Perspectivas

     Echaba de menos un libro. Pero había terminado por desterrar la costumbre de leer en el instituto. Lo sentía como una traición a sí mismo; pero era mejor para su sociabilidad… y para la supervivencia de su biblioteca. El destino de los tres últimos ejemplares hechos prisioneros, a los que las hordas bárbaras condenaron a muerte por ahogamiento en cisterna de retrete, le convenció de que el número de bajas había sido ya suficiente. La alternativa era repasar los dos folios que no había enterrado con el resto de los apuntes en la mochila, aunque se los sabía de memoria. Hoy tenía examen de Física y, la verdad, los tres temas que entraban no le habían despertado el más mínimo interés. Tampoco le habían supuesto un reto intelectual.

     El sol se desperezaba esa mañana más despacio de lo habitual. O así se lo parecía a un somnoliento Lucas, al que tampoco ayudaba el aburrido programa que su padre había sintonizado y que alternaba cotilleos con, por llamarlas de algún modo, noticias de ámbito local. El locutor berrea un acertijo y ofrece una consumición gratis en una conocida franquicia para el primero que llame y adivine qué mes tiene veintiocho días.

     -Y darán por buena febrero, fijo -suspiró Lucas-. Y estará mal.

     -Pero qué dices. Febrero es el que tiene veintiocho días… Vale, sí, si no es bisiesto.

     -No, papá. Si es bisiesto, también tiene veintiocho días. Igual que los otros once. Todos los meses tienen veintiocho días. La respuesta debería ser todos o, si quería preguntar por la especificidad de febrero, haber dicho sólo veintiocho días.

     -Pero todos entendemos lo que quiere decir ¿De dónde sacas esas cosas? ¿No irás de ese palo en el “insti”, verdad? Ya sabes que tu tutora está muy preocupada…

     -De la tele, papá -bufa impotente Lucas-. Eso es de “Scorpion”. No creo que la hayas visto -piensa en alto. Sus padres son más de comedias nacionales de chiste fácil-. Va de un grupo de…

     -¡No sé qué ponen ahora por televisión! -le interrumpe-. Cuando yo era pequeño, no nos dejaban ver más que dibujos.

     -Pues no creo que los de ahora contribuyan especialmente a nuestra educación. Deberías ver las series que ponen por las tardes -murmura por lo bajo mientras esconde el rostro tras los folios para acabar con la charla. Ya la conoce. Enseguida llegan a las cercanías del instituto y Lucas se prepara para bajar del auto-. Aquí va bien, papá. Que tengas un buen día.

       -¡Ánimo! ¡Verás como hoy todo va mejor! Y suerte en tu examen.

     -¡Ojalá! -Lucas no está nada convencido ni de que los deseos hagan que las cosas mejoren per se o de que la suerte tenga algo que ver con las notas; pero ya ha aprendido que es mejor no discutir. Y el concepto “por educación” va desvelándole poco a poco sus arcanos y subjetivos misterios-. Un beso, papá.

     Sara mira desde la puerta cómo llegan los muchachos. Pitillos que se esconden, elaborados “encuentros casuales”, pugnas de poder, flirteos. La misma danza que tantas veces en tantos lugares han visto sus ojos. Diez años en la enseñanza, de pueblo en pueblo, en una espiral con la ciudad como centro y que ahora desanda, han apaciguado su juvenil entusiasmo. Las ideas y los métodos innovadores han ido perdiendo batallas ante ministerios cortoplacistas, claustros conservadores, padres inexistentes –muchas veces lo mejor, suspira para sus adentros- y alumnados carentes del más mínimo interés. Todavía propone, cada previa de comienzo de curso, proyectos que intentan cambiar cosas; pero cada año con menos ganas. Siente que aún no ha perdido la guerra; pero el desgaste, derrota tras derrota, le resulta insoportable. A lo lejos, un Audi de un azul infrecuente le indica que, en nada, Lucas doblará la esquina. Aunque no lo ha racionalizado, siente que el joven es uno de sus últimos cartuchos. En el fondo, ha decidido lanzar una ofensiva desesperada para alcanzar alguno de los objetivos por los que eligió el magisterio o resignarse, por fin, a un largo, aburrido e insoportable tránsito hacia la jubilación. O sea, claudicar también en esto.

     -Buenos días, Lucas. ¿Todo en orden?

     -Como siempre, Sara. Buenos días  a ti también.

     -¿Sigue en pié lo que hablamos?

     -¡Por supuesto! Nos vemos en el segundo recreo. ¿De acuerdo?

     -Muy bien -asiente Sara mientras le pasa un abultado sobre -. Aquí tienes entonces. ¿Podrás hacerlo? Hoy tienes examen de… -mi sonrisa de ¡Qué me estás contando! la convence- Sí, claro. ¿En qué estaría yo pensando? Búscame cuando acabes.

