¿Suerte?

“Suele afirmarse sin ambages que la suerte no existe, que todo nace del trabajo y que cuanto se logra se paga con sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor. Pero estoy más que determinado a demostrarles que eso no es cierto, que ni por asomo se aproxima a la realidad que nos rodea, al mundo en que vivimos. Si quieren ser alguien en este ámbito, deben hacer por tener a la divinidad —yo prefiero a Tyche, la versión griega— de su parte. Seguro que recuerdan la imagen del miliciano anarquista abatido en Espejo y que tuvo la fortuna —mala— de que una bala enemiga le impactase, y —buena— de que el genial Robert Kappa estuviese por allí, cámara en ristre, y le disparase directo al estrellato “post morten” —en sentido absoluto ya que, fuera de los ambientes eruditos, nadie conoce su nombre— y a una fama que nunca pudo disfrutar. Sobre todo, en un momento en que uno no podía permitirse el lujo de tirar fotos como ahora, cuando todo es digital y no tenemos más inconveniente que la memoria de nuestra tarjeta, por cierto, reemplazable. Así que ahí tenemos a Federico Borrell García en el instante en que su carrera es detenida por unos gramos de plomo que, por gracia de la casualidad, la diosa o el azar cósmico, transformó dicha imagen en un icono del siglo veinte. Incluso aunque su veracidad esté altamente cuestionada. Desconozco el tesón de Kappa encarando su labor. Pequeño no sería cuando se desplazó a una zona de guerra; pero no me negarán que hay un extraño punto de suerte, una “mano bendita” que permitió captar el instante preciso, el dramatismo exacto. Por no hablar ya de las cuestiones estéticas, como el encuadre o los juegos de sombras, que proporcionan una composición difícilmente aceptable como accidental.

»Quiero que, al menos durante el cuatrimestre que dura mi asignatura, aunque sería deseable que lo asumiesen como actitud continuada, salgan a la calle y me traigan ejemplos de instantánea, de fotografía directa, sin más estilismo que el que sepan obtener “in situ”, sin retoques. Caso de que necesiten más inspiración, les recomiendo la toma de la niña huyendo de las bombas en Vietnam, por Nick Ut, o cualquiera de las cogidas en las plazas de toros, como “Manolete bajo Islero” o la de José Tomás en Linares, por citar un par de ejemplos. Si no se sienten cómodos con la tragedia, siempre amiga del reportaje, el mundo deportivo les proporcionará excelentes oportunidades. Incluso el capítulo de sociedad, perdón, prensa rosa, les puede ofertar un robado o un despiste, no por irrelevante menos lucrativo. Así que tomen sus herramientas, afilen sus conceptos y, si desean nota, sorpréndanme.”

 

No tengo ni idea de por qué esta sesión de inicio de mi curso de fotografía asaltó mi mente durante las casi nueve horas de duermevela que duró el viaje desde Madrid hasta Santo Domingo. Lo cierto es que no pude pegar ojo. Y no sólo porque sienta un cierto recelo a volar. Siempre he pensado que es antinatural y, por más que entienda la física que sustenta a una aeronave en el aire, ese conocimiento no me aporta ninguna confianza. Pero no. La inquietud que me negó el descanso durante el vuelo era a causa de Seda, mi pastor belga malinois, que se encontraba sedada y sola en la bodega del enorme Boeing. Mi veterinaria de confianza, a la sazón mi cuñada, nos había acompañado hasta el embarque y, por enésima vez, me tranquilizó a pie de pista y revisó el botiquín canino que incluye mi equipaje. Mientras, su hermana se aseguraba de que mi documentación y el pasaporte internacional de Seda estuviesen accesibles en mi bolsa. Por fin, ¡bendita sea!, me puso en la mano un paquetito de chuches para ella y me dio uno de esos besos que bien podrían haberme hecho renunciar al viaje. Sus palabras, no obstante, aún me alientan.

—Cuidaos y haced que nos sintamos orgullosas. Para esto lleváis dos años trabajando, así que dejad bien alto el pabellón. ¡Te quiero! —Tuve que besarla, porque ni hubiese podido resistir sus lágrimas, ni quería que sufriera las mías.

