Tu nombre

       Miro tu cara y un escalofrío me recorre. Los labios, pequeños y apenas rosados de carmín, se ofrecen jugosos cuando ríes, cuando contestas, cuando levantas un poco las comisuras en una sonrisa más que explícita, adivinada. Me fijo entonces en tu frente, limpia, despejada. Las cejas, tan perfectas que parecen trazadas a pincel, estarcidas, sombrean el espacio que tu cabello, recogido tras la pequeña oreja, enmarca sin renunciar a la rebeldía del retorno a tu cara que su gemelo, protector, disfruta. Así, el sol sólo baña uno de tus ojos, algo rasgados, pequeños y perfilados por un rímel desvaído que pierde su pugna con la densa veta de antracita que abanica la inocencia de tus pómulos, apenas insinuados, y el simpático detalle de una nariz infantil, respingona, pizpireta.

       Cuando logro desasirme del hipnótico movimiento del mechón que amenaza la perfecta asimetría del peinado al compás de tus suspiros y supero el ángulo de tu mandíbula, me sumerjo en el traslúcido juego de la piel, resbalando por la curva impecable del mentón, sin poder variar el rumbo hacia tu escote que exige el sanguíneo trazo que recorro con mis ojos, mientras moldean tu clavícula exigiendo rendición a los tirantes, que descienden reacios a la huida, y tus hombros se estremecen al sentir la humedad hambrienta de mis besos. Velados por el frío tacto del satén, tus pechos desafían mi cordura, tus diminutos pezones rompen la lisura del tejido y tus manos refrenan el avance de las mías obligándolas a avanzar, retrocediendo, hasta atarlas en torno a tu cintura.

       Ladeas la cabeza y me ofreces, mortal enamorada ante el depredador terrible y subyugante, un cuello al que renuncio. Pareces sorprendida al notar mis afilados dientes en tu lóbulo y un gritito sacude, lo adivino, tus pequeños senos. Los imagino erguidos, rebosantes bajo el sedoso camisón que ya solo sostienen mis propios brazos, encadenados por los tuyos. Pues mis ojos se cierran, para ayudar a sus hermanos, mientras aspiro el olor que emana de tu pelo, mientras escucho tu queja entrecortada, mientras percibo tu piel en mi desesperada búsqueda del bordado orillo, que izo poco a poco desde tus temblorosos muslos. Aún te resistes en un fútil intento de retrasar mi asalto al girarte y regalarme tus labios entreabiertos. Acepto tu oferta generosa y los esbozo, despacio, con la punta de mi lengua, los mordisqueo con cuidado y, por fin, consiento tus avances, que explores con tu lengua mi boca ya entregada. Mis manos, que no se han resignado a la quietud, recuerdan cada vértebra de tu espalda descubierta, dibujan el camino de la nuca a la cintura y ya, sin miramientos, se elevan y rompen la presa en que me envuelves, arrastrando con ellos la prenda que te cubre.

       No me privo de repasar tu figura con mis ojos, las muñecas sujetas en lo alto, retrocediendo cuanto puedo para abarcarte. Me excita el modo en que, pudorosa, desvías la mirada. Algo en mí se dispara, atávico, mientras estudio tus pechos, tu cintura, el atrevido vello que asoma de la braguita que intenta esconder tu pubis. Noto la sangre palpitándome, noto el deseo que me empuja a actuar y sólo acierto a tomar tus caderas y atraerte hacia mí en tanto te suplico, de obra y de palabra, que me beses. Tú encajas tu cuerpo en el mío mientras me sujetas, las palmas en mi rostro, y alargas el momento haciéndome pedírtelo de nuevo. Un momento, me susurras y así, paralizado, embrujado por el arrullo de tu voz, te dejo hacer. Con una enervante parsimonia peleas cada uno de los botones hasta liberarlo de su ojal. Mesando el vello de mi pecho con tus dedos, vuelves mi camisa hacia mis puños hasta que cae de mis miembros inertes. Sigo inmóvil mientras con tus uñas trazas recorridos que fijas con tu lengua. Lames mis pezones y los muerdes hasta que un gritito se me escapa.

