Salve, Stella Maris

La primera versión de este texto fue escrita para el Cibertaller de José Losada.

 

 

          Antes de que empieces con este relato, querido lector, me siento obligado a pedirte que me perdones. Escogí la noticia sin más afán que el de realizar un ejercicio literario, como se me había requerido, porque le vi posibilidades. Nada más lejos de mi intención que el morbo o la actualidad de la misma. Más aún cuando, de ver la luz, este texto lo hará cuando, en efecto y por desgracia, los muertos ya no estorben. Mas no es ese el motivo de mi disculpa, pues eso queda entre mi conciencia y yo mismo. Es porque he querido trasladar el acento argentino, dejes y localismos; y, por más que he revisado páginas de la red con expresiones y modismos, por más que he tratado de adecuar la ortografía al modo en que creo que debe sonar, estoy seguro de que le he hecho flaco servicio a un habla que de este lado del Atlántico nos suena tan melódica, sugerente, rica y acariciadora. Si crees que puedes perder tu tiempo y comentar o señalarme mis errores, serás siempre bienvenido. Si el pretendido homenaje ha sido un fiasco, como autor, tan solo ruego tu indulgencia.

 

Para Lorena, porque al leer su librito de relatos descubrí cómo suena el tejido del alma cuando se rasga, y puede que haya vislumbrado cómo describirlo. Ella supo salir del fondo del pozo, y ahora señala a los demás el caminito hacia arriba. Gracias por tu fuerza, milady.

 

La prensa

          —¡No te imaginás lo que acabo de conseguir! —Arremeto eufórico contra la mesa de Mario Escalardi, redactor jefe de Infobae, el periódico digital en que trabajo—. ¡Una auténtica bomba, algo que puede reventarle las pelotas a personal de muy arriba del Gobierno! ¡Material de primera!

          —Bueno, bueno, che. ¡Calmate! ¡A ver si pensás que es la primera vez que uno de mis muchachos me viene con la exclusiva perfecta! Contame, ¿qué tenés?

          —¿Sabés el sumergible militar, el San Juan? —Espero a que mi superior asienta, añadiendo dramatismo—. ¡Lo han extraviado!

          —¿Cómo van a perder un submarino? A ver. Tranquilizate. Lo primero… ¿es fiable tu fuente?

          —¡Por completo! Mirá los documentos, todos con la estampilla de la armada. La información es fetén —confirmo al tiempo que me beso, corroborándolo, el pulgar y el índice derechos—. ¡Por estas!

          —No sé a quién le habrás tirado los galgos… ¡Esa incauta ya puede tener cuidado con vos! ¡Tenés un peligro…!

          —¡Che! ¡Que no soy tan pelotudo! La historia vino a mí. Ni sé quién la manda. Me llegó al correo. Los milicos quieren taparlo y alguien no tiene tantas tragaderas. Por lo que me pone en la nota, no le parece honesto el embolado que quieren meterle a las familias.

        —Si tenés esos papeles, a mí me vale. Ponme al tanto.

        —Verás. Según los radiocables… dejame que te lo ponga por orden —le digo mientras le planto los documentos sobre la mesa—… El San Juan zarpó el lunes 13 del puerto de Ushuaia para una patrulla. A las 23:42 del martes da cuenta de una falla. Todo parece ir bien, a las 00:30 del miércoles dan las coordenadas de GPS, pero a las 00:50 confirman la avería. A las 06:00 anuncian que está subsanada y que los tripulantes se encuentran perfectamente. Aun así, se le ordena abortar y dirigirse a su base, en Mar del Plata. Luego, a las 07:30 hay un último comunicado… Te leo: “Ingreso de agua de mar por sistema de ventilación al tanque de baterías N° 3 ocasionó cortocircuito y principio de incendio en el balcón de barra de baterías. Baterías de proa fuera de servicio al momento en inmersión propulsando con circuito dividido. Sin novedades de personal. Mantendré informado”.

          —Pues no me parece que ahí haya nada que… —me dice tras revisar los folios que le he ido presentando.

          —¿No? Pues mirá. Para rematar, aquí tengo el cable con la declaración de sospecha de extravío, el comando de la búsqueda y el asignamiento de unidades. Es de las 08:52. ¿Os bastá?

