Straordinarius

     Antonio recorrió con una última mirada su taller. Lo primero fue comprobar la estufa de leña. Aunque estaba seguro de haberla apagado, nunca estaba de más tranquilizarse, pues una carpintería es propensa a los incendios. Luego el banco de trabajo, con una pieza envuelta en paños húmedos reposando entre los sargentos para que adquiriese la forma precisa. La herramienta perfectamente recogida y ordenada en la mesa y el tablero colgado de la pared. Ya podía cerrar. Dejó la linterna de mano en el suelo y sacó de su bolsillo la llave. Sin mirar a la calle la giró y suspiró, sabiendo que estaba solo. Era tarde y ningún sonido alteraba la tranquilidad de la calle. Se puso el sombrero y se arrebujo en su abrigo. Nevaba.

     Sonrió ante la idea que le cruzó la mente. Debió ser en una noche como esa, hace más de 50 años, cuando Nicolò se sobresaltó al cerrar esa misma puerta. También se creía solo. Y así, engañado, hubiese caminado hasta su casa si no fuese porque un niño, arrebujado en el callejón, no pudo reprimir una tos enfermiza. Muchos habrían hecho caso omiso de otro pordiosero en aquellos años de penurias; pero no así Nicolò. Se acercó a él -al bulto que formaba en realidad- y, sin mediar palabra, lo alzó en brazos abrigándolo. Cuando llegaron a su casa lo depositó frente a una bien alimentada chimenea, dejándolo solo. Al poco volvió con ropa y, tras una ausencia mayor, con un cuenco de sopa bien caliente y una generosa porción de pan, aún blando.

     -Si yo fuera tú, comería. Con ese catarro necesitas calentarte el pecho. Luego coge esa manta y acuéstate junto al fuego. He puesto un caldero con menta a hervir y sus vapores te harán bien. Yo dormiré arriba. Si quieres irte, eres libre de hacerlo; pero cierra bien, que no quiero tener un susto. -Sonrió y deseándole buenas noches subió las escaleras. Nada más se habló.

     Nicolò no estaba nada seguro de verlo a la mañana siguiente y, cuando bajó, el chico, efectivamente, no estaba. Negó con la cabeza mientras desayunaba y al fin, resignado, salió hacia su taller. Aún no había logrado encender aquella maldita estufa (tendría que mandar limpiar el tiro, pensó) cuando escuchó unos pasos en su puerta. Era demasiado pronto para los clientes y no esperaba a ningún proveedor. Se quedó atento: dos pasos, parada, dos pasos, nueva parada. Ahora parecía alejarse. De nuevo ante la puerta. Silencio. Decidió, imaginando lo que ocurría, dejar que el chico se tomara su tiempo. Se puso en pie, tomó una escoba y la apoyó junto al marco de la puerta.

     -No le vendría mal un escobado al taller… -dijo en alto para que se le oyese desde afuera-. Bueno, luego, si tengo tiempo. -Se volvió hacia la bancada y comenzó a barnizar la última de sus creaciones.

     No miró directamente cuando oyó abrirse despacio la puerta. Una sonrisa y un cabeceo afirmativo acompañaron el rítmico frotar sobre el suelo.

     -Deja el serrín en aquél cubo y vente, que ya es hora de almorzar.

     Así transcurrieron varios meses. El chico cazando al vuelo los encargos velados que Nicolò le hacía y este explicando pausadamente cada una de las facetas de su labor conforme las hacía. El pequeño nunca hablaba, aunque por cómo repetía en sueños las lecciones, el maestro supo que le prestaba atención, que era espabilado y que no tenía nada de mudo. Poco a poco fue ganándose la confianza y el interés del muchacho. Una mañana decidió probar.

     -Si quieres trabajar la madera, tendrás que conocer y cuidar las herramientas. Si quieres, yo te enseño. -El chico afirmó decidido con la cabeza. -Pero tendrás que pagar un precio. Deberás hacerme cada día dos preguntas que me demuestren que mantienes el interés. Y, sobre todo, decirme tu nombre. No quiero seguir llamándote “chico” o “eh” cuando te necesite.

     -Antonio -susurró por lo bajo. -Me llamo Antonio.

     -Muy bien entonces. Antonio, te presento a la familia formón. Vamos a sacarles filo.

     Paso el tiempo y aquel niño silencioso se convirtió en un joven inquisidor. Que si ¿qué pasa si variamos el grosor de esta parte? O ¿Y si usamos un puente más alto?, Quizá si cambiamos el tipo de madera, ¿Y si la humedecemos más mientras la modelamos? ¡un barniz poroso no la dejaría respirar mejor? Más adelante Nicolò no paraba de dar explicaciones y dejaba ya a Antonio hacer sus pruebas cuando carecía de respuesta. Después, le miraba con cierto recelo y asombro, pues la curiosidad de Antonio tenía el mismo límite que su perseverancia: ninguno.