       Respondes a la señal con pícara mirada y, ahora sí, ofreces tu boca para que la beba, para que me sacie, para que respire tu alma y te insufle la mía. Pero no estás quieta. Dedos ágiles trastean cinto y cremallera, enviando el pantalón a mis tobillos. Pierdo el control. Aprieto tus nalgas atrayendo tu sexo hacia el mío. Nuestros cuerpos toman las riendas y se mueven para aumentar la fricción, para que cada centímetro note el calor de su complementario. Dejo atrás la ropa y avanzo unos pasos hasta chocar con la cama. También la notas. Tras liberarte, llenas de besos el camino hasta mi ombligo mientras me desnudas acariciando mis muslos en la ida y mis glúteos en la vuelta. Observas mi miembro, golosa y, sonriente, levantas la vista. Permanezco en pie, esclavo del deseo que transmite tu mirada. Y me envuelve la locura, apenas contenida, mientras tus manos me recorren, tu lengua me recorre y, por fin, lo tomas al asalto.

       Dilato cuanto puedo mi ansia por el egoísmo de gozarte. Pero tus dedos jugando con mi escroto, pellizcando mis tetillas, arañando mi trasero mientras saboreas mi miembro no es algo que pueda soportar mucho rato. No si quiero disfrutarte antes de caer en la locura. Y quiero. Me arrodillo y tú te recuestas mientras me facilitas terminar de desvestirte. Me multiplico sobre tu piel para terminar con tus piernas colgadas en mis hombros; con tus pezones y tu clítoris hinchándose, entre mis dedos unos, el otro entre mis labios, y enloquecido por el crescendo de tus gemidos. Pides una clemencia que te niego. Continúo jugando con tus labios silentes en tanto me deleito con tus pequeños gritos, con tus animales gruñidos. Y, cuando me regalas tu néctar, cuando tu instinto se superpone a todo cuanto le rodea, obligas a mi cabeza a separarse de ti y degustas anhelante tu propio sabor en mi carne.

       No quieres esperar. Me atraes y me tumbas para encajar mi cintura entre tus rodillas y me guías hasta atravesar tu puerta de jade. Permites que maneje tu cadera y me alientas lamiendo mis párpados, arañando mi pecho, acariciándome el rostro con tu pelo. Notas como mi respiración se ajusta a la tuya, ambas frenéticas, y aprovechas para que sea tu pelvis la que imponga su cadencia. Te cobras tu venganza recorriendo el espectro de tempos sin orden, sin más criterio que la dulce tortura a la que, por sojuzgarme, te sometes. Me provocas con tus senos, que bailan enloquecidos; con tus lascivas sugerencias, que desatan mis vicios, con el mismo brillo de tu piel, que delata el techo de tu gozo.

      Te desplomas sobre mí y aprovecho para imponerme. Desmadejada, sé que no puedes oponerte, que en la incruenta batalla que libramos, donde no hay vencedores ni vencidos, ambos deseamos la derrota. Y pretendo infringírtela despacio, darte y negarte una a una las caricias, encenderte y apagarte como un faro. Ahora soy yo quien manda y, desde arriba, impongo un ritmo frenético cediendo más a mi urgencia que a la necesidad de complacer tus ruegos de que me detenga. Y chillas incoherente hasta que los dos, de nuevo, nos derrumbamos exánimes, obligamos a nuestros cuerpos a acompasarse, a permanecer inmóviles pues cualquier roce dispara de nuevo nuestra sensibilidad. Solo somos capaces de sentirnos cuando cesan los jadeos.

       Y, mientras permanecemos uno al lado del otro, unidos, rendidos y felices, repito, como el mantra que cada día me construye, el credo que me has enseñado: tu nombre, Yolanda.

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10 comentarios en “Tu nombre

  1. Exquisita la forma en que tratas el tema. Excitante y elegante a la vez, dando trazos de erotismo y, a la vez, romanticismo.
    Personalmente me gustan más este tipo de relatos que los que son excesivamente explícitos. A veces, seduce más lo que se insinúa que lo que se muestra a todo color y con profusión de detalles.
    Sigo leyendo.

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  2. Gemma

    Uummmm me encantó el principio pero…. te faltó algo más al final… si te soy sincera me puso a tono las primeras frases y a medida que pasaba más me gustó.
    Pero el final me dejó con ganas de más…
    Por lo demás como siempre, chapo. Me encanta como escribes y describes 😉

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  3. ingridlaloba

    Precioso Héctor, pero en mi opinión, aún le falta un poquito de picardía. El ritmo me encanta y no te negaré haber sentido más de un cosquilleo, pero creo que aún te falta “soltarte” un poco más. Por lo demás, me encanta! Felicidades!

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