Magia-de-libros

Magia de libros

La primera versión de este texto fue escrita para el Cibertaller de José Losada.

 

 

   «Hoy ha sido un día de mierda».

   Aunque no se lo crean cuando acaben estas páginas, ese será el último pensamiento de nuestro protagonista antes de sumirse en los reparadores brazos de Hypnos, el sueño, del que ya solo espera le lleve hasta su gemelo, Tanatos, la muerte sin violencia, cuando Átropos, la mayor de las tres Moiras, decida cortar el hilo de su vida. No es que haya urgencia alguna y, aunque dicho asunto tampoco le preocupe en tanto que inexorable, sí reza por que le dé tiempo a finalizar la segunda más trascendente de sus tareas. Porque, a la primera, se le antoja del todo imposible.

   Ya me perdonarán este metamórfico inicio; pero uno se contamina con el trabajo que lleva entre manos y, en el momento en que inicio esta historia, me ocupa enseñarle a Shakervantes la obra de un tal Ovidio. Estos divagares quizá no sean sino bobadas de senectud, por lo que les solicito ahora su indulgencia y, de este modo, holgará hacerlo de continuo a lo largo del relato. Vaya por delante mi agradecimiento si me la conceden y, en caso de que su arrogancia se lo impida, asuman mi indiferencia. La edad, es lo que tiene: tú te tomas la licencia y al que le parezca mal, con su pan se lo coma.

   Como sin duda habrán deducido del escatológico aforismo con el que se desencadenaba esta historia antes de perderme en eruditas digresiones, mi intención es narrarles un día de la vida de alguien.  En ningún caso mis elecciones han sido azarosas, vacuas o baladíes. Como acabarán por descubrir, tanto la fecha como el personaje resultarán de inusitado interés. Sin embargo, no nos adelantemos, que las historias se entienden mejor si se comienzan por donde deben y se sigue algún orden, el que sea; pero se sigue. Lo dicho: ¡a ello!

   Calímaco ―que debe su gracia al encargado de ordenar la mítica biblioteca de Alejandría―, se levantó con el runrún de elegir un nuevo libro ya de buena mañana. Había trasnochado algo más de lo aconsejable, no porque su descanso no pudiese posponerse, sino por el incremento en el gasto de bujías que, siempre, siempre, siempre, supone un serio problema. Pero no quiso dejar para mañana lo que podía hacer hoy, y más cuando le faltaban tan solo dos capítulos. Deseaba terminar de leerle a Shakervantes la obra antes de irse a dormir ―nunca se sabe― y, por qué no reconocerlo, también ansiaba conocer qué demonios le deparaba la vida al último de los Aureliano Buendía y si sus amoríos con Amaranta Úrsula llegaban o no a buen puerto. Así que acompañó un trecho a la luna hasta ponerle punto y final a los cien años de soledad y, tras envasar al vacío el volumen y acomodarlo en su nueva y definitiva ubicación, al menos hasta el próximo cambio de normativa, se acostó. Y, dado que lo hizo tras finalizar una lectura, lo hizo asimismo con el runrún con el que se levantó: tenía que escoger.

   Escoger es una tarea complicada para el ser humano. Si eres un perro, según he leído, depende de la comparativa entre lo apetitoso que se vea y la distancia a la que esté; si eres humano… Si eres humano nadie tiene puñetera idea de qué depende. El hecho es que escogemos de acuerdo con criterios ignotos y, esto sí es conocido e internacionalmente aceptado, nos cuesta; nos cuesta mucho. Así que Calímaco repasaba su copia del grueso volumen que recogía el cuadringentésimo quincuagésimo primer Catálogo Universal de Libros Olvidados, en el que con exasperante lentitud iba marcando aquellos que dejaban de serlo, toda vez que Shakervantes ya los había escuchado, para discernir alguno que le llamase. Leerle a él era una labor penosa, pero trascendental más allá de cualquier atisbo de duda. A ella había dedicado Calímaco todos y cada uno de los días de su vida desde que certificó su don y, a causa de esa relevancia, le resultaba tan complicado elegir tras tachar un nombre en el aparatoso tomo. Hacerlo era, al tiempo, un alivio y una tortura.

   Pues eso; que ahí tenemos a Calímaco dándole vueltas al colacao matutino, carente ya de grumos y apenas humeante puesto que, ensimismado con el índice bibliográfico, lo revolvía de forma automática e inconsciente. Tanto que se sobresaltó cuando le llegó la trágica noticia: la sección nonagésimo cuarta se había derrumbado. Tras unos instantes, en los que forzó su memoria al límite, y recorrer mentalmente la planta del complejo, suspiró resignado. Iba a alegrarse al descubrir que las nonagésimas no incluían estanterías, cuando se dio cuenta de que no le era posible. Al fin y al cabo, por detrás en importancia de los sagrados textos se encontraba la vida de los maestros e, inmediatamente debajo en la escala, la de los aspirantes. Y la nonagésimo cuarta albergaba los dormitorios de estos últimos: maestros y aspirantes.

   ―Por favor, amplía la noticia. Magnitud de daños ―dijo en tono neutro, como hablando al aire.

   Los datos recibidos hicieron que, diez minutos después, el colacao acabase en el microondas y la necesidad de decidirse por una nueva lectura, hasta entonces su prioridad más absoluta, postergada sin clemencia. Era una tragedia de proporciones bíblicas, un tercer diluvio que bien podría asolar, en esta ocasión sí, a la especie humana. Si se había perdido una promoción completa, ¿quién retomaría su ingente labor?, ¿cómo podría soñarse siquiera con finalizar el sagrado empeño? La campanita del pequeño electrodoméstico, inútil y redundante sistema de alarma en tanto que de forma simultánea se había apagado la lucecita interior y parado el zumbido del motor, indicó a Calímaco que su bebida había dejado de dar vueltas y estaba lista, de nuevo, para endulzarle, tarea complicada tras el infausto suceso, la jornada. «¡Empezamos bien!», se dijo al descubrir que, tras alcanzar su contenido el punto de ebullición, el vaso sobresalía como un semitransparente cono volcánico en un mar de chocolate sobre el plato cristalino. Tras varios juramentos y ladridos, recibió un nuevo desayuno, este en perfecto estado de revista. «Pues nada, hoy tocan cuatro magdalenas», se resignó.

   Las horas transcurrieron de sobresalto en sobresalto. Los partes informativos eran cada vez más deprimentes y el ánimo de Calímaco no podía bajar más aprisa. Solo si le hubiesen informado de un incendio o de que algo irreparable le había ocurrido a Shakervantes su humor hubiese caído en un pozo más hondo. Apenas probó bocado durante el almuerzo a pesar de las recomendaciones de su asistente personal, que no consideraba el ayuno como beneficioso en aquellas circunstancias. Conforme avanzaban los trabajos de desescombro, el humor de Calímaco pasó del gris marengo al negro y, a última hora de la tarde, del negro profundo, al abisal, primero, y al negro como la boca de un lobo, después. No les voy a cansar. Al final, cuando supo que todos los maestros habían perecido bajo los escombros y que idéntica suerte habían corrido los alumnos residentes, lloraba como una Magdalena ―no confundir con las que se había comido por la mañana―.  En un alarde de fortaleza, abrió el Catálogo Universal de Libros Olvidados y escogió uno al azar. Ese sería el próximo que le leería a Shakervantes. La elección, al menos a la vista de lo que sucedió después, podría entenderse como premonitoria. Aunque, bien mirado, también lo podría haber sido el texto anterior. Por supuesto, es más fácil encajar las piezas que ya se conocen … Y, así, no vale.

   Mientras recorría apesadumbrado los oscuros pasillos que serpeaban entre los curvados anaqueles a la caza del libro que había seleccionado, Calímaco se preguntaba si merecía la pena seguir adelante, si ahora que él era el último maestro tenía sentido continuar. También dudaba acerca de si debía conservar o no el título de maestro. «Porque, claro, maestro es el que enseña una ciencia, arte u oficio, y no quedan alumnos vivos, por lo que no tengo a quien enseñar. Pero, por otra parte, también es alguien que destaca entre los de su clase u oficio, o quien es práctico en una materia y la maneja con desenvoltura. Y esas dos circunstancias pueden aplicárseme sin matices», cavilaba. Pero Calímaco era un perfeccionista y no deseaba verdades a medias. ¡Ni siquiera a dos tercios! Así que, aunque fuese en tercer plano, tras la búsqueda y el pesar por lo acontecido y lo referente a su cargo, su cerebro se puso a elucubrar posibles soluciones. Estas, no obstante, huían de él más veloces que la tal Dafne del lujurioso Apolo. Cuando localizó el tomo que perseguía, la metafísica ganó prioridad sobre la maestría, así que lo de arreglar las cosas pasó a un segundo plano, el azar tomó cartas en el asunto y, por una vez en aquella aciaga jornada, se puso de parte de nuestro sufrido bibliotecario. A un Calímaco superado por los infaustos sucedidos se le escapó un hondo suspiro y una queja en voz alta. Bien que la pregunta era retórica; pero no siempre los mensajes llegan al receptor con la emotividad original.

   ―¡Ay! ¿Seré acaso yo, Calímaco, el último de mi especie? ¿No habrá un pupilo al que despertar el don que tan celosamente atesoro?

   Harto de tanta estrechez, desconocedor de lo que estaba por venir y cansado de justificarse, solicitó un termo de café y unas bujías con la intención de comenzar el nuevo título con Shakervantes. En cualquier caso, mientras esperaba lo encargado se dispuso a cenar y, con el baclava del postre, se hizo cargo de una botellita de pacharán, de ese de que, según la guía «Papilas y moléculas», tan bien marida con los dulces. Así que pueden imaginarse su estado cuando, en lugar de la bebida y las velas, su asistente se le presentó con un niño de unos seis años cogido de la mano.

   ―Perdóneme si me he sobrepasado en mis atribuciones; pero, de acuerdo con su solicitud previa, he localizado a este aspirante cuyo don, según indican las preliminares, tiene un setenta y cinco por ciento de posibilidades de ser despertado.

   Su expresión era, literalmente, inenarrable. Así que comprenderán que me excuse intentarlo.

   Ese tierno infante, este que les escribe como sin duda habrán colegido, no entendía nada de nada. Unas horas antes estaba jugando a la pelota en la plaza y, tras ser requerido, separado de sus padres, trasladado al Enclave, aseado, examinado física e intelectualmente, sometido a pruebas que a él se le antojaron torturas propias de los seres infernales con los que se les asusta y conmina a ser buenos, le llevan ante un viejales beodo que, entre hipidos, deja traslucir su alegría por mi hallazgo, su ira por su estado y la sonrisa lobuna de un jugador de póker con mano propicia. Entre inquietantes faltas de equilibrio ―les recuerdo que nos alumbraban candelas― y frases inconexas, fui conducido a una sala en la que nos aguardaba Shakervantes, quien me fue debidamente presentado. Me sentaron en un sillón orejero ―el asistente lo hizo― y Calímaco ―de nuevo el asistente, aunque esta vez utilizó al bibliotecario como un ventrílocuo a su muñeco, tanta reverencia le mostraba al objeto― me colocó en las manos lo que más tarde identificaría como un libro. Bueno, librito. Y, tras acomodarse en un butacón gemelo frente al mío, se dedicó a la ingesta indiscriminada de cafeína e hidratos de carbono en un intento de paliar los efectos del licor de endrinas.

   Yo no sabía qué hacer con aquello que tenía ante mí, así que, presa del mayor aburrimiento, comencé por separar el colorido cartón y mirar dentro. Una especie de casita ocupaba la página.

   ―«A» ―dijo Calímaco emocionado cuando la señalé con mi dedito.

   ―«A» ―repetí presa del tedio.

   ―«B» ―cuando apunté a un palo con dos círculos superpuestos de la hoja contigua.

   ―«B» ―repetí de nuevo siguiéndole el juego. Aquello podía tener gracia.

   ―«BA» ―cuando aparecieron la una junto a la otra―.« BA».

   ―«BA» ―logré decir cuando lo pronunció por segunda vez.

   Seguimos durante un buen rato. Era divertido, sobre todo por los gritos ―«¡Tiene el don de la lectura, por Tutatis! ¡Tiene el don de la lectura!», agradecía― y los bailoteos que se pegaba el anciano, henchido de gozo. Bueno. De dicha y de pacharán, ¿recuerdan? Por eso no es de extrañar que, después de darme un vaso de leche con galletas y arroparme en una camita en un cuarto aledaño al suyo, se durmiera pensando que, aquel, había sido un día de mierda.

   «¡Qué desagradecido! Si, al final, todo le ha salido bien. ¿Cómo puede dormirse pensando “ha sido un día de mierda”?», se preguntarán quienes de ustedes recuerden lo que les dije al principio. Lo que no tienen en cuenta es qué fuerzas han intervenido. Al fin y al cabo, si Calímaco pudo solventar tan contrarias tesituras y mantener vivo el proyecto de audiolibros para analfabetos «Shakervantes» al encontrar un sucesor, fue gracias a que Tiqué, el azar antes de que lo renombrara Ovidio, utilizó el Catálogo Universal de Libros Olvidados para que le leyese la cartilla. Ósea, que lo hizo con el C.U.L.O.

Cadena de Comentarios

Hola, compañeros:

Vi esta iniciativa en un blog, le seguí la pista y no pudeo resistirme; me parece una idea estupenda y que, de forma natural, puede poner en contacto a muchas personas con intereses comunes. ¡Bravo!

Además, se está revitalizando, así que gracias por el esfuerzo a sus creadores y a quiernes la mantienen viva. Espero poder aportar un granico de arena.

Saludos

¿Suerte?

     “Suele afirmarse sin ambages que la suerte no existe, que todo nace del trabajo y que cuanto se logra se paga con sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor. Pero estoy más que determinado a demostrarles que eso no es cierto, que ni por asomo se aproxima a la realidad que nos rodea, al mundo en que vivimos. Si quieren ser alguien en este ámbito, deben hacer por tener a la divinidad —yo prefiero a Tyche, la versión griega— de su parte. Seguro que recuerdan la imagen del miliciano anarquista abatido en Espejo y que tuvo la fortuna —mala— de que una bala enemiga le impactase, y —buena— de que el genial Robert Kappa estuviese por allí, cámara en ristre, y le disparase directo al estrellato “post morten” —en sentido absoluto ya que, fuera de los ambientes eruditos, nadie conoce su nombre— y a una fama que nunca pudo disfrutar. Sobre todo, en un momento en que uno no podía permitirse el lujo de tirar fotos como ahora, cuando todo es digital y no tenemos más inconveniente que la memoria de nuestra tarjeta, por cierto, reemplazable. Así que ahí tenemos a Federico Borrell García en el instante en que su carrera es detenida por unos gramos de plomo que, por gracia de la casualidad, la diosa o el azar cósmico, transformó dicha imagen en un icono del siglo veinte. Incluso aunque su veracidad esté altamente cuestionada. Desconozco el tesón de Kappa encarando su labor. Pequeño no sería cuando se desplazó a una zona de guerra; pero no me negarán que hay un extraño punto de suerte, una “mano bendita” que permitió captar el instante preciso, el dramatismo exacto. Por no hablar ya de las cuestiones estéticas, como el encuadre o los juegos de sombras, que proporcionan una composición difícilmente aceptable como accidental.