La llegada a Santo Domingo fue menos caótica de lo que esperábamos. Un miembro de la embajada española nos aguardaba en el aeropuerto y había realizado las gestiones necesarias. Él se encargó de la documentación, lo que los guías caninos le agradecimos de corazón, pues nos descargaba de la pesada burocracia y, sobre todo, nos permitía ocuparnos de nuestros compañeros apenas aterrizados. Dos horas más tarde traqueteábamos en un viejo autobús camino de la frontera haitiana, que cruzamos sin más trámite que un vistazo a nuestros papeles: pasaporte y certificado de vacunaciones de hombres y perros. La carretera se convirtió en camino, el bosque en páramo y la solidaridad en angustia. La pesadumbre se palpaba en el ambiente, en los rostros que desfilaban hacia el país vecino, hacia la otra mitad de la isla en que, si bien había sufrido el mismo terremoto, las consecuencias no podían compararse. En este lado se aunaron calamidad y miseria, lo que transformó un sismo de gran intensidad en una catástrofe de dimensiones bíblicas. Si el cansancio del viaje nos había sumido en un precario estado de ánimo, comprobar la magnitud del desastre conducía inevitablemente a la depresión. Si nunca has necesitado apoyo psicológico no puedes entender la importancia de alguien que se preocupe de que reconozcas, aceptes y canalices adecuadamente las emociones. Querría saber explicároslo; pero no sé. Ni tengo las palabras, ni soy capaz de expresar cómo hacen su magia. Tan sólo os diré que, de no ser por ellos, no hubiésemos sido capaces siquiera de asumir el entorno con la celeridad imprescindible. Porque el tiempo es nuestro auténtico enemigo.

Varios soldados nos abrieron paso hasta la base de la Unidad Militar de Emergencias entre una multitud hambrienta, enferma y desesperada que trataban de organizar y atender. Nos asignaros unas tiendas y, tras unos minutos de “Skype” con los de casa y un breve refrigerio, nos pusieron en contacto con el Centro de Coordinación. Aquí ya estábamos en nuestro elemento. Más bien mis colegas lo estaban pues, para Seda y para mí, todo era novedad. La actitud con que fueron recibidos no dejaba lugar a dudas: se les conocía y se respetaba su pericia. Tras unos saludos y la asignación de cuadrantes de búsqueda, regresamos a nuestro pequeño rincón con tiempo por delante para lograr que nuestros compañeros se adaptasen tras el viaje y estuviesen en plenas condiciones. A partir del próximo amanecer les íbamos a exigir un esfuerzo ímprobo. El cometido de la Unidad Canina de Rescate es sencillo. Siguiendo la zona asignada, una pareja realiza la búsqueda de personas vivas atrapadas entre los escombros. Si se detecta una, se llama a los topos, bomberos que desafiarán los derrubios y tratarán por todos los medios de llegar hasta la víctima y extraerla con la mayor seguridad posible para todos. Si el resultado es negativo, la zona queda marcada y pasamos a la siguiente. Como he dicho, el tiempo es nuestro principal enemigo, pues reduce las oportunidades de que los afectados sobrevivan. Y, aun así, debemos proceder con paciencia y minuciosidad. No podemos permitirnos errores por el bien de las víctimas, por el nuestro y por el de los animales. Un fallo puede costar vidas en los inestables derrumbes. Las que no salvas o las de quienes han de moverse sobre ellos, a dos o a cuatro patas. Así que funcionamos bajo un poquito de presión.

Pasé la tarde con Seda, repitiendo rutinas, adaptándonos al cambio de continente y al jet lag. La pobre estaba embotada: todo era nuevo, todo olía raro. Llegó, incluso, a ponerse agresiva con los nativos. Nunca le ha gustado el olor de los negros. No es racismo —es un animal—. Sencillamente, huelen distinto. Para eso me traje unas cuantas cosas de casa y, poco a poco, construimos un pequeño oasis de confort en un entorno hostil. Ambos mirábamos asombrados a los otros equipos. Siempre me ha encantado ver a un guía canino con su complemento, la excitación por satisfacer al humano, su disposición al trabajo, fruto de un refuerzo positivo, y el vínculo que se establece entre ellos. Nosotros éramos el banquillo, estábamos allí para que yo aprendiese, para que supiera cómo han de hacerse las cosas y pudiese explicárselas a Seda. Los más veteranos distrajeron algún minuto para darme consejos e, incluso, me pidieron que hiciésemos algunos ejercicios para ver cómo estábamos. Su cara de satisfacción me llenó de orgullo. Porque que las cosas se hagan bien o mal es sólo mi responsabilidad. Seda pone todo de su parte. Si algo no funciona, el fallo es mío, bien por no saber explicárselo, bien por no entenderla. La cena en común terminó casi al anochecer. Y a mí, como suplente me tocó la guardia central. No me importó. Prefería que quienes tienen más experiencia estuviesen en las mejores condiciones posibles.

