Anál nathrach, orth’ bháis’s bethad, do chél dénmha

Egrid se detiene a la boca de la cueva. Con una mirada repasa los preparativos. Satisfecha, aunque resignada asiente. Ha hecho cuanto está en su mano; solo ruega porque sea suficiente. ¡Hay demasiado en juego! Con el pequeño hueso que ha forrado en recio cuero de ciervo dentro del puño cuya muñeca aferra con la izquierda, sujeta su abultado vientre enmarcándolo con los brazos, en un fútil intento de aliviar el peso que destroza su espalda. El dolor en los pechos le indica que el momento se aproxima. No se atreve a mirar hacia el sendero, convencida de que nadie ha de venir a auxiliarla.

Ha comprobado el fuego que arde al fondo de la gruta, bajo la grieta que hace de chimenea natural; una brasa abundante y generosa que permitirá mantener el agua y el ambiente templados. Las dos sogas que ha atado a sendos abetos y cuyas lazadas flanquean la vieja piel en el centro de la sala. El pequeño cuero de lebrato que ha curtido y purificado en el arroyo, sobre el que reposa la fina faja de lana, también lavada y tantas veces bloqueada en astas de ciervo. Al otro lado, trapos limpios pero viejos y el cuchillo del blót el que se usa para entregar las vidas a los dioses. También la hoguera a la entrada, dispuesta para arder y alejar a las bestias que puedan acudir al olor de la sangre. Porque sabe que antes o después acudirán y que, si nadie la asiste, ambas estarán indefensas.

Mira al mar, oscuro espejo del cielo en el que Máni riela y desespera, como ella. Ambos buscan a diario. Él a su hermana, Sól, a quien nunca alcanzará y de la que debe conformarse con una suave y distante caricia. Ella, el retorno de los barcos largos, los langskip, que en el sur llaman dragones y en los que Harald escucha al viento. Como el dios luna de su hermana, ella añora la luz de sus ojos, el rumor de sus palabras, la fuerza de sus brazos, el calor de su cuerpo, las íntimas caricias. El mar, Njord, siempre dadivoso, todo lo ofrece, como el verano. Pero, en ocasiones, también reclama. Por eso Egrid permanece serena, aunque intranquila; porque su hombre, el padre de su hija, regalo inesperado al comienzo del declive de su vida, está en las inconstantes manos de las Nornas. Quiera Skuld que Harald conozca a su hija. Algún día.

Porque está convencida de que hoy parirá una hija. Así le ha sido revelado. También sabe que estará sola, que ninguna mujer de la aldea subirá para asistirla. Es una völva, una bruja, como escupen por lo bajo hasta que acuden a ella, en secreto, en busca de retazos del futuro, de favores de los dioses. Ella los desdeña, porque sabe que son el miedo y la ignorancia quienes conducen sus vidas, que ni siquiera son seres humanos, que son marionetas en manos de otros. Se quejan de sus artes, de su magia y, sin embargo, se dejan manipular por otros poderes que abrazan sin pensar.

Un dolor cruza su vientre, desde el sexo hasta el pecho, y la humedad recorre sus muslos. Ya comienza.

Los ciervos braman.

Le da la espalda al mar y regresa al amor de la cueva. Toma una rama de las brasas y enciende la hoguera de la entrada, que alimenta con gruesos troncos apenas prenden las primeras ramas. Con una fina vara remueve el contenido de varios platillos que humean en las piedras en torno al hogar.

Duele.

Los cuervos graznan.

Tras comprobar el agua, acerca los cubos y coloca en el suelo la piel de alce que la cubre, sobre la que deposita una más vieja. Desnuda, se acuclilla sobre el lecho, coloca entre sus dientes el mordedor, que sujeta con una cinta, y pasa las manos por las sogas que ha atado a los abetos de la entrada, a las que se agarra tras darles varias vueltas en torno a sus muñecas.

Duele.

Los lobos aúllan.

Reafirma los pies en los hoyos excavados en el suelo. Tensa su cuerpo acompasada al Aún con la mordaza, que muerde tras cada grito, comienza a recitar su letanía, el conjuro que ha soñado. Porque ella quiere ser respuesta.

Han venido. Han traído sus libros y sus cruces; sus gemas; sus telas finas, que de poco sirven en el frío, pero desatan sed de oro. Elevan sus palabras vacías a un dios sordo, ciego y egoísta, que todo lo reclama, que nada respeta…

No hay Dios fuera de mí. ¡Soberbios!

Ungiré mi piel con la esencia de Gerd. Apelaré al deseo, la primaveral exuberancia, el amor por lo que vive. Porque no escuchan al río ni a los bosques, porque nada, siquiera a ellos, respetan, y lo llaman pecado.

Yo soy el poder y la vida. ¡Ingenuos!

Anuncian vida, mas en su nombre siembran muerte. Hablan de felicidad desde la pena, desde la culpa, desde el remordimiento de lo que aún no han cometido. Exigen renunciar al hoy ante la incierta promesa de su mañana. Yo reniego.

