Tradiciones

Realizado para el CibertallerKalpa2017, impartido y corregido por José Losada, y publicado en su sitio web http://cibertallerliterario.blogspot.com.es

 

 

       La mujer del traje de cuero dejó el bolso en la estación. Lo dejó en el suelo con mucho cuidado, sobre una alfombrilla de hierbas trenzadas que había desenrollado y cubierto con una piel sin curtir. A pesar del revuelo que su mera presencia creaba en la terminal, lo hizo con absoluta parsimonia. No era para menos. De unos veinticinco; ni el tono cobrizo de la piel; ni la serena belleza de sus duras facciones, ni la larguísima, negra y espesa cabellera llamaban la atención tanto como la túnica de ante que vestía. Teñida en un intenso rojo sangre y adornada con unos parches de abigarrados esquemas geométricos, anulaba por completo su figura. Pero, ante todo, resultaba incongruente en el moderno entorno. Muchos transeúntes la miraban con extrañeza. Los más no pasaban de esbozar una sonrisa; los menos, no se percataban de su presencia ni siquiera al agacharse para depositar en la esterilla unas indecorosas monedas.

       Se arrodilló, ante la inquisitiva mirada de unos pocos, y comenzó a peinarse. Raya en medio para equilibrar sus pensamientos y una larga y complicada trenza, que ató con una tira de cuero de la que pendía una solitaria pluma blanca, para enlazar cerebro y corazón, sabiduría y sentimiento. Una vez satisfecha con el estado de su cabello, dispuso los útiles que necesitaba. Montó un trípode y un brasero, que prendió con un encendedor para pipas. Mientras las ascuas tomaban fuerza, la joven extrajo varios tarros de barro que destapó y colocó a su derecha. En uno, más decorado, vertió un poco de agua de una botella de plástico. Se sentó sobre sus talones y comenzó a balancearse y entonar una monótona salmodia, que no interrumpió ni aun cuando espolvoreaba sobre los carbones encendidos, en un orden determinado, el polvo de los diferentes tarros. Lo mantuvo sin apartar la mirada del bulto ante ella, que había desatado de su espalda,

       El reloj cambió de hora: las doce en punto. Detuvo el mantra. Su ausencia reverberó por el vestíbulo como un redoble. Todo el mundo tuvo la pulsión de pararse, de centrar su atención en aquella mujer. Abrió las mantas del hatillo ante sí y, con un crescendo que lo inundó todo, retomó el cántico. Al que se sumó el llanto del bebé que elevaba con ambas manos hacia un rostro desconocido. Las lágrimas corrían serenas.

       —Esta quiere ser Doozhaahii, Caballo salvaje, de los t´áá diné. Ya no debe esperar. No conocerá a su padre, cuyos huesos yacen lejos, en las llanuras entre ríos, donde nadie elevará su túmulo. Su madre os la presenta en suelo sagrado. Aceptadla aquí, donde duermen los huesos de la tribu navajo, para que sea digna de vivir una vida.

       Y con los brazos en alto, ofreciendo a su hija, esperó la respuesta de los Adeezhi, los ancestros.

*****

       La mujer del traje de cuero dejó el bolso en la estación. Lo dejó para poder sujetarse el abultado vientre con una mano al tiempo que, con la otra, intentaba de protegerlo de los malintencionados golpes. Un sargento, con el brazalete de la policía militar, la arrastraba sin ningún miramiento fuera del edificio.

       —¡Largo de aquí, puta india! ¡Hoy no es día para que emponzoñes el aire con tu asqueroso olor a coyote muerto!

       Un último empujón la hizo rodar por el polvoriento suelo, ante la aprobadora mirada de los matrimonios maduros y las risas nerviosas de las muchas jóvenes que esperaban la llegada del ferrocarril. Sentada en la calle de tierra, apretó puños y mandíbula, escupió la rabia y, como sus abuelos durante la “gran marcha” hacia la denigrante reserva, se incorporó desafiante. Soltó la larga cabellera de la trenza que la ataba, aun a sabiendas de que ninguno de los blancos entendería el mensaje, la convicción que reflejaba ese gesto, y, tras mirar su sombra en el camino, se dirigió con paso firme una vez más hacia la entrada. El diablo la esperaba. Apenas había puesto un pie en la escalera de acceso cuando comenzó a golpearla con la porra, hasta que terminó por doblarse ante la inquina de su atacante. De nuevo en el arroyo. La escena se repitió varias veces. Ella, digna a pesar de insultos y castigo, insistía en acceder a la terminal. Él, embriagado de poder y autoridad, la rechazaba inclemente.

       Un agudo silbido atrajo la atención y la Big Boy detuvo su carrera entre humos, y chirridos. Los muchachos volvían del Pacífico, de una guerra a la que ya sólo le faltaba firmar la anunciada rendición imperial. Padres y madres abrazaban a sus hijos mientras las novias esperaban la ansiada intimidad. Petates apilados y gorras por el aire acompañaron la cadencia de una locomotora que proseguía su viaje.