Comenzamos con un café rápido, en ese oscuro lapso que precede al amanecer, que nos tomamos mientras sacamos a los perros para que se estiren un poco. La media luz antes de que el sol se haga con su trono convertía el paisaje en material para Dante y su descenso. Aproveché el corto recorrido para comprobar que llevaba todo. Seda notaba mi nerviosismo y me lamía, como preguntándose si ella debería preocuparse. La acaricié para tranquilizarme. Parece mentira; pero ellos lo llevan mejor. Están excitados, sí; pero porque intuyen que van a jugar, que van a hacer eso que tanto nos gusta que hagan y que tendrán sus recompensas.

—Bueno, Galván. Soy Félix. Hoy vamos a trabajar juntos. —El hombre que estaba a mi lado, y que reconocí como veterano, repasó con la mirada el equipo mientras me ofrecía su mano, que estreché. Dejé que Seda le oliese—. No te preocupes, lo haréis muy bien. Supongo que te han contado el “planning”.

—Marcos, encantado —Le di mi nombre, pues en la guerrera llevábamos rotulado el apellido. Marqueta era el suyo—. Me han dicho que voy de repaso, que barreré zonas descartadas.

—Pues te han dicho mal. Tenemos demasiados escenarios para tan pocos medios. Así que te hemos asignado una zona completa. No te preocupes —me dijo ante mi evidente sorpresa—. Me vas a tener de niñera. Tu cuadrícula se intercala con la mía, así que siempre podré echarte un ojo. —Miró el costado del arnés y respondió a su petición de caricias—. Seda va aportarse como una campeona, ¿verdad, chica? Menos mal que tienes bien adiestrado a este humano —me sonrió—. Míralo, si parece un yogurín de los de machacarse en el gimnasio. Si no fuera por el moreno, hubiese dicho que era de algún país escandinavo. ¡Te lo has buscado guapete! ¿Qué, Seda, se le da bien esto o sólo sirve para ligar con jovencitas? —La perra ladró, como contestándole y le lanzó un lametón. La aparición del morro de su pastor alemán exigiendo atención relajó definitivamente el ambiente.

Llegamos a la zona de rastreo y descendimos del todoterreno. Félix, presentó a Seda y Ra para que no hubiera problemas. Era un macho imponente. De pelo corto, rojizo y negro, hubiese sido un ejemplar de concurso de no ser por la altura de sus cuartos traseros. Es una línea de trabajo, por lo que no se le ha forzado la posición de la cadera al gusto de “belleza”, que tantos problemas les crea en la vejez. Seda parecía pequeña a su lado. Más baja y compacta, su tono marrón oscuro salpicado de negro no la hace resaltar. Pero sí su vitalidad. Y ese remate blanco en la punta del rabo, que oscila a una velocidad increíble. A los dos años, tiene muchas más ganas de jugar que Ra.

—Si te parece, Galván, empezáis vosotros y yo te superviso. Hoy nos iremos alternando, para que te sueltes y comentemos lo que necesites ¿ok?

—Como veas.

—No te preocupes. Lo vais a hacer de diez, ya lo verás. Confío en vosotros.

Seda permaneció acostada a mi lado mientras me giré para evaluar la zona: un edificio de tres plantas que había colapsado por completo. Nuestro intérprete me explicó que era una escuela infantil, de ahí la presencia de un nutrido grupo de gente que era apenas contenido por la policía local. Decidí cómo íbamos a actuar y le consulté al bombero que nos acompañaba, que sonrió satisfecho con mi análisis. Elegir bien por dónde puede transitar supone la diferencia entre la vida y la muerte. Para él y para los posibles supervivientes enterrados. Nadie quiere un nuevo derrumbe.