         —Y qué dicen la Armada, el Gobierno. ¿Nadie habló? ¿Nadie comparece? Ni una nota de prensa… ¿Nada?

      —¡No te lo vas a creer! El Jefe del Estado Mayor General de la Armada, vicealmirante… —compruebo mis notas— Marcelo Eduardo Hipólito Srur, se halla en Montevideo y no piensa regresar por esto. Nadie, ni en la Marina ni en el Ministerio de Defensa ha declarado nada de nada. A lo que parece, quieren esconderlo todo lo posible, que no se haga ruido, a ver si aparece… ¿Recordás el mes pasado, el topetazo político en el Congreso nacional, que el Gobierno no obtuvo la mayoría para realizar un ejercicio naval, “Cormorán” me parece, con los Estados Unidos? Pues era en la misma zona en que desapareció el submarino… Dos más dos… mas de esto no podemos decir nada. No tengo datos, sólo son conjeturas.

       —¡Son insoportables! —estalla el redactor—. Nos mienten como si fuésemos reboludos. Mirá, esto es lo que vamos a hacer. En la edición de tarde incluimos la foto del cable comandando la búsqueda y así matamos dos pájaros de vez. Nos agarramos la exclusiva y no nos comprometemos con esas fuentes anónimas… Y vos, seguí con lo demás, a ver si les salta la térmica a esos estirados.

          —Así no sacamos todo el jugo…

         —Lo sé; pero andamos sobre terreno peligroso y no quiero patinazos. Vos hacerme caso. Y, si querés seguir esa línea, preocupate por las familias, que de ahí es de donde va a salir la joya, lo has de ver. Son los que se más merecen saber, ¡qué carajo! Hazte con la lista de tripulantes y levanta esa liebre, a ver qué pasa.

          Mientras me alejo, algo me dice que Mario conoce más de lo que aparenta, que el muy zorro no es ajeno a todo esto. Pero él sabe. ¡Ya demostró tenerlos duros cuando le enviudaron durante la dictadura! Vadeó los años malos sin rendirse; pero cuidando a “sus chicos”, como él nos llama. Y no ha perdido la costumbre. A mí, ya me vale.

        Y así fue. La tarde del 16 de noviembre publicamos el cable del Comando de Submarinos. Con todo, la Armada esperó un día más para confirmar la situación. Luego se precipitaron las cosas. Los enredos, los tecnicismos y las mentiras formaron una red imposible de mantener. El miedo, en forma de culpar los unos a los otros, hizo el resto. Salvo que el sumergible, por más que se sumaron buques y aeronaves de muchos países, incluso británicos —que no colaboraban desde lo de las Malvinas—, nunca apareció. Ni funeral, ni duelo por las víctimas, a la espera, dicen, de una foto que confirme sus muertes. ¿Qué se creen, que se han ido de tour? ¡Hay que tener las bolas cargadas!

          —¿Porqué llorás, Mario? Vos revelaste todo esto, vos has levantado la voz donde todos querían silenciarlo.

          —No, querida. Lo hiciste vos, Victoria, por el medio que tenías a mano. Yo solo lo organicé para que no te golpeara este quilombo. Trabajamos contra las mentiras, los callados, las excusas y las medias verdades de los gobernantes; por el dolor, la ira, la incertidumbre y las esperanzas rotas de las familias y la ciudadanía; por la solidaridad de muchos países, el rezo unido de todos los hombres de bien… Aunque ya nadie recuerda, ya nadie habla, ya nadie exige, tras el cese del vicealmirante, saber la verdad detrás de tanta tragedia.

          —Si querés publicarlo todo… Mi carrera no importa tanto.

         —¿Cómo que no, Victoria? ¡Claro que importa! ¡A mí me importa! Lo primero es que por nada del mundo te comprometería. ¿Por qué pensás que hice que se lo enviaras a uno de los chicos? Pero es que tampoco iba a servir de nada. Quizá, si lograse confirmar todo lo que me has pasado… ¡Bah! ¡Da igual! Fijate que solo cayó el militar, que a los políticos nunca les salpica el estiércol. ¡Cómo para intentar enredarlo con los yanquis! Los muertos, los únicos que podrían atizar conciencias, ya han sido olvidados por el público, ya no estorban lo más mínimo, ya no son noticia. —Me vuelvo en la cama y entierro en su pecho cara y lágrimas, consolado por su cálido abrazo, por sus maternales caricias—. Gracias por mantenerte íntegra, por ser… así —logro musitar. Por construir este remanso de paz que, aun clandestino, puedo llamar hogar.