     »Quiero que, al menos durante el cuatrimestre que dura mi asignatura, aunque sería deseable que lo asumiesen como actitud continuada, salgan a la calle y me traigan ejemplos de instantánea, de fotografía directa, sin más estilismo que el que sepan obtener “in situ”, sin retoques. Caso de que necesiten más inspiración, les recomiendo la toma de la niña huyendo de las bombas en Vietnam, por Nick Ut, o cualquiera de las cogidas en las plazas de toros, como “Manolete bajo Islero” o la de José Tomás en Linares, por citar un par de ejemplos. Si no se sienten cómodos con la tragedia, siempre amiga del reportaje, el mundo deportivo les proporcionará excelentes oportunidades. Incluso el capítulo de sociedad, perdón, prensa rosa, les puede ofertar un robado o un despiste, no por irrelevante menos lucrativo. Así que tomen sus herramientas, afilen sus conceptos y, si desean nota, sorpréndanme.”

     No tengo ni idea de por qué esta sesión de inicio de mi curso de fotografía asaltó mi mente durante las casi nueve horas de duermevela que duró el viaje desde Madrid hasta Santo Domingo. Lo cierto es que no pude pegar ojo. Y no sólo porque sienta un cierto recelo a volar. Siempre he pensado que es antinatural y, por más que entienda la física que sustenta a una aeronave en el aire, ese conocimiento no me aporta ninguna confianza. Pero no. La inquietud que me negó el descanso durante el vuelo era a causa de Seda, mi pastor belga malinois, que se encontraba sedada y sola en la bodega del enorme Boeing. Mi veterinaria de confianza, a la sazón mi cuñada, nos había acompañado hasta el embarque y, por enésima vez, me tranquilizó a pie de pista y revisó el botiquín canino que incluye mi equipaje. Mientras, su hermana se aseguraba de que mi documentación y el pasaporte internacional de Seda estuviesen accesibles en mi bolsa. Por fin, ¡bendita sea!, me puso en la mano un paquetito de chuches para ella y me dio uno de esos besos que bien podrían haberme hecho renunciar al viaje. Sus palabras, no obstante, aún me alientan.

     —Cuidaos y haced que nos sintamos orgullosas. Para esto lleváis dos años trabajando, así que dejad bien alto el pabellón. ¡Te quiero! —Tuve que besarla, porque ni hubiese podido resistir sus lágrimas, ni quería que sufriera las mías.

     La llegada a Santo Domingo fue menos caótica de lo que esperábamos. Un miembro de la embajada española nos aguardaba en el aeropuerto y había realizado las gestiones necesarias. Él se encargó de la documentación, lo que los guías caninos le agradecimos de corazón, pues nos descargaba de la pesada burocracia y, sobre todo, nos permitía ocuparnos de nuestros compañeros apenas aterrizados. Dos horas más tarde traqueteábamos en un viejo autobús camino de la frontera haitiana, que cruzamos sin más trámite que un vistazo a nuestros papeles: pasaporte y certificado de vacunaciones de hombres y perros. La carretera se convirtió en camino, el bosque en páramo y la solidaridad en angustia. La pesadumbre se palpaba en el ambiente, en los rostros que desfilaban hacia el país vecino, hacia la otra mitad de la isla en que, si bien había sufrido el mismo terremoto, las consecuencias no podían compararse. En este lado se aunaron calamidad y miseria, lo que transformó un sismo de gran intensidad en una catástrofe de dimensiones bíblicas. Si el cansancio del viaje nos había sumido en un precario estado de ánimo, comprobar la magnitud del desastre conducía inevitablemente a la depresión. Si nunca has necesitado apoyo psicológico no puedes entender la importancia de alguien que se preocupe de que reconozcas, aceptes y canalices adecuadamente las emociones. Querría saber explicároslo; pero no sé. Ni tengo las palabras, ni soy capaz de expresar cómo hacen su magia. Tan sólo os diré que, de no ser por ellos, no hubiésemos sido capaces siquiera de asumir el entorno con la celeridad imprescindible. Porque el tiempo es nuestro auténtico enemigo.

     Varios soldados nos abrieron paso hasta la base de la Unidad Militar de Emergencias entre una multitud hambrienta, enferma y desesperada que trataban de organizar y atender. Nos asignaros unas tiendas y, tras unos minutos de “Skype” con los de casa y un breve refrigerio, nos pusieron en contacto con el Centro de Coordinación. Aquí ya estábamos en nuestro elemento. Más bien mis colegas lo estaban pues, para Seda y para mí, todo era novedad. La actitud con que fueron recibidos no dejaba lugar a dudas: se les conocía y se respetaba su pericia. Tras unos saludos y la asignación de cuadrantes de búsqueda, regresamos a nuestro pequeño rincón con tiempo por delante para lograr que nuestros compañeros se adaptasen tras el viaje y estuviesen en plenas condiciones. A partir del próximo amanecer les íbamos a exigir un esfuerzo ímprobo. El cometido de la Unidad Canina de Rescate es sencillo. Siguiendo la zona asignada, una pareja realiza la búsqueda de personas vivas atrapadas entre los escombros. Si se detecta una, se llama a los topos, bomberos que desafiarán los derrubios y tratarán por todos los medios de llegar hasta la víctima y extraerla con la mayor seguridad posible para todos. Si el resultado es negativo, la zona queda marcada y pasamos a la siguiente. Como he dicho, el tiempo es nuestro principal enemigo, pues reduce las oportunidades de que los afectados sobrevivan. Y, aun así, debemos proceder con paciencia y minuciosidad. No podemos permitirnos errores por el bien de las víctimas, por el nuestro y por el de los animales. Un fallo puede costar vidas en los inestables derrumbes. Las que no salvas o las de quienes han de moverse sobre ellos, a dos o a cuatro patas. Así que funcionamos bajo un poquito de presión.

     Pasé la tarde con Seda, repitiendo rutinas, adaptándonos al cambio de continente y al jet lag. La pobre estaba embotada: todo era nuevo, todo olía raro. Llegó, incluso, a ponerse agresiva con los nativos. Nunca le ha gustado el olor de los negros. No es racismo —es un animal—. Sencillamente, huelen distinto. Para eso me traje unas cuantas cosas de casa y, poco a poco, construimos un pequeño oasis de confort en un entorno hostil. Ambos mirábamos asombrados a los otros equipos. Siempre me ha encantado ver a un guía canino con su complemento, la excitación por satisfacer al humano, su disposición al trabajo, fruto de un refuerzo positivo, y el vínculo que se establece entre ellos. Nosotros éramos el banquillo, estábamos allí para que yo aprendiese, para que supiera cómo han de hacerse las cosas y pudiese explicárselas a Seda. Los más veteranos distrajeron algún minuto para darme consejos e, incluso, me pidieron que hiciésemos algunos ejercicios para ver cómo estábamos. Su cara de satisfacción me llenó de orgullo. Porque que las cosas se hagan bien o mal es sólo mi responsabilidad. Seda pone todo de su parte. Si algo no funciona, el fallo es mío, bien por no saber explicárselo, bien por no entenderla. La cena en común terminó casi al anochecer. Y a mí, como suplente me tocó la guardia central. No me importó. Prefería que quienes tienen más experiencia estuviesen en las mejores condiciones posibles.

     Comenzamos con un café rápido, en ese oscuro lapso que precede al amanecer, que nos tomamos mientras sacamos a los perros para que se estiren un poco. La media luz antes de que el sol se haga con su trono convertía el paisaje en material para Dante y su descenso. Aproveché el corto recorrido para comprobar que llevaba todo. Seda notaba mi nerviosismo y me lamía, como preguntándose si ella debería preocuparse. La acaricié para tranquilizarme. Parece mentira; pero ellos lo llevan mejor. Están excitados, sí; pero porque intuyen que van a jugar, que van a hacer eso que tanto nos gusta que hagan y que tendrán sus recompensas.

     —Bueno, Galván. Soy Félix. Hoy vamos a trabajar juntos. —El hombre que estaba a mi lado, y que reconocí como veterano, repasó con la mirada el equipo mientras me ofrecía su mano, que estreché. Dejé que Seda le oliese—. No te preocupes, lo haréis muy bien. Supongo que te han contado el “planning”.

     —Marcos, encantado —Le di mi nombre, pues en la guerrera llevábamos rotulado el apellido. Marqueta era el suyo—. Me han dicho que voy de repaso, que barreré zonas descartadas.

     —Pues te han dicho mal. Tenemos demasiados escenarios para tan pocos medios. Así que te hemos asignado una zona completa. No te preocupes —me dijo ante mi evidente sorpresa—. Me vas a tener de niñera. Tu cuadrícula se intercala con la mía, así que siempre podré echarte un ojo. —Miró el costado del arnés y respondió a su petición de caricias—. Seda va aportarse como una campeona, ¿verdad, chica? Menos mal que tienes bien adiestrado a este humano —me sonrió—. Míralo, si parece un yogurín de los de machacarse en el gimnasio. Si no fuera por el moreno, hubiese dicho que era de algún país escandinavo. ¡Te lo has buscado guapete! ¿Qué, Seda, se le da bien esto o sólo sirve para ligar con jovencitas? —La perra ladró, como contestándole y le lanzó un lametón. La aparición del morro de su pastor alemán exigiendo atención relajó definitivamente el ambiente.

     Llegamos a la zona de rastreo y descendimos del todoterreno. Félix, presentó a Seda y Ra para que no hubiera problemas. Era un macho imponente. De pelo corto, rojizo y negro, hubiese sido un ejemplar de concurso de no ser por la altura de sus cuartos traseros. Es una línea de trabajo, por lo que no se le ha forzado la posición de la cadera al gusto de “belleza”, que tantos problemas les crea en la vejez. Seda parecía pequeña a su lado. Más baja y compacta, su tono marrón oscuro salpicado de negro no la hace resaltar. Pero sí su vitalidad. Y ese remate blanco en la punta del rabo, que oscila a una velocidad increíble. A los dos años, tiene muchas más ganas de jugar que Ra.

     —Si te parece, Galván, empezáis vosotros y yo te superviso. Hoy nos iremos alternando, para que te sueltes y comentemos lo que necesites ¿ok?

     —Como veas.

     —No te preocupes. Lo vais a hacer de diez, ya lo verás. Confío en vosotros.

     Seda permaneció acostada a mi lado mientras me giré para evaluar la zona: un edificio de tres plantas que había colapsado por completo. Nuestro intérprete me explicó que era una escuela infantil, de ahí la presencia de un nutrido grupo de gente que era apenas contenido por la policía local. Decidí cómo íbamos a actuar y le consulté al bombero que nos acompañaba, que sonrió satisfecho con mi análisis. Elegir bien por dónde puede transitar supone la diferencia entre la vida y la muerte. Para él y para los posibles supervivientes enterrados. Nadie quiere un nuevo derrumbe.

     Miré a Seda, que aún no había apartado la vista de mí, y comencé la pauta de inicio. Con un alegre ladrido me confirmó que estaba dispuesta, que tenía ganas. Con cuidado, comenzó a trepar con la trufa abierta, venteando. Caminaba despacio, asentando bien las patas y asegurándose de que el terreno era lo bastante estable.

     —Vais muy bien, tranquilo. Céntrate en la perra, sólo en ella. No hay nada más que vosotros dos. Y me gusta mucho cómo se desenvuelve —me dijo ante mis continuas miradas pidiendo aprobación.

     Fui llevando a Seda por las diferentes zonas asignadas. Durante veinte minutos no existió nada más: ella y los escombros. Incluso la gente alrededor se había callado cuando empezamos a trabajar. Un silencio que sentí como un intenso grito de esperanza, de religiosa necesidad de creer en los milagros. Hice volver a Seda, que recibió su premio. Tras quitarle gafas y botas y revisarle las almohadillas, le puse un plato con agua y la dejé tranquila —no se había ganado su juguete— mientras observaba con envidia cómo se complementan Ra y Félix. Apenas tenía que darle órdenes y, cuando lo necesitaba, levantaba la cara como pidiéndolas. ¡Increíble! No sé lo que verían los demás; yo estaba fascinado.

     Nos alternábamos cada veinte minutos, con un rato para comentar, de modo que cubrimos cuarenta de cada hora. Era un poco estresante para los animales —deberían descansar una completa entre búsqueda y búsqueda—; pero teníamos prisa. El reloj siempre corre en nuestra contra, las posibles víctimas no tienen mucho tiempo. En la tercera actuación, Ra se sentó y comenzó a ladrar. Todo se puso en marcha. El bombero cogió su “walkie” y comenzó a impartir órdenes. Pronto el área se llenó de actividad y, en cuanto el can regresó, los topos entraron en acción.

     Nosotros aprovechamos para comer y relajarnos, mientras nuestros compañeros enredaban, algo que potenciamos para que reduzcan el estrés. Las noticias de los rescatadores fueron espectaculares: Ra había encontrado un aula en la que sobreviven una profesora y varios alumnos. Ambos conectamos los teléfonos móviles y comunicamos la noticia a casa. Eso nos hacía soportable la distancia y el ambiente. Como no podíamos volver a la misma zona, que ahora pertenecía a los “topos”, decidimos ir al otro extremo. Todo el mundo estaba centrado en el edificio principal, así que nos dejaron tranquilos. El día no nos deparó, por desgracia, más sorpresas. Pero haber localizado siete personas, seis niños y un adulto, era todo un éxito.

     Las rondas se sucedían y ni Ra ni Seda lograron nada. Ambos estábamos decepcionados, pues lo único que habíamos logrado había sido unas fotografías, no por duras, menos espectaculares. Hicimos un alto a mediodía para comer algo. Nos sentamos bajo unos árboles torcidos, lejos del nutrido grupo de espectadores que, en silencio, nos miraban suplicantes. No exigían nada, al contrario. Algunos se acercaron y vertieron un poco de su único litro de agua diario en los platos de Seda o Ra. Los perros sólo tendrían bebida, al menos hasta que anocheciera. Iban a comer poco las tres próximas jornadas, las que las excavadoras nos dan de margen. El plazo parece breve. Y en verdad lo es. Sin embargo, el riesgo de posibles pandemias provocadas por la putrefacción de los cadáveres obliga a iniciar los trabajos. El cólera o las tifoideas acaban con las escasas esperanzas de hallar a nadie con vida. La razón se impone. Así que hemos de aprovechar nuestra ventana al máximo.