     La primera hora fascina de nuevo a Lucas. Es una de las pocas asignaturas a las que presta atención y , curiosamente, de las que menos entiende. Quizás por eso… y porque aún no ha dado por perdida la posibilidad de comprenderla Nada encaja, nada es lo que se afirma y, desde luego, ni se le puede aplicar una lógica, ni las cosas siguen pautas razonables. Sin embargo, ha comprobado que, reinterpretada de acuerdo con los criterios que desvela el profesor, quizás sea la que mejor le explique al ser humano y su forma de actuar. A través de la literatura descubre pasiones, instintos o deseos; el heroísmo y la traición; la nobleza y la bajeza de la especie a la que pertenece. El problema reside en que muchas veces es incapaz de desentrañar el mensaje. En narrativa porque los personajes ni optimizan sus posibilidades ni actúan de manera coherente. En poesía… bueno… es otro idioma, ¿no? Luego matemáticas le aburre sobremanera. No porque no le guste, que le encanta, sino porque hace años que dejó atrás por sus propios medios lo que están viendo. Lo que a sus compañeros les lleva tiempo y folios de operaciones resolver, él lo hace de memoria y en apenas unos minutos. No hay estímulo; pero sólo por falta de nivel.

     Durante el recreo se esconde en un rincón apartado del patio y saca del sobre que le ha pasado Sara una veintena de folios, la mitad blancos y la otra mitad grises. Lucas, boli en mano, estudia los primeros y realiza varias anotaciones en los márgenes. Los segundos los lee con intensidad. Nadie le molesta, ni siquiera le perciben. Es como las señales que te cruzas en el recorrido diario: las percibes; pero inmediatamente dejas de tener conciencia de ellas. Así es Lucas papel en mano en el patio: algo de lo que sólo se es consciente si necesitas alguien con quien meterte. Y su nueva actitud de silenciosa resignación ha aburrido por fin a los gallitos más pesados del instituto.

     Toca examen, por lo que han incluido la hora de Inglés para darles tiempo. Tras entregar el ejercicio, que ha resuelto en apenas treinta minutos, Lucas consigue hora y media de tranquilidad. Se dirige a la sala de profesores y pregunta por Sara. Mientras espera que salga, se siente incómodo. Conoce bien esa mirada, la ha sentido demasiadas veces. Normalmente antes de ser ridiculizado, empujado o agredido. Pero nunca antes por parte de un adulto. ¿Qué es eso? ¿Admiración, extrañeza, envidia? Sara aparece y su sonrisa elimina la picazón que siente en la nuca. Ambos salen charlando al patio y se sientan en los escalones de acceso a la puerta principal. Lucas rescata el sobre y al poco suenan las risas.

     Lucas espera en unas sillas que hay junto a la puerta de Jefatura de Estudios. A su lado su padre y su madre, con caras muy serias, tratan de averiguar qué ocurre. Ya les ha dicho que es inútil, que carecen de datos. Casi tantas veces como que ni ha hecho nada ni se ha quejado de nada. Con todo, entiende que estén extrañados. Al fin y al cabo es la primera vez que les llaman sin que el problema tenga que ver con algo que le haya ocurrido al “rarito” de su hijo. Incluso él parece estar ¿nervioso? Tras veinte minutos de espera, les invitan a pasar. Ya dentro, se topan con una mesa demasiado grande para la sala. A un lado, en cabecera, el equipo de dirección. Al otro, sola, Sara.

     -Ya nos conocen a todos de ocasiones anteriores -comienza el director-, así que si les parece iremos al grano. Varios componentes del claustro han acusado a la profesora Rodríguez de conducta inapropiada con su hijo Lucas. Ella niega semejante extremo pero no aporta nada que lo rebata. -Mira hacia Sara invitándola a hablar.

     -A ellos corresponde probar semejantes afirmaciones, no a mí mi inocencia.

     -Estás en tu derecho, Sara, por supuesto. Pero si nos explicaras qué hacéis todo ese tiempo que pasáis juntos…

     -¿Cómo? ¿Qué quiere decir con eso de que pasan tiempo juntos? -es la madre de Lucas la que grita.

     -Tranquila, señora Andrade. Algunos profesores piensan que ella se aprovecha de la excepcional capacidad intelectual de su hijo superdotado para obtener beneficios económicos. Les han visto intercambiando sobres, hablando en el patio o en cafetería. Nada más allá. Y antes de iniciar una investigación oficial, con consecuencias graves…

     La carcajada de Lucas atrae las miradas de todos los presentes. Se ríe con tantas ganas que le saltan las lágrimas. Cada vez que mira a las caras de los adultos no puede evitarlo y comienzan de nuevo las estridentes carcajadas. Saca de la mochila el último sobre que han compartido y lo pone sobre la mesa. Varios profesores toman las hojas y sus expresiones cambian conforme revisan su contenido.

     -Sólo le pedí a Sara que me ayudase a entender lo que es el sentido del humor. Ella me pasa unas listas calificadas de chistes. Sobre esa base, yo me invento nuevos y ella los clasifica según cuán graciosos le han parecido. Me cuesta mucho entender el mundo y Sara sólo trata de ayudarme a traducirlo. ¡Menos mal que no han pillado cuando quise escribir poesía! Por cierto, Sara. A la vista de sus caras ¿Esto ha sido muy gracioso, verdad?

     -Antes no, Lucas; pero ahora ya sí. Ahora ya es gracioso.

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