 

La esposa

          Paseo por la suave colina que nace de la escollera, las manos unidas bajo el grávido vientre, con paso lento, melancólico, mientras lloro en silencio. El altano, céfiro ya a estas horas, me trae aromas de salmuera y mezcla aguas saladas: la que le roba al mar y la que brota de mis profundos, enrojecidos e hinchados ojos. Alguien, ahora no recuerdo quien, me ha mandado un “whatsapp” con el enlace a la noticia que adelanta Infobae y, al poco, me ha llegado la inmediata, imprescindible y contundente confirmación, en forma de tubazo de mi hermano Manuel. No ha hecho falta más. Unos fatídicos minutos que confirman mis temores, que dan significado a esa repentina congoja que, desde poco antes, parece apretarme con saña las entrañas. Por fortuna, no estaba sola cuando conversamos por el celular. Porque, a pesar de que Manuel intentó disimularlo, se le notaba que estaba en lo peor. ¡Y es de mi esposo de quien hablamos! Quedamos en que él me mantendrá al tanto, que no me ocultará nada y que va a hacer todo lo posible para conocer de primera mano de qué está pasando. Al fin y al cabo, él también pertenece a la Armada.

         Sé que me ha repetido que todos los comunicados anteriores hablan de que los marineros están sin novedad, que la avería está controlada y que, aunque es grave, pueden navegar con las otras baterías. Me lee incluso, saltándose todas las prevenciones que normalmente observa acerca de la seguridad, las que yo, estoy segura, son sus últimas palabras. Te las puedo repetir sin esfuerzo, no creo que jamás logre olvidarlas: “Ingreso de agua de mar por sistema de ventilación al tanque de baterías N° 3 ocasionó cortocircuito y principio de incendio en el balcón de barra de baterías. Baterías de proa fuera de servicio al momento en inmersión propulsando con circuito dividido. Sin novedades de personal. Mantendré informado”. Son de ayer, miércoles, 15 de noviembre de 2017, a las siete y media de la mañana. Nos hemos enterado porque un periódico digital ha incluido, en su edición vespertina, la orden del Comando de submarinos para que un par de buques emprendiesen su búsqueda ante la falta de comunicados. Y porque la prensa les ha puesto en evidencia. Pero ¿cómo que se les borró un sumergible? ¿Qué quilombo es este?

          Me dicen que debo tener esperanza. Que puestos en lo peor, pueden aguantar una semana; y, en lo mejor, es solo una falla de la radio; que ya les han dado orden de regresar a Mar de Plata y que, es lógico pensarlo, se hallan de camino a casa. Y sobre todo, que me aferre a lo que han transmitido, a la frase en que mi esposo confirma que el personal bajo su mando está bien. Todo eso puede que sea verdad, no voy a negarlo. Es más; ¡deseo que sea verdad! ¡Necesito que sea verdad! Si bien, desde el momento en que no han hablado hasta que la prensa los colocó en un brete, en que han querido llevar el tema por lo callado…, no presagia nada bueno. Los militares son una raza aparte. Bueno… hasta que ascienden y el servicio se transforma en política. Si querés que te diga la verdad, esa manera de hacer las cosas es propia de un diputado: primero ponderará los daños y tratará de minimizarlos, después mirará la forma de rentabilizarlo y, por último, puede que se preocupe de los “colaterales”. Siempre que le procuren publicidad o votos, claro. Chamuyarán cuanto haga falta, sin remilgos, en un ejercicio actoral alucinante, digno de un óscar.

