En la memoria

     Ese día era importante. Recogí la ropa y empecé a ponerme la corbata: puntas hacia delante, pasas el extremo estrecho por debajo y luego… Entonces apareció ella por detrás de mí. No había notado que hubiera entrado en la habitación. Me abrazó y me dijo:

     -El más grueso por delante, luego le daremos una vuelta alrededor del nudo, pasas hacia arriba y lo metes por la parte abierta. -Entonces se movió para quedar frente a mí, con una luminosa mirada.

     Esa era Isabel. Morena, de pelo largo y ojos oscuros enormes. Siempre me ayudaba, no sólo con mis problemas; sino que cada vez que la veía sonreír, sonreía yo también. De verla feliz, supongo. Mientras pensaba en esto me dijo:

     -Venga, que si no de pronto haremos tarde y hoy es tu gran día

     Me acabé de vestir mientras se arreglaba en el baño y, cuando acabé, recordé cómo nos habíamos conocido. Fue en una fiesta de cumpleaños. Ella era la amiga de la cumpleañera y yo uno de los invitados. En cuanto nos vimos, conectamos. Tres semanas después éramos pareja. Salió del baño.

     -¿Estás listo?

  -Si tú estás a mi lado, siempre -respondí.

     Me sonrió de nuevo y me dio la mano. Se había pedido fiesta en el trabajo para la ocasión. Era maquilladora. Yo artista, y esa noche inaugurábamos mi primera exposición. Antes teníamos un pase privado para profesionales que acabaría en comida. Allí iba a haber críticos de arte, que luego publicarían sus opiniones a cerca de mi trabajo en algún que otro periódico, además de posibles compradores. Sí, era un día importante. Podría lanzar mi carrera o hundirla en la miseria y, además, esperaba, por lo menos, vender algún cuadro. Pero no lo era sólo por eso: hoy pensaba pedirle matrimonio. Tras la inauguración la llevaría a cenar en un restaurante, donde había reservado un saloncito para nosotros dos y se lo pediría. Ya sabía la respuesta -bueno, estaba casi seguro-, pero no podía evitar estar más nervioso por eso que por la exposición.

     Paseamos cogidos por las cinturas hasta el cercanías. Pese a vivir en las afueras de Madrid, ninguno de los dos teníamos carné, así que lo usábamos mucho. Justo antes de entrar en la estación me di cuenta de que había olvidado el anillo. “Todo a la porra por culpa de los nervios”, pensé.

     -Isabel, cariño. Me he dejado las notas para el discurso. ¿Por qué no vas tú en el metro, lo recojo y voy en taxi? –Una pequeña mentira improvisada no hace mal a nadie-. Si me retraso tú puedes echarme un capote, como siempre, mi vida -le dije con mi sonrisa más zalamera.

     -De acuerdo, pero no llegues tarde, que con el trabajo que nos ha costado… -me reprochó tras meditar unos segundos.

     Le dije que por supuesto que no, que llegaría a tiempo, y, tras un beso rápido, regresé a casa. A toda prisa llamé a un taxi y, mientras lo esperaba, encontré el pequeño estuche en el que se centraban casi todas mis ilusiones, me aseguré de que el anillo iba dentro y bajé a la calle. Tras indicarle la dirección al conductor, traté de relajarme escuchando la música que sonaba suave en el equipo del coche. El tráfico me resultaba insoportable. De pronto las sirenas se impusieron al ruido de la ciudad y la melodía enmudeció, dando paso a un emocionado locutor.

     Interrumpimos la emisión para informar de…

     -Es impresionante, ¿verdad?

     Como tú, pensé mirándola. Estaba deslumbrante con un traje de corte masculino que hacía resaltar aún más su feminidad. Dejaba claro, desde el primer vistazo, que era una chica segura de sí misma, de las que nada se les pone por delante. Y el leve y cuidadoso maquillaje que lucía la hacía parecer casual, como si no se hubiese arreglado para la ocasión.

