Si me recuerdas (“Pacta servanda sunt”)

       Para Carmelo, que está ahí, aunque no lo sepas, por si acaso. Gracias.

 

       Miro de nuevo el reloj: las seis y veintitrés. Si todo va como acostumbra, mi relevo llegará a la media y a las siete estaré en la calle. ¡Nunca agradeceré lo bastante la suerte que tuve! Lo habitual en mi gremio es ir a turnos, por lo que aún no termino de creerme que mi compañero me pidiera conservarlos. Desde luego, prefiero no rotar. ¡Y tampoco el plus de nocturnidad es para tanto! Además, como trabajamos a doce horas, siempre suele salir alguna extra. Más que suficiente. Las luces de un vehículo que gira en la rotonda me sacan de mi ensimismamiento. Lo reconozco al instante —conduce una dos caballos “charlestón”— y, casi como un reflejo, se me ilumina la cara. Aprieto el pulsador que eleva la barrera y conecto la cafetera que ya había dejado preparada. Tenemos nuestro ritual mientras nos damos las novedades. Él se dirige al aparcamiento y aprovecho para quitarme el uniforme en el aseo, que nos sirve asimismo de vestuario. Antes esperaba; pero ahora voy con cierta prisa.

       No me importa lucirme delante de Quique. No soy de poner los huevos en la misma cesta —Donde tengas la olla, no metas la polla, me he dicho siempre— y él me ha dejado bien claro —¡qué raro entre los vigilantes!— que no le despierto interés sexual alguno. O que lo reprime. El caso es que no me siento agobiada. Así que la amistad relativa de una hora diaria, catorce días al mes, ha ido solidificándose sobre las bases del café que hace el saliente, las pastas que aporta el entrante y un poco de conversación que nos ha llevado a conocernos. Va para siete años.

       —Buenas tardes Ana —me saluda al entrar por la puerta—. ¡Bueno, bueno, bueno! ¿Quién tiene otra cita hoy? ¡Estás… Impresionante! ¡Has quedado otra vez! Esto empieza a parecer…

       —Ni se te ocurra. —le interrumpo—. Es un hombre agradable, educado y detallista. Sólo… Un buen amigo. ¡Ya era hora de encontrar alguien más —enfatizo—que me mire a los ojos y no a las tetas! —Llevo un pantalón gris, entallado muy alto en la cintura, con caída recta, y un atrevido corpiño negro “palabra de honor” con pedrería, que hace más visible el tatuaje de dos pajaritos sobre una rama que tengo en la clavícula derecha. Dejo sobre la mesa el bolso y los zapatos, ambos a juego con el top, y doy una vuelta sobre mí misma.

       —Pues hoy se lo has puesto… difícil. ¡Descocada! —dice con intención—. Además, sé que te gusta. Y, con el tiempo que lleváis viéndoos… Me huelo que, algo más que amigos, ya debéis de ser. Pero eso a mí, ni me va ni me viene —aclara ante mí perplejidad.

       —Puede que aciertes… un poquito. ¡Ojalá! Y el envoltorio también es importante, ¿verdad? —La picardía asoma a mis ojos y el rubor a mis mejillas. Me mantengo en forma y sé cómo es mi cuerpo; pero, aún así, exhibirme me provoca cierta vergüenza—. ¿Da usted su aprobación?

       —Si vestida de ese modo no te lleva a un buen restaurante, dais un paseo a la luz de la luna y te besa hasta que te salten los botones del corsé ese que te has puesto, es que, además de ser imbécil, no te merece. Lo dicho. Absolutamente “IM-PRE-SIO-NAN-TE” —silabea.

       —¡Me vas a sacar los colores! Hemos quedado en “El chalet” —reconozco, casi defendiéndole.

       —Al menos tiene buen gusto, sí señor. En fin. ¿Algo que contarme? —Me pasa la taza de “Hello Kitty” que uso en el curro y me acerca una caja de bombones abierta.

       —Nada raro. ¿Y esto?

       —Me han apetecido. Venga. Lárgate y disfruta de tu hombre. Yo me encargo de fichar por ambos.

