y qué dicen sobre mí?

       Enseguida me enfadé conmigo mismo. El tono de la pregunta había sido agresivo y, además, no podía esperar que delatara a sus amigos. Además, era una pregunta tonta. ¡Bien sabía yo lo que se decía sobre mí!

       -Que eres un bicho raro -contestó ella con naturalidad y para mi sorpresa-. Pero tú ya lo sabías, ¿no?

       -Sí -dije ruborizándome-. Y a veces creo que me gusta serlo.

       -¿Que te gusta?

       -Mira. -Señalé hacia el patio-. Soy muy malo al fútbol. Y no entiendo eso de estar todo el día con los “whatsapps”. ¡Incluso he llegado a pensar que hablan entre ellos, a dos metros unos de otros, pero por mensajitos!

       -¡Yo también! -Rió-. Me parece tan increíble que he llegado a apagar el móvil. ¿No es más sencillo juntarse y hablar? Aparte de que hay algunos que, para leerlos, ¡tela!

       No me había dado cuenta; pero nos habíamos sentado en el escalón y poco a poco hablábamos con más naturalidad. Entonces me fijé en su cara, con la barbilla ovalada y unos enormes ojos grises. Labios finos que, al sonreír, dejaban entrever unos dientes perfectamente alineados, salvo por unos colmillos un tanto puntiagudos. Pómulos poco salientes y nariz pequeña y un tanto respingona. La piel muy blanca. Con un cabello negro alrededor un tanto ondulado, que parecía alargar aún más su rostro. No era espectacular; pero conforme la miraba mientras charlábamos, pensé que todo parecía ser como debía y que el conjunto no encajaría de otro modo.

       Llevábamos un rato hablando cuando noté una caricia en mi mano. No me atreví a desviar la mirada aunque, esta vez sí, mi corazón se paró, pensando que podía ser su mano enguantada.

       -¡Mira! -dijo con un tono tan dulce que… ¡glups! Bajé la vista en la dirección que ella marcaba y allí estaba… La gatita se había acercado sigilosa y se frotaba contra mi mano, mimosa, mientras ronroneaba-. ¡Qué mona!

       No me atreví a moverme. Tan solo sonreí como un bobo. Ese había sido un recreo verdaderamente espectacular.

Batalla teatral

     No había sido una buena jornada para Ailin. Había acabado bien entrada la noche y estaba realmente cansada. Lo peor no había sido el trabajo. Al fin y a cabo, ser un príncipe valiente y matar un par de ogros, acabar con un enorme dragón y rescatar una princesa antes de cenar, y derrotar a cientos de esqueletos que defendían a una malvada momia a base de los hechizos que lanzaba una vieja hechicera era lo de todos los días. Lo peor había sido lo de después. Era lo que menos le gustaba de actuar en los castillos de los nobles. Si las obras eran en un pueblo, todo el mundo se reunía en la taberna y comentaban y reían. En los castillos, no. La troupe apenas se había cambiado de ropa cuando ya era reclamada para ser recibida la familia, los brutos de la guardia y demás. ¡Por no hablar de los insufribles hijos pequeños!

     Los del señor de Albentry habían sido extremadamente educados. Cosa rara. Aunque las severas miradas de su cuidador igual habían tenido algo que ver. Eso y el largo bastón de madera que portaba y no dudaba en sacar a pasear. También los padres se mostraron amables y educados. Alabaron su interpretación y les escucharon atentos cuando ellos les contaban los pequeños trucos que utilizaban para atraer la atención del público. No era lo normal. Y menos aún que el sirviente, por mucho que fuese el encargado de educar a los niños, tomase parte en la conversación como si fuese un igual. Ailin empezó a sospechar, sobre todo porque sus compañeros estaban desvelando secretos sobre su oficio que nunca contaban a nadie. Al menos, la noticia que les dio antes de acostarse Nurlian, el jefe de la troupe, era más que interesante: el señor de Albentry iba a patrocinarles si aceptaban entrar a su servicio.