     -Sí, desde luego. Conmueve.  Pero resulta un poco caótico. Las piezas de la primera sala rezuman alegría de vivir: las líneas suaves, los tonos intensos, los ricos matices y sin apenas contrastes. Luego cambian de manera radical. Se tornan más profundas, íntimas. Renuncian al color y se restringen a la gama de los grises en las telas o la sanguina para los papeles. Pero, aún así, resulta mucho más expresivo. Casi desgarrador. No sé. Me tiene un tanto desconcertada.

     -¿Eres artista tú también? -me atreví a preguntar.

     -Casi… aunque mis lienzos están vivos -rió ante mi cara de sorpresa-. Maquilladora -se explicó.

     -Ah… Bueno. No es una profesión muy reconocida -balbuceé.

     -En mi caso no. Mi nombre sólo sale, pequeñito, al final de los créditos. Y, en la tele, ni aún eso. Pero todo se andará.

     El mohín de su boca me sedujo y, seguida por mi boba mirada, se alejó para admirar otro cuadro. ¡Dios! ¡Cómo se movía! Y ese aroma… Su perfume aún flotaba en torno a mí y resultaba embriagante. La seguí con cierta distancia mientras pasaba de una pintura a otra, esquivando con gracia, tras una breve conversación, a los que se acercaban a saludarla. ¡Estaba tan hermosa!  Nuestro juego, pues era evidente que ella se había percatado de mi interés, se prolongó bastante. Miradas que iban y venían tratando de evitarse y consiguiéndolo sólo tras unos segundos de dulce fracaso.  En uno de los dibujos se detuvo más tiempo y ya había decidido, únicamente por eso, comprarlo, cuando ella giró la cabeza y sonrió. Me miró, serena y con ojos ilusionados y me dijo sólo moviendo los labios: tuyo.

     El encanto se rompió cuando el dueño de la galería reclamó la atención del público. Las conversaciones se fueron acallando y, tras varias toses, tomó la palabra. La perdí en la pequeña aglomeración frente al hombre del micrófono.

     -Buenas noches a todos y gracias por venir esta noche. Hoy hace diez años que un joven pintor se presentaba en sociedad. Todo apuntaba perfecto y los críticos a los que había sondeado hablaban de un artista emergente, de un joven que despegaría pronto y llegaría lejos. No hubo oportunidad. Los acontecimientos de ese día, que ninguno podremos olvidar, hicieron suspender la inauguración. Cuando llegué por la noche para dar vuelta y ver que todo estaba en orden, le encontré ante la puerta, sentado en el suelo, mirando fijamente algo que llevaba en la mano. Tuve que llamar a los servicios sanitarios y desde entonces permaneció recluido en un psiquiátrico, según los médicos, reviviendo una y otra vez el mismo día.

     »Desde entonces no había dejado de pintar aunque, como ya sin duda habrán comprobado, de un modo bien diferente. Y, desde luego, desapareció de la escena artística local. Desde la dirección de la galería hemos querido recordarle como homenaje a todas las vidas que se truncaron, de uno u otro modo, aquella aciaga jornada. Porque Enrique de Luisan, aunque se suicidó hoy hace también cinco años, dejo de vivir el mismo día que perdió a su amada Isabel.

     »No es habitual en estos casos sacar a la venta la obra; pero, ante la ausencia de herederos, quienes aún manteníamos relación con él hemos decidido que era importante mostrarlas al público. Y hemos querido, además, que tanto sufrimiento no fuese vano. Así, los beneficios están destinados ayudar a las víctimas.

     El clima de la sala se había enfriado y tardó en volver a una cierta normalidad. Aproveché para acercarme al dibujo, que aún no había visto pero que sabía iba a ser mío. Era un retrato al carboncillo. Una mujer joven, de boca grande y labios gruesos, con un largo cabello ondulado que enmarcaba su rostro ancho, de pómulos altos y marcados, y frente alta. “Recuerdo tu rostro, Amor”, se titulaba. De inmediato supe que era ella. La prometida del artista y la joven que me había subyugado. Media hora más tarde era plenamente feliz. Un punto rojo lucía junto a la cartela y una preciosa mujer me sonreía con aire soñador desde la calle. Al percatarse de que la observaba rió y echó a correr. No la he vuelto a ver; pero vive en mi memoria.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s