       —¡Sanitario! ¡Sanitario!

       El grito paralizó a los recién llegados y los devolvió al horror que tanto deseaban dejar atrás. Varios reaccionaron y corrieron hacia el centro de la calle donde un teniente, con la cruz roja en su casco, se inclinaba hacia el soldado que, brazo en alto, acunaba una sanguinolenta figura. Poco a poco el círculo aumentó. Ella, agonizante, le dijo algo al doctor, que trataba de contener la hemorragia. Allí mismo, en mitad de la calzada, como tantas veces en la jungla y, al mismo tiempo, como nunca, salvó una vida.

       —La que habla al Viento, esa eres tú —le dijo recordando sus conversaciones con los locutores de códigos—. Perteneces a un pueblo valiente y orgulloso.

       Apoyó el bebé en el pecho de una madre que, con una última sonrisa, musitó su agradecimiento con el último aliento que fue capaz de reunir.

*****

       El desembarco fue un caos. Los desniveles de arena, abruptos y con casi cuatro metros de altura, provocaron un tapón a causa de los sherman, el material y los hombres agolpados en la playa. Progresaban mucho más lento de lo esperado. ¡Gracias a Dios, los japoneses les habían regalado el terreno hasta ese momento! Se desató el infierno. Nutrido fuego de mortero caía desde todas partes y piezas de artillería de mayor calibre menudeaban sus obuses. Las ametralladoras tartamudeaban su mensaje de muerte.

       —¿Dónde coño está el Jerónimo? —gritó el capitán Andersson—. ¡Quiero su puto culo rojo aquí ahora!

       El soldado, con un pesado equipo a la espalda, se levantó a instancias de su sargento y salió corriendo hacia el lugar que se le indicaba. Un trozo de metralla le arrancó el casco. Aún así, logró alcanzar el puesto de mando, no sin un sucio y profundo corte en la sien.

       —¡A la orden, mi capitán! Se presenta el…

       —Vale, vale, jefe. Déjate de historias —le interrumpió con desprecio—. Necesito comunicación con esos barcos de ahí detrás. Solicite fuego en coordenadas…

       El oficial le miraba con nada disimulada condescendencia. Se afanó en recordar cada una de las palabras que debía transmitir, mientras abría con los dientes un apósito que colocó sobre su herida. Conectó la radio y buscó la frecuencia. Temblaba. En los ojos de sus mandos leyó sin dificultad la falta de confianza. No era por eso; sudaba porque necesitaba hacerlo perfecto. Tomó el micro y comenzó a hablar. Su jerigonza levantó más de una ceja y más de una sonrisa burlona, hasta los fogonazos de los proyectiles navales surtieron efecto. Si en batallas anteriores los japos habían intoxicado sus comunicaciones, provocando incluso que bombardeasen sus propias posiciones, parecía que estos indígenas iban a provocarles un auténtico quebradero de cabeza.

       Lograron avanzar hacia el interior. Allí la resistencia nipona fue heroica. Y suicida. Túneles excavados en la blanda roca volcánica, fortificaciones reforzadas con cemento, trampas constantes que dilataban cualquier intento de hacerse con la isla. No iban a perder, eso era seguro; pero ¿a qué coste? El teniente Blanchard le dio una tableta. Era el único que se había acercado a ellos, que se preocupó de conocerles, que no se había reído de una idea que ahora, tras más de ochenta horas de comunicaciones exactas e indescifrables para el enemigo, se reveló como excepcional. Perro Loco le hablo de la reserva, de la humillante “gran marcha”, del racismo. También de su relación de las raíces de su cultura. Y de la hermosa mujer que le esperaba a su regreso.

       —No volveré. Dígale que la amo. Dele esto, si puede. Para el bolso. Ella sabe.

*****

       Robert no cabía en sí de gozo. El programa de becas de la Universidad de Denver le había seleccionado para realizar sus estudios de postgrado. Aunque al principio le costó adaptarse y se decepcionó con el plan de estudios, todo terminó por arreglarse. De hecho, si había tomado ese tren era por haber convencido a su tutor de que pasar un año en la reserva era imprescindible para su tesis de doctorado. Así que ahí estaba él, camino de Window Rock. Esperaba poder vivir, aunque fuese una breve temporada, en un hogan, las tiendas tradicionales.

       La llegada estaba prevista hacia mediodía, por lo que aún disponía de un buen rato. Sacó el portátil y comenzó a releer varios tratados sobre ritos y costumbres nativas. A lo del idioma ya había renunciado. Nunca sería capaz de aprender esa dichosa lengua. Enfrascado en sus estudios, le sorprendió el anuncio por megafonía de la inminente llegada a la estación de Flagstaff. Tres minutos de parada. Se preparó para descender. Sólo llevaba una maleta de ruedas, además de la mochila con el ordenador.

