Viejos recuerdos

             Este relato resultó premiado en el XXV Concurso literario “Benjamín Jarnés” 2016-2017, categoría B, narrativa.

 

    Una figura oscura recorría la silenciosa calle nocturna con paso rápido y vigoroso. Aquellos con los que se cruzaba no se atrevían a dedicarle una sola mirada, tan amenazante resultaba su delgada figura. Como si se acercara a su destino, su marcha se ralentizó. Giró una esquina, entrando en un callejón, y se detuvo, intranquila.

       ¡Todo es tan similar!

       En el horizonte, la misma luna llena atravesada por unas finas nubes que ocultaban su brillo. Por entonces iba al instituto, acabando su último curso de secundaria. Dos horas a la semana entrenaba judo, ya que sus padres siempre andaban preocupados por su seguridad. Y, cada día, con la intención de ayudar  en el negocio familiar, trabajaba hasta el cierre en la cafetería. En esa época, ella lucía una melena castaña, y solía vestir con vaqueros y tirantes. Era una joven corriente. Pero qué lejos quedaba todo eso de su look actual, con el pelo más corto, más claro, tanto que contrastaba con su traje de cuero negro.

       Aunque hacía ya mucho tiempo de aquello, y no estaba aquí para rememorar momentos alegres. Con eso en mente, logró centrarse en su objetivo. Era su gran prueba, su futuro dependía de lo pasara hoy. Igual que solía hacer diez años antes, salió del callejón con un suspiro y se dirigió al edificio tan rápido como le era posible sin levantar sospecha. Evitaba mirar a todos los que se pasaban a su lado. Bajaba la cabeza cada vez que veía a alguien, esperando que no la reconociesen. De todos modos, no creía que nadie la identificara como la chica desaparecida tantos años atrás, y le alegraba. Ya había superado esa parte de su vida y no tenía forma de volver a ella. Tampoco lo deseaba. Esperó a que el semáforo que la retenía pasara a verde y cruzó la calle, sabiendo que, ahora sí, se acercaba a su destino. Suspirando, evitó el estremecimiento que amenazaba con recorrerle la columna vertebral, sacó un juego de llaves y entró en el bloque donde había vivido, el que había sido su hogar.

       Sin hacer ruido y sin apretar el interruptor, cruzó el corto pasillo. Se detuvo un momento frente al ascensor, dubitativa. Un segundo más tarde subía rauda las escaleras. Al llegar a la tercera planta dirigió una melancólica mirada hacia el apartamento de la izquierda, recordando todas las veces que había cruzado aquel umbral, y siguió subiendo. No, no estaba allí para eso. Por fin llegó al quinto piso y se detuvo, atenta. Tras comprobar que no había nadie cerca, llamó a la puerta del centro. Un momento después, una voz somnolienta, claramente sorprendida por el timbrazo a esas horas de la madrugada, dijo: ¡Ya voy!

       Kate escuchó aproximarse al inquilino con una sonrisa irónica. Menuda sorpresa se iba a llevar. Más tranquila, se apoyó en la pared del ascensor con los brazos cruzados, lo que hizo crujir las mangas de su chaqueta. Se encendió la luz en el interior del apartamento y se abrió la puerta, mostrando a un muchacho de unos 29 años, que, vestido con un pantalón de chándal, bostezaba tapándose la boca.

       Todo cesó de repente al percatarse de la oscura figura. El joven se frotó los ojos para descubrir quién se había presentado en su puerta. Kate, riendo, se adelantó:

       -Cuánto tiempo, Adam. –El chico se echó para atrás, incrédulo, y forzó la vista para ver que era la cara de su mejor amiga, desaparecida tanto tiempo atrás-. Tranquilo, ya me acerco, sólo quería reírme de tu cara -dijo empleando la voz cargada de ironía que siempre había usado con él.

       -¿Kate? ¡Kate! ¡No puede ser! Pero, pero ¿eres tú? ¿En serio eres tú? Ven. Pasa y cuéntamelo todo.

       Kate, aliviada por la invitación, entra, e inmediatamente recibe un abrazo que la coloca en una situación embarazosa. Tras lo que a ella le parece una eternidad, él se separa, incómodo.

       -Esto… bien. Perdona. Ve al comedor y ponte cómoda que voy a pillar algo de ropa. Pero… empieza a contar. Quiero enterarme de todo –le pide mientras recorre veloz el  pasillo-. ¿Cuándo has vuelto? ¿Lo saben tus padres? ¿Estás bien?

-A ver, a ver. Relaja, que tenemos tiempo. Te muevo esto, ¿vale? –Ella sigue sus pasos hasta encontrarse en la salita y se hace hueco en el pequeño sofá, dejándole la silla a Adam, que en un instante aparece poniéndose una camiseta corta-. Estoy bien, acabo de volver, no, no lo saben mis padres, y, si dejas de mirarme como un bobo, te explicaré lo que me ha pasado en estos años –termina de hablar haciéndole un guiño y mostrando una media sonrisa, buscando tranquilizarle.

       -¡Pero cómo no voy a tener cara de bobo con el alegrón que acabas de darme! Ahora que caigo, ¿quieres algo? ¿Agua, un refresco? -le ofrece, aún excitado por la situación-. Espera, ¿has venido a verme antes que a tu familia? ¡Eso no está bien!