Miré a Seda, que aún no había apartado la vista de mí, y comencé la pauta de inicio. Con un alegre ladrido me confirmó que estaba dispuesta, que tenía ganas. Con cuidado, comenzó a trepar con la trufa abierta, venteando. Caminaba despacio, asentando bien las patas y asegurándose de que el terreno era lo bastante estable.

—Vais muy bien, tranquilo. Céntrate en la perra, sólo en ella. No hay nada más que vosotros dos. Y me gusta mucho cómo se desenvuelve —me dijo ante mis continuas miradas pidiendo aprobación.

Fui llevando a Seda por las diferentes zonas asignadas. Durante veinte minutos no existió nada más: ella y los escombros. Incluso la gente alrededor se había callado cuando empezamos a trabajar. Un silencio que sentí como un intenso grito de esperanza, de religiosa necesidad de creer en los milagros. Hice volver a Seda, que recibió su premio. Tras quitarle gafas y botas y revisarle las almohadillas, le puse un plato con agua y la dejé tranquila —no se había ganado su juguete— mientras observaba con envidia cómo se complementan Ra y Félix. Apenas tenía que darle órdenes y, cuando lo necesitaba, levantaba la cara como pidiéndolas. ¡Increíble! No sé lo que verían los demás; yo estaba fascinado.

Nos alternábamos cada veinte minutos, con un rato para comentar, de modo que cubrimos cuarenta de cada hora. Era un poco estresante para los animales —deberían descansar una completa entre búsqueda y búsqueda—; pero teníamos prisa. El reloj siempre corre en nuestra contra, las posibles víctimas no tienen mucho tiempo. En la tercera actuación, Ra se sentó y comenzó a ladrar. Todo se puso en marcha. El bombero cogió su “walkie” y comenzó a impartir órdenes. Pronto el área se llenó de actividad y, en cuanto el can regresó, los topos entraron en acción.

Nosotros aprovechamos para comer y relajarnos, mientras nuestros compañeros enredaban, algo que potenciamos para que reduzcan el estrés. Las noticias de los rescatadores fueron espectaculares: Ra había encontrado un aula en la que sobreviven una profesora y varios alumnos. Ambos conectamos los teléfonos móviles y comunicamos la noticia a casa. Eso nos hacía soportable la distancia y el ambiente. Como no podíamos volver a la misma zona, que ahora pertenecía a los “topos”, decidimos ir al otro extremo. Todo el mundo estaba centrado en el edificio principal, así que nos dejaron tranquilos. El día no nos deparó, por desgracia, más sorpresas. Pero haber localizado siete personas, seis niños y un adulto, era todo un éxito.

Las rondas se sucedían y ni Ra ni Seda lograron nada. Ambos estábamos decepcionados, pues lo único que habíamos logrado había sido unas fotografías, no por duras, menos espectaculares. Hicimos un alto a mediodía para comer algo. Nos sentamos bajo unos árboles torcidos, lejos del nutrido grupo de espectadores que, en silencio, nos miraban suplicantes. No exigían nada, al contrario. Algunos se acercaron y vertieron un poco de su único litro de agua diario en los platos de Seda o Ra. Los perros sólo tendrían bebida, al menos hasta que anocheciera. Iban a comer poco las tres próximas jornadas, las que las excavadoras nos dan de margen. El plazo parece breve. Y en verdad lo es. Sin embargo, el riesgo de posibles pandemias provocadas por la putrefacción de los cadáveres obliga a iniciar los trabajos. El cólera o las tifoideas acaban con las escasas esperanzas de hallar a nadie con vida. La razón se impone. Así que hemos de aprovechar nuestra ventana al máximo.

La tarde tampoco nos deparó más alegría que la confirmación por parte de los ingenieros de la U.M.E. de que nos iban a dar soporte y podríamos continuar mientras lo considerásemos adecuado.