       Las citas menudean. Cenamos en lugares exclusivos, asistimos a estrenos de teatro e inauguraciones de muestras artísticas. A él parecen conocerle todos y yo, despacio, voy encajando. No faltan los obsequios. Nada muy caro ni ostentoso. Primero se empeña en comprarme algo de ropa de marca. Soy yo quien te lleva a esos sitios. Eso exige un cierto tren de vida y tú no puedes permitírtelo. Déjame que te ayude. Me resisto; pero reconozco que está en lo cierto. Al final acepto, aunque con la condición de que sólo sea por cosas que yo no hubiera hecho por mí misma. Él lo respeta escrupuloso. Intercala los actos de postín con salidas informales, en las que me encuentro mucho más cómoda. Poco a poco mi universo se agranda. Vamos a actos en Madrid, Londres, París, Roma, Florencia, Milán, Viena. Se suceden el teatro, el ballet, la ópera, los conciertos, las exposiciones. Todo un entorno de brillo y oropel en el que se desenvuelve con natural soltura. Es más, parece tener, incluso, un cierto protagonismo. Y yo, sin embargo, me siento cada vez más como Vivian Ward, tratando de ser Anna Scott. La relación acaba como no podía ser de otra manera. Porque, ni yo soy Julia Roberts, ni él es Richard Gere ni Hugh Grant, ni vivimos en Nothing Hill.

       El mundo se deshace a mi alrededor. Su mundo, debería decir. Pues ahora me doy cuenta de cuánto he dependido de él, de todo lo que he abandonado maravillada por sus cuentas de colores. Ni siquiera sé por qué discutimos. O si lo hicimos. Simplemente, nos fuimos distanciando. Pero, tras varias reuniones en las que nos cruzamos, soy consciente de que ya no hay nada que pueda hacer. Él ya lleva colgada de su brazo otra joven y en su ambiente tiene un hábito, recursos, aliados y admiradores de los que yo carezco. Al menos, soy capaz de un último gesto de dignidad y me retiro sin ni siquiera presentar batalla. ¿Para qué? Ese es mi error. Renuncio a la ira, al despecho. Tan solo me dejo ir, me resigno, sin más, cubriéndome de culpa. Pasa el tiempo y sigo sumida en una desesperanzada espiral de depresión, que me hunde cada vez más en un insondable abismo autocompasivo. No tardo en perder, incluso, lo que me quedaba de mi vida antes de… ¿Cómo se llamaba? ¡No lo recuerdo! ¿Cómo puedo no acordarme?

       Sólo Quique resiste, fiel y estoico ante mis desaires, celebrando cada pequeño avance y restando importancia a cada uno de mis desplantes. Gracias a él acudo a trabajar, me alimento día a día, renuncio a la locura. Sus cuidados, su delicada y desinteresada entrega me sirven de ancla, me permiten conservar la poca conciencia de mí que sobrevive a mi desprecio. No son sus palabras, sino lo que hace, cómo me trata. Y, sobre todo, que me apoya pero no me consiente, no me aguanta bobadas. Me trata como a una persona, me escucha y me alienta; me exige y estimula. El paso del tiempo termina por aliarse con él y hacerme tolerable el mero hecho de seguir respirando. La complicidad entre nosotros se vuelve absoluta. Como pago a la primera sonrisa que logra robarme, nunca podré olvidarlo, prepara una cena para ambos en la garita. Nada muy allá; mas, para mí, ni todas las estrellas Michelin juntas podrían superar aquello. Termino durmiendo allí, abrazada a él, segura y confiada por fin, tras muchos meses de constantes miedos, de incertidumbre, de pesadillas. No hubo sexo; tampoco lo buscamos. Era…. No sé cómo definirlo… Otra cosa.

       Me despierta con un susurro y una suave caricia. El aroma del café hace el resto. Las cinco, dice el locutor.

       —Venga, dormilona. Tienes que irte dentro de nada. No querría que Salvador te pillase aquí. Iba a pensar mal.

       —Sí, mejor será. —Se supone que yo iniciaba semana de descanso ayer a las siete de la tarde—. Déjame que te ayude. No sé cómo agradecerte… todo lo que haces. —Bajo la mirada y me seco las incipientes lágrimas. Él me da unos segundos mientras sirve—. No te merezco. ¡Nunca te he merecido!

       —Vamos, vamos, vamos —deja las tazas y me abraza de nuevo—. No he hecho nada. Ven. Siéntate. No me debes nada. ¡Somos amigos!

