El recreo

       Hacía frío. Mucho. Era uno de esos días de invierno en los que el sol no consigue romper el espeso manto de nubes y la luz se torna grisácea, apagada. De esos en que la gente apenas habla y está malhumorada sin motivo, de los que apenas puedes distinguir a nadie entre guantes, bufanda, gorros y orejeras hasta que se quitan, ya en el interior, los pesados abrigos o los plumas. Entonces ves las caras y la realidad te engaña, porque ese rubor de las mejillas no refleja alegría o esfuerzo, sino frío.

       El patio se dividía en dos. Los incombustibles devotos del balón, a los que les empezaban a sobrar prendas tras las primeras carreras, bulliciosos y alborotadores ocupaban el centro, bien delimitado en una dirección por las dos porterías y muy difuso -lo que provocaba más de una disputa- en lo que a las bandas se refiere. El perímetro, por el contrario, aparecía salpicado de pequeños grupitos. Los menos hablaban entre ruidosas bromas o veladas confidencias y mal disimuladas miradas y risitas. Los más estaban constituidos por seres que solo compartían el refugio de una esquina o un pilar. Entre estos imperaban los mitones mientras los dedos volaban por las pantallas táctiles de los teléfonos móviles. Sus rostros cambiaban al son de una conversación muda. Y no me extrañaría que algunos de ellos estuviesen manteniendo un diálogo para el que era imprescindible el aislamiento, a pesar de que solo unos metros le separaban.

       Alcancé mi rincón favorito y me puse, como muchos días a observar. Llevaba mi libro bajo el brazo; pero hoy no quería leer. Y eso que tenía a Kvothe en un momento bien dramático, mientras perseguía el nombre del viento. El título me hizo soñar y me reí para mis adentros al darme cuenta de que, inconscientemente, trataba de discernir las líneas que las corrientes trazaban invisibles. Estás pirado -pensé. Eso solo ocurre en los libros. Entonces me di cuenta. Mis ojos, siguiendo el sinuoso devenir que imaginaba, se habían detenido en ella. Y ella levantó la cabeza clavándome a su vez una mirada inquisitiva. Parecía decirme Y tú, ¿qué miras? ¿Quién te crees que eres para mirarme con ese descaro? El reto se mantuvo. Ella poderosa, a medias insinuante a medias retadora. Yo cuidadoso, medido, tratando de no asustarla y poder así mantener el frágil contacto. Quería detener, incluso, el movimiento de mi corazón para que aquel efímero lazo se fortaleciera.

       Al rato ella se cansó y, altiva, miró hacia las ventanas del edificio que quedaba a mi derecha, mostrándome un cuello desmesuradamente largo. Abrió un poco sus labios, como en una sonrisa que se me antojó pícara y, en un grácil gesto, arqueó su espalda en un ángulo imposible, primero convexo y luego cóncavo. Se sentó, miró un segundo más en mi dirección y como si se teletransportase, estaba ya en el suelo, al pie del muro corriendo hacia los arbustos.

       -¿Es bonita, verdad?

       La voz sonó a mi lado y me sobresaltó, absorto como estaba en la contemplación de la gatita blanca que visitaba el patio en busca de restos. Era una chica a la que no conocía. Me sonaba de haberla visto en los tumultos de entrada y salida, pero no conseguí situarla.

       -Sí -acerté a contestar-. Llevo muchos recreos tratando de acercarme a ella; pero progresamos muy poco.

       -Lo sé. Te vi hace un par de semanas y te he observado desde entonces. Me parecías muy raro, siempre ahí solo, mirando al cielo sin hacer nada o leyendo esos libracos que siempre llevas. Hasta que no descubrí a la gata creía que mis compañeros tenían razón en lo que dicen sobre ti… Bueno, y en parte aún la tienen. Pero ya sé porqué te comportas de ese modo.

       -¿A sí? ¿Y qué dicen sobre mí?

       Enseguida me enfadé conmigo mismo. El tono de la pregunta había sido agresivo y, además, no podía esperar que delatara a sus amigos. Además, era una pregunta tonta. ¡Bien sabía yo lo que se decía sobre mí!

       -Que eres un bicho raro -contestó ella con naturalidad y para mi sorpresa-. Pero tú ya lo sabías, ¿no?

       -Sí -dije ruborizándome-. Y a veces creo que me gusta serlo.

       -¿Que te gusta?

       -Mira. -Señalé hacia el patio-. Soy muy malo al fútbol. Y no entiendo eso de estar todo el día con los “whatsapps”. ¡Incluso he llegado a pensar que hablan entre ellos, a dos metros unos de otros, pero por mensajitos!

       -¡Yo también! -Rió-. Me parece tan increíble que he llegado a apagar el móvil. ¿No es más sencillo juntarse y hablar? Aparte de que hay algunos que, para leerlos, ¡tela!

       No me había dado cuenta; pero nos habíamos sentado en el escalón y poco a poco hablábamos con más naturalidad. Entonces me fijé en su cara, con la barbilla ovalada y unos enormes ojos grises. Labios finos que, al sonreír, dejaban entrever unos dientes perfectamente alineados, salvo por unos colmillos un tanto puntiagudos. Pómulos poco salientes y nariz pequeña y un tanto respingona. La piel muy blanca. Con un cabello negro alrededor un tanto ondulado, que parecía alargar aún más su rostro. No era espectacular; pero conforme la miraba mientras charlábamos, pensé que todo parecía ser como debía y que el conjunto no encajaría de otro modo.

       Llevábamos un rato hablando cuando noté una caricia en mi mano. No me atreví a desviar la mirada aunque, esta vez sí, mi corazón se paró, pensando que podía ser su mano enguantada.

       -¡Mira! -dijo con un tono tan dulce que… ¡glups! Bajé la vista en la dirección que ella marcaba y allí estaba… La gatita se había acercado sigilosa y se frotaba contra mi mano, mimosa, mientras ronroneaba-. ¡Qué mona!

       No me atreví a moverme. Tan solo sonreí como un bobo. Ese había sido un recreo verdaderamente espectacular.

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