—¿Cómo estás, Seda? —Me miró con cara de ¿Jugamos, amito, jugamos?— Quieres seguir, ¿eh? ¿Qué opinas tú, Félix? ¿Aguantarán? —le pregunté cuando le vi acercarse.

—No sé qué hacer, Marcos. ¡Siempre me pasa lo mismo! Por un lado, creo que es mejor descansar para que mañana estemos al cien por cien. Por otro, en este sinsentido, los segundos cuentan. Las tripas me piden darlo todo; la cabeza, paciencia. Aunque sé lo que hay que hacer, cuando veo sus caras…

—Pues usemos la cabeza. Durmamos un rato, ¡que buena falta nos hace a los cuatro!

—Cierto. Si te parece, repetiremos el sistema de hoy. No, no quiero supervisarte —se disculpó por anticipado—. De hecho, me habéis sorprendido muy gratamente. Es que he estado muy cómodo y quiero darle una vuelta a este sistema por parejas. Al fin y al cabo, cubrimos el mismo terreno y cuatro ojos siempre ven más que dos.

—Por mí sin problema. De hecho, me acabas de dejar mucho más tranquilo. No es falta de confianza ni nada de eso; pero todo esto impresiona. ¡Menos mal que Seda es maravillosa!

—Sí que lo es. Verla es una auténtica delicia. ¡Venga! Nos tomamos un café y dormimos un rato. Será lo mejor.

—Sí. ¡A ver si mañana tenemos más suerte!

—No es fácil, ya lo sabes.

—Sí, sí. Pero….

—Ya. Para eso hemos venido, ¿no? Parece estúpido renunciar a las vacaciones o la familia y venirse a disfrutar de este paisaje siniestro. —El retintín resultó evidente; la amargura, profunda—. Y lo es. Créeme que lo es. ¡Hasta que tu perro se para y comienza a ladrar! Cuando el revuelo de bombeos comienza y, escuchas el silencio, la emoción contenida, sin saber si brotará como llanto o como euforia. Una apuesta que ningún jugador querría cubrir; pero que el destino pone sobre la mesa, lleves cartas o no. Y te quedas ahí, en completa soledad, mientras los demás se afanan en el rescate. Hasta que, por fin, lloran, felices unos, destrozados otros, se liberan de esa congoja que les ataba las entrañas. Esa es la tabla a la que te agarras, el argumento que te sostiene cuando te preguntas, porque lo haces cada vez que te vence el cansancio, si merece la pena, si no estarás loco. Te aseguro que no, Marcos. Te juro que merece la pena. No puedo explicártelo. Cuando ves salir de los escombros a tu primer superviviente y sabes que te debe la vida, que os debe la vida —se corrigió—; cuando escuchas a tu espalda la oración que da las gracias a algún dios, que bien podría haber intervenido antes y evitarlo todo, piensas no sin cabreo; entonces, sólo entonces, entiendes por qué estás aquí, porqué haces lo que haces, porqué merece la pena. Y cuando regresas no sabes expresarlo; pero tu gente lo nota, sabe cómo te sientes.

Su rostro se pobló de lágrimas serenas. Una mano apareció sobre su hombro y rellenó su taza con el contenido de una petaca que circulaba de tapadillo.

—Venga, chicos. Hagamos un poco de vudú y, como dicen por estos lares, espantemos los malos orisas. Nos quedan pocas horas de sueño. Por cierto, Marcos. Me han dicho que Seda se ha portado estupendamente.

—No hemos tenido mucha suerte, García…

—Antonio —me interrumpió ofreciéndome el licor.

—…pero es toda una campeona. ¡Ojalá mañana…! —Entendí el cambio de tema y le apoyé a crear la privacidad que Félix necesitaba para recomponerse. La conversación regresó al único tema que nos resultaba neutro: nuestros compañeros.

Pero no. A Seda y a mí no nos sonrió la fortuna. Durante las dos jornadas siguientes nos dejamos las patas en el intento, mas no hubo modo. Algunos camaradas obtuvieron su compensación, el único pago que merecidamente reclaman, y que se cuenta por vidas. El cansancio se sumó al desánimo conforme el ocaso teñía el horizonte. Se acababan las setenta y dos horas antes de que las excavadoras nos fueran comiendo terreno, antes de que la obligada renuncia, como una lápida, sepultase desaparecidos y esperanzas bajo los cascotes. Apuramos los minutos de luz, sabedores de que no nos quedaba mucho. Félix me miró compungido y me indicó que debía llamar a Seda, que abandonábamos. Con todo el dolor, reconocí que tenía razón y le di la orden, que obedeció de inmediato.