     La tarde tampoco nos deparó más alegría que la confirmación por parte de los ingenieros de la U.M.E. de que nos iban a dar soporte y podríamos continuar mientras lo considerásemos adecuado.

     —¿Cómo estás, Seda? —Me miró con cara de ¿Jugamos, amito, jugamos?— Quieres seguir, ¿eh? ¿Qué opinas tú, Félix? ¿Aguantarán? —le pregunté cuando le vi acercarse.

     —No sé qué hacer, Marcos. ¡Siempre me pasa lo mismo! Por un lado, creo que es mejor descansar para que mañana estemos al cien por cien. Por otro, en este sinsentido, los segundos cuentan. Las tripas me piden darlo todo; la cabeza, paciencia. Aunque sé lo que hay que hacer, cuando veo sus caras…

     —Pues usemos la cabeza. Durmamos un rato, ¡que buena falta nos hace a los cuatro!

     —Cierto. Si te parece, repetiremos el sistema de hoy. No, no quiero supervisarte —se disculpó por anticipado—. De hecho, me habéis sorprendido muy gratamente. Es que he estado muy cómodo y quiero darle una vuelta a este sistema por parejas. Al fin y al cabo, cubrimos el mismo terreno y cuatro ojos siempre ven más que dos.

     —Por mí sin problema. De hecho, me acabas de dejar mucho más tranquilo. No es falta de confianza ni nada de eso; pero todo esto impresiona. ¡Menos mal que Seda es maravillosa!

     —Sí que lo es. Verla es una auténtica delicia. ¡Venga! Nos tomamos un café y dormimos un rato. Será lo mejor.

     —Sí. ¡A ver si mañana tenemos más suerte!

     —No es fácil, ya lo sabes.

     —Sí, sí. Pero….

     —Ya. Para eso hemos venido, ¿no? Parece estúpido renunciar a las vacaciones o la familia y venirse a disfrutar de este paisaje siniestro. —El retintín resultó evidente; la amargura, profunda—. Y lo es. Créeme que lo es. ¡Hasta que tu perro se para y comienza a ladrar! Cuando el revuelo de bombeos comienza y, escuchas el silencio, la emoción contenida, sin saber si brotará como llanto o como euforia. Una apuesta que ningún jugador querría cubrir; pero que el destino pone sobre la mesa, lleves cartas o no. Y te quedas ahí, en completa soledad, mientras los demás se afanan en el rescate. Hasta que, por fin, lloran, felices unos, destrozados otros, se liberan de esa congoja que les ataba las entrañas. Esa es la tabla a la que te agarras, el argumento que te sostiene cuando te preguntas, porque lo haces cada vez que te vence el cansancio, si merece la pena, si no estarás loco. Te aseguro que no, Marcos. Te juro que merece la pena. No puedo explicártelo. Cuando ves salir de los escombros a tu primer superviviente y sabes que te debe la vida, que os debe la vida —se corrigió—; cuando escuchas a tu espalda la oración que da las gracias a algún dios, que bien podría haber intervenido antes y evitarlo todo, piensas no sin cabreo; entonces, sólo entonces, entiendes por qué estás aquí, porqué haces lo que haces, porqué merece la pena. Y cuando regresas no sabes expresarlo; pero tu gente lo nota, sabe cómo te sientes.

     Su rostro se pobló de lágrimas serenas. Una mano apareció sobre su hombro y rellenó su taza con el contenido de una petaca que circulaba de tapadillo.

     —Venga, chicos. Hagamos un poco de vudú y, como dicen por estos lares, espantemos los malos orisas. Nos quedan pocas horas de sueño. Por cierto, Marcos. Me han dicho que Seda se ha portado estupendamente.

     —No hemos tenido mucha suerte, García…

     —Antonio —me interrumpió ofreciéndome el licor.

     —…pero es toda una campeona. ¡Ojalá mañana…! —Entendí el cambio de tema y le apoyé a crear la privacidad que Félix necesitaba para recomponerse. La conversación regresó al único tema que nos resultaba neutro: nuestros compañeros.

     Pero no. A Seda y a mí no nos sonrió la fortuna. Durante las dos jornadas siguientes nos dejamos las patas en el intento, mas no hubo modo. Algunos camaradas obtuvieron su compensación, el único pago que merecidamente reclaman, y que se cuenta por vidas. El cansancio se sumó al desánimo conforme el ocaso teñía el horizonte. Se acababan las setenta y dos horas antes de que las excavadoras nos fueran comiendo terreno, antes de que la obligada renuncia, como una lápida, sepultase desaparecidos y esperanzas bajo los cascotes. Apuramos los minutos de luz, sabedores de que no nos quedaba mucho. Félix me miró compungido y me indicó que debía llamar a Seda, que abandonábamos. Con todo el dolor, reconocí que tenía razón y le di la orden, que obedeció de inmediato.

     —Porque estabas tú al lado… Gracias a eso no pienso que me he equivocado, que la he adiestrado mal… ¡Qué sé yo!

     —Habéis hecho todo lo humana, y caninamente —la acarició—, posible. Y lo habéis hecho bien.

     Seda estaba nerviosa. Quería el mordedor que sabía escondido a mi espalda, en un el bolsillo del chaleco. Noté su frustración y me tentó ceder. No debía. No ha hallado a nadie con quien jugar, así que una chuche y unos mimos acompañaron un Buena chica que debía bastarle. Pero seguía nerviosa. En un primer momento lo asocié al estruendo de la maquinaria pesada. Sin embargo… el rabo, en alto y quieto, con su característica forma de hoz, me indicaba lo contrario. Algo la inquietaba. Expandió los ollares en busca de un tufo. Le di correa. La seguí y tiró del arnés hacia el público de tal modo que me costaba seguirla. Se detuvo ante un grupo y empezó a rondar a una mujer que la miraba y retrocedía intimidada. Levantó la cara y dio un solo ladrido. Me miró, la miró y, otra vez hacia mí. De nuevo, un solo ladrido, seco.

     —¡Venga, preciosa! —la animé mientras le soltaba el mosquetón—. ¡Busca!

     Ya liberada se lanzó a la carrera sobre los escombros. Yo la seguí. Se paró en un punto concreto y se volvió, gruñendo a las excavadoras. Félix reaccionó y se dirigió hacia el operario que llevaba el walkie. No sé si fue por su intervención o por el chillón tres cuartos naranja que llevaba puesto y que destacaba entre los restos; pero tras unos angustiosos segundos, que se me hicieron eternos, el rugir de motores se detuvo. Seda se giró y su ladrido fue perceptiblemente distinto. Entonces reconocí la diferencia, en qué había fallado. No esperamos a los profesionales. Se formó una cadena que retiró con cuidado cada piedra hasta despejar un pequeño pozo. Llegaron los rescatistas y nos tomaron el relevo. Bajé con la perra hasta una zona segura y, cuando le ofrecí el mordedor, no tardó en agarrarlo ufana. Como una auténtica vedette se paseó con él en la boca, para depositarlo en el suelo ante la misma joven de antes, a la que empezó a tirar de la falda. Me acerqué para sujetar a Seda y tranquilizar a la muchacha; pero fue imposible. El animal insistía Cuando la conminé a soltar la presa, se colocó tras ella y la empujó hacia el derrumbe. Forcejeamos los tres en un baile sin sentido. El grito me paralizó. Un hombre bajaba del montículo con un bulto en sus brazos y ella, escoltada por mi compañera, corrió hacia él. Cuando lo alcanzó, cayó de rodillas. Y lloró. Lloró con todo el dolor y con toda la alegría que puede sentir un ser humano, como lloran las madres tras el parto.

     Volvimos a casa. Félix tenía razón: no hay modo de explicarlo; pero los tuyos lo notan. Te lo notan, porque regresas cambiado. Ya se ha pasado el ruido del que, por fortuna, me han ayudado a mantenerme al margen todo lo posible. Ninguna noticia dura. La tragedia un poco más, nunca lo suficiente, hasta que surge una nueva. El éxito… aún menos. Ahora mismo estoy preparando un paquete. Contiene varios kilos de comida que, ya nadie se acuerda, tanta falta hacen en un Haití que intenta recuperarse. Envuelvo otra caja, más pequeña. Contiene doce figuritas de los click con sus doce perritos, cascos y arneses personalizados, claro: el equipo de rescate, su equipo de rescate. La cooperante sabe a quién debe entregarlo. Porque nació hace seis, pero esta semana celebrará su primer cumpleaños. También hay dos billetes de avión. El mes que viene se inaugura mi primera exposición. Por cierto. Mi profesor ha aceptado presentarla.

Salve, Stella Maris

La primera versión de este texto fue escrita para el Cibertaller de José Losada.

 

 

          Antes de que empieces con este relato, querido lector, me siento obligado a pedirte que me perdones. Escogí la noticia sin más afán que el de realizar un ejercicio literario, como se me había requerido, porque le vi posibilidades. Nada más lejos de mi intención que el morbo o la actualidad de la misma. Más aún cuando, de ver la luz, este texto lo hará cuando, en efecto y por desgracia, los muertos ya no estorben. Mas no es ese el motivo de mi disculpa, pues eso queda entre mi conciencia y yo mismo. Es porque he querido trasladar el acento argentino, dejes y localismos; y, por más que he revisado páginas de la red con expresiones y modismos, por más que he tratado de adecuar la ortografía al modo en que creo que debe sonar, estoy seguro de que le he hecho flaco servicio a un habla que de este lado del Atlántico nos suena tan melódica, sugerente, rica y acariciadora. Si crees que puedes perder tu tiempo y comentar o señalarme mis errores, serás siempre bienvenido. Si el pretendido homenaje ha sido un fiasco, como autor, tan solo ruego tu indulgencia.

 

Para Lorena, porque al leer su librito de relatos descubrí cómo suena el tejido del alma cuando se rasga, y puede que haya vislumbrado cómo describirlo. Ella supo salir del fondo del pozo, y ahora señala a los demás el caminito hacia arriba. Gracias por tu fuerza, milady.

 

La prensa

          —¡No te imaginás lo que acabo de conseguir! —Arremeto eufórico contra la mesa de Mario Escalardi, redactor jefe de Infobae, el periódico digital en que trabajo—. ¡Una auténtica bomba, algo que puede reventarle las pelotas a personal de muy arriba del Gobierno! ¡Material de primera!

          —Bueno, bueno, che. ¡Calmate! ¡A ver si pensás que es la primera vez que uno de mis muchachos me viene con la exclusiva perfecta! Contame, ¿qué tenés?

          —¿Sabés el sumergible militar, el San Juan? —Espero a que mi superior asienta, añadiendo dramatismo—. ¡Lo han extraviado!

          —¿Cómo van a perder un submarino? A ver. Tranquilizate. Lo primero… ¿es fiable tu fuente?

          —¡Por completo! Mirá los documentos, todos con la estampilla de la armada. La información es fetén —confirmo al tiempo que me beso, corroborándolo, el pulgar y el índice derechos—. ¡Por estas!

          —No sé a quién le habrás tirado los galgos… ¡Esa incauta ya puede tener cuidado con vos! ¡Tenés un peligro…!

          —¡Che! ¡Que no soy tan pelotudo! La historia vino a mí. Ni sé quién la manda. Me llegó al correo. Los milicos quieren taparlo y alguien no tiene tantas tragaderas. Por lo que me pone en la nota, no le parece honesto el embolado que quieren meterle a las familias.

        —Si tenés esos papeles, a mí me vale. Ponme al tanto.

        —Verás. Según los radiocables… dejame que te lo ponga por orden —le digo mientras le planto los documentos sobre la mesa—… El San Juan zarpó el lunes 13 del puerto de Ushuaia para una patrulla. A las 23:42 del martes da cuenta de una falla. Todo parece ir bien, a las 00:30 del miércoles dan las coordenadas de GPS, pero a las 00:50 confirman la avería. A las 06:00 anuncian que está subsanada y que los tripulantes se encuentran perfectamente. Aun así, se le ordena abortar y dirigirse a su base, en Mar del Plata. Luego, a las 07:30 hay un último comunicado… Te leo: “Ingreso de agua de mar por sistema de ventilación al tanque de baterías N° 3 ocasionó cortocircuito y principio de incendio en el balcón de barra de baterías. Baterías de proa fuera de servicio al momento en inmersión propulsando con circuito dividido. Sin novedades de personal. Mantendré informado”.

          —Pues no me parece que ahí haya nada que… —me dice tras revisar los folios que le he ido presentando.

          —¿No? Pues mirá. Para rematar, aquí tengo el cable con la declaración de sospecha de extravío, el comando de la búsqueda y el asignamiento de unidades. Es de las 08:52. ¿Os bastá?

         —Y qué dicen la Armada, el Gobierno. ¿Nadie habló? ¿Nadie comparece? Ni una nota de prensa… ¿Nada?

      —¡No te lo vas a creer! El Jefe del Estado Mayor General de la Armada, vicealmirante… —compruebo mis notas— Marcelo Eduardo Hipólito Srur, se halla en Montevideo y no piensa regresar por esto. Nadie, ni en la Marina ni en el Ministerio de Defensa ha declarado nada de nada. A lo que parece, quieren esconderlo todo lo posible, que no se haga ruido, a ver si aparece… ¿Recordás el mes pasado, el topetazo político en el Congreso nacional, que el Gobierno no obtuvo la mayoría para realizar un ejercicio naval, “Cormorán” me parece, con los Estados Unidos? Pues era en la misma zona en que desapareció el submarino… Dos más dos… mas de esto no podemos decir nada. No tengo datos, sólo son conjeturas.

       —¡Son insoportables! —estalla el redactor—. Nos mienten como si fuésemos reboludos. Mirá, esto es lo que vamos a hacer. En la edición de tarde incluimos la foto del cable comandando la búsqueda y así matamos dos pájaros de vez. Nos agarramos la exclusiva y no nos comprometemos con esas fuentes anónimas… Y vos, seguí con lo demás, a ver si les salta la térmica a esos estirados.

          —Así no sacamos todo el jugo…

         —Lo sé; pero andamos sobre terreno peligroso y no quiero patinazos. Vos hacerme caso. Y, si querés seguir esa línea, preocupate por las familias, que de ahí es de donde va a salir la joya, lo has de ver. Son los que se más merecen saber, ¡qué carajo! Hazte con la lista de tripulantes y levanta esa liebre, a ver qué pasa.