     Durmió mal. Les habían permitido aparcar los carromatos en un pequeño patio lateral. Pero no fueron los ruidos de los animales que andaban por allí, ni los golpes del martillo del herrero contra el yunque, ni los guardias con sus tintineantes cotas haciendo la ronda. No. Algo le daba vueltas por la cabeza y no acertaba a saber qué era. Así que se levantó pronto -un par de horas antes de comer- y decidió acercarse a los hornos a ver si conseguía algo de pan tierno para desayunar. Cuando llegó a su destino, sólo dos panaderos y el preceptor de los niños estaban allí.

     -Buenos días -saludó Ailin nada más atravesar la puerta. -Venía a por algo para abrir boca. ¡Estoy hambrienta!

     -Sírvete tú misma, chica -le espetó uno de los hombres, todo envuelto en harina y sudor. -Hay mucho que hacer.

     Ailin fue a coger unos pequeños panecillos blancos; pero la mirada del anciano, que meneó levemente la cabeza, hizo que se decantase por un pan de peor calidad. El viejo asintió y, con un gesto, la invitó a sentarse a su lado.

     -Es mejor así. Esos bollos son para la familia. El pequeño Geoffrey los engulle sin cesar. Desaprovechados. -Y, guiñándole un ojo, le tendió uno de los panecillos blancos que había ocultado en su manga-.

     -Bueno -le devolvió el guiño-. Cada cual debe saber el puesto que le corresponde.

     -Ya que lo mencionáis. ¿Cuál es el vuestro: príncipe, hechicera, sirviente, bandido? Vos aparentáis ser eso y mucho más. Y, sin embargo, aunque os hemos visto en muchas facetas, no os reconocemos.

     -Sólo soy yo. A veces, como anoche, actúo y soy muchos otros. Pero lo que en realidad me gusta es idear todos esos trucos que mis compañeros tan amablemente os desvelaron anoche -dijo con evidente pesar. -Ahora tendré que idear otros nuevos. Sobre todo si vamos a entrar al servicio del señor de Albentry.

     -¿Ya habéis tomado una determinación?

     -En realidad no. Bueno. Al menos no oficialmente. Se supone que es algo que nos afecta a todos y que todos participamos en la decisión. Pero como Nurlian está claramente convencido, no creo que nadie se oponga. Además. ¿Cómo rechazar una oferta así? Es lo que muchos llevan tiempo esperando. Trabajo estable y comida todos los días. No se les puede reprochar que les tiente. Sobre todo a los más mayores.

     -Sin embargo…

     -Sin embargo -continuó Ailin- perderemos nuestra capacidad de ir dónde y cuando queramos, de representar una obra u otra, de quedarnos o seguir sin que nadie nos obligue. En definitiva, nuestra libertad.

     -Es cierto. Un dilema complicado.

     -No para mí -dijo ella con un gesto soñador. -Yo pertenezco al camino. Me gusta ir de un sitio a otro, ver cosas nuevas y conocer gentes distintas, escuchar historias de lugares que no conozco, y conocer ciudades cuyo nombre sólo existe en las baladas. Si ellos se quedan, yo soy libre de irme.

     -¿Y lo harías?

     -La verdad… no lo sé. Nada me ata a ellos o a este castillo.

     -Quizá la decisión no corra tanta prisa como crees.

     Las campanas de alarma empezaron a tañer. Todo el mundo comenzó a ir de aquí para allá gritando: Vienen los hombres de Harald, vienen los hombres de Harald. El miedo era patente y sólo los soldados mantenían un relativo orden.

     Poco tardó Ailin en hacerse una idea de lo que ocurría. Las tierras de Albentry estaban al norte y servían de frontera con los bárbaros de Harald, que de vez en cuando saqueaban las ricas tierras del sur. Los campesinos de los alrededores habían corrido a refugiarse en el castillo. Tendrían que reconstruir sus granjas, pero al menos salvarían la vida y el ganado. Los atacantes usaban siempre una táctica similar. Esa noche estarían asediados por el contingente más numeroso, encerrando a los defensores dentro de las murallas, mientras varios grupos se dedicaban a la rapiña. Nada les sobrevivía. De haber tenido más tropa, quizá el señor de Albentry se hubiese atrevido a plantarles cara. Pero, con los escasos soldados de que disponía, lo mejor era defender a la gente a resguardo de la fortificación.

