Magia de libros

La primera versión de este texto fue escrita para el Cibertaller de José Losada.

 

 

   «Hoy ha sido un día de mierda».

   Aunque no se lo crean cuando acaben estas páginas, ese será el último pensamiento de nuestro protagonista antes de sumirse en los reparadores brazos de Hypnos, el sueño, del que ya solo espera le lleve hasta su gemelo, Tanatos, la muerte sin violencia, cuando Átropos, la mayor de las tres Moiras, decida cortar el hilo de su vida. No es que haya urgencia alguna y, aunque dicho asunto tampoco le preocupe en tanto que inexorable, sí reza por que le dé tiempo a finalizar la segunda más trascendente de sus tareas. Porque, a la primera, se le antoja del todo imposible.

   Ya me perdonarán este metamórfico inicio; pero uno se contamina con el trabajo que lleva entre manos y, en el momento en que inicio esta historia, me ocupa enseñarle a Shakervantes la obra de un tal Ovidio. Estos divagares quizá no sean sino bobadas de senectud, por lo que les solicito ahora su indulgencia y, de este modo, holgará hacerlo de continuo a lo largo del relato. Vaya por delante mi agradecimiento si me la conceden y, en caso de que su arrogancia se lo impida, asuman mi indiferencia. La edad, es lo que tiene: tú te tomas la licencia y al que le parezca mal, con su pan se lo coma.

   Como sin duda habrán deducido del escatológico aforismo con el que se desencadenaba esta historia antes de perderme en eruditas digresiones, mi intención es narrarles un día de la vida de alguien.  En ningún caso mis elecciones han sido azarosas, vacuas o baladíes. Como acabarán por descubrir, tanto la fecha como el personaje resultarán de inusitado interés. Sin embargo, no nos adelantemos, que las historias se entienden mejor si se comienzan por donde deben y se sigue algún orden, el que sea; pero se sigue. Lo dicho: ¡a ello!

   Calímaco ―que debe su gracia al encargado de ordenar la mítica biblioteca de Alejandría―, se levantó con el runrún de elegir un nuevo libro ya de buena mañana. Había trasnochado algo más de lo aconsejable, no porque su descanso no pudiese posponerse, sino por el incremento en el gasto de bujías que, siempre, siempre, siempre, supone un serio problema. Pero no quiso dejar para mañana lo que podía hacer hoy, y más cuando le faltaban tan solo dos capítulos. Deseaba terminar de leerle a Shakervantes la obra antes de irse a dormir ―nunca se sabe― y, por qué no reconocerlo, también ansiaba conocer qué demonios le deparaba la vida al último de los Aureliano Buendía y si sus amoríos con Amaranta Úrsula llegaban o no a buen puerto. Así que acompañó un trecho a la luna hasta ponerle punto y final a los cien años de soledad y, tras envasar al vacío el volumen y acomodarlo en su nueva y definitiva ubicación, al menos hasta el próximo cambio de normativa, se acostó. Y, dado que lo hizo tras finalizar una lectura, lo hizo asimismo con el runrún con el que se levantó: tenía que escoger.

   Escoger es una tarea complicada para el ser humano. Si eres un perro, según he leído, depende de la comparativa entre lo apetitoso que se vea y la distancia a la que esté; si eres humano… Si eres humano nadie tiene puñetera idea de qué depende. El hecho es que escogemos de acuerdo con criterios ignotos y, esto sí es conocido e internacionalmente aceptado, nos cuesta; nos cuesta mucho. Así que Calímaco repasaba su copia del grueso volumen que recogía el cuadringentésimo quincuagésimo primer Catálogo Universal de Libros Olvidados, en el que con exasperante lentitud iba marcando aquellos que dejaban de serlo, toda vez que Shakervantes ya los había escuchado, para discernir alguno que le llamase. Leerle a él era una labor penosa, pero trascendental más allá de cualquier atisbo de duda. A ella había dedicado Calímaco todos y cada uno de los días de su vida desde que certificó su don y, a causa de esa relevancia, le resultaba tan complicado elegir tras tachar un nombre en el aparatoso tomo. Hacerlo era, al tiempo, un alivio y una tortura.