          Mientras me alejo, algo me dice que Mario conoce más de lo que aparenta, que el muy zorro no es ajeno a todo esto. Pero él sabe. ¡Ya demostró tenerlos duros cuando le enviudaron durante la dictadura! Vadeó los años malos sin rendirse; pero cuidando a “sus chicos”, como él nos llama. Y no ha perdido la costumbre. A mí, ya me vale.

        Y así fue. La tarde del 16 de noviembre publicamos el cable del Comando de Submarinos. Con todo, la Armada esperó un día más para confirmar la situación. Luego se precipitaron las cosas. Los enredos, los tecnicismos y las mentiras formaron una red imposible de mantener. El miedo, en forma de culpar los unos a los otros, hizo el resto. Salvo que el sumergible, por más que se sumaron buques y aeronaves de muchos países, incluso británicos —que no colaboraban desde lo de las Malvinas—, nunca apareció. Ni funeral, ni duelo por las víctimas, a la espera, dicen, de una foto que confirme sus muertes. ¿Qué se creen, que se han ido de tour? ¡Hay que tener las bolas cargadas!

          —¿Porqué llorás, Mario? Vos revelaste todo esto, vos has levantado la voz donde todos querían silenciarlo.

          —No, querida. Lo hiciste vos, Victoria, por el medio que tenías a mano. Yo solo lo organicé para que no te golpeara este quilombo. Trabajamos contra las mentiras, los callados, las excusas y las medias verdades de los gobernantes; por el dolor, la ira, la incertidumbre y las esperanzas rotas de las familias y la ciudadanía; por la solidaridad de muchos países, el rezo unido de todos los hombres de bien… Aunque ya nadie recuerda, ya nadie habla, ya nadie exige, tras el cese del vicealmirante, saber la verdad detrás de tanta tragedia.

          —Si querés publicarlo todo… Mi carrera no importa tanto.

         —¿Cómo que no, Victoria? ¡Claro que importa! ¡A mí me importa! Lo primero es que por nada del mundo te comprometería. ¿Por qué pensás que hice que se lo enviaras a uno de los chicos? Pero es que tampoco iba a servir de nada. Quizá, si lograse confirmar todo lo que me has pasado… ¡Bah! ¡Da igual! Fijate que solo cayó el militar, que a los políticos nunca les salpica el estiércol. ¡Cómo para intentar enredarlo con los yanquis! Los muertos, los únicos que podrían atizar conciencias, ya han sido olvidados por el público, ya no estorban lo más mínimo, ya no son noticia. —Me vuelvo en la cama y entierro en su pecho cara y lágrimas, consolado por su cálido abrazo, por sus maternales caricias—. Gracias por mantenerte íntegra, por ser… así —logro musitar. Por construir este remanso de paz que, aun clandestino, puedo llamar hogar.

 

La esposa

          Paseo por la suave colina que nace de la escollera, las manos unidas bajo el grávido vientre, con paso lento, melancólico, mientras lloro en silencio. El altano, céfiro ya a estas horas, me trae aromas de salmuera y mezcla aguas saladas: la que le roba al mar y la que brota de mis profundos, enrojecidos e hinchados ojos. Alguien, ahora no recuerdo quien, me ha mandado un “whatsapp” con el enlace a la noticia que adelanta Infobae y, al poco, me ha llegado la inmediata, imprescindible y contundente confirmación, en forma de tubazo de mi hermano Manuel. No ha hecho falta más. Unos fatídicos minutos que confirman mis temores, que dan significado a esa repentina congoja que, desde poco antes, parece apretarme con saña las entrañas. Por fortuna, no estaba sola cuando conversamos por el celular. Porque, a pesar de que Manuel intentó disimularlo, se le notaba que estaba en lo peor. ¡Y es de mi esposo de quien hablamos! Quedamos en que él me mantendrá al tanto, que no me ocultará nada y que va a hacer todo lo posible para conocer de primera mano de qué está pasando. Al fin y al cabo, él también pertenece a la Armada.

         Sé que me ha repetido que todos los comunicados anteriores hablan de que los marineros están sin novedad, que la avería está controlada y que, aunque es grave, pueden navegar con las otras baterías. Me lee incluso, saltándose todas las prevenciones que normalmente observa acerca de la seguridad, las que yo, estoy segura, son sus últimas palabras. Te las puedo repetir sin esfuerzo, no creo que jamás logre olvidarlas: “Ingreso de agua de mar por sistema de ventilación al tanque de baterías N° 3 ocasionó cortocircuito y principio de incendio en el balcón de barra de baterías. Baterías de proa fuera de servicio al momento en inmersión propulsando con circuito dividido. Sin novedades de personal. Mantendré informado”. Son de ayer, miércoles, 15 de noviembre de 2017, a las siete y media de la mañana. Nos hemos enterado porque un periódico digital ha incluido, en su edición vespertina, la orden del Comando de submarinos para que un par de buques emprendiesen su búsqueda ante la falta de comunicados. Y porque la prensa les ha puesto en evidencia. Pero ¿cómo que se les borró un sumergible? ¿Qué quilombo es este?

          Me dicen que debo tener esperanza. Que puestos en lo peor, pueden aguantar una semana; y, en lo mejor, es solo una falla de la radio; que ya les han dado orden de regresar a Mar de Plata y que, es lógico pensarlo, se hallan de camino a casa. Y sobre todo, que me aferre a lo que han transmitido, a la frase en que mi esposo confirma que el personal bajo su mando está bien. Todo eso puede que sea verdad, no voy a negarlo. Es más; ¡deseo que sea verdad! ¡Necesito que sea verdad! Si bien, desde el momento en que no han hablado hasta que la prensa los colocó en un brete, en que han querido llevar el tema por lo callado…, no presagia nada bueno. Los militares son una raza aparte. Bueno… hasta que ascienden y el servicio se transforma en política. Si querés que te diga la verdad, esa manera de hacer las cosas es propia de un diputado: primero ponderará los daños y tratará de minimizarlos, después mirará la forma de rentabilizarlo y, por último, puede que se preocupe de los “colaterales”. Siempre que le procuren publicidad o votos, claro. Chamuyarán cuanto haga falta, sin remilgos, en un ejercicio actoral alucinante, digno de un óscar.

          Pero no estamos aquí por eso, chinito. Estamos aquí porque ya le recé a los santos, que solo en sus manos está velar por los cuarenta y cuatro. Sabés que no soy muy de estampitas; mas ni despreciaré la devoción que les profesan tu padre y sus camaradas, ni renunciaré a su ayuda, si tuviesen a bien darla. No son éstas horas para discutir ni pleitear, sino para aceptar consuelos y soportes, vengan de donde vengan. Y, aunque no piso la iglesia más que una vez al año, en agosto, cuando la Armada celebra una misa el día de su patrona, la Stella Maris, querría pensar que las plegarias y rosarios de tantos marineros han de hacer ruido allá arriba. Tu padre no se rendiría, nunca lo hace. Y, para serte sincera, esa determinación, esa capacidad para superar cuantas adversidades le surjan, es una de las cosas que más me gusta de él y que agradeceré a Dios y a Mendell si la heredas. Y sé que ahora mismo estará dando y exigiendo de sus hombres lo mejor de sí, hasta el último aliento. Por contra, yo me rindo con facilidad, me pliego a los vientos que campan en derredor. Él es roble, yo bambú. ¿Sabés qué dice siempre que pleiteamos? Me dice: Es imposible con vos. Al final siempre tenés razón. No sé cómo lo lográs, pero acabás por tenerla. Así que como vos digás, mi amor, como vos digás. Y de ese modo terminan nuestras discusiones; él haciendo como que cede, yo como que lo acepto, y ambos mirándonos a los ojos con ese brillo que lleva allí desde que nos conocimos.

          Por eso os digo, chinito, que sé que no he de tenerlo más y que vos, eso sí me rasga el alma, vos no le conocerás. Porque yo tuve la fortuna de verle; escucharle gritar, reír, susurrar; aspirar su perfume; paladear sus lágrimas, sentirle las caricias. De amarle y saberme idolatrada, hasta el punto de que hubiese dejado la mar, me consta, si yo hubiese sido tan débil o egoísta como para pedírselo. Más vos, chinito, vos no sabrás de él sino por las palabras de otros, por los recuerdos de otros. Verás sus fotos, pero no estará; verás sus filmes, pero jamás conversarás. Nunca te hará cosquillas con la barba al darte besos, nunca te colgarás de sus dedos, de sus brazos, de su cuello. Jamás te abrazará ni te dirá “te quiero”. Eso sí, chinito; eso sí me rompe el alma, el alma que ya su ausencia ha roto.

          Estamos aquí para que puedas despedirte, aunque nunca te dijo hola; para que, desde el pequeño mar en que nadas dentro mi vientre, puedas gritarle al gran mar que él tanto amaba y que aun así, ido de celos, nos lo arrebata, todo el odio que hayas de sentir jamás a lo largo de tu vida. Porque este es el momento, chinito. Esta es la única vez que tu madre te va a permitir odiar la mar. Su mar. Aquí, de rodillas, mientras oigo a tu abuela, hasta ahora atenta y discreta en la distancia, correr hacia mí, mientras noto la húmeda caricia entre mis piernas que te anuncia, escucharás el único grito amargo que he de dar. Porque tu llanto inminente, tu bienvenida al mundo, ¡te lo juro!, ha de ser la única ocasión que le llores. Vos reí. Porque las otras, chinito, las otras; ya yo le lloraré por vos.

 

La Marina

          Me acomodo en la butaca del pequeño cuarto donde he de pasar la noche. ¡No te queda nada!, me digo mientras recurro a mi íntima amiga, la cafeína. El reloj de la pared me indica que aún estamos a martes, 14 de noviembre. Marca las 23:39. ¡Solo llevas hora y media y ya te entra soñera! ¡Va a ser una noche larga! Este pensamiento, que a la postre resultará premonitorio, desaparece en cuanto comienza el tableteo del teletipo por el cable entrante, arrastrado por la repentina actividad. Muevo el ratón para descongelar el monitor de la computadora y maximizo la ventana del programa de comunicaciones. Mis ojos recorren ávidos las filas de caracteres que van surgiendo en la pantalla. ¡Joder! Sí que va a ser larga, sí.

          Tras toda la jerga burocrática que recoge estación, coordenadas y fecha y hora, tanto de origen como de destino, repaso el cuerpo del mensaje. Es del ARA San Juan, en algún punto del Atlántico, bajo el mando del capitán de fragata Pedro Fernández. Reporta, a las 23:42 del martes 15 de noviembre de 2017, una falla en sus sistemas eléctricos que no afecta a la navegación ni al personal. Arranco la hoja de la impresora y la coloco en una bandeja, al tiempo que levanto el auricular del teléfono. Aun es hora de que no ladre me digo para darme ánimos.

          —¿Mi capitán? Aquí la guardiamarina Acosta, de la sala de radio.

         —¿Qué ocurre, guardiamarina? ¡Espero que sea importante! —Su voz no deja lugar a equívocos: ha tomado y lo que desea es dormirla. Trago saliva.

          —Se trata del San Juan, señor. Comunica avería en la sala de baterías de proa…

          —¿El San Juan…?

          —Es un submarino, señor. Zarpó ayer, 13 de noviembre, de Ushuaia. Como decía, reportan una avería eléctrica…

          —¿Afecta a la navegación? —me interrumpe de nuevo.

          —Negativo. No lo indica, señor…

          —¿Reporta algún daño a la tripulación?

          —Tampoco, mi capitán…

          —Entonces… ¿cuál es el problema? Monitoree las próximas comunicaciones seriadas y, salvo que no hable daños sustanciales no se le ocurra molestarme. ¿Me he expresado con claridad, guardiamarina?

          —¡A la orden, mi capitán!

          Me trago el amargo regusto que me ha dejado en la boca el tono empleado por mi superior; pero… Poco a poco, me digo, poco a poco. Cada vez son más los oficiales que han ascendido por méritos y preparación. Reviso el protocolo asignado al sumergible y programo una alarma en mi celular a las doce y media, cuando está previsto que el buque reporte su posicionamiento satelital. No hace falta que la apague, no llega a sonar. Por fortuna, a la hora indicada recibo, entre otros, el comunicado del San Juan. Creo que el suspiro que solté puso mi corazón de nuevo en marcha. Toda vez reenviado el rutinario informe al Comando de Adiestramiento y Alistamiento, me permito distraerme en el “office” y tomarme otro café, esta vez acompañada del infante de marina de guardia. Poco me duró la sonrisa provocada por su cortés flirteo —¡Qué bien sienta cuando lo hacen con gusto y respeto!—. Un nuevo mensaje entrante, a las 00:50, me sobresalta. De nuevo el San Juan, que confirma el alcance de los problemas técnicos. Por lo que parece, una entrada de agua a través del sistema de venteo ha provocado un cortocircuito que ha inutilizado las baterías de proa.

        No tengo muy claro qué hacer. Por un lado creo que debería cursar noticia al mando. Por otro, el tubazo anterior me hace dudar. Al fin y al cabo, me digo, las circunstancias son las mismas, no hay nada nuevo. Tampoco iba a servir para nada, salvo para, con toda seguridad, ganarme un buen paquete, me justifico. Paso la noche indecisa, sin apartarme apenas de los equipos, rezando por haber tomado la decisión acertada. Más por permanecer ocupada que por necesidad, por acallar mi inquieta conciencia, termino por reconocerme, preparo un dosier con la sucesión de llamados, del que imprimo dos copias. Tras guardar los papeles en mi portafolio, elimino cualquier rastro del documento en la computadora y en la impresora. Si lo necesito, lo tengo. Si no, nunca ha existido. ¡Gracias Mario por tu paranoia!

          Me tranquiliza el paso del tiempo, que se me hace denso, interminable. Mario dice siempre que la ausencia de noticias son buenas noticias, pues las desgracias viajan deprisa. Y por fin respiro tranquila a las 06:00, pues el San Juan, en un nuevo mensaje, manifiesta que la avería está subsanada y que el personal se encuentra perfectamente. El mundo me sonríe por fin cuando veo llegar al teniente de navío Scarglia, que ha relevado al hosco capitán Ramírez.

        —Buenos días, Acosta. Prescinda de las formalidades e infórmeme, haga el favor —saluda mientras deposita en mi escritorio un café con crema y dos azucarillos.

       —Buenos días, señor —el tratamiento se me escapa automático—. Llevo toda la noche monitoreando al San Juan…

          —¿Y eso?

