Secreto de familia

     Desde muy pequeño siempre he tenido mucho miedo a hablar o actuar en público. Aunque me supiera las canciones o el papel que me hubiese tocado, los nervios me han jugado más de una mala pasada. ¡Como cuando olvidé el diálogo en mitad de una escena de la obra de Navidad y me quedé mudo, sin saber dónde estaba! ¡O qué hacer ni decir! Lo que provocó la carcajada general entre los asistentes: padres, madres y abuelos, tanto de mis compañeros de clase como míos. Me puse muy colorado y salí corriendo del escenario, lo que enfadó mucho a mi profesora y a los demás actores y actrices… La verdad, cuando lo recuerdo, todavía noto calientes las orejas.

     Pero desde ese día también tengo un gran recuerdo. Al salir me escondí de todos por miedo a las críticas y las risas. Fue mi abuelo quien me encontró, sentado en un banco del parque que había junto a casa, llorando. Pasó su brazo por mis hombros y me ofreció un pañuelo de tela que siempre llevaba en el bolsillo. Esperó, paciente, hasta que me hube sonado los mocos varias veces y ya no me quedaban muchas lágrimas. Me miró con esa mirada tierna que solo saben poner los abuelos y suspiró.

     -Bueno, ¿Y ahora que vas a hacer?

     -No lo sé yayo… Lo he estropeado todo y, cuando vuelva a clase, sé que voy a tener problemas.

     -Sí, es cierto. Lo has estropeado. De eso no cabe ninguna duda. Pero con lamentarte no vas a arreglar absolutamente nada. Tienes que ser un muchacho valiente, reconocer lo que ha pasado y, si la tiene, buscar una solución.

     -No creo que pueda arreglarlo -contesté consciente de que la tierra no iba a tragárseme, que era lo único que se me ocurría para librarme de la vergüenza.

     -¡A lo hecho, pecho! -Siempre le habían gustado los refranes y los dichos-. Pero lo que sí tiene solución es lo de que te quedes bloqueado cuando estás delante de gente. A mí también me pasaba. Afortunadamente, en mis tiempos, no se hacían estos festivales de Navidad ni cosas por el estilo. Una vez iba a visitar el pueblo un señor muy importante, un obispo o algo así. No me acuerdo bien. Tenía mucho miedo porque me habían elegido para recitar un poema en la plaza del ayuntamiento y no era capaz de memorizarlo. Mi abuela me dijo que para aprenderlos, podía pedir ayuda a los espíritus del agua. Que si lo recitaba muchas veces mirando la superficie de un lago, un estanque o algo parecido, me ayudarían a aprenderlo. Y luego, cuando estuviese delante de la gente, solo tendría que pensar que estaba agachado mirando al agua y me saldría de corrido.

     Han pasado años desde entonces y, la verdad, debo confesar que recurrí al truco de mi tatarabuela muchas veces. ¡Y funciona! Desde entones, cuando tenía que exponer algo en clase o representar una obra, pensaba en el estanque que hay junto a mi casa -donde la había ensayado para mí mismo- y enseguida estaba tranquilo y podía continuar sin tartamudeos ni olvidos. Pero lo mejor de todo me ha ocurrido hace muy poco. Estaba en el parque que os digo repasando una exposición sobre los romanos que tenía que explicar ante mis compañeros. Iba ya por el nacimiento del imperio cuando una señora, con un niño como de cuatro años, se sentó en un banco cercano a charrar con su vecina, mientras tomaba el sol y miraba de reojo como jugaba el pequeño. Bajé la voz para no parecer un loco y seguí a lo mío. Cuando me encontraba narrando la muerte de Augusto, el primer emperador, me di cuenta de que el niño estaba a mi lado mirándome con cara curiosa.

     -Hola -le saludé con ese tono que ponemos todos cuando hablamos con los niños-. ¿Cómo te llamas? Yo me llamo Pedro.

     -Me llamo Adbelto -Alberto, traduje mentalmente-. ¿Qué haces?

     -Me estoy entrenando para hablar delante de mis compañeros.

     -¿Y qué les vas a contar?

     -El nacimiento del Imperio Romano -reí-. Es un poco aburrido; pero es lo que me ha dicho el profesor que tengo que hacer.

     -¿Y no te lo zabes porque es muy largo?

     -No, no. Sí que me lo sé

     -Entonces, ¿porqué estas contándoselo al agua?

     -Es por algo que me enseñó mi abuelo. Y a él su abuela. Verás -siempre he creído que a los niños no hay que tratarlos como tontos, sino como niños-. Desde que era como tú me ha dado miedo hablar delante de la gente.

     -A mi no me lo da.

     -Ya lo veo, ya. Pero a mí sí. Y mi abuelo me dijo que si lo repasaba cerca de un estanque o de un lago, los espíritus del agua me ayudarían a recordar y luego a estar tranquilo cuando tuviera que decirlo.

     -Ah, -El niño se quedó callado mirando al agua durante un rato de esos que si miras el reloj no son más de treinta o cuarenta segundos; pero que a ti te parecen años-. Pues yo en el agua no te veo más que a ti. Adiós -dijo. Y salió corriendo ante la llamada de su madre-.

     Me quedé perplejo pensando en lo que había dicho Adbelto. ¡Joroba con el peque! No le di más importancia y seguí a lo mío.

     Ese domingo fuimos a casa de los abuelos. Antes de comer, salí a dar un paseo con él.

     -¿Qué, cómo le va al orador? Tu madre me ha dicho que tienes al profesor de sociales bien contento con no sé qué de una exposición sobre el Imperio Romano.

     -Sí, me salió estupenda… Gracias a ti.

     -Y a la abuela María, que me enseñó el truco -rió.

     -De eso quería hablarte. Dos días antes me encontré con un niño en el parque mientras ensayaba la disertación y mira lo que me pasó.

     Cuando termine de contárselo mi abuelo no paraba de reírse.

     -¡Santa madre de Dios! ¡Santa madre de Dios! -repetía-. ¡Caramba con el pequeñajo ese! ¿No lo entiendes, Pedro? ¿No lo ves?

     -¿Ver? ¿Qué tengo que ver? -pregunté intrigado.

     -Ese niño ha descubierto el truco antes que tú. ¡Y dices que solo tenía cuatro años!

     -Sí, más o menos.

     -¿Tú no te habrás creído eso de los espíritus del agua, verdad?

     -La verdad es que… ¡Nooooo! -mentí.

     -Juas juas, juas. ¡Vuelves a tener las orejas como tomates! ¿No lo has visto aún? ¿No te has dado cuenta? Vaya, pensé que eras más espabilado. Cuando repasas el texto delante del estanque…

     -No se trata de que el estanque me ayude… -grité asombrado y a medias orgulloso de haber caído por fin- ¡No se trata de magia!

     -No, muchachito. Se trata de que lo trabajes en un entorno tranquilo al que puedas volver mentalmente cuando estés ante tu público.

     -Y que aprenda a hablar ante ellos como si hablara solo para mí.

     -Sí, eso es. Cuando eres capaz de convencerte a ti mismo… Los demás ya no te dan miedo…

     Años después, aún siento el calor de ese abrazo y la risa en los ojos alegres de mi abuelo.

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