     Llego el verano y el bochorno reinante casi impedía el trabajo. La madera estaba sedienta y no se dejaba manipular, así que Nicolò y Antonio debían aprovechar las primeras y últimas horas del día. Cuando pararon por la mañana Nicolò se sentó, como siempre, a la puerta de su taller, con una enorme jarra de “Grattacheca”, un refresco a base de hielo picado con sirope y fruta fresca a trozos al que se había aficionado en sus estancias en Roma. Antonio tardó un poco en salir y, cuando lo hizo, llevaba un paquete en las manos.

     -Es para ti, maestro. Mi primer trabajo en solitario.

     Nicolò le miró con infinito amor y una pizca de condescendencia. El detalle era precioso y lo valoraba; pero como experto lutier sabía que Antonio estaba aún verde. Aquel instrumento podía, como máximo, ser “decente”, aunque ello no le restaba en absoluto mérito al trabajo y valor a las intenciones de Antonio. Además. ¡Un violín! No podía negar que el chico apuntaba alto.

     -Veamos como suena, mi joven aprendiz.

     Tomó el violín y lo examinó. Tenía mucho de lo que él le había enseñado. Pero había pequeños detalles que lo hacían… ¿Extravagante? ¿Heterodoxo? No podría definirlo y, desde luego, para sus clientes sería “¿demasiado imaginativo?” Reconoció en él, muchas de las preguntas del chico, muchas de sus ideas, las más de las cuales él había intentado limar, si no extirpar. Comenzó a afinarlo y mandó al muchacho que le trajera uno de los arcos que él solía utilizar, en parte por sentir tocar con algo familiar, en parte por ocultarle si se le escapaba algún gesto desaprobatorio. Al fin y al cabo no era la calidad del instrumento lo que contaba, si no el esfuerzo y el detalle que su alumno había demostrado.

     Comenzó a tocarlo. Primero una pieza fácil, una tonada popular cremona. Le sorprendió la sonoridad, alegre y delicada, que nacía de sus manos. Probó con una obra moderna y el resultado fue increíble. ¡Aquel violín hablaba, lloraba, reía! Parecía poder transmitir los sentimientos del intérprete y sublimarlos. Deseaba abrazar a Antonio, pero no podía dejar de tocar. Era como si el propio Dios quisiese expresarse a través de sus dedos, del arco y de la increíble resonancia de la caja de aquel violín. Hubo de acabar la pieza antes de hacerlo y, sin ver todavía a la gente congregada ante su taller, abrazó por fin a su pupilo tras depositar el violín en su funda con auténtica veneración. No hicieron falta palabras entre Nicolò y Antonio.

     Desde ese momento ambos trabajaron juntos, como iguales. Nicolò respetaba la labor de su alumno, al que consideraba ahora su igual, si no por encima. Pero algo le roía el alma. El taller de Nicolò Amati era conocido y tenía cierto renombre. Incluso algunos intérpretes famosos le encargaban instrumentos; pero los de Antonio eran rechazados. Tiene el puente muy alto, dijo uno. Ese mástil de madera tan oscura no me convence, otro. Es un tanto desproporcionado en la panza,… Así uno tras otro. Nicolò estaba desencantado. Lo había hablado con Antonio y quería que éste vendiese uno de sus violines para que pudiese independizarse. El joven no quería. Aún así, Amati no le dio opción.

     -Si podemos vender uno de tus instrumentos a la persona adecuada, te lloverán los encargos -le dijo-. Y con ese dinero y los salarios que te guardo… ¡Montarás tu propio taller y serás rico y, aún más importante, recordado por siempre!

     -Pero si yo no soy importante. Todo lo que tengo y sé te lo debo a ti. Eres tú quien debería…

     -¡Ni hablar! Yo soy un buen lutier; pero tú… ¡Oh! Lo que eres capaz de construir es arte en sí mismo. Y es tu mérito. Algo que, ¡Dios me perdone!, traté de que abandonaras. Por fortuna sus decisiones son más sabias que las mías.

     Cansado de los fracasos en las ventas, Nicolò ideó un plan. Envió billetes a varios intérpretes famosos invitándoles a una audición. Quería que le aconsejaran sobre unas innovaciones que estaba experimentando. Sólo el anciano Biagio Marini se dignó acudir. Hablaron sobre la curvatura de las cajas o la elegancia de las aberturas de resonancia. Ambos amaban la música por encima de todo y se sumergieron en la conversación, aislándose del mundo. Marini acariciaba las piezas y de cuando en cuando, arrancaba unas notas de alguno de los “prototipos” como los llamó Nicolò. De repente, Marini se quedó callado e hizo callar a Nicolò. Una suave música le envolvió. Venía de la tienda adosada al taller y no era otra que su vieja “Sonata sopra la Monica”. El anciano temblaba, claramente emocionado.

     Antonio sonrió ante los recuerdos. Sacudió su cabeza y dio vuelta a la llave. Enfiló la avenida que le llevaría a casa. A su espalda, sobre la puerta del taller, un rótulo rezaba:

Antonio Stradivari

Lutier

Discípulo de Nicolò Amati

 

     Se lo debía. Sin duda, se lo debía.

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