       -No quería presentarme ante ellos a estas horas. Y como hay mucho que contar, esperaba que me dejases estar aquí un rato -dice ella algo crispada-. Siéntate anda, que me estas poniendo más nerviosa aún.

       -Lo siento. Estoy que no me lo creo. Tanto tiempo dando por sentado que ya no ibas a volver, y… ¡y has vuelto! –Adam se sienta en la silla y respira hondo para no incomodarla. Esto le recuerda a los viejos tiempos, cuando venía a su casa para pedirle ayuda y no lograba articular palabra alguna-. Ahora que me fijo; ¡has cambiado muy poco! Aún tienes ese aire de niña adolescente, a pesar del pelo y del look a lo motera –bromea, más calmado al fin.

       -¿En serio? Supongo que será un halago, ¿no? Tú, por otro lado, has dejado de ser el delgaducho que eras y te has puesto más guapo… ¿Será que le has echado el ojo a alguien?

       Pasan una media hora intercambiando puyas y comentarios, hasta que Kate decide que es el momento de contarle todo lo que ocurrió.

       -Bien… Me parece que ya nos hemos divertido suficiente. Supongo que aún querrás saber todo lo que ha pasado y por qué desparecí sin dejar rastro, ¿no? –Kate cambia a un tono más seco y formal.

       -¿Es necesario preguntar? –dice él, y su cara adopta ese gesto de curiosidad que tanto le llamaba la atención.

       -No has cambiado en nada –comenta ella-. Y eso es bueno. Pues… allá voy.

       Hace ya diez años de ese 14 de abril, pero no he olvidado un solo detalle. Yo, como siempre, hacía el último turno de la cafetería, cuando apareció un cliente. Le dije que iba a cerrar. Él se disculpó y salió sin más dilación. Sin darle más importancia recogí la cocina, me cambié y eché la persiana. Hacía un poco de frío para esas fechas, así que caminaba a buen ritmo, dándole vueltas a si me había dejado el calentador encendido al salir hacia el instituto. Atajé por el callejón de los gatos, y sentí que alguien me seguía. Recordando lo que me había dicho el profe de judo, corrí en busca de la luz de las farolas. Sin embargo, esa persona fue más rápida, y logró cogerme antes de salir a la avenida. Yo quise quitarme el agarre a la vez que pedía ayuda, pero por mucho que lo intenté, no pude moverlo ni un centímetro. Entonces, desesperada, vi al asaltante. Era un chaval como tú o como yo en aquella época. Vamos, un tirillas que no llegaría a los veinte. Pero me dio la sensación de que algo no encajaba, como si estuviera loco, no sé si me explico. Me quedé paralizada. No tenía ni idea de qué más podía hacer. Así que, supongo, tiré la toalla.

       -¿Ya te has relajado? Has tardado más de lo que esperaba –me dijo el joven. Llevaba un chándal oscuro, con la capucha de la sudadera ocultándole la cara. Sin embargo, sus ojos relucían. Ya sabes, como en las pelis.

       -¿Qué quieres de mí? –le pregunté, tan aterrorizada que me costaba hasta hablar-. No llevo dinero, así que ¡por favor, por favor, déjame ir! ¡No me hagas daño! –creo que ahí empecé a sollozar.

       -Calla y deja de llorar. –No sé por qué, pero le hice caso-. Mírame –otra vez, le obedecí. Me levantó del cuello como quien mueve un lego, y pude reconocerlo: era el tipo del bar. Me puso de espaldas y se acercó, colocándose detrás de mí. Noté un pinchazo en el cuello y cómo un hilillo de sangre recorría mi espalda. Entonces mi cuerpo se adormeció. Y no recuerdo más de esa noche.

       -Te das cuenta ahora, ¿verdad? Es lo mismo que te está pasando a ti, querido. Sí. Veo el miedo en tus ojos. Pánico porque no puedes moverte. Quizá no deberías haberme invitado a entrar. Pero no tengas miedo. No vas a morir hoy. Al contrario. Vas a descubrir otra faceta del mundo. Una alucinante –dijo con dulzura. Se levantó y, con una fuerza  mucho mayor de la que aparentaba, sujetándolo del cuello, alzó a Adam. Este, inerte, solo controlaba sus ojos. Ella le besó en la boca, recordando viejos tiempos.

       ¡Sí, qué buen sabor! Justo como lo recordaba. Vas a ser perfecto, Adam.

       Separó sus labios, dejó que sus colmillos se alargaran, y mordió el cuello de su antiguo novio, deleitándose en el cálido sabor de la sangre. Intencionadamente dejó escapar un hilillo rojo, justo como el que había descrito en su historia. Sin embargo, alteró un detalle. Adam seguía consciente cuando, utilizando un colmillo, se abrió una pequeña pero profunda herida en la muñeca. Él, impotente, vio como ella dejaba caer tres gotas de su sangre en su boca. Kate notó como el placer recorría el cuerpo de Adam. Sonrió excitada. Sí, acababa de hacer lo que se esperaba de ella. Pese al temor inicial, pese al recuerdo de su propio martirio, sentía que era lo mejor que haría jamás.  Había creado otro vampiro.

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