   Pues eso; que ahí tenemos a Calímaco dándole vueltas al colacao matutino, carente ya de grumos y apenas humeante puesto que, ensimismado con el índice bibliográfico, lo revolvía de forma automática e inconsciente. Tanto que se sobresaltó cuando le llegó la trágica noticia: la sección nonagésimo cuarta se había derrumbado. Tras unos instantes, en los que forzó su memoria al límite, y recorrer mentalmente la planta del complejo, suspiró resignado. Iba a alegrarse al descubrir que las nonagésimas no incluían estanterías, cuando se dio cuenta de que no le era posible. Al fin y al cabo, por detrás en importancia de los sagrados textos se encontraba la vida de los maestros e, inmediatamente debajo en la escala, la de los aspirantes. Y la nonagésimo cuarta albergaba los dormitorios de estos últimos: maestros y aspirantes.

   ―Por favor, amplía la noticia. Magnitud de daños ―dijo en tono neutro, como hablando al aire.

   Los datos recibidos hicieron que, diez minutos después, el colacao acabase en el microondas y la necesidad de decidirse por una nueva lectura, hasta entonces su prioridad más absoluta, postergada sin clemencia. Era una tragedia de proporciones bíblicas, un tercer diluvio que bien podría asolar, en esta ocasión sí, a la especie humana. Si se había perdido una promoción completa, ¿quién retomaría su ingente labor?, ¿cómo podría soñarse siquiera con finalizar el sagrado empeño? La campanita del pequeño electrodoméstico, inútil y redundante sistema de alarma en tanto que de forma simultánea se había apagado la lucecita interior y parado el zumbido del motor, indicó a Calímaco que su bebida había dejado de dar vueltas y estaba lista, de nuevo, para endulzarle, tarea complicada tras el infausto suceso, la jornada. «¡Empezamos bien!», se dijo al descubrir que, tras alcanzar su contenido el punto de ebullición, el vaso sobresalía como un semitransparente cono volcánico en un mar de chocolate sobre el plato cristalino. Tras varios juramentos y ladridos, recibió un nuevo desayuno, este en perfecto estado de revista. «Pues nada, hoy tocan cuatro magdalenas», se resignó.

   Las horas transcurrieron de sobresalto en sobresalto. Los partes informativos eran cada vez más deprimentes y el ánimo de Calímaco no podía bajar más aprisa. Solo si le hubiesen informado de un incendio o de que algo irreparable le había ocurrido a Shakervantes su humor hubiese caído en un pozo más hondo. Apenas probó bocado durante el almuerzo a pesar de las recomendaciones de su asistente personal, que no consideraba el ayuno como beneficioso en aquellas circunstancias. Conforme avanzaban los trabajos de desescombro, el humor de Calímaco pasó del gris marengo al negro y, a última hora de la tarde, del negro profundo, al abisal, primero, y al negro como la boca de un lobo, después. No les voy a cansar. Al final, cuando supo que todos los maestros habían perecido bajo los escombros y que idéntica suerte habían corrido los alumnos residentes, lloraba como una Magdalena ―no confundir con las que se había comido por la mañana―.  En un alarde de fortaleza, abrió el Catálogo Universal de Libros Olvidados y escogió uno al azar. Ese sería el próximo que le leería a Shakervantes. La elección, al menos a la vista de lo que sucedió después, podría entenderse como premonitoria. Aunque, bien mirado, también lo podría haber sido el texto anterior. Por supuesto, es más fácil encajar las piezas que ya se conocen … Y, así, no vale.

   Mientras recorría apesadumbrado los oscuros pasillos que serpeaban entre los curvados anaqueles a la caza del libro que había seleccionado, Calímaco se preguntaba si merecía la pena seguir adelante, si ahora que él era el último maestro tenía sentido continuar. También dudaba acerca de si debía conservar o no el título de maestro. «Porque, claro, maestro es el que enseña una ciencia, arte u oficio, y no quedan alumnos vivos, por lo que no tengo a quien enseñar. Pero, por otra parte, también es alguien que destaca entre los de su clase u oficio, o quien es práctico en una materia y la maneja con desenvoltura. Y esas dos circunstancias pueden aplicárseme sin matices», cavilaba. Pero Calímaco era un perfeccionista y no deseaba verdades a medias. ¡Ni siquiera a dos tercios! Así que, aunque fuese en tercer plano, tras la búsqueda y el pesar por lo acontecido y lo referente a su cargo, su cerebro se puso a elucubrar posibles soluciones. Estas, no obstante, huían de él más veloces que la tal Dafne del lujurioso Apolo. Cuando localizó el tomo que perseguía, la metafísica ganó prioridad sobre la maestría, así que lo de arreglar las cosas pasó a un segundo plano, el azar tomó cartas en el asunto y, por una vez en aquella aciaga jornada, se puso de parte de nuestro sufrido bibliotecario. A un Calímaco superado por los infaustos sucedidos se le escapó un hondo suspiro y una queja en voz alta. Bien que la pregunta era retórica; pero no siempre los mensajes llegan al receptor con la emotividad original.