       De pie en el andén se sintió muy extraño. Nunca había sido bueno para orientarse, pero aquello era otra cosa. Notaba la cabeza pesada y una flojera en los miembros nada tranquilizadora. Anduvo por el andén, como flotando, como si la realidad a su alrededor se tornase blanda y avanzase en una masa de gelatina. Tuvo que detenerse a respirar, apoyado en un cartel publicitario del museo, ante el que reconoció el pino ponderosa que dio origen y nombre a la ciudad. Apenas recuperado, retomó su andadura. No quería perder el autobús. Sería de pésimo gusto retrasarse ante las autoridades que le esperaban en la capital de los navajo.

       Llegó al vestíbulo con la vista nublada y un murmullo constante en los oídos. Sólo el olfato parecía funcionar, aunque enfatizado. Reconoció el aroma a tierra, a almizcle, a óxido metálico, a peyote. Una mancha roja allí, en el suelo, centró su atención. De pronto estaba en cuclillas ante una mujer india, ¡qué le ofrecía a su niña! Sin saber cómo o porqué, derramó el líquido de un decorado tarro sobre el ardiente brasero, que siseó apagándose. Mojó las yemas de sus dedos índice y corazón en el barrillo de las brasas y pintó sendas rayas en las mejillas del bebé.

       —Esta es Doozhaahii, Caballo salvaje, de los t´áá diné. Tiene una vida por vivir.

       —Esta es Doozhaahii, Caballo salvaje, de los t´áá diné —repitió ella. —Gracias, Ashkii Dighin, niño sagrado.

       Ella envolvió a la niña en unas mantas y la sujetó a su espalda. Recogió el brasero y los tarros en el bolso que había a su derecha y se levantó. Tomó al chico de la mano y corrieron al autobús. Él, aún atónito, portaba con toda naturalidad un viejo bolso.

*****

       La joven bajó del tren en Flagstaff muy cansada. La semana había sido intensa. Empezó con la ceremonia de graduación —encima le correspondía pronunciar la valedictorian—, y la posterior juerga que, aunque era de las comedidas, había derivado en la ineludible resaca. Aún estaba decidiendo si paracetamol o ibuprofeno para desayunar, aunque ya eran las doce, cuando sonó el ruido más estridente que jamás había oído en su vida. Miró somnolienta la pantalla para confirmar lo que el tono específico debería haberle hecho saber: mamá. La conversación fue extraña. Tanto como para que no dudase en renunciar a su semana de vacaciones en L.A. y coger el primer vuelo a Denver, sin preocuparse de maletas o enlaces. Sentía la urgencia de ir a casa, una íntima certeza de que era necesaria allí.

       Alguien la esperaba en el andén. Malo. Apenas un saludo formal y carrera en coche hasta el Northern Arizona. Nada más verla, supo que llega tarde. El abrazo con su madre fue intenso. Ambas se miraron, ambas lo sintieron. Están rotas. Pero llorarán cuando sea el momento de las lágrimas; ahora no. Abandonaron el centro tras arreglar los, por más que imprescindibles, nada empáticos trámites. Siguieron días duros.

       ¡Por fin Robert descansaba en su tumba! Caminaban despacio, tomadas del brazo, vestidas con las túnicas tradicionales.

       —¿Cómo estás, mamá? ¡Se ha ido tan rápido!

       —Era un Hataali. Los Adeezhi tenían celos de su arte. Sus sueños eran despierto y su pensamiento y su voz poderosos. Como su medicina, su azáy.

       —¡Y eso que era blanco!

       —El consejo hubo de reconocerlo. Éste bilagána era más t´áá diné que muchos sangre pura de la reserva. Tu padrastro…

       —¡Mi padre! —la interrumpió.

       —Tu padre —concedió—, mi marido —reprochó—, creaba cuadros salud.

       —Ahora podemos dejarle partir. —La abrazó con cariño—. Es tiempo de llorar.

       —Aún no. Tu abuela nos está esperando.

       Las tres mujeres extendieron sus alfombras en la calle, frente a las escaleras de acceso, y La que habla al Viento comenzó a narrar una historia, que continuó su hija. Cuando terminaron, la abuela le entregó un bolso y la madre un cálamo. Ya sola, Doozhaahii lo abrió e introdujo el tótem de su padre. Accedió al vestíbulo. Pocos sabían que aquel era un lugar sagrado navajo. Sentada sobre sus talones, inició un cántico. Ella esperará hasta que se revele el nuevo chamán, el nuevo guía de la tribu, su marido.

       La mujer del traje de cuero dejó el bolso en la estación. Lo dejó en el suelo…

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