       —¿Cómo que no has hecho nada? Has sido el único que ha permanecido a mi lado, el único al que no le ha desquiciado mi estúpida reacción, el único que siempre ha estado ahí, dándome lo que necesitaba y sin recibir nada más que golpes, insultos o desprecios. ¿Cómo puedes decir que no te…

       —Entonces ¿Ya lo ves claro? —me interrumpe-. No. No admito más bobadas. Sí o no. Es lo único que me importa en este momento. ¿Lo tienes claro?

       —Sí —susurro.

       —¿Sí, qué?

       —Que sí, joder. Que te debo mucho. ¡La vida!

       —Pues ya es hora de que pagues. Y aquí es dónde vas a hacerlo. —Me entrega la tarjeta de un club privado con una hora escrita a mano en el reverso: siete y media de la tarde. Una vez sentada en el coche, deposita un suave beso en mi mejilla—. ¿Confías en mí, cierto? —Asiento asustada—. Entonces no llegues tarde. Ponte guapa. Te estaremos esperando.

       Es pronto y, sin embargo, ya me encuentro en la esquina de la calle donde hemos quedado. He pasado dos veces por delante del número al que se supone que debo ir y, si bien no aparecía en el “street view”, ahí está el club. Así lo confirma el rótulo dorado con el nombre en la pared, a la derecha de la maciza puerta, decorada con recios herrajes y sólo una aldaba, la cabeza de un león, centrada en el tercio superior de la hoja. Miro de nuevo el reloj: las seis y veintitrés. Intento abrir Twitter en el móvil; pero no hay cobertura de datos. Doy pequeños paseos acera arriba, acera abajo. Tentada estoy de dar media vuelta cuando una risa me hiela el corazón. Es un hombre, cuarentón corto, impecable en su traje de raya diplomática y corte inglés. Le acompaña una jovencísima rubia, de cuerpo imposible en su perfección. A ella no la conozco de nada. Me acordaría. ¡Seguro! Él, por otra parte, tiene algo que… Es como si se pareciese mucho a alguien que no logro identificar. Mas que su aspecto es su voz, el modo en que se mueve. No sé, no termino de situarlo. Se detienen delante de mi destino y tras llamar, como si sintiese la intensidad de mi escrutinio, gira la cabeza. Abren. Le dice algo a su acompañante, que accede y se adentra en el local, en tanto él se acerca hasta mí sin darme oportunidad a salir de mi asombro.

       —Permíteme un instante. —Me dedica su desdén, al tiempo que esboza una burlona sonrisa—. ¡Ana, claro! Pero tú no me recuerdas, ¿no es cierto, cielo? ¡Qué penita! ¿Te has perdido, cachorrillo? ¿Añoras el tiempo que pasamos juntos? —El timbre burlón de su voz me hace sentir humillada, sucia, culpable. ¿De qué, por qué?—. Deja que te refresque la memoria, mi amor.

       Realiza un extraño gesto y es como si un velo se levantase en mi conciencia. Ahora recuerdo, ¡revivo en un instante!, cada viaje, cada gesto, cada paso, cada nota, cada pieza. Los paseos por el Retiro, las compras en Carnaby street, las cenas en  Montmartre, los cócteles en la escalinata de la plaza de España, las joyerías del Ponte Vecchio, la ropa en vía Torino o el rastrillo en Naschmarkt. También tu voz sugerente, tu profunda mirada, tu perpetua seguridad, tu natural atractivo, tu personalidad arrolladora y sobre todo, tu constante dominio sobre cuanto te rodea. Y ese… ese “charm”—con la a bien larga y la debida afectación—. Ese encanto, ese saber estar que te convierte en el centro de cada vida que se cruza con la tuya. Me señalas condescendiente. Como si devolverme estos recuerdos, el gozo de enseñarme cuanto me has quitado, te produjese infinita satisfacción. Tus labios esbozan esa mueca posesiva, que tantas veces te he visto, ante la nueva receta que un chef te consulta, ante el cóctel que te solicitan valorar. Ese gesto que me volvía loca, que me impelía sin remedio a complacerte.

       La sorpresa inunda tus preciosos ojos negros cuando descubres mi determinación, y deriva en pánico cuando pronuncio mis tres únicas palabras. Quique se acerca y me toma por la cintura. Lo hace dulce pero enérgicamente, alejándome de ti y de un tufo a podredumbre que, de repente, lo inunda todo. Sé que me habla; pero apenas le oigo mientras me lleva en volandas hacia el acceso al club, donde una mujer mayor, preciosa en su vestido blanco, nos aguarda. Cuando llegamos a su altura, el mundo parece perder la textura viscosa que le había impreso el aciago encuentro.