          Pero no estamos aquí por eso, chinito. Estamos aquí porque ya le recé a los santos, que solo en sus manos está velar por los cuarenta y cuatro. Sabés que no soy muy de estampitas; mas ni despreciaré la devoción que les profesan tu padre y sus camaradas, ni renunciaré a su ayuda, si tuviesen a bien darla. No son éstas horas para discutir ni pleitear, sino para aceptar consuelos y soportes, vengan de donde vengan. Y, aunque no piso la iglesia más que una vez al año, en agosto, cuando la Armada celebra una misa el día de su patrona, la Stella Maris, querría pensar que las plegarias y rosarios de tantos marineros han de hacer ruido allá arriba. Tu padre no se rendiría, nunca lo hace. Y, para serte sincera, esa determinación, esa capacidad para superar cuantas adversidades le surjan, es una de las cosas que más me gusta de él y que agradeceré a Dios y a Mendell si la heredas. Y sé que ahora mismo estará dando y exigiendo de sus hombres lo mejor de sí, hasta el último aliento. Por contra, yo me rindo con facilidad, me pliego a los vientos que campan en derredor. Él es roble, yo bambú. ¿Sabés qué dice siempre que pleiteamos? Me dice: Es imposible con vos. Al final siempre tenés razón. No sé cómo lo lográs, pero acabás por tenerla. Así que como vos digás, mi amor, como vos digás. Y de ese modo terminan nuestras discusiones; él haciendo como que cede, yo como que lo acepto, y ambos mirándonos a los ojos con ese brillo que lleva allí desde que nos conocimos.

          Por eso os digo, chinito, que sé que no he de tenerlo más y que vos, eso sí me rasga el alma, vos no le conocerás. Porque yo tuve la fortuna de verle; escucharle gritar, reír, susurrar; aspirar su perfume; paladear sus lágrimas, sentirle las caricias. De amarle y saberme idolatrada, hasta el punto de que hubiese dejado la mar, me consta, si yo hubiese sido tan débil o egoísta como para pedírselo. Más vos, chinito, vos no sabrás de él sino por las palabras de otros, por los recuerdos de otros. Verás sus fotos, pero no estará; verás sus filmes, pero jamás conversarás. Nunca te hará cosquillas con la barba al darte besos, nunca te colgarás de sus dedos, de sus brazos, de su cuello. Jamás te abrazará ni te dirá “te quiero”. Eso sí, chinito; eso sí me rompe el alma, el alma que ya su ausencia ha roto.

          Estamos aquí para que puedas despedirte, aunque nunca te dijo hola; para que, desde el pequeño mar en que nadas dentro mi vientre, puedas gritarle al gran mar que él tanto amaba y que aun así, ido de celos, nos lo arrebata, todo el odio que hayas de sentir jamás a lo largo de tu vida. Porque este es el momento, chinito. Esta es la única vez que tu madre te va a permitir odiar la mar. Su mar. Aquí, de rodillas, mientras oigo a tu abuela, hasta ahora atenta y discreta en la distancia, correr hacia mí, mientras noto la húmeda caricia entre mis piernas que te anuncia, escucharás el único grito amargo que he de dar. Porque tu llanto inminente, tu bienvenida al mundo, ¡te lo juro!, ha de ser la única ocasión que le llores. Vos reí. Porque las otras, chinito, las otras; ya yo le lloraré por vos.

 

La Marina

          Me acomodo en la butaca del pequeño cuarto donde he de pasar la noche. ¡No te queda nada!, me digo mientras recurro a mi íntima amiga, la cafeína. El reloj de la pared me indica que aún estamos a martes, 14 de noviembre. Marca las 23:39. ¡Solo llevas hora y media y ya te entra soñera! ¡Va a ser una noche larga! Este pensamiento, que a la postre resultará premonitorio, desaparece en cuanto comienza el tableteo del teletipo por el cable entrante, arrastrado por la repentina actividad. Muevo el ratón para descongelar el monitor de la computadora y maximizo la ventana del programa de comunicaciones. Mis ojos recorren ávidos las filas de caracteres que van surgiendo en la pantalla. ¡Joder! Sí que va a ser larga, sí.

          Tras toda la jerga burocrática que recoge estación, coordenadas y fecha y hora, tanto de origen como de destino, repaso el cuerpo del mensaje. Es del ARA San Juan, en algún punto del Atlántico, bajo el mando del capitán de fragata Pedro Fernández. Reporta, a las 23:42 del martes 15 de noviembre de 2017, una falla en sus sistemas eléctricos que no afecta a la navegación ni al personal. Arranco la hoja de la impresora y la coloco en una bandeja, al tiempo que levanto el auricular del teléfono. Aun es hora de que no ladre me digo para darme ánimos.