         —Ayer, a las 23:42 —hago correr las pantallas con la ruleta del ratón— reportó un cortocircuito en la sala de baterías de proa que, no obstante no afectaba a la navegación ni a los tripulantes. El capitán Ramírez ordenó un seguimiento y no informar, salvo novedades significativas. Como no ha hecho sino los contactos previstos y confirmaciones…

         —Entiendo, entiendo, Acosta. ¿Cuál es el último mensaje? —Se inclina junto a mí para poder leer del monitor. Huele a limpio, a fresco, a mar y a tabaco. Deslizo las líneas hasta llegar al reporte recibido recién. Cuando lo lee su rictus cambia—. ¿Tiene un informe redactado con las incidencias? — me pregunta con una sonrisa cómplice.

          —Si me permite, señor. —Se aparta de inmediato.

         Me levanto y saco una de las copias de mi maletín. Cuando se lo entrego me hace un gesto para que no hable. Se ha sentado en la esquina de mi secreter y está con el auricular encajado entre la mandíbula y el hombro, mientras recoge y ojea los folios que le largo. Mantiene una serie de entrecortadas conversaciones con varios interlocutores hasta que logra contactar con un mando. Él le informa y, tras un breve silencio, asiente.

        —Muy bien, Acosta, buen trabajo. El vicealmirante autoriza que modifiquemos la misión del San Juan. Debemos ordenarle su regreso inmediato a base. Mar del Plata, ¿correcto?

          Así es, señor.

      —Codifíquelo y envíelo a la mayor brevedad, guardiamarina. E infórmeme de cualquier cambio en el estatus.

        —A la orden mi… —Su admonitoria mirada me pilla desprevenida—. Así lo haré. —Sonríe.

        Hago lo que me ordena, dando gracias a la Virgen del Mar por la suerte que he tenido al ser Scarglia el que entrase de día. Ni siquiera me importa que mi jornada se prolongue. Debería salir a las siete; pero a la media, cuando entra un nuevo cable del sumergible, aún estoy terminando el papeleo. De inmediato paso la información a la superioridad. El teniente me pide que espere, lo que me produce un profundo desasosiego. A las 08:52, tras varios tubazos al ministerio, mi angustia se confirma. Ordenamos a dos unidades cercanas a las coordenadas del San Juan su asignamiento para un operativo de búsqueda ante la sospecha de extravío del buque.

         —Usted no sabe nada de esto, ¿entendido guardiamarina? —Su tono me asusta—. He informado al vicealmirante Srur, a pesar de que se encuentra fuera del país, que ordena una espera de cuarenta y ocho horas con ausencia de comunicaciones antes de confirmar el extravío. ¿Queda claro? Yo asumiré toda la responsabilidad. Ahora váyase a casa y descanse, que ya es hora.

          Apenas he abandonado la avenida Comodoro Py cuando busco un teléfono público y llamo a Mario.

          —Necesito verte —le espeto apenas descuelga—. Es urgente. Mi tono no deja lugar a dudas.

          —¿Desayuno donde siempre?

          —Te estaré esperando.

          Todavía no son las diez cuando Mario Escalardi, redactor jefe de Infobae gira la llave del pisito que comparte en secreto con la guardiamarina Acosta. Apenas ha dejado el café con crema y doble de azúcar en la mesita cuando me lanzo en sus brazos. Un rápido beso en los labios que interrumpen mis atropelladas palabras. Necesito desahogarme y él, siguiendo un veterano olfato, me deja hablar, explicarme, antes de rellenar los huecos con preguntas y documentos.

          —Tranquila, mi amor. Tengo a la persona adecuada para darle aire a todo esto. Vos no sos preocupés ¡Dejalo en mis manos!

          Me acurruco, ya segura y tranquila, en sus brazos y, en efecto, lo dejo todo, perdida en la sinceridad de su mirada, en sus manos.

Dune – Frank Herbert

Dune

Título original: Dune

© 1965, por Frank Herbert

Dune, el planeta de la especia. Arrakis, donde la CHOAM explota la melange como una fuente inagotable de beneficios. Dune, un planeta entregado al desierto y a sus enigmáticos gusanos y que se mantiene estéril, a pesar de que la transformación es posible, por oscuros intereses. Arrakis, el planeta de los fremen, que esperan su mesías, la realización de su profecía para renovar el universo y la especie. Dune, el objetivo de todas las Casa Nobles por su repercusión económica y política. Las Bene Gesserit y su programa genético para controlar a la humanidad, al tiempo que juegan a la política. Un emperador que basa su poder en las invencibles legiones de guerreros Sardaukar, y un capitolio (landsraad) de casas nobles que deben contrapesarlo y que pelean entre ellas. Y la Cofradía, con sus navegantes, capaces de plegar el espacio y conducir las naves por trayectorias seguras, monopolizadora del transporte y, por ende, del comercio y de la guerra.

Con todo este análisis religioso, político, genético, ecológico y sociológico, Herbert construye un universo plagado de misticismo en el que podemos vernos perfectamente reflejados. A través del Kwisatz Haderach, el ser humano perfecto, se nos revela un plan superior, no precisamente divino; una necesidad atávica, intrínseca al ser humano: la necesidad de la especie de sobrevivir por encima de todo, la imperiosa imposición de la mezcla genética, de la necesidad vital más allá de cualquier poder, de cualquier maniobra, de cualquier historia, de cualquier religión, de cualquiersistema político.

Dune es uno de los libros que más a gusto abro de forma arbitraria, que me incita a pensar tras cada lectura, a analizar la realidad desde muchos puntos de vista y con ojos externos, más allá de lo que aparenta, a “observar los planes en los planes de los planes.” Merece la pena. Leedlo antes de ver, primero, la miniserie de dos episodios y, después, la película de David Lynch. Sumergios en la historia de Paul Atreides y aprended a vivir con él en un mundo de traiciones, odios, religiones, habilidades cuasi mágicas, ecología, creencias, ingeniería social y, sobre todo, predeterminación genética.

“Bendito sea el hacedor y su agua, bendita su llegada y su partida, ojala su paso purifique el mundo”.

Solo puedo deciros una cosa: si yo hubiese escrito esto, podría morirme tranquilo.

Entrevista

       La voz del conocido locutor se torna seria cuando enfrenta, tras el anuncio de sus compañeros de deportes de no sé qué lío del Barcelona, el tema social que siempre aborda en su tercera hora del matinal.

       —Hoy, cuatro de febrero, celebramos el Día Mundial del Cáncer, instaurado a finales del siglo XX con el objetivo de concienciar y movilizar a la sociedad en la lucha contra esta enfermedad. Desde ese año 2000, hemos ganado mucho terreno en los diferentes frentes que la medicina mantiene abiertos contra uno de los monstruos cuyo diagnóstico, por fortuna, resulta cada vez un poquito menos dramático. Hay motivos para la esperanza. Les ofrezco solo un dato: la tasa de supervivencia en el cáncer infantil —nunca se utiliza el término curación— ha aumentado 25 puntos en 20 años. Hoy, el 80 por ciento de los niños diagnosticados, entre 1000 y 1300 anualmente, lo supera.

       »Es evidente que la investigación ha sido determinante. Encontramos las claves para estos logros tanto en el desarrollo de terapias y tratamientos, como en el diseño de técnicas de diagnóstico precoz. Con todo, no es menos cierto que el avance social, la normalización de la dolencia, la pérdida del miedo incluso a citar el término, también han sido determinantes. Porque al cáncer se le vence también con coraje. Y muchos pacientes anónimos han alimentado la imprescindible actitud, cierto; pero un puñado de locos han dado la necesaria visibilidad para certificar que se puede salir adelante.

»Está en el estudio la deportista paralímpica Andrea Rivas. Gracias por acompañarnos.

       —Buenos días. Soy yo quien debe agradeceros la oportunidad de seguir animando a todos aquellos que pelean contra el cáncer.

       —La tuya es una historia poco común. Hoy, quizá, todo sería distinto. Sin embargo, cuando te fue diagnosticada la enfermedad, la decisión que tomaron los doctores fue la amputación. ¿Cómo cambió, más allá de lo obvio, tu vida?

       —Bueno. Aparte de variar mi perspectiva del mundo, desde la silla veo el mundo de abajo a arriba —bromea—, tuve que dejar de hacer casi todo lo que para mí era habitual. Imagínate que por aquel entonces, en el 2001, a mis 17 años, soñaba con estudiar INEF. Aunque, en secreto, mi vocación era ser bombero.

       —O sea. ¡Toda tu vida por la borda!

       —Al principio sí, claro. Cuando me dijeron que tenían que cortarme ambas piernas, me derrumbé. No fue fácil. Durante meses me negué a aceptarlo. ¡Quería morirme! Pero poco a poco, entre el apoyo de mi familia y, sobre todo, del equipo de la Asociación Española Contra el Cáncer que se ocupó de enseñarme a vivir de nuevo, el negro absoluto con que imaginaba mi futuro comenzó a no serlo tanto. Uno de los psicólogos me animó y descubrí el deporte paralímpico. Y en él encontré mi tabla de salvación: un desafío vital, un motivo para seguir adelante, para vivir.

       —Aunque a muchos de ustedes no les suene su nombre, Andrea Rivas ha saltado a la fama tras conseguir el oro en paratriatlón, modalidad que se ha incorporado en los juegos de Río 2016 el pasado verano. ¿Qué ha significado para ti esa medalla?

       —Pues… La verdad es que aún casi no me lo creo. El día a día no ha cambiado mucho, no me piden autógrafos ni nada de eso. Pero bueno… Sí que los medios comenzaron a hacerse eco de mi historia, a contar de dónde venía y cómo había llegado hasta ese podio. Y fue ese ruido el que me decidió a devolver algo de lo mucho que se me había regalado. Retomé el contacto con la asociación y les ofrecí este “momento de gloria”, que no quería que fuese solo mío. Así nos embarcamos en esta campaña para sensibilizar a la sociedad de que hay salida tras superar un cáncer, una vida que puede ser igual de plena.

       —Pero detrás de eso hay años de esfuerzo y lucha contra los límites,… y contra las limitaciones. De hecho, la victoria en Río no es la primera vez que apareces en los periódicos

       —Es verdad, sí. ¡Cuando lo recuerdo aún me parece increíble! Mi primera foto en prensa fue en 2008, cuando formé parte de una expedición al Capitán, en California.

       —Para que se hagan una idea, hablamos de una pared vertical de más de dos mil trescientos metros en el Parque Yosemite. Hasta allí se fue Andrea para practicar su deporte favorito: la escalada.

       —Sí, bueno. Pero no llegué a hacer cumbre. ¡Aún estaba empezando!

       —Aunque eso es algo que, según tengo entendido, te estás planteando solucionar en un futuro no muy lejano…

       —Bueno, bueno—ríe—. Paso a paso. ¡Ya veremos! De momento, estoy volcada con la campaña de la Asociación Española Contra el Cáncer para dar testimonio de que hay mucha vida por vivir y que el cáncer, aunque muy duro, no es más que un escollo que salvar.

       —¿Y el futuro deportivo?

       —Dedicando cada minuto libre a preparar el próximo campeonato anual, claro.

       —Pues te deseamos muchísimo éxito en todos tus proyectos, tanto los deportivos como en esta nueva etapa como embajadora de la esperanza, como ejemplo de superación. Pero no querría despedirte sin que me despejases una última duda.

       —Tú dirás.

       —¿Cuál es el reto más duro al que has hecho frente, que ascenso te ha resultado más complicado?

       Si hay un demonio en la radio, algo de lo que todo profesional de ese medio huye, ese es el silencio. Durante unos segundos el mundo se para. El locutor hace mención de intervenir, pero un suspiro de Andrea acaba con el drama.

 

       —No sabría decirte, José Ramón —duda—. Quizá… Sí, hoy mismo… para acudir al estudio. La emisora está en un segundo piso… ¡y no funcionaba el ascensor! El problema, créeme, no es coronar un monte, nadar setecientos cincuenta metros, correr cinco kilómetros o hacer veinte en la bici. Eso lo controlo, depende de mí. El problema, lo duro, es vivir todos los días en un mundo que cree que tienes piernas.

Sons of monarchy

La primera versión de este texto se publicó en la página del Cibertaller José Losada, para el que fue escrito con motivo del especial de Navidad.
http://cibertallerliterario.blogspot.com.es/2018/01/especial-navidad-sons-of-monarchy.html

¿Ya es hora? ¡No puede ser!, me dije desperezándome. Me froté los ojos con los puños tras estirarme con un sonoro bostezo. Ya sé que la imagen no es muy regia, pero es que ese sambenito —y los nombres, el origen, el número y las ofrendas— nos lo colgaron más tarde, por conveniencias ajenas. Eso nos encumbró a la fama, cierto. Durante varios siglos fuimos los reyes, los auténticos reyes. Hasta que las multinacionales, una multinacional en realidad, ¡maldita sea su estampa!, cogió otra tradición, la adaptó a su manera —y, sobre todo, al color de su logo— y se inventó al gordo de los renos, dejándonos a todos helados. Pero eso es lo que tiene el capitalismo salvaje. ¿Funciona, no? Pues entonces, ya está bien.

Bueno, que me voy del tema. Allí estaba yo, con la peste a animales y a paje mal duchado, como de costumbre, cuando sonó la alarma. Se suponía que era la de “Vete preparando que hay que llevar el oro al portal, que ha nacido el niño Jesús y todo eso”. Ya me imaginaba la sucia mano de algún niño manoseándome en el belén, haciendo avanzar despacito mi dromedario —porque es un dromedario, sí. ¡UNA joroba! ¡El bicho tiene UNA joroba! Si tuviese dos, sería camello; pero tiene una. Repetid conmigo: dos, camello; una, dromedario. ¡Y me importa un bledo lo del paquetito de tabaco! ¿Vale?—. Pues eso. Que ya estaba disponiéndome a realizar mis abluciones cuando noté que la cosa no iba bien. No se escuchaban los ruidos de los dromedarios, las riñas de los chavales ni los quejidos de Baltasar —Gaspar siempre ha sido muy discreto—. Ni siquiera estaban encendidos los ordenadores —sí, nos hemos modernizado y aceptamos cartas por correo electrónico, que hay que ahorrar papel. Por lo de los bosques y todo eso—. Así que abrí un poco los ojos para mirar con disimulo… y como platos cuando vi al Espíritu de la Navidad plantado delante de mí, todo trajeado en negro, con una de esas carteras que parecen dos solapas cogidas por una cremallera apoyada en su antebrazo izquierdo y en el pecho, donde hubiera tenido que estar el corazón, y con esa mirada de inspector de hacienda que tanto acojona.

—Buenos días—. Al menos, educado, pensé—. ¿Es usted la figurita de belén conocida como ahhh… —leyó por encima de la montura negra de pasta un expediente plagado de sellos oficiales que había sacado del portafolio— su Majestad, Rey Mago de Oriente, Melchor?