     Ailin no lo veía así. Lo más importante era poner a salvo a la gente, no cabía duda. Solo que pensar que esas familias tuviesen que empezar de cero cada vez que los haraldianos les invadían… Buscó al anciano y, casi asaltándole, le pidió que le llevase ante el señor. Tal fue su insistencia que éste la recibió y, tras una embarullada exposición de ideas, recibió permiso para llevarlas a cabo. Al fin y al cabo no interfería con la defensa del castillo. Pasó la tarde corriendo, perseguida por el pobre tutor, pues él le daba la autoridad que necesitaba para conseguir que los vasallos de Albentry le hicieran caso. Anochecía cuando ambos se sentaron, exhaustos, en uno de los comedores.

     -¿Funcionará? -preguntó el anciano tras servirse una jarra de cerveza.

     -Ya lo veremos. Si es cierto la mitad de lo que he oído sobre los bárbaros, tardarán años en reunir el valor para volver por estas tierras.

     -¡Ay! ¡Que a mis años tenga que confiar en las baladas y las locas ideas de una jovencita!

     -Bueno… En mis locas ideas y un montón de dibujos raros que habéis hecho vos.

     -Sí, pequeña. ¡Eso es ciencia! Y ahora que lo dices… no te vendría mal aprender un poco. Con tu imaginación y una buena dosis de conocimientos… -Ambos rieron.

     -Propónmelo mañana -dijo ella ofreciendo su jarra en un brindis-. Eso significará que hemos tenido éxito. ¡Hasta puede que acepte tu oferta!

     Poco tardaron en ver llegar las hordas de Harald. Eran muchos, unos quinientos, mientras los defensores apenas pasaban de cincuenta hombres a caballo, una veintena de guardias en los muros y la improvisada e inexperta milicia de aldeanos apenas armados. Con la eficacia que da la costumbre, rodearon el castillo. Nadie podría entrar o salir sin enfrentarse a un combate suicida. El señor de Albentry llamó a Ailin.

     -Mis defensas están dispuestas como siempre. Ellos no podrán entrar; pero tampoco evitaremos los saqueos. Y aún hay rezagados que no encontrarán refugió esta noche -se lamentó-. Mañana morirán. Voy a dejarte llevar a cabo tu plan; pero no arriesgaré ni una vida a menos que lo vea muy, muy claro. ¿Has entendido?

     -Como digáis… mi señor.

     Ailin corrió al muro donde la esperaba el anciano.

     -No sé si confía o no en que tengamos éxito; pero vamos a dar un buen espectáculo.

     Cuando fue ya noche fue cerrada todas las antorchas del castillo se apagaron. Sólo un gran fuego ardía en mitad del patio. Un viejo encorvado se asomó a las almenas con un bastón encendido en la punta. El silencio era tal que se oía el crepitar de los maderos. Un grito profundo dio comienzo a un extraño ritual. Pronunció extrañas palabras que resonaron en la quietud de la noche. Repitió el grito y señaló con el bastón hacia el campamento enemigo. Una bola de fuego salió disparada y estalló un poco detrás de las tiendas. Un nuevo gritó-conjuró-gritó y otra bola salió disparada. Y otra, y otra, y otra. Tantas como munición tenían para la catapulta que habían escondido tras el muro.

     Los haraldianos estaban ya muy asustados cuando el grito cambió, mucho más agudo, como el chillido de un animal. Una línea de fuego cayó desde la torre hacia la puerta, envolviéndola en un humo. El mago ya no estaba y los portones estallaron. Una bestia volaba a ras de suelo dirigiéndose hacia el campamento enemigo lanzando bocanadas de llamas. Ailin botaba en el pescante de su modificado carromato, mientras los ayudantes del herrero se afanaban en la trasera. Cuando alcanzaron a los enemigos estos huían aterrorizados del dragón que les atacaba, seguido de cincuenta jinetes con espadas ígneas.

     -No creo que vuelvan en mucho tiempo, la verdad -dijo el anciano tutor al señor de Albentry. Y creo que he encontrado una nueva pupila.

     -Aunque también tiene mucho que enseñarte, viejo maestro. -rió el noble-.

     -Parece mentira, pero aún puede sorprenderme una descarada jovencita.