          —¿Mi capitán? Aquí la guardiamarina Acosta, de la sala de radio.

         —¿Qué ocurre, guardiamarina? ¡Espero que sea importante! —Su voz no deja lugar a equívocos: ha tomado y lo que desea es dormirla. Trago saliva.

          —Se trata del San Juan, señor. Comunica avería en la sala de baterías de proa…

          —¿El San Juan…?

          —Es un submarino, señor. Zarpó ayer, 13 de noviembre, de Ushuaia. Como decía, reportan una avería eléctrica…

          —¿Afecta a la navegación? —me interrumpe de nuevo.

          —Negativo. No lo indica, señor…

          —¿Reporta algún daño a la tripulación?

          —Tampoco, mi capitán…

          —Entonces… ¿cuál es el problema? Monitoree las próximas comunicaciones seriadas y, salvo que no hable daños sustanciales no se le ocurra molestarme. ¿Me he expresado con claridad, guardiamarina?

          —¡A la orden, mi capitán!

          Me trago el amargo regusto que me ha dejado en la boca el tono empleado por mi superior; pero… Poco a poco, me digo, poco a poco. Cada vez son más los oficiales que han ascendido por méritos y preparación. Reviso el protocolo asignado al sumergible y programo una alarma en mi celular a las doce y media, cuando está previsto que el buque reporte su posicionamiento satelital. No hace falta que la apague, no llega a sonar. Por fortuna, a la hora indicada recibo, entre otros, el comunicado del San Juan. Creo que el suspiro que solté puso mi corazón de nuevo en marcha. Toda vez reenviado el rutinario informe al Comando de Adiestramiento y Alistamiento, me permito distraerme en el “office” y tomarme otro café, esta vez acompañada del infante de marina de guardia. Poco me duró la sonrisa provocada por su cortés flirteo —¡Qué bien sienta cuando lo hacen con gusto y respeto!—. Un nuevo mensaje entrante, a las 00:50, me sobresalta. De nuevo el San Juan, que confirma el alcance de los problemas técnicos. Por lo que parece, una entrada de agua a través del sistema de venteo ha provocado un cortocircuito que ha inutilizado las baterías de proa.

        No tengo muy claro qué hacer. Por un lado creo que debería cursar noticia al mando. Por otro, el tubazo anterior me hace dudar. Al fin y al cabo, me digo, las circunstancias son las mismas, no hay nada nuevo. Tampoco iba a servir para nada, salvo para, con toda seguridad, ganarme un buen paquete, me justifico. Paso la noche indecisa, sin apartarme apenas de los equipos, rezando por haber tomado la decisión acertada. Más por permanecer ocupada que por necesidad, por acallar mi inquieta conciencia, termino por reconocerme, preparo un dosier con la sucesión de llamados, del que imprimo dos copias. Tras guardar los papeles en mi portafolio, elimino cualquier rastro del documento en la computadora y en la impresora. Si lo necesito, lo tengo. Si no, nunca ha existido. ¡Gracias Mario por tu paranoia!

          Me tranquiliza el paso del tiempo, que se me hace denso, interminable. Mario dice siempre que la ausencia de noticias son buenas noticias, pues las desgracias viajan deprisa. Y por fin respiro tranquila a las 06:00, pues el San Juan, en un nuevo mensaje, manifiesta que la avería está subsanada y que el personal se encuentra perfectamente. El mundo me sonríe por fin cuando veo llegar al teniente de navío Scarglia, que ha relevado al hosco capitán Ramírez.

        —Buenos días, Acosta. Prescinda de las formalidades e infórmeme, haga el favor —saluda mientras deposita en mi escritorio un café con crema y dos azucarillos.

       —Buenos días, señor —el tratamiento se me escapa automático—. Llevo toda la noche monitoreando al San Juan…

          —¿Y eso?