Y parirás con dolor. ¡Cobardes!

Guía mis manos, Frigg, mientras acaricio mi vientre. Que en él crezca la semilla. Que nazca una nueva guerrera, una nueva völva, pues el brazo ya no sirve cuando mellados han sido la espada, el hacha y el escudo.

Dies irae. ¡Condenados!

Por eso estoy aquí, desnuda, bañada por la luna, custodiada por los lobos y los cuervos, tiznada de barros y cenizas, adornada con flores, dispuesta a recibirte.

¡Somos tan pocas!

Caliento esta hidromiel en que me baño, la mezclo con la sangre que ahora bebo. Me froto con muérdago y ortigas, a ti me ofrezco, si así lo consideras.

Por los poderes del bien y de lo blanco,

por los antiguos espíritus del bosque.

Por las risas del agua cantarina,

por el espectral frío de la noche.

Que nazca en mí aquella que nos guíe,

que traiga horror y fuego a los impíos.

Mi vida te ofrezco tras el parto.

Por los ancestros, victoria o muerte te suplico.

Nota como se desgarran sus carnes. El presente la reclama. Cambia el mantra.

Empuja. Respira, respira, respira.

Empuja. Respira, respira, respira.

Grita ¡EMPUJA! Grita. ¡DIOSES! Grita… ¡Ya está aquí, ya está aquí!

El mordedor colgando de su cuello, las muñecas desgarradas, las piernas temblorosas, la garganta ardiente. Llora. Llora con lágrimas de alivio, con un gozo en el pecho como nunca ha sentido. Se siente vacía y completa al mismo tiempo, rota y, al fin, absoluta. Por un momento, se permite hundirse en las emociones, se rinde ante lo que sabe que significa lo que ha hecho.

¡Ya está! Ahora ya no es ella, ahora es la tribu, la manada. Ahora se debe a todas. Aún queda un momento, no obstante, solo suyo, íntimo. Está agotada y, sin embargo, se nota pletórica, todopoderosa.

Deja a su hija sobre la lana y el cuero del lebrato, junto al fuego y toca su cara mientras susurra una plegaria a Freya. La diosa le sonríe a través de la boca de su niña, que comienza a respirar tras una inhalación prolongada que, sin llanto, la hace autónoma. Egrid la mira con dulzura y canturrea mientras empapa uno de los paños en agua templada y lava a su pequeña. Con un tendón hervido ata y corta el último lazo, ya estéril, que las une.

Está agotada, pero encuentra un momento. Por costumbre, comprueba que ha expulsado todo, que la forma es la correcta y recoge la ajada piel, plegándola sobre sí misma, para depositarla sobre las brasas y deshacerse así de los restos del parto. Sabe que da igual, pero los ritos han de observarse. Y la naturaleza no es clemente con los descuidados.

Abriga a su pequeña, la deja a su lado y, por fin, se tumba. Está cansada, muy cansada. Pero ¡ya está! Ya puede descansar. Echa una última mirada al fuego que danza en la entrada y, confiada en la piedad de Frigg para con su hija, se deja ir; entrega, como había prometido, su vida.

Abre los ojos, sacudida por el frío. Una anciana la cubre con un cuero mientras frota, para calentarlo, su rostro. Cuando se percata de que la mira, le devuelve una sonrisa con los ojos y le hace un signo para que calle. Aviva el fuego y deshace el hato que envuelve a la pequeña. Curiosamente, tampoco llora. Egrid sonríe, se siente en calma. Dos cuervos se posan junto a la pequeña y graznan quedo, como si conversaran entre ellos, al tiempo que baten sus alas. La mujer muestra una larguísima uña con la que traza un dibujo en la cara interna del muslo del bebé, que se marca como un tatuaje. Con la otra mano ahoga la pregunta que asoma a los labios de Egrid.

―¿Quién eres? ¿Quién viene a buscarme?

―He aceptado tu oferta, Egrid. Yo soy Mladoc. Ninguna mujer debería parir sola. Tampoco, morir sola. ―Cierra los ojos de la madre con infinita delicadeza―. ¡Descansa ahora! La vida de tu hija queda a mi cuidado.

La anciana, tras depositar el cadáver de la pequeña sobre el pecho de su madre, sale de la cueva. Tres cuervos negros la acompañan y una manada de lobos se acerca desde la oscura linde. Una hembra hocica en la nieve y ella se gira y se agacha. Recoge un pequeño pájaro blanco, que protege en las cuencas de sus manos.

―Vamos, pajarillo. Tu vida no empieza en esta era que termina. Pronto buscaremos tu lugar. Hallarás un cuerpo nuevo, hallarás un tiempo nuevo. Pero tu alma, valquiria, siempre será vieja. Allá donde te encarnes, busca siempre a tus hermanas, escúchalas en el sonido de la lluvia.

Con un gesto, la cueva se derrumba. La anciana inicia el descenso hacia el mar. Ninguno deja huellas en la nieve.