—Porque estabas tú al lado… Gracias a eso no pienso que me he equivocado, que la he adiestrado mal… ¡Qué sé yo!

—Habéis hecho todo lo humana, y caninamente —la acarició—, posible. Y lo habéis hecho bien.

Seda estaba nerviosa. Quería el mordedor que sabía escondido a mi espalda, en un el bolsillo del chaleco. Noté su frustración y me tentó ceder. No debía. No ha hallado a nadie con quien jugar, así que una chuche y unos mimos acompañaron un Buena chica que debía bastarle. Pero seguía nerviosa. En un primer momento lo asocié al estruendo de la maquinaria pesada. Sin embargo… el rabo, en alto y quieto, con su característica forma de hoz, me indicaba lo contrario. Algo la inquietaba. Expandió los ollares en busca de un tufo. Le di correa. La seguí y tiró del arnés hacia el público de tal modo que me costaba seguirla. Se detuvo ante un grupo y empezó a rondar a una mujer que la miraba y retrocedía intimidada. Levantó la cara y dio un solo ladrido. Me miró, la miró y, otra vez hacia mí. De nuevo, un solo ladrido, seco.

—¡Venga, preciosa! —la animé mientras le soltaba el mosquetón—. ¡Busca!

Ya liberada se lanzó a la carrera sobre los escombros. Yo la seguí. Se paró en un punto concreto y se volvió, gruñendo a las excavadoras. Félix reaccionó y se dirigió hacia el operario que llevaba el walkie. No sé si fue por su intervención o por el chillón tres cuartos naranja que llevaba puesto y que destacaba entre los restos; pero tras unos angustiosos segundos, que se me hicieron eternos, el rugir de motores se detuvo. Seda se giró y su ladrido fue perceptiblemente distinto. Entonces reconocí la diferencia, en qué había fallado. No esperamos a los profesionales. Se formó una cadena que retiró con cuidado cada piedra hasta despejar un pequeño pozo. Llegaron los rescatistas y nos tomaron el relevo. Bajé con la perra hasta una zona segura y, cuando le ofrecí el mordedor, no tardó en agarrarlo ufana. Como una auténtica vedette se paseó con él en la boca, para depositarlo en el suelo ante la misma joven de antes, a la que empezó a tirar de la falda. Me acerqué para sujetar a Seda y tranquilizar a la muchacha; pero fue imposible. El animal insistía Cuando la conminé a soltar la presa, se colocó tras ella y la empujó hacia el derrumbe. Forcejeamos los tres en un baile sin sentido. El grito me paralizó. Un hombre bajaba del montículo con un bulto en sus brazos y ella, escoltada por mi compañera, corrió hacia él. Cuando lo alcanzó, cayó de rodillas. Y lloró. Lloró con todo el dolor y con toda la alegría que puede sentir un ser humano, como lloran las madres tras el parto.

Volvimos a casa. Félix tenía razón: no hay modo de explicarlo; pero los tuyos lo notan. Te lo notan, porque regresas cambiado. Ya se ha pasado el ruido del que, por fortuna, me han ayudado a mantenerme al margen todo lo posible. Ninguna noticia dura. La tragedia un poco más, nunca lo suficiente, hasta que surge una nueva. El éxito… aún menos. Ahora mismo estoy preparando un paquete. Contiene varios kilos de comida que, ya nadie se acuerda, tanta falta hacen en un Haití que intenta recuperarse. Envuelvo otra caja, más pequeña. Contiene doce figuritas de los click con sus doce perritos, cascos y arneses personalizados, claro: el equipo de rescate, su equipo de rescate. La cooperante sabe a quién debe entregarlo. Porque nació hace seis, pero esta semana celebrará su primer cumpleaños. También hay dos billetes de avión. El mes que viene se inaugura mi primera exposición. Por cierto. Mi profesor ha aceptado presentarla.

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