         —Ayer, a las 23:42 —hago correr las pantallas con la ruleta del ratón— reportó un cortocircuito en la sala de baterías de proa que, no obstante no afectaba a la navegación ni a los tripulantes. El capitán Ramírez ordenó un seguimiento y no informar, salvo novedades significativas. Como no ha hecho sino los contactos previstos y confirmaciones…

         —Entiendo, entiendo, Acosta. ¿Cuál es el último mensaje? —Se inclina junto a mí para poder leer del monitor. Huele a limpio, a fresco, a mar y a tabaco. Deslizo las líneas hasta llegar al reporte recibido recién. Cuando lo lee su rictus cambia—. ¿Tiene un informe redactado con las incidencias? — me pregunta con una sonrisa cómplice.

          —Si me permite, señor. —Se aparta de inmediato.

         Me levanto y saco una de las copias de mi maletín. Cuando se lo entrego me hace un gesto para que no hable. Se ha sentado en la esquina de mi secreter y está con el auricular encajado entre la mandíbula y el hombro, mientras recoge y ojea los folios que le largo. Mantiene una serie de entrecortadas conversaciones con varios interlocutores hasta que logra contactar con un mando. Él le informa y, tras un breve silencio, asiente.

        —Muy bien, Acosta, buen trabajo. El vicealmirante autoriza que modifiquemos la misión del San Juan. Debemos ordenarle su regreso inmediato a base. Mar del Plata, ¿correcto?

          Así es, señor.

      —Codifíquelo y envíelo a la mayor brevedad, guardiamarina. E infórmeme de cualquier cambio en el estatus.

        —A la orden mi… —Su admonitoria mirada me pilla desprevenida—. Así lo haré. —Sonríe.

        Hago lo que me ordena, dando gracias a la Virgen del Mar por la suerte que he tenido al ser Scarglia el que entrase de día. Ni siquiera me importa que mi jornada se prolongue. Debería salir a las siete; pero a la media, cuando entra un nuevo cable del sumergible, aún estoy terminando el papeleo. De inmediato paso la información a la superioridad. El teniente me pide que espere, lo que me produce un profundo desasosiego. A las 08:52, tras varios tubazos al ministerio, mi angustia se confirma. Ordenamos a dos unidades cercanas a las coordenadas del San Juan su asignamiento para un operativo de búsqueda ante la sospecha de extravío del buque.

         —Usted no sabe nada de esto, ¿entendido guardiamarina? —Su tono me asusta—. He informado al vicealmirante Srur, a pesar de que se encuentra fuera del país, que ordena una espera de cuarenta y ocho horas con ausencia de comunicaciones antes de confirmar el extravío. ¿Queda claro? Yo asumiré toda la responsabilidad. Ahora váyase a casa y descanse, que ya es hora.

          Apenas he abandonado la avenida Comodoro Py cuando busco un teléfono público y llamo a Mario.

          —Necesito verte —le espeto apenas descuelga—. Es urgente. Mi tono no deja lugar a dudas.

          —¿Desayuno donde siempre?

          —Te estaré esperando.

          Todavía no son las diez cuando Mario Escalardi, redactor jefe de Infobae gira la llave del pisito que comparte en secreto con la guardiamarina Acosta. Apenas ha dejado el café con crema y doble de azúcar en la mesita cuando me lanzo en sus brazos. Un rápido beso en los labios que interrumpen mis atropelladas palabras. Necesito desahogarme y él, siguiendo un veterano olfato, me deja hablar, explicarme, antes de rellenar los huecos con preguntas y documentos.

          —Tranquila, mi amor. Tengo a la persona adecuada para darle aire a todo esto. Vos no sos preocupés ¡Dejalo en mis manos!

          Me acurruco, ya segura y tranquila, en sus brazos y, en efecto, lo dejo todo, perdida en la sinceridad de su mirada, en sus manos.

2 comentarios en “Salve, Stella Maris

  1. @JaniJoplin

    Me ha sorprendido que escribas sobre un suceso real pero lo has tratado con tanta delicadeza y maestría como siempre haces en tus relatos. La conversación de la esposa con su hijo nonato me hizo soltar unas lagrimitas, es sublime. Nunca defraudas, maestro. Gracias

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    1. Como indico al principio, es un ejercicio para el cibertaller literario que imparte José Losada que, dicho sea de paso, podéis comprobar que me está viniendo de lujo. Se trataba de enfrentar una noticia desde tres ángulos, de ahí que parta de un hecho real, aunque todo (salvo los datos) es inventado. Y con ese chinito… Sí, tuve una tarde inspirada. Gracias por tu comentario.

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