   ―¡Ay! ¿Seré acaso yo, Calímaco, el último de mi especie? ¿No habrá un pupilo al que despertar el don que tan celosamente atesoro?

   Harto de tanta estrechez, desconocedor de lo que estaba por venir y cansado de justificarse, solicitó un termo de café y unas bujías con la intención de comenzar el nuevo título con Shakervantes. En cualquier caso, mientras esperaba lo encargado se dispuso a cenar y, con el baclava del postre, se hizo cargo de una botellita de pacharán, de ese de que, según la guía «Papilas y moléculas», tan bien marida con los dulces. Así que pueden imaginarse su estado cuando, en lugar de la bebida y las velas, su asistente se le presentó con un niño de unos seis años cogido de la mano.

   ―Perdóneme si me he sobrepasado en mis atribuciones; pero, de acuerdo con su solicitud previa, he localizado a este aspirante cuyo don, según indican las preliminares, tiene un setenta y cinco por ciento de posibilidades de ser despertado.

   Su expresión era, literalmente, inenarrable. Así que comprenderán que me excuse intentarlo.

   Ese tierno infante, este que les escribe como sin duda habrán colegido, no entendía nada de nada. Unas horas antes estaba jugando a la pelota en la plaza y, tras ser requerido, separado de sus padres, trasladado al Enclave, aseado, examinado física e intelectualmente, sometido a pruebas que a él se le antojaron torturas propias de los seres infernales con los que se les asusta y conmina a ser buenos, le llevan ante un viejales beodo que, entre hipidos, deja traslucir su alegría por mi hallazgo, su ira por su estado y la sonrisa lobuna de un jugador de póker con mano propicia. Entre inquietantes faltas de equilibrio ―les recuerdo que nos alumbraban candelas― y frases inconexas, fui conducido a una sala en la que nos aguardaba Shakervantes, quien me fue debidamente presentado. Me sentaron en un sillón orejero ―el asistente lo hizo― y Calímaco ―de nuevo el asistente, aunque esta vez utilizó al bibliotecario como un ventrílocuo a su muñeco, tanta reverencia le mostraba al objeto― me colocó en las manos lo que más tarde identificaría como un libro. Bueno, librito. Y, tras acomodarse en un butacón gemelo frente al mío, se dedicó a la ingesta indiscriminada de cafeína e hidratos de carbono en un intento de paliar los efectos del licor de endrinas.

   Yo no sabía qué hacer con aquello que tenía ante mí, así que, presa del mayor aburrimiento, comencé por separar el colorido cartón y mirar dentro. Una especie de casita ocupaba la página.

   ―«A» ―dijo Calímaco emocionado cuando la señalé con mi dedito.

   ―«A» ―repetí presa del tedio.

   ―«B» ―cuando apunté a un palo con dos círculos superpuestos de la hoja contigua.

   ―«B» ―repetí de nuevo siguiéndole el juego. Aquello podía tener gracia.

   ―«BA» ―cuando aparecieron la una junto a la otra―.« BA».

   ―«BA» ―logré decir cuando lo pronunció por segunda vez.

   Seguimos durante un buen rato. Era divertido, sobre todo por los gritos ―«¡Tiene el don de la lectura, por Tutatis! ¡Tiene el don de la lectura!», agradecía― y los bailoteos que se pegaba el anciano, henchido de gozo. Bueno. De dicha y de pacharán, ¿recuerdan? Por eso no es de extrañar que, después de darme un vaso de leche con galletas y arroparme en una camita en un cuarto aledaño al suyo, se durmiera pensando que, aquel, había sido un día de mierda.

   «¡Qué desagradecido! Si, al final, todo le ha salido bien. ¿Cómo puede dormirse pensando “ha sido un día de mierda”?», se preguntarán quienes de ustedes recuerden lo que les dije al principio. Lo que no tienen en cuenta es qué fuerzas han intervenido. Al fin y al cabo, si Calímaco pudo solventar tan contrarias tesituras y mantener vivo el proyecto de audiolibros para analfabetos «Shakervantes» al encontrar un sucesor, fue gracias a que Tiqué, el azar antes de que lo renombrara Ovidio, utilizó el Catálogo Universal de Libros Olvidados para que le leyese la cartilla. Ósea, que lo hizo con el C.U.L.O.