Ángeles negros

Un foulard burdeos, única nota de color en su indumentaria, flamea y enmarca un rostro claro y duro al que, quizás, unos ojos que no se escondiesen tras cristales opacos de marca aportaran vida. Solo que entonces también revelaría sentimientos y, no, hoy no es día para mostrar flaquezas. La mujer roza el rugoso pretil del viejo puente con las yemas de los dedos de su mano derecha, mientras con la izquierda sujeta la solapa de la gabardina con que trata de protegerse del fuerte viento que siempre recorre el valle, y con más fuerza cuando acompaña el curso del impetuoso riachuelo. Permanece allí unos instantes, encarada a la montaña y al gélido mistral, altiva y desafiante, piadosa y suplicante. Como quien solicita justicia y exige su derecho a la venganza.

Minutos después se gira y el lánguido y discordante taconeo resuena en los centenarios sillares. La diestra acaricia el suave y húmedo musgo que salpica el recio antepecho y a su mente llega un aroma de almendras y anís, de emoción y ansiedad, de rezos y fiesta. De cantos alegres y de noches largas. Un poco más adelante se abre la vereda que conduce a la poza donde, en los estíos, los pequeños escapaban del calor llenando el cauce de gritos, risas y juegos, vigilados desde la vieja estructura, apenas un tejado sobre arcadas, en que las comadres frotaban la ropa mientras comentaban sucedidos, azoraban mozas, criticaban ausentes y urdían rumores.

Aún alejada del núcleo urbano, se detiene a admirar la casa racionalista que tanto dio que hablar en su momento y que años después pondría la aldea en el mapa de la historia de la arquitectura y en la ruta del turismo. Pero, entre aquellas gentes, para enfrentarse al distinto, a quien no encaja en los ancestrales patrones, solo caben dos posibilidades: adulación o burla, sumisión u odio. Las primeras precisaban de la aquiescencia eclesial, y no fue el caso, por lo que sólo quedó espacio para las segundas. Para ella fue distinto. La amistad trabada con Dana le permitió entrever parte de la secretísima verdad y acceder a un entorno que aquel villorrio nunca le hubiese podido ofrecer. El motivo para que aquellos ricos extranjeros compraran la era del “Manrruñas” y edificasen allí una residencia de verano, que cuando la locura recorrió el país se convirtió en permanente, fue la salud de una niña a la que, viéndola cabalgar, jugar al tenis o esquiar, nadie creyó enferma.

Algo así no podía sino levantar las sospechas de un entorno ya de por si suspicaz. Tampoco ayudó el celo de los padres por mantener la intimidad, que se interpretó como el intento de esconder oscuros secretos, más oscuros cuantas más bocas los contaban. Pero Geraldine hizo oídos sordos y cultivó una amistad que ensanchó su mundo, sus sueños y oportunidades, que amplió sus horizontes y que le hizo ver que más allá del viejo pueblo había un mundo y una vida que ella deseaba exprimir. Fueron aquellos padrinos quienes la enviaron a la ciudad a estudiar primero, interna, bachillerato, luego en la universidad. Ellos sufragaron los costes de una educación que sus padres jamás hubiesen podido permitirse.

Ese fue un tiempo extraño, pues mientras ella era estimulada a viajar, a lanzarse a la vida, a absorber cuantas experiencias se le presentasen, su amiga permanecía recluida, esclava de su precaria salud. No lo pensó entonces; pero más parecía ella la hija de los adinerados alemanes que la propia Dana. Lo empinado de la calle la devuelve a la realidad. Casi ha llegado al final del estrecho barranco que corta en dos, como los labios de una herida abierta, el abigarrado, enrevesado y caótico casco medieval. Se detiene un instante para despedirse de aquellos fantasmas antes de acometer el recorrido final, el ascenso hasta la plaza. El sol, que casi alumbra el fondo de la hendedura, le indica que se acerca el mediodía. Y, para entonces, si se aviene al guión que ella misma ha diseñado, debe estar ya ante una iglesia a punto de abrir sus puertas para la misa mayor. Suspira hondo y emprende el ascenso.

Como había supuesto, no hay nadie. El gnomon clavado en el rústico almohadillado de la casa consistorial confirma que es el momento. Sube las escalinatas y da la espalda a las sacras hojas de madera que un anciano se esfuerza en girar sobre sus goznes, tres pasos por delante de la perpendicular de la clave sobre el umbral. Ha estudiado el sitio mil veces en su mente. Allí todos habrán de mirarla mientras ascienden los cuatro escalones que elevan el templo, allí se coloca el santo en las fiestas, allí se detiene el obispo en la misericordia, allí se detuvo el ángel negro ante el que se condenaron. Y allí se detiene ella para reclamar justicia, para recordarles que hay alguien que conoce su pecado y lo mantiene vivo, que su miedo debe renacer desde el entierro de la memoria, que no hablar de él o negarlo no lo borrará. La procesión de lugareños vestidos de domingo comienza con un leve goteo. Poco a poco llegan más vecinos y las conversaciones animadas, las risas y las bromas se acallan conforme ingresan en la irregular glorieta y la descubren. Los pasos se acortan y los grupos se reúnen, buscando el cómplice apoyo. Nadie lo encuentra, pues por encima de la culpa se enseñorea implacable la vergüenza. Y ese sentimiento es íntimo, personal. El temor se torna tangible mientras, cabizbajos, avanzan y la evitan para acceder al templo. Sólo los susurros de las madres mandando callar a los niños compiten con el arrastrar de pies de penitentes. Un rumor que no logra imponerse al ominoso silencio que envuelve, magnificándolo, el reproche que su sola presencia significa. ¿Cómo logran vivir con ello? se pregunta.