       —¿Es ella, Enrique? ¿Es ésta la mujer de la que tanto me has hablado? —Él asiente—. Pero, perdóname, ¡olvido mis modales! ¿Te encuentras bien, necesitas algo? —Niego con la cabeza—. Mi nombre es… Puedes llamarme Reiya. —Me toma de la mano y me conduce hasta una salón lleno de gente, en lo que parece ser una fiesta—. Antes de permitirte entrar, debo hacerte una pregunta. Responde con sinceridad, pues sólo los justos son dignos de esa sala. ¿Qué le has dicho, Ana? ¿Qué le ha infundido tanto miedo?

       Quique me observa con una intensidad que puedo palpar; a medias súplica, a medias anhelo. Me doy cuenta de la trascendencia del momento, soy consciente de que muchas cosas, aunque ignore cuales, se deciden con mi próxima respuesta. Va a hablar; mas un gesto de Reiya se lo impide. Baja los ojos y me percato de que de su boca se eleva un muda plegaria, de que su vida también pende del hilo de la mía. Me giro y, levantando altiva el rostro con descaro, en un intento de magnificar mis palabras, que reconozco inútil y baldío aun antes de atreverme a pronunciarlas.

       Digo la frase, que resuena como un trueno en el repentino silencio. Todos los rostros se vuelven hacia mí en cuanto se acalla el eco de la última palabra. Ha vibrado como si no hubieses otro sonido en la sala, llenando todo el espacio disponible, tapando cualquier rumor, imponiendo su ominosa presencia. Me siento pequeña, estúpida, ridícula. Aprieto con coraje la carterita de pedrería, a juego con los zapatos, que, ahora lo recuerdo, llevé en aquella aciaga cita. Las lágrimas amenazan por romper mi ya exigua entereza.

       La risa de Reiya, dulce, clara, limpia, refrescante, distiende la enrarecida atmósfera. Se vuelve hacia mí y, tomando mi rostro entre sus manos, me besa en la frente, los párpados y los labios. Roces apenas. Sin embargo, noto cómo todo se ilumina, cómo mis fuerzas retornan, cómo la verdad triunfa.

       —Bienvenida entre nosotros, tus hermanos, Anaiel. —Me susurra. Y elevando el tono hacia la sala, afirma con voz poderosa— ¡Maldito sea su nombre! ¡Por siempre tres veces maldito!

       En la lucidez que Reiyel me ha infundido, ahora sé que se llama así, consigo completar mis recuerdos y comprender qué ha ocurrido. Sonrío  ante lo grotesco de las circunstancias, ante lo sarcástica que es la vida. Lo que siempre me ocultó, porque descubrirlo me daría poder sobre él. Lo que no conseguía recordar. ¡Su nombre! ¡Era su nombre! ¡Su nombre!

       Con una nueva luz en mi mirada, consciente, le repito la frase a su recuerdo:

       —Te perdono, Mammon. Yo te perdono.

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7 comentarios en “Si me recuerdas (“Pacta servanda sunt”)

  1. Me ha encantado. sin más. No sé qué tienes, que tus relatos atrapan hasta el final.
    Solo una cosa, y me vas a llamar nazi de la ortografía, pero hay dos faltitas minúsculas que si puedes estaría bien corregir. Cuando pones “enérgicamente.,” (que hay un punto justo antes de la coma); y en la frase “[…]de la que me tanto has hablado?”, que el “me” está al revés.
    Por lo demás, me ha encantado

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    1. Por supuesto que son bienvenidos unos ojos críticos y una actitud como la tuya. Al autor siempre se nos escapa algún detalle, porque acabamos viendo lo que tiene que poner y no lo que pone. Al final, el bosque no nos deja ver los árboles. Por ello, y por tus amables palabras siempre … Gracias.
      Y vete pensando lo de hacerme de lector cero, que no me vendrías nada mal.

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  2. Carmelo

    Muy buen relato, lo mejor es que contiene múltiples lecturas que retratan con bastante exactitud algunas situaciones. Gracias por el relato. Me ha encantado.
    Carmelo.

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    1. Un placer. Y, si está dedicado a ti, algún motivo habrá. Yo, al menos, tengo claro cuál es el mío. Y eso debería bastar; pero estoy seguro de que mucha de la gente que te conoce estará de acuerdo en que estás ahí, por si acaso. Bien merecida la dedicatoria.

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