—El mismo, buenos días. ¿Con quién tenemos el gusto…? —dejé caer utilizando, aunque sin muchas esperanzas, el plural mayestático.

—En virtud de lo dispuesto en el artículo… —A pesar de lo que pudiera desprenderse de mi oficio, soy incapaz de recordar toda la parafernalia legislativa, lo reconozco— debe acompañarme a visitar las Navidades futuras.

—¡Alto ahí! —Recurrí a toda la dignidad posible, y dada mi condición, ya os digo que es mucha—. Tú debes de ser el Fantasma de las Navidades futuras, ¿no? ¿Serías tan amable de hacernos saber qué demonios tenemos nos que ver con el tal Scrooge o, en su defecto, a quién debemos semejante veleidad dickensiana?

—Contra este procedimiento —continuó hablando al mismo tiempo que yo le preguntaba, sin dignarse escucharme y, menos aún, responder— no cabe recurso de acuerdo a lo dispuesto en —más jerga de leguleyos—. Lo que se le comunica de forma efectiva y fehaciente, siendo exigible, y exigiéndose, su inmediato cumplimiento. Caso de negarse u ofrecer resistencia se requerirá —en consonancia con bla, bla, bla— la presencia de los agentes de la autoridad para llevar a efecto el presente auto. Supongo que no será necesario llegar a dicho extremo… —Nos mira inquisidor y, ante nuestro silencio, da por otorgado. Nos alegra que parezca aliviado—. De acuerdo.

—¿Podríamos hacer una llamada? Tenemos el examen cerrado para el permiso de conducción de motocicleta y, si este año tampoco vamos a poder acudir, querríamos anularlo para no perder convocatoria —preguntamos con timidez.

—Dos minutos.

Apenas habíamos colgado cuando una niebla espesa surgió del suelo y todo comenzó a girar. El interior de la caja a nuestro alrededor se deformó, se estiró, se encogió, se desvaneció, perdió y recuperó sus colores a una velocidad endiablada. Cuando superamos las arcadas provocadas por un salto en el tiempo sin el pertinente “Delorean”, máquina o artefacto similar, no pudimos sino reconocer las ventajas de nuestra nueva circunstancia. Allí estábamos el secretario judicial de marras y esta majestad, intangibles, invisibles, inaudibles, insípidos e inodoros —sí, eso también— y con plena libertad de movimiento. Por buscarle defectillos, que los tiene, les recordaremos que, de los cinco sentidos, solo dos funcionan; con lo que la comida, por ejemplo, pierde bastante. Pero son menudencias que puedes compensar con una visita al vestuario de la mansión Play… ¡Esto…bien! Pues eso. Que nos y el fantasmita nos aparecimos en el futuro para que nos pudiésemos tener una idea fehaciente de en qué se iban a convertir, de seguir a este paso, las Navidades.

Antes de que continuemos explicándoles lo que nos enseñó y cómo nos cambió —¡qué pesado es esto de llamarnos en primera del plural a nosotros mismos! Pero, si nos ponemos realmente dignos, debemos hacerlo para todos, que otra postura podría ser tachada de discriminatoria e, incluso, de prevaricación— hemos de reconocer que en el presente, allá por el siglo veintiuno, ya intuíamos por dónde podían ir los tiros. Y que nos, como sabio de oriente y persona culta ya en el pasado, estamos de vuelta de muchas cosas, contamos con una cabeza muy bien amueblada y con un dominio de las artes adivinatorias que resultaría la envidia, de conocerlas siquiera, de telepredicadores, líneas astrológicas de pago, veedores diversos y echadores de cartas, huesos, runas y demás parafernalia. Dicho queda, para su mejor entendimiento de lo que a continuación hemos de relatarles. ¡A ello, Melchor!

Guiados por el estirado funcionario recorrimos varias calles céntricas de una típica ciudad. El momento temporal era obvio: luces adornando las anchas avenidas, abetos con bolas, muñecos de nieve hechos de poliespán, renos de nariz enrojecida y una serie de obesos chorizos con borla blanca —papanoeles escaladores de muros— que se infiltraban por las ventanas sin que nadie se alarmase. Ni siquiera cuando se les podía ver, de forma simultánea y en plena efervescencia de vitalidad, rodeados de lascivas elfas minifalderas, pervertidoras de infantes y adultos, súcubos incitadores del consumismo y otras perversiones de lo más extremo. Ríete de lo de los panes y los peces. ¡Esto sí era multiplicarse!

La estulticia generalizada había obligado a los regidores locales, incluso, a ordenar los sentidos de circulación de los viandantes y a colocar agentes uniformados para organizar las colas de culto al orondo norteño. Algo a lo que intentamos oponernos, simbólicamente claro, dada nuestra condición insustancial, en un alarde de real libertinaje, bajo la admonitoria mirada de nuestro altivo cicerone. Mientras flotábamos no pudimos menos que observar en derredor, que percatarnos de la urgencia de los ciudadanos por hacerse, a cualquier precio, con el más novedoso juguete, dispositivo, invento o modismo; que enseguida desechaban espoleados por el anuncio del modelo, versión o novedad inmediatamente posterior.

—¿Has visto dónde les ha llevado la fiebre por el oro?

¡Será cabrito!, pensamos para nos. Porque no hemos de olvidar que nuestro presente para el niño-Dios era el preciado metal, no como símbolo de su poder terreno, sino de Rey en los Cielos. Pero este tipo estaba mezclando el culo con las témporas. Y si él podía permitirse esos lujos, no íbamos a ser nos quienes rehuyésemos el combate dialéctico. Ni los ardides. Aun los más bajos e innobles.

—Y por eso esta ciudad huele tan bien, ¿no? Por culpa del incienso y de la mirra que ofrendan Gaspar y Baltasar, ¿no? Claro. —dejé explícito el sarcasmo alargando la a.

—Eso es una falacia…

—Donde las dan, las toman —le interrumpo—. ¡Venga ya, hombre! Que eso no se sostiene por ningún lado.

¡Lo hemos callado! ¡Y a la primera! El silencio se tornó incómodo. Y, aunque nos daba la impresión de que su condescendencia para con nos era manifiesta, nos hicimos el sueco y simulamos disfrutar de tan pírrica victoria. Continuamos hasta enfrentarnos a un rascacielos, de seguro icónico dados su forma y emplazamiento. Ascendimos sin reflejarnos en las ventanas —inquietante y vampírico—hasta dar con una planta en la que se celebra la tradicional fiesta de empresa. ¿Recuerdan el Nakatomi plaza? Pues si lo adornan a lo “Nymphomaniac” y lo rematan con toques de “El sentido de la vida” —Prokófiev incluido—, tendrán una panorámica bastante completa del desmadre de aquellos ejecutivos que mezclaban vicios y negocios sin el más mínimo pudor, recato o miramiento. Y, por cierto, tras la fiesta, al desolado escenario solo le faltaba un John McClane y su característico “yipi ka yei…”.

Asqueados, nos dimos distancia de la bacanal aquella y nos perdimos, tras cruzar de nuevo el ordenado desfile, que nos recordó una cadena de producción de maniquíes propia del cine de Fritz Lang; pues las personas se trasladaban impasibles, impertérritas ante la necesidad de quienes hurgaban en la basura imperante en las calles aledañas, de quienes se peleaban por unos despojos recién comprados en la frenética carrera por estar a la última. El salto fue brutal, porque no había término medio: ricos y asalariados con posibles frente a pobres, pobres de solemnidad, pobres de los de matarse por un trozo de comida a medio pudrir. Nunca una calle marcó tanto la diferencia: orden, luz, opulencia y, al otro lado de la línea, caos, oscuridad, escasez. Empachados de realidad, nos disparamos hacia el cielo nocturno para alejarnos de aquello. Lo que observamos nos llenó de pena. Círculos concéntricos alternos: el centro de negocios, el estrecho anillo de los fantasmas, los barrios residenciales y la nada interurbana atravesada por venas de oro. Nos llenó de pena porque fuimos conscientes de que los que estaban encerrados eran los miserables, que veían, delante y detrás de ellos, protegidos por muros invisibles, unos mundos a los que jamás podrían acceder, salvo a hurtadillas. Esto sí era de Dickens, y no el leguleyo animado que me habían enviado, que, por su parte, no tuvo más opción que seguirnos.

—¿Has visto dónde les ha llevado la fiebre por el oro? —nos repitió el muy canalla cuando logró alcanzarnos.

Y esta vez nos callamos. No por aquiescencia, no. Nos callamos porque no nos salía la voz, porque algo nos oprimía la garganta y —os recordamos nuestro intangible estado— no se trataba del habitual hueso de pollo matarreyes. Mas, para evitar el predecible e inmerecido henchimiento del puñetero fantasma —fantasma en los tres sentidos: esencial, sustancial y literario—, le lanzamos una mirada de esas que exigen un silencio, de profesor viejo a alumno novel. Una que reconoce de inmediato, una que, como la suya, tanto acojona.

—Cuando te recuperes, seguimos… —Mantenemos la visual descrita para hacerle consciente de lo inadecuado de su atrevimiento, y, también, para ganar unos segundos que nos permitan recobrar la compostura—, Majestad —trató de arreglarlo. Tan solo asentimos.

Continuamos. El paseo por la zona residencial lo hicimos ambos mudos. Aquí, salvo el, tras haber cruzado ese anillo oscuro, insultante derroche que de normal hubiésemos definido como “de celebración”, el ambiente podría calificarse como intemporal, al menos respecto de nuestro presente. Comida en exceso y de calidad, vajillas de cumpleaños, cristalerías y cuberterías de boda, decoraciones excesivas más o menos desafortunadas, niños pedigüeños, adolescentes insatisfechos, jóvenes exhibicionistas y adultos defendiendo su estatus. ¡Y el maldito árbol, con sus malditos paquetitos y sus malditas bolas, y los malditos calcetines para el tal Noel del demonio —ni siquiera Nicolás—en las repisas de chimeneas o estanterías! ¡Todo en orden!

¿Todo? ¡No! Un pequeño detalle, con irreductible tesón, martilleaba nuestra consciencia, a medias anestesiada por la normalidad imperante. ¿Qué es? ¿Qué falta?¿Qué coño falta?¡Venga, venga, venga! Nada. ¡Puto alzhéimer! Seguimos de casa en casa, espectadores aburridos de un monotemático plano secuencia que repite escenario “ad nauseam”: similares parejas con niños similares, en similares salones de ambientación similar. Todo muy estándar, muy correcto, muy de manual. ¡Vomitivo!

—¿Dónde están los abuelos? —le espetamos a bocajarro cuando conseguimos derrotar al pérfido alemán.

—Sígueme —nos respondió con una languidez que nos arañó el alma. Tanto, que no tuvimos valor para afearle el tuteo.

Algo le pasaba, algo fuera del prurito profesional que le llevaba a mantener esa imagen hierática de profesional intachable. Nos sorprendió e intrigó. Su tono y actitud nos indicaban que estábamos ante el verdadero propósito de todo este despliegue bilocativo y, al tiempo, que nuestro oscuro chupatintas sí tenía un corazón. Vale que igual no estaba en dónde debía, que no lo usaba de continuo, que era de esos de quita y pon o que solo le estaba permitido fuera del trabajo. ¡Pero, contra todo pronóstico, sí tenía uno! De todo hay, ¿verdad pequeño?, en tu viña.

El camino hasta la periferia se nos hizo interminable. Demasiado… ¿uniforme? Casas iguales, vallas iguales, calles iguales, paseadores iguales de perros iguales. Todo resultaba anodino, carente de chispa, profundamente… artificioso. Sí, ese era el término preciso. En sus dos acepciones. ¡Y manda carajo que lo dijéramos nos, cabeza de una de las casas reales más antigua y, con toda seguridad, entre las tres más longevas! Nos gustamos a nosotros mismos repitiéndonoslo: artificioso, artificioso, artificioso. La única ventaja que tuvo el tedioso paseo fue que nos permitió reflexionar sobre lo que habíamos observado, que puso en marcha un mecanismo que, a la postre, se demostraría imparable.

Todo se inició con un frenazo. Apenas habíamos llegado a una plazoleta con un agonizante e irrisorio espacio ajardinado y una evidente desidia crónica, que empezó ya en la mesa del arquitecto, cuando el chirrido del neumático contra el asfalto nos hizo dar un respingo. En el mismo instante sucedieron todas estas cosas: un vehículo familiar se detuvo, el copiloto comprobó que nadie les observaba —recordad: “intangibles, invisibles, inaudibles, insípidos e inodoros”—, del asiento trasero bajó una persona adulta —al menos de edad— que arrastraba a un anciano, el copiloto y el adulto recuperaron sus asientos y una nueva dosis de goma quemada inundó nuestra pituitaria en una arrancada digna de campeonato de fórmula uno. Y los tres, alucinados, contemplamos la fuga, propia de una película de atracadores. Aun no habíamos asumido nuestro asombro cuando escuchamos un nuevo frenazo: dos hombres agarran al viejo y lo meten en una furgoneta, una puerta lateral que se cierra y una nueva salida derrochando rueda. Los dos tipos de blanco bien podrían colocarse como instructores en cualquier campamento de servicios secretos de élite. Nuestro pasmo se hacía aún más difícil de aceptar, dado su exponencial crecimiento, sumando la inmovilidad a nuestra retahíla de atributos, cuando, apenas un minuto después, se sucedieron de nuevo ambas escenas. Cambiando de copiloto, seudoadulto, hombres de blanco y víctima inocente, claro está.

Avanzamos sin rumbo por aquel extrarradio, todavía intentando asimilar lo visto, cuando al llegar a otra plazoleta se repitió idéntica situación. Y en la siguiente, y en la otra… Por fin, una vez nuestra mente fue capaz de reaccionar, nos subimos a uno de esos vehículos acompañando a una abuela que, ésta sí, —¡olé por ella!— la había emprendido a golpes de bolso contra los secuestradores. El trayecto se prolongó un rato. Dejamos atrás la zona urbana y, tras un tramo de carretera en medio de la nada y atravesar un bosque por vías secundarias, llegamos a un alto muro rematado por alambre de espino y concertinas. Guardias uniformados en la puerta acompañados de perros, torres de vigilancia con focos y un despliegue de medidas tecnológicas que hacían pensar en renovados Auschwitz, Alcatraz, Guantánamo o cualquiera de los recintos en que la humanidad ha venido empeñándose, con notable grado de éxito por cierto, en demostrar la poca humanidad —permítasenos el juego semántico— que posee. De no saber que aquello era un asilo, nos hubiésemos asustado. Mas debía ser un asilo de máxima seguridad, para viejecitos muy peligrosos. A pesar de nuestra incorporeidad, no cabíamos en nosotros mismos. Empeoró al adentrarnos en las instalaciones y descubrir no los típicos salones con mesas de formica y partidas de cartas, dominó o parchís, con la tele de fondo casi sin volumen, no. Lo que vimos fueron hileras enfrentadas de butacas con sus ocupantes atados y unos goteros automáticos que los mantenían sedados y babeantes. Androides repasaban los monitores sin descanso; fila de ida, fila de vuelta. Pasillos y pasillos, pisos y pisos, pabellones y pabellones. De haber tenido sustancia, se nos habría caído el alma a los pies.

