Amor en piedra

     Aún era temprano. Quedaban varias horas de sol en mi ruta hacia Tarazona, donde al día siguiente me esperaban asuntos importantes. Pero ni el fino aguacero que había calado mi capote, ni el cortante viento del noroeste invitaban a seguir la ruta. Aún me quedaba bastante hasta la cita que tenía concertada y, la verdad, no resultaba nada agradable viajar.  Sabía que me acercaba a Litago y, si el Altísimo así me amparaba, encontraría alguna posada donde cobijarme. Unas revueltas después, mis oraciones parecieron ser escuchadas. Entre la cortina de agua descubrí un brillo al final de un corto sendero que se abría a la derecha del camino.

     No eran, como supuse en un principio, las luces de las primeras casas de Litago; pero, al menos, sí se trataba de una casa de postas. Allí podría disponer de cena y cama caliente. Dejé sujeta a Inquieta, mi yegua, a una de las aldabas sujetas a la pared, al resguardo de un amplio alero, y entré en la sala. Apenas cuatro mesas desvencijadas con sillas de anea, desplegadas de modo arbitrario cerca del fuego, y un tablero que hacía las veces de barra delante de unos añejos y prometedores toneles. La atmósfera era pesada, tanto por el humo de la chimenea -cuyo tiro necesitaba una evidente limpieza- como por la falta de ventilación que acumulaba el humo de los cigarros y el olor a humanidad y campo.

     Tras disponer el cuidado de Inquieta, encargué habitación y una cena caliente. Tomé asiento de espaldas a la lumbre, dejando que el calor secase mi capote y aproveché para observar a los parroquianos. Eran gentes nobles, de caras y manos grandes, de los que saben qué significa el sudor. Apenas hablaban entre ellos y parecían comunicarse con gestos y miradas, mientras apuraban unos jarros de áspero vino tinto. Después de cenar, desplegué mis útiles de escribir dispuesto a adelantar mis notas para las gestiones del día siguiente. Estaba nervioso, pues Tarazona iba a ser mi primer destino tras obtener plaza de notaría. Absorto en mis papeles, apenas vislumbré a un anciano acercarse a mi mesa, vaso y jarro en mano, con la cara roja y la telaraña de venillas bien marcada en sus mejillas. Sus ojos, no obstante, desmentían la primera sensación acerca de su estado.

     -A las buenas, viajero -saludó sentándose frente a mí sin esperar permiso. ¿Aceptaréis beber con este anciano? Sois escribiente, según parece. ¿A dónde os dirigís en una noche destemplada como esta?

     Me sirvió un trago generoso mientras le invitaba innecesariamente a ocupar una silla con un gesto y comenzamos a hablar. En realidad me escuché a mí mismo narrarle mi peripecia mientras él escuchaba atento y se ocupaba de que no faltase el vino. Él asentía con esa sonrisa ambigua que dan los años y un vivo interés en su despierta mirada. Me dejó hablar sin interrumpirme más que para pedir alguna explicación y, cuando acabé, me ofreció una extraña historia.

     Según me dijo, en el pueblo de Vera de Moncayo vivió hace años un extraño personaje. Se trababa de un foráneo que llegó al pueblo sin razón aparente y que se instaló en una vieja casona. Todo el mundo se preguntaba quién era y qué hacía en la aldea, pues no se le relacionaba con ninguna de las familias del lugar. Poco duró la incertidumbre y, como parecía gozar de cierta fortuna, a nadie le importó demasiado sus orígenes. Era escultor, según dijo, y así lo demostraba su quehacer. Pronto se ganó las simpatías de los vecinos, cuando vieron asombrados su maestría en el trabajo de la piedra. El párroco le encargó una imagen de San Isidro, patrón del pueblo y todos quedaron encantados del realismo y la expresión del santo. Con el tiempo, su fama aumentó y llovieron los encargos de municipios vecinos.

     Sólo él no parecía feliz, como si algo en su pasado le negase la posibilidad de disfrutar su desahogada posición. Estaba absorto en su trabajo y, pese a las continuas y bien merecidas alabanzas, nunca se sentía satisfecho. Aunque sus patronos se deshacían en halagos, él siempre descubría algún minúsculo defecto, una pequeñísima imperfección en la obra. A pesar de que el anhelo de alcanzar la perfección fue siempre motivo de discusiones con el abad del monasterio que el Cister regentaba en el pueblo, la amistad surgió entre ellos. Paseaban y hablaban durante horas, como sí el padre fuese el bálsamo que el alma del escultor necesitaba para serenarse y seguir viviendo sin caer en la locura.

     Fueron años prósperos, en lo material y lo espiritual. Tanto que los monjes consiguieron reunir los dineros que precisaban para cumplir su más preciado sueño. Por fin podían encargar la imagen de Santa María, advocación de su casa monástica, que había de presidir los jardines del claustro. Así se decidió en capítulo y, de inmediato, el abad pensó en su amigo como el artífice adecuado. Ninguno de los dos se lo pensó dos veces y se puso en marcha el encargo. El artista viajó a varias canteras en busca del bloque pétreo adecuado, al tiempo que iba dibujando los bocetos que presentaría al abad. Estaba entusiasmado, vital, como nunca se le había visto. Regresó al pueblo y, carpeta en mano, corrió a mostrar sus ideas al abad. Éste se sintió asombrado por lo que las manos de su convecino eran capaces de crear. Tanto que “sólo un ángel del Señor sería capaz de superar tamaña belleza”. Cuando llegó la piedra, celebraron un oficio y la consagraron al que sería su destino: la sagrada imagen de la madre de Dios.