Cuando los feligreses se hallan acogidos a sagrado sólo una persona permanece en pie enfrentándola. Con un gesto la invita a seguirle e ingresa en el pequeño bar oculto en una arcada frente al santuario. Geraldine espera a escuchar la salutación del oficiante y abandona su puesto para acceder a la solitaria cantina. Allí la espera un anciano, que ya ha servido dos copas de vino tinto. Con una seña le indica que se acomode en la barra. Ella gira la cabeza y aspira nostálgica el aroma que llega de una cocina hacia la que se dirige, cojeando notoriamente su anfitrión.

-Dame un momento para apagar los fuegos. Creo que el vermut hoy no va a ser muy concurrido de todos modos.

Ella entra tras el mostrador y con la naturalidad de la costumbre prepara unas bandejitas con aperitivos. Almendras para ella, aceitunas para él. Sonríe por primera vez en todo el día y dispone con gracia unas gruesas servilletas cuadradas y unos palillos. No ha perdido las maneras y, cuando regresa, él la mira complacido. Ambos se sostienen la mirada y ambos son conscientes de la emoción que les embarga. Él la mira y, al rato, desvía la vista hacia la cartera de cuero que ella ha descolgado de su hombro.

-¿ De verdad tienes que remover el pasado? ¿A eso regresas tantos años después?

-Perdóname. -Acaricia el ajado rostro resiguiendo una cicatriz que le cruza desde la sien derecha hasta la mandíbula-. Pero la historia saldrá a la luz, no te quepa duda. En tu mano está decidir cuándo eres capaz de soportarlo. Esperaré hasta que lo autorices o…

-Si ha de hacerse, que al menos sirva para algo -toma sus manos-. Mis cicatrices han sanado; pero las tuyas veo que no. Por favor, pasa página. Sé que no he sido el padre…

-¡No digas eso! -le interrumpe- ¡Jamás! Es posible que no me creas, pero siempre he tenido las cosas claras. Los Rosenthall fueron increíbles y les debo lo que soy en la vida. Eso no podré olvidarlo. Pero quien soy, de qué estoy hecha, mis principios, os lo debo a mamá y a ti. Quizá en su momento no supe demostrarlo; pero si alguna vez he definido el coraje ha sido explicando el modo en que os echasteis a un lado, dejándome aprovechar la oportunidad que me brindaban. Y sin embargo, aquel día en la plaza, no lo dudasteis.

-Pero, pero. Si tú estabas en… Tú no sabes… no puedes saber… -balbucea.

Saca un libro del bolso que reposa en la barra. Lo abre guiada por un marcapáginas y, sin apartar la mirada del rostro de su padre, recita…

Los soldados de las Waffen SS vigilan la plaza, en la que han reunido a todo el pueblo, mientras los demás registran las casas desalojadas. Ante la iglesia, sentado a una mesa cubierta por un inmaculado mantel, un hombre limpia de sus dedos el jugo de las ciruelas prunas que ha comido con absoluta parsimonia. A su seña un oficial se acerca hasta el grupo del alcalde e intercambian unas palabras. Este se vuelve y cabecea hacia el civil que domina la escena con absoluta frialdad. Ladra sus órdenes en alemán y un piquete empuja a los Rosenthall hasta el centro de la glorieta. El trajeado desciende como una diva bajaría la escalinata del salón de baile. Intercambia unas palabras con el padre, cuyas respuestas le suponen un golpe en los riñones del que acaba arrodillado y con la bocacha de un MP40 apoyada en su nuca. Mira con desprecio a la madre, a la que él mismo hace caer con un revés de su palma. Se produce un revuelo al fondo, cuando un soldado reduce un conato de rebeldía con un culatazo, abriendo una herida desde la sien a la mandíbula. Por último se detiene ante Dana. Levanta su rostro y sonríe tranquilizador, al tiempo que de un solo gesto le abre el vestido. Se aleja unos pasos como para observar un cuadro en un museo. Una mujer avanza altiva y él lo autoriza con un gesto. Se quita el chal y cubre la desnudez de la joven. Suenan unas palmadas lentas, huecas por efecto de los guantes de cuero.

No puedo esperar más; pero mis compañeros aún no han tomado posiciones. Ajusto de nuevo la mira de mi viejo Lee a la espera de la señal mientras rezo para que lleguen a tiempo. Sin más, graznan los disparos. Las cuatro figuras en el centro de la plaza caen bajo el fuego indiferente de los germanos. Nadie se mueve, nadie grita. El silencio resulta siniestro. Y se prolonga hasta que una perdiz gutea. Cuento las respuestas. El estampido de mi arma desata de nuevo la violencia. Grupos de partisanos abaten a los odiados nazis surgiendo de todas partes. Sí. Le he matado. Mas la venganza no llena el profundo pozo de mi alma ni el hondo desgarro de mi vientre. Ni la épica reduce el desprecio ante tanta cobardía. Les hemos devuelto la libertad, la misma que a ti y a mí nos prohibieron siendo jóvenes. A pesar de su homicida sumisión hemos acudido a salvarles. Pero a ti no te he salvado. Para ti no he llegado a tiempo, mi amor, mi adorada Dana. Huyo, incapaz de volver a mirar a mis paisanos a la cara. ¿Cómo voy a vivir con ello?

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Un comentario en “Ángeles negros

  1. Mar Prades Urgell

    Gracias por éste soplo de aire fresco en forma de narrativa exquisita, una vez más has conseguido erizar cada centímetro de mi piel.
    Abrumante, embriagador, me dejas con las ganas de leer más! Además con uno de mis temas preferidos. Felicidades, espero que llegues lejos!

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