—Hemos de regresar. Has visto cuanto debías y nuestro tiempo aquí se agota.

Cuando el reloj dio las doce, como cenicientas en el baile, nos y nuestro guía nos fuimos desvaneciendo, solo que con unas sirenas de alarma ululando como música de fondo.

* * * * *

Me despierto de nuevo en la caja rotulada como “Figuritas del belén” con la alarma de “Arriba, vamos camastrón, deprisa, que nos tenemos que ir para Belén y se va a liar parda en el baño”, y, como si fuese un chaval de veinte años, salto de mi hueco del corcho blanco y corro hasta las duchas. ¡Primero, menos mal! Cuando salgo miro altivo a la fila que se ha acumulado, con esa sonrisilla de “Igual me he pasado un pelín con el agua caliente —odio los termos eléctricos— chicos, ya lo siento” y me dirijo a mi aposento. Allí me dispongo, a falta de servicio disponible —¡Cuánta razón tenías, Manrique!—, a prepararme el equipaje. Estoy con el acondicionador de cabello cuando me salta el otro aviso anual: “Hoy es la noche”. Miro hacia afuera por el pequeño agujero que he logrado hacer en el muro protector de mi prisión y, en efecto, la estrella brilla en el cielo: momento de salir para que nos coloquen en el diorama navideño. Compruebo el móvil y la imagen que me devuelve el calendario de Google no deja lugar a dudas.

Así que desdeño los terciopelos, el plural mayestático —ahora que no tenemos que marcar las diferencias de clase— y la púrpura, y me calzo los pantalones de cuero, la camisa de leñador a cuadros y el chaleco del club. A la que no renuncio es a la corona, que los republicanos están a la que salta, y me la pongo, tras recogerme la melena en una coleta al estilo samurái, sobre el pañuelo negro con calaveritas blancas que gané el año pasado en la barraca de tiro con escopeta neumática y sobre el que tanto destacan los rubíes y las esmeraldas… ¿Ehhh… bien? ¡Céntrate, Melchor, céntrate! ¡Qué tenemos tajo! Tras el momento Miyagi —con bastante más pelo, eso sí— compruebo que el mensaje ha llegado a la lista completa. ¡Bien! Antes de que las manos infantiles o maternas —por lo común son las mamis— se apropien de mí real figurita, realizo mi magia.

Estoy en un garaje. Me coloco el casco, acciono el mando a distancia y arranco mi Heritage. Regodeándome en el petardeo, uno su rugido al de las burras de mis camaradas moteros. ¡Siempre he querido hacer esto! ¡Cómo me gusta ser motero! Poco a poco nuestro número aumenta. Sí. Es hoy. Recorremos las calles como una jauría, como una manada de lobos rabiosos que nunca han tenido mucho que perder. En cada esquina, en cada cruce se nos suman nuevos grupos, guerreros heterogéneos con solo el chaleco como uniforme. En seguida se incorpora Thomas, al frente de los “Maze runners”. Y Peter, con sus Niños perdidos. Al llegar a los bosques somos cientos. ¡Esos malditos pequeñajos!, sonrío para mí. No podía imaginarme, cuando recorrí los orfanatos eligiendo a los primeros “hijos”, que lo hiciesen tan bien. Conforme crecían reclutaron más y más muchachos, formaron nuevas filiales, surgieron nuevos clubs, siempre guiados por un objetivo común. Ese que asumen ellos, los que nunca escucharon un cuento antes de dormirse, los que jamás recibieron un beso de buenas noches o un cachete cariñoso, los que de los suyos no conservan, siquiera, el apellido.

Guardias y perros retroceden asustados cuando nos ven llegar. Alguno, algo más valiente, intenta entorpecer nuestro avance; pero somos muchos y estamos decididos. Los canes, mucho más sensatos, detectan enseguida que la magia nos ayuda. A los humanos, algo más animosos, los detiene la lluvia de bolas de nieve con que les obsequia el de los renos, en solitaria e incontestable superioridad aérea. No puedo menos que agradecerle su colaboración. Parece que, por más que competencia directa, no es mala gente. La batalla dura poco y nuestra victoria es aplastante. ¡Los abuelos ya son nuestros! Aunque las máquinas no suponen obstáculo alguno, el estado de los pacientes nos hace temer por el éxito final.

Cuando pongo al corriente de mi plan a mis dos colegas, no faltan las críticas. Sé que no va a ser fácil devolver a cada abuelo a su familia, ni que estas los acepten de buen grado. Pero cuando les explico mi as en la manga sonríen satisfechos y se afanan, manos a la obra. Queda poco tiempo para hacer los cambios. ¡Solo tenemos esta! Va a ser una noche de reyes muy especial. O atípica, cuando menos. Al día siguiente, al amanecer, cada hogar tendrá a su abuelo en la sala, con su tazón de café con leche y sus bizcochos, con sus batallitas preparadas y con la paciencia necesaria para soportar a los nietos más hiperactivos. Cuentos e historias desgranadas al calor de la lumbre, en torno a la mesa, antes de dormir, esos van a ser todos los regalos. Bueno. Eso y carbón para los que se han portado mal, que las normas han de cumplirse. Ya sabemos que no es lo que se nos ha pedido, que puede que nos inunden a reclamaciones…. ¿Y qué? ¿Nos vais a contar lo que hace falta en Navidad? ¿A nosotros, a los Reyes Magos de Oriente? ¡Vamos, hombre! Además, el Espíritu de las Navidades y, no menos importante, su ejército de burócratas y abogados, está de nuestra parte.

¡Ah! Solo por si os derrota el mencionado alemán. Ahí afuera, reunidos en torno a un roscón del tamaño de una rueda de Harley y unas cajas de licor, siempre vigilantes, permanecen mis muchachos, mis hijos adoptivos, los “Sons of Monarchy”. Por si se os ocurriera volver a las andadas,capisci?” ¿Sí? Entonces, feliz Navidad.

Náufrago

                              La primera versión de este texto se publicó en la página del Cibertaller José Losada, para el que fue escrito.
http://cibertallerliterario.blogspot.com.es/2017/11/naufrago-hector-lopez-grupo-b.html

 

 

       Como cada día a las ocho de la tarde, nada más llegar, Hugo acciona el diferencial que enciende el router y los equipos. Aprovecha el lento proceso de carga para ponerse ropa cómoda. El tiempo de oficina, con el ritual diario del compañerismo de bar, ha terminado; el trabajo, no. De hecho es ahora cuando, desde su punto de vista, inicia la labor que merece la pena, la que le motiva, la que realmente le importa, la que en verdad le satisface. Ataviado con un ancho pantalón de chándal y su camiseta de un Darth Vader reclutador del Imperio Galáctico y, a pesar del calor que aún hace en la calle, una sudadera del Celtic de Glasgow con el trébol de cuatro hojas —maldita incongruencia— que trajo como recuerdo de su última escapada sobre el hombro, sigue el pasillo hasta una extraña habitación. El zulo la llama. Al llegar ante la compuerta activa un nuevo interruptor, se enfunda el suéter y teclea la contraseña de dieciséis dígitos. La luz fluorescente inunda el interior mientras se escuchan una serie de clics al liberarse las cerraduras. Se sirve un poco del Macallan que envolvió la gruesa prenda verde en su vuelo desde la isla en tanto el led cambia de rojo a verde. Los recicladores se toman su tiempo.

       Atraviesa el pequeño pasillo, dispuesto en ángulo para ocultar la visión del interior, y, antes de sentarse, recorre cada uno de los siete terminales para ejecutar unos programas. Deja el vaso en una especie de cercado de tres paredes con base absorbente, cerca de la alfombrilla, se pone las gafas, enciende el monitor curvo de 34 pulgadas y, tras pinchar tres iconos, se arrellana en el asiento. Sendas imágenes cobran vida. En dos de ellas corren brillantes líneas de texto a toda velocidad; en la otra, la página de inicio de un navegador. Crea varias pestañas e inicia una cuenta de correo y otra de Twitter. En cada una de las ventanitas que se multiplican en el cristal, abre un puñado de usuarios, los que desea monitorizar. Con unos movimientos del ratón traslada las pantallas auxiliares a la que enfrenta y revisa el código. Satisfecho, se abriga ante el ataque del aire acondicionado, que ya empieza a hacerse notar, y recompone la que ofrece las cuatro listas de la red social.

       —Venga, venga, venga, cabrones. Sé que sois vosotros —dice para sí—. Estoy seguro. Pero ¿cómo os lo comunican?, ¿cómo os mandan lugar, día y hora? Venga, chicos, dadme una pista.

       Hugo, “el pajarito” como le llaman desde hace poco, está convencido de que su corazonada es buena. Sus algoritmos de cruce de imágenes sitúan a las mismas tres personas en los lugares de los últimos atentados que han asolado Europa, desde el asalto a la sede de “Charlie Hebdo” hasta el atentado de las Ramblas. Casi tres años de violencia fanática, con ataques suicidas en muchos de los casos, que, al menos así lo cree él, responden a una estrategia mayor, a una intencionalidad no tan evidente que ordena las acciones. Y defiende la tesis, de ahí el mote, de que se comunican vía redes sociales. En la que se mantiene a pesar de los comentarios jocosos —¡en mala hora se me ocurrió soltarlo en la reunión informativa! se recrimina de nuevo—, las risas y las bromas de sus compañeros. O de la mirada condescendiente de sus superiores. Solo que, ahora, debe trabajarlo desde casa.

       Tres horas más tarde, una alarma le saca de su duermevela. Según sus bots, se ha repetido la pauta: las tres cuentas han iniciado conversación con una cuarta, de modo simultáneo; pero independiente. Como en ocasiones anteriores, los mensajes parecen inocuos, cháchara insustancial y de fuerte contenido erótico con una sextuitera, @Sydonai, cuya actividad tampoco ha llevado a Hugo más que a callejones sin salida. Cada uno va por derroteros distintos y no mantienen ningún contacto entre ellos. No están, así lo indican los metadatos asociados, ni en el mismo continente. Las frases suben de tono, con dobles sentidos cada vez más explícitos, y Hugo se ríe entre dientes cuando reconoce el origen de las fotos de desnudo, que ni siquiera pertenecen a la misma mujer. La mayoría de las veces suelen ser del torso; si bien en algunas ocasiones, como ésta, la cosa va más allá y llegan al desnudo integral.

       Agotado, hacia las dos, decide dejarlo. Sale vaso en mano y, tras desconectar desde el exterior todo lo prescindible, marcha a la cocina con intención de picar algo que acalle los rugidos de su maltratado estómago. Pone música para ahuyentar el opresivo silencio y suena la suave selección de su particular lista: “Melancolía”. Levanta un poco el film alimentario que envuelve el plato y se corta un fino “quesito” de bizcocho con el que acompañar una nueva dosis ambarina. Medio sentado en la esquina de la mesa, su cerebro se desconecta mientras mordisquea la esponjosa masa casera. Su mujer le enseñó a hacerlos, poco antes de perder una temprana y desigual batalla con la suerte. Sonríe, no sin amargura, al recordar su luna de miel en Estambul, el único viaje en el que ha sido feliz. Cómo olvidar la cara de Ángela ante Santa Sofía. O aquél pequeño café en que les sirvieron el raki… ¡Coño!¡Claro, eso es!

       Algo encaja en su cabeza. La pregunta que le rondaba ha encontrado su respuesta cuando se ha relajado, cuando ha hecho reset. Con un respingo que emborracha los restos del pastel, sale disparado. Conecta de nuevo la sala limpia y enciende el ordenador principal. Recorre impaciente los “time line” de sus sospechosos y recupera una fotografía de la última conversación. Tras ampliarla realiza una serie de mediciones. ¡Eso es! Después geolocaliza el lugar y, sirviéndose del satélite, confirma su sospecha. Analiza la toma hasta que da con la ansiada pieza. Basándose en la información descubierta, aplica los pasos a fotografías anteriores. Acierta. Luego, unos barridos criptográficos para descifrar el mensaje —facilitado porque conoce el resultado de una decena de imágenes— y…. ¡Bingo!¡Sí, sí, sí! ¡Cien por cien! ¡Os he pillado, hijos de puta! ¡Ya sois míos! El amanecer le sorprende rematando un informe que encripta bajo el nombre de “The Police”. Lo graba en un lápiz de memoria y lo sube a la nube segura. Recoge todo y, por primera vez desde hace años, el silencio reina en su sancta sanctorum.

       Las ocho. Hugo antecede al Jefe de Sección en su camino al “briefing” informativo de cada mañana. Cuando entran en la pequeña sala todo el mundo está muy nervioso. La ansiedad es palpable. Aprovecha para preparar el proyector y el portátil mientras su superior se ocupa de los preliminares y pone a todo el mundo en antecedentes. Por fin, llega su turno.

       —Esto es Twitter. —Risas—. Como veis, @Sydonai es muy poco activa: apenas diez mil twitts en tres años, sigue a doscientas cincuenta cuentas y es seguida por otras tantas. Y eso que no está nada mal, ni esconde sus encantos —la fotografía de la joven desnuda desata un coro de silbidos que compite con las quejas de sus compañeras—. Pero, aunque no os lo creáis, lo que hay que mirar no es a la chica. Si os fijáis, días antes de cada uno de estos atentados se establecen contactos en paralelo con estas tres cuentas. La conversación es idéntica a otras miles que se desarrollan en la red; pero hay un detalle que las hace especiales. —Pulsa en el teclado y cambia la pantalla—. ¿Alguien nota algo raro en esta foto?

       »Nada, en efecto. De hecho, es de lo más normal. Una muchacha envía una foto sexy mientras se toma un aperitivo en una terraza. De estas se ven a miles en Twitter. Pero lo raro es que esta es ella de verdad, sin trucajes. Al menos en lo que a la chica se refiere. Si os fijáis, al fondo se ven dos minaretes. Es la Rüstem Paşa, en Estambul. ¿Aún nada? Alguien puede explicarme cómo una bella joven se toma una cerveza tan pincha, en un país musulmán… ¡a menos de cien metros de una mezquita! Eso me hizo centrarme en la botella y descubrí que es lo único que se ha variado, pues la contraetiqueta se ha incluido sobre la imagen real. Tras pasarle el “diccionario” este es el mensaje —nueva diapositiva—. Realizada esta misma operación con las tomas previas al resto de los atentados, de los que por desgracia conocemos muy bien el lugar, la fecha y la hora. La coincidencia es del cien por cien.