     Trabajó sin descanso. Con el paso de los días su obra iba tomando forma. Pese a la insistencia de monjes y vecinos no permitió que nadie la viese antes de que estuviese finalizada. Pasaron los meses y la impaciencia crecía con la misma intensidad que el artista parecía consumirse, cada vez más delgado y ojeroso, huraño y solitario. Comenzó el verano y ya estaba próxima la fecha de la entrega, pues se consagraría la estatua el día de la Ascensión de Nuestra Señora, fiesta grande del pueblo. Entre gritos, aseguró que la obra estaría a tiempo y que debían dejarle trabajar. El abad, aunque preocupado por su amigo, confió en él. Convocó a las autoridades eclesiásticas y civiles para la citada fecha y rezó porque nada empañase la gloria de aquel día, pues deseaba que la imagen ayudase a los fieles a afirmar su fe. Todo estuvo dispuesto. Sólo faltaba la escultura.

      El quince de agosto el escultor se dirigió con su carro al monasterio. Llevaba una imagen de tamaño natural cubierta por telas y un mecanismo de poleas. No permitió que nadie le ayudase a colocarla sobre el pedestal al efecto, tarea que le llevó toda la mañana y que realizó en solitario, asistido por sus dos mulas. Todo el pueblo estaba en misa, que oficiaba nada menos que el propio obispo de la cercana Tarazona. Al finalizar ésta se congregaron en el claustro, que presidía la cubierta estatua. La expectación era mayúscula, pues conocidos los trabajos previos del artista y habiendo visto su frenética dedicación, se presumía algo espectacular. La verdad no defraudó.

     La figura era de una hermosura exquisita. Una mujer joven, bella pero recatada, con un rostro que embelesaba y, sin embargo, no despertaba pasiones. Cada uno de los presentes retornó a un momento feliz de su infancia, cuando recibían los arrullos y caricias de sus respectivas madres. Fueron incapaces de articular palabra y muchos hombres bajaron la mirada mientras las mujeres lloraban y abrazaban a sus pequeños, por una vez silenciosos. La emoción llenaba la atmósfera. Un grito sonó rompiendo la magia del instante. Con las manos crispadas en torno a su pecho, el escultor cayó al suelo. El abad corrió en su auxilio y, mientras le abrazaba, escuchó el último aliento del moribundo: “muero en paz, mi obra por fin está acabada”.

     Todo el pueblo veló el cadáver de su vecino. Las alabanzas se sucedían y los llantos de algunas ancianas acompañaron toda la noche las oraciones de los apesadumbrados monjes. El funeral se celebró en la iglesia del convento, repleta de convecinos, desde la que partió el cortejo fúnebre hacia el pequeño cementerio en un alto próximo a la población. La silenciosa procesión se reunió ante la recién excavada tumba y tras rezar un padrenuestro y un avemaría se dispusieron a colocar el cadáver en la fosa. No pudieron. Cuando intentaban introducir el ataúd, éste quedaba flotando sobre el hoyo y se negaba a descender. Asombrados, mientras los monjes se santiguaban y elevaban preces al Altísimo, los hombres trataron de llevar a cabo el enterramiento. No fue posible. El miedo pobló los corazones y, cuando la tarde ya avanzaba sin obtener logro alguno, trasladaron incrédulos el cadáver a la iglesia. No sabían qué hacer.

     Los monjes pasaron horas rezando y discutiendo en el refectorio. Aquello era imposible, pero debían hacer algo, pues estaba en juego la fe de su rebaño y el acto de dar cristiana sepultura a uno de sus feligreses. El propio obispo y el párroco estaban con ellos y a nadie se le ocurría qué podía estar pasando o cómo resolver el inquietante enigma. Se trataba de un milagro o algo en el pasado del escultor impedía descansar en suelo sagrado. No se ponían de acuerdo y nadie aportaba nada. Cansado de tanta discusión estéril, el abad se retiró de la sala. Salió al claustro y paseó por sus porches, rezando en voz baja en busca de una respuesta que, estaba seguro, escapaba a las capacidades de los hombres. Anduvo ensimismado, repitiendo de modo mecánico sus súplicas, ajeno al mundo que le rodeaba. Oró a Dios con fervor sin encontrar respuestas. Cansado, tomó asiento en uno de los poyetes que flanqueaban las esquinas. Entonces creyó escuchar una voz dulce pero llena de pena que le preguntaba: “¿Porqué alejáis de su madre al hijo que tanto amor le ha demostrado?”

     Años después, cuando los monjes abandonaron el monasterio, éste fue adquirido por una empresa que pretendía adecuarlo para un negocio de hostelería. Contrataron varios arquitectos y a una famosa paisajista que redecorase los jardines. Ella estaba encantada con el hermoso rosal que crecía en el centro del claustro -ahora los jardines del hotel-, pero le horrorizaba la estatua, pues no pegaba nada con la decoración moderna que quería para el entorno. Tenía previsto cambiarla por una obra abstracta de un conocido artista al que encargó una “Puesta de sol sobre el Moncayo”. Grúas y operarios rompieron la paz del edificio. Las cadenas rodearon la imagen y tiraron con fuerza, levantándola del suelo. En ese mismo instante, todas las flores blancas se marchitaron.

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