       —Pues sólo nos queda una cosa antes de ponernos a trabajar contra reloj para evitar una nueva masacre. —Es el Jefe de Sección el que habla—. ¿Cómo denominamos a la operación?

       —¿Operación “Náufrago”? —propone alguien—. Al fin y al cabo, la pista nos la han mandado con un mensaje en una botella.

 

Tradiciones

Realizado para el CibertallerKalpa2017, impartido y corregido por José Losada, y publicado en su sitio web http://cibertallerliterario.blogspot.com.es

       La mujer del traje de cuero dejó el bolso en la estación. Lo dejó en el suelo con mucho cuidado, sobre una alfombrilla de hierbas trenzadas que había desenrollado y cubierto con una piel sin curtir. A pesar del revuelo que su mera presencia creaba en la terminal, lo hizo con absoluta parsimonia. No era para menos. De unos veinticinco; ni el tono cobrizo de la piel; ni la serena belleza de sus duras facciones, ni la larguísima, negra y espesa cabellera llamaban la atención tanto como la túnica de ante que vestía. Teñida en un intenso rojo sangre y adornada con unos parches de abigarrados esquemas geométricos, anulaba por completo su figura. Pero, ante todo, resultaba incongruente en el moderno entorno. Muchos transeúntes la miraban con extrañeza. Los más no pasaban de esbozar una sonrisa; los menos, no se percataban de su presencia ni siquiera al agacharse para depositar en la esterilla unas indecorosas monedas.

       Se arrodilló, ante la inquisitiva mirada de unos pocos, y comenzó a peinarse. Raya en medio para equilibrar sus pensamientos y una larga y complicada trenza, que ató con una tira de cuero de la que pendía una solitaria pluma blanca, para enlazar cerebro y corazón, sabiduría y sentimiento. Una vez satisfecha con el estado de su cabello, dispuso los útiles que necesitaba. Montó un trípode y un brasero, que prendió con un encendedor para pipas. Mientras las ascuas tomaban fuerza, la joven extrajo varios tarros de barro que destapó y colocó a su derecha. En uno, más decorado, vertió un poco de agua de una botella de plástico. Se sentó sobre sus talones y comenzó a balancearse y entonar una monótona salmodia, que no interrumpió ni aun cuando espolvoreaba sobre los carbones encendidos, en un orden determinado, el polvo de los diferentes tarros. Lo mantuvo sin apartar la mirada del bulto ante ella, que había desatado de su espalda,

       El reloj cambió de hora: las doce en punto. Detuvo el mantra. Su ausencia reverberó por el vestíbulo como un redoble. Todo el mundo tuvo la pulsión de pararse, de centrar su atención en aquella mujer. Abrió las mantas del hatillo ante sí y, con un crescendo que lo inundó todo, retomó el cántico. Al que se sumó el llanto del bebé que elevaba con ambas manos hacia un rostro desconocido. Las lágrimas corrían serenas.

       —Esta quiere ser Doozhaahii, Caballo salvaje, de los t´áá diné. Ya no debe esperar. No conocerá a su padre, cuyos huesos yacen lejos, en las llanuras entre ríos, donde nadie elevará su túmulo. Su madre os la presenta en suelo sagrado. Aceptadla aquí, donde duermen los huesos de la tribu navajo, para que sea digna de vivir una vida.

       Y con los brazos en alto, ofreciendo a su hija, esperó la respuesta de los Adeezhi, los ancestros.

*****

       La mujer del traje de cuero dejó el bolso en la estación. Lo dejó para poder sujetarse el abultado vientre con una mano al tiempo que, con la otra, intentaba de protegerlo de los malintencionados golpes. Un sargento, con el brazalete de la policía militar, la arrastraba sin ningún miramiento fuera del edificio.

       —¡Largo de aquí, puta india! ¡Hoy no es día para que emponzoñes el aire con tu asqueroso olor a coyote muerto!

       Un último empujón la hizo rodar por el polvoriento suelo, ante la aprobadora mirada de los matrimonios maduros y las risas nerviosas de las muchas jóvenes que esperaban la llegada del ferrocarril. Sentada en la calle de tierra, apretó puños y mandíbula, escupió la rabia y, como sus abuelos durante la “gran marcha” hacia la denigrante reserva, se incorporó desafiante. Soltó la larga cabellera de la trenza que la ataba, aun a sabiendas de que ninguno de los blancos entendería el mensaje, la convicción que reflejaba ese gesto, y, tras mirar su sombra en el camino, se dirigió con paso firme una vez más hacia la entrada. El diablo la esperaba. Apenas había puesto un pie en la escalera de acceso cuando comenzó a golpearla con la porra, hasta que terminó por doblarse ante la inquina de su atacante. De nuevo en el arroyo. La escena se repitió varias veces. Ella, digna a pesar de insultos y castigo, insistía en acceder a la terminal. Él, embriagado de poder y autoridad, la rechazaba inclemente.

       Un agudo silbido atrajo la atención y la Big Boy detuvo su carrera entre humos, y chirridos. Los muchachos volvían del Pacífico, de una guerra a la que ya sólo le faltaba firmar la anunciada rendición imperial. Padres y madres abrazaban a sus hijos mientras las novias esperaban la ansiada intimidad. Petates apilados y gorras por el aire acompañaron la cadencia de una locomotora que proseguía su viaje.

       —¡Sanitario! ¡Sanitario!

       El grito paralizó a los recién llegados y los devolvió al horror que tanto deseaban dejar atrás. Varios reaccionaron y corrieron hacia el centro de la calle donde un teniente, con la cruz roja en su casco, se inclinaba hacia el soldado que, brazo en alto, acunaba una sanguinolenta figura. Poco a poco el círculo aumentó. Ella, agonizante, le dijo algo al doctor, que trataba de contener la hemorragia. Allí mismo, en mitad de la calzada, como tantas veces en la jungla y, al mismo tiempo, como nunca, salvó una vida.

       —La que habla al Viento, esa eres tú —le dijo recordando sus conversaciones con los locutores de códigos—. Perteneces a un pueblo valiente y orgulloso.

       Apoyó el bebé en el pecho de una madre que, con una última sonrisa, musitó su agradecimiento con el último aliento que fue capaz de reunir.

*****

       El desembarco fue un caos. Los desniveles de arena, abruptos y con casi cuatro metros de altura, provocaron un tapón a causa de los sherman, el material y los hombres agolpados en la playa. Progresaban mucho más lento de lo esperado. ¡Gracias a Dios, los japoneses les habían regalado el terreno hasta ese momento! Se desató el infierno. Nutrido fuego de mortero caía desde todas partes y piezas de artillería de mayor calibre menudeaban sus obuses. Las ametralladoras tartamudeaban su mensaje de muerte.

       —¿Dónde coño está el Jerónimo? —gritó el capitán Andersson—. ¡Quiero su puto culo rojo aquí ahora!

       El soldado, con un pesado equipo a la espalda, se levantó a instancias de su sargento y salió corriendo hacia el lugar que se le indicaba. Un trozo de metralla le arrancó el casco. Aún así, logró alcanzar el puesto de mando, no sin un sucio y profundo corte en la sien.

       —¡A la orden, mi capitán! Se presenta el…

       —Vale, vale, jefe. Déjate de historias —le interrumpió con desprecio—. Necesito comunicación con esos barcos de ahí detrás. Solicite fuego en coordenadas…

       El oficial le miraba con nada disimulada condescendencia. Se afanó en recordar cada una de las palabras que debía transmitir, mientras abría con los dientes un apósito que colocó sobre su herida. Conectó la radio y buscó la frecuencia. Temblaba. En los ojos de sus mandos leyó sin dificultad la falta de confianza. No era por eso; sudaba porque necesitaba hacerlo perfecto. Tomó el micro y comenzó a hablar. Su jerigonza levantó más de una ceja y más de una sonrisa burlona, hasta los fogonazos de los proyectiles navales surtieron efecto. Si en batallas anteriores los japos habían intoxicado sus comunicaciones, provocando incluso que bombardeasen sus propias posiciones, parecía que estos indígenas iban a provocarles un auténtico quebradero de cabeza.

       Lograron avanzar hacia el interior. Allí la resistencia nipona fue heroica. Y suicida. Túneles excavados en la blanda roca volcánica, fortificaciones reforzadas con cemento, trampas constantes que dilataban cualquier intento de hacerse con la isla. No iban a perder, eso era seguro; pero ¿a qué coste? El teniente Blanchard le dio una tableta. Era el único que se había acercado a ellos, que se preocupó de conocerles, que no se había reído de una idea que ahora, tras más de ochenta horas de comunicaciones exactas e indescifrables para el enemigo, se reveló como excepcional. Perro Loco le hablo de la reserva, de la humillante “gran marcha”, del racismo. También de su relación de las raíces de su cultura. Y de la hermosa mujer que le esperaba a su regreso.

       —No volveré. Dígale que la amo. Dele esto, si puede. Para el bolso. Ella sabe.

*****

       Robert no cabía en sí de gozo. El programa de becas de la Universidad de Denver le había seleccionado para realizar sus estudios de postgrado. Aunque al principio le costó adaptarse y se decepcionó con el plan de estudios, todo terminó por arreglarse. De hecho, si había tomado ese tren era por haber convencido a su tutor de que pasar un año en la reserva era imprescindible para su tesis de doctorado. Así que ahí estaba él, camino de Window Rock. Esperaba poder vivir, aunque fuese una breve temporada, en un hogan, las tiendas tradicionales.

       La llegada estaba prevista hacia mediodía, por lo que aún disponía de un buen rato. Sacó el portátil y comenzó a releer varios tratados sobre ritos y costumbres nativas. A lo del idioma ya había renunciado. Nunca sería capaz de aprender esa dichosa lengua. Enfrascado en sus estudios, le sorprendió el anuncio por megafonía de la inminente llegada a la estación de Flagstaff. Tres minutos de parada. Se preparó para descender. Sólo llevaba una maleta de ruedas, además de la mochila con el ordenador.

       De pie en el andén se sintió muy extraño. Nunca había sido bueno para orientarse, pero aquello era otra cosa. Notaba la cabeza pesada y una flojera en los miembros nada tranquilizadora. Anduvo por el andén, como flotando, como si la realidad a su alrededor se tornase blanda y avanzase en una masa de gelatina. Tuvo que detenerse a respirar, apoyado en un cartel publicitario del museo, ante el que reconoció el pino ponderosa que dio origen y nombre a la ciudad. Apenas recuperado, retomó su andadura. No quería perder el autobús. Sería de pésimo gusto retrasarse ante las autoridades que le esperaban en la capital de los navajo.

       Llegó al vestíbulo con la vista nublada y un murmullo constante en los oídos. Sólo el olfato parecía funcionar, aunque enfatizado. Reconoció el aroma a tierra, a almizcle, a óxido metálico, a peyote. Una mancha roja allí, en el suelo, centró su atención. De pronto estaba en cuclillas ante una mujer india, ¡qué le ofrecía a su niña! Sin saber cómo o porqué, derramó el líquido de un decorado tarro sobre el ardiente brasero, que siseó apagándose. Mojó las yemas de sus dedos índice y corazón en el barrillo de las brasas y pintó sendas rayas en las mejillas del bebé.

       —Esta es Doozhaahii, Caballo salvaje, de los t´áá diné. Tiene una vida por vivir.

       —Esta es Doozhaahii, Caballo salvaje, de los t´áá diné —repitió ella. —Gracias, Ashkii Dighin, niño sagrado.

       Ella envolvió a la niña en unas mantas y la sujetó a su espalda. Recogió el brasero y los tarros en el bolso que había a su derecha y se levantó. Tomó al chico de la mano y corrieron al autobús. Él, aún atónito, portaba con toda naturalidad un viejo bolso.

*****

       La joven bajó del tren en Flagstaff muy cansada. La semana había sido intensa. Empezó con la ceremonia de graduación —encima le correspondía pronunciar la valedictorian—, y la posterior juerga que, aunque era de las comedidas, había derivado en la ineludible resaca. Aún estaba decidiendo si paracetamol o ibuprofeno para desayunar, aunque ya eran las doce, cuando sonó el ruido más estridente que jamás había oído en su vida. Miró somnolienta la pantalla para confirmar lo que el tono específico debería haberle hecho saber: mamá. La conversación fue extraña. Tanto como para que no dudase en renunciar a su semana de vacaciones en L.A. y coger el primer vuelo a Denver, sin preocuparse de maletas o enlaces. Sentía la urgencia de ir a casa, una íntima certeza de que era necesaria allí.

       Alguien la esperaba en el andén. Malo. Apenas un saludo formal y carrera en coche hasta el Northern Arizona. Nada más verla, supo que llega tarde. El abrazo con su madre fue intenso. Ambas se miraron, ambas lo sintieron. Están rotas. Pero llorarán cuando sea el momento de las lágrimas; ahora no. Abandonaron el centro tras arreglar los, por más que imprescindibles, nada empáticos trámites. Siguieron días duros.

       ¡Por fin Robert descansaba en su tumba! Caminaban despacio, tomadas del brazo, vestidas con las túnicas tradicionales.

       —¿Cómo estás, mamá? ¡Se ha ido tan rápido!

       —Era un Hataali. Los Adeezhi tenían celos de su arte. Sus sueños eran despierto y su pensamiento y su voz poderosos. Como su medicina, su azáy.

       —¡Y eso que era blanco!

       —El consejo hubo de reconocerlo. Éste bilagána era más t´áá diné que muchos sangre pura de la reserva. Tu padrastro…

       —¡Mi padre! —la interrumpió.

       —Tu padre —concedió—, mi marido —reprochó—, creaba cuadros salud.

       —Ahora podemos dejarle partir. —La abrazó con cariño—. Es tiempo de llorar.

       —Aún no. Tu abuela nos está esperando.

       Las tres mujeres extendieron sus alfombras en la calle, frente a las escaleras de acceso, y La que habla al Viento comenzó a narrar una historia, que continuó su hija. Cuando terminaron, la abuela le entregó un bolso y la madre un cálamo. Ya sola, Doozhaahii lo abrió e introdujo el tótem de su padre. Accedió al vestíbulo. Pocos sabían que aquel era un lugar sagrado navajo. Sentada sobre sus talones, inició un cántico. Ella esperará hasta que se revele el nuevo chamán, el nuevo guía de la tribu, su marido.

       La mujer del traje de cuero dejó el bolso en la estación. Lo dejó en el suelo…