Sueños

     La luna llena impone su claridad a la noche en esa hora avanzada que precede a la profunda oscuridad que en breve anunciará el amanecer. Y los rayos que se filtran por la ventana a mis espaldas acarician tu nacarada piel allá donde no la cubre la nívea y arrugada sábana. Y del mismo modo mis ojos resiguen ese rastro que repite a su vez el camino que hicieron mis dedos y mis labios, reavivando el recuerdo que me mantiene insomne. Insomne como tantas veces y feliz como no lo había estado desde… bueno, desde hace mucho. No, demasiado tiempo. Ahora, acallada la pasión que, si bien está en deuda con la experiencia, se ha mostrado párvula y con las riendas desbocadas por el apremio del deseo hasta que se le ha servido una primera ofrenda. Sé que ha sido un inicio torpe; pero ambos nos hemos dejado llevar, ambos nos hemos bebido a tragos largos para, una vez acallada la urgencia, dejarnos llevar por una complacencia estética, por un juego pícaro, por una seducción pausada, dulce, deliciosamente cruel.

     Disfruto de nuevo de cada rasgo y trato de fijarlo en mi memoria para que perdure. La cándida dejadez de tu rostro, un perfil que destaca entre la desordenada melena, la quietud de tu aliento exhalado entre los enrojecidos labios entreabiertos, el parsimonioso alzarse de tus pechos a cada bocanada, la redondez de tu cadera resaltada por la tela que abrazas con las piernas, la oscuridad que mojona el camino a tu escondida intimidad. Soy consciente de que la noche ha sido perfecta. Y lo sé por el tono de tu piel, que brilla; por la tenue luz que irradia tu rostro. Porque, aunque anoche eras hermosa, ahora te descubro simplemente bella. Y te admiro, antes de que cobres vida, como lo haría con una talla de Bernini, con una diosa de praxitelianas transparencias. Después te completarás con miradas, actitudes, pensamientos, con el poso de tu personalidad, tu cultura, tu pasado. Con el timbre de tu voz, con el color de tu risa. Pero ahora puedo disfrutar tu imagen sin matices. Un regalo que nunca seré capaz de agradecerte lo bastante.

     Y ambiciono quedarme con cada línea, con cada proporción, con cada leve signo. Desearía poder trasladarte a mi memoria, como lo haría un retratista, para poder recrearte cada instante que mi alma sufrirá, seguro, en tus ausencias. Por eso te remiro, te recorro con tal intensidad que llegas a notarlo y ¡maldita sea! te despiertas. Lo sé porque tus senos pierden su rítmica cadencia, porque tus labios, sintiéndote observada, notando mi deseo, traducen tu contento en una leve sonrisa que adivino también tras tus párpados cerrados. Te das un momento para apropiarte de mi gozo, de mi asombro, para disfrutar de saberte disfrutada. Incorporas tu presencia a la escena como Caravaggio la luz a sus penumbras e, incorporada sobre el lecho, me interrogas con los ojos. Sé que a contraluz deduces más que observas mis detalles. O los recuerdas, pues hace nada te empeñabas en aprenderlos como un ciego. Y con los labios, las puntas de tu pelo, tus pezones y tus muslos.

     Adivinas mis lágrimas. Y te veo deslizarte perseguida por la tela que, como el mar de la playa, a la que desespera por aferrarse, resbala de tus caderas. Y te plantas ante mí, Dafne victoriosa, y me dejas, Apolo derrotado, abrazar tus piernas mientras oculto mi rostro en tu vientre y riego embelesado el vello de tu pubis. Te inclinas sobre mí y rodeas con tus brazos mi cabeza mientras acaricias despacio mi cabello. Me haces saber que estás ahí, que puedo tomar de ti cuanto necesite, que por un momento serás el pilar que me sostenga, que así, solos y desnudos, puedo mostrarme frágil y tú ser fuerte. También noto tu regocijo ante mi devoción y el deseo que reprimes insegura ante el motivo de mi llanto, indecisa por lo incierto de mi actitud. Aprovecho para incorporarme sosteniéndote en mis brazos, provocándote una sorpresa que, tras unir las manos en mi nuca y perder los ojos en los míos, transformas en un jadeo que revela lo que quieres al tiempo que me solicita y da permiso. Te tumbo con cuidado de nuevo en la cama y sujeto con fuerza tus muñecas. Amagas resistirte, a sabiendas de que puedo, de que quieres.

     Aprovecho para admirar la redondez de tus senos, levantados gracias a la posición en que retengo tus palmas y al leve arquear de tu espalda. Sientes mis ojos en tu vientre y te excita la lujuria que descubres hasta el punto de que entreabres un poco las piernas y levantas la pelvis, suplicante. Con una mirada te conmino a dejarme hacer y mi mano baja desde la almohada, cuando asientes, rozando apenas el interior de tus brazos, hasta la curva de tu cuello. Coloco tus cabellos mientras acaricio tus párpados, tu nariz, tus labios. Juego con tus pechos hasta que los pezones me indican que quieres más, que ya no resistirás mucho. Me coloco de rodillas entre tus piernas y mi boca sustituye a unas manos que ahora amenazan tu vientre tras recorrer tus costados. Te revuelves, felina; pero no te dejo. Todavía no. Aún tienes que esperar un poco más, aún deseo dedicarte mi tiempo, mostrarme generoso. Mi lengua se demora en tu ombligo mientras peino con los dedos tu palpitante jardín. Tú elevas las rodillas, oferente, y yo, mientras me dejas, obedezco gustoso hasta que el sabor me indica que no vas a darme más cuartel, que mi tiempo se ha agotado.

     Y así es porque te incorporas como una furia imparable para acabar a horcajadas sobre mí. Dejas claro que ahora es tu momento, que mi juego se ha acabado y que ya no hay lugar para delicadezas. Impones un ritmo que me estremece mientras te muerdes el labio y respiras con dificultad. Compás que tan pronto ralentizas, maliciosa, como aceleras, ansiosa por sentirme. Tus manos oprimen mis brazos, me arañan y golpean mientras te dejas ir en una loca carrera, en un esprint sin control que te lanza al fin, desmayada, satisfecha, sin aliento, radiante, contra mí. Descansas unos largos segundos recobrando el aliento antes de reincorporarte y llenar de besos mi rostro. Luego, como una niña inocente, te acurrucas a mi lado, tu cara en mi pecho y amarrando mi vientre. Yo te devuelvo las caricias en el rostro y las nalgas mientras trato de controlar la excitación que renace de sentir tu aliento, la presión de tus senos y el recuerdo de lo que has gritado, obscena, animal, libre. Espero a que duermas profundamente antes de liberarme dolorosamente de tu abrazo y escapar furtivo de tu lado. Recojo a tientas la ropa que me pongo con cuidado y, tras un suave roce de mis labios en tu cabello, me obligo a dejarte tras contemplar de nuevo entre lágrimas tu esplendor y desaparezco con los primeros rayos de sol. Una rosa me sustituye en tu almohada. Tú lo quieres así.

     Bajo las escaleras imaginando tu cara al despertar, la frustración del abandono que no compensará la flor abandonada, el llanto silencioso fruto de la rabia y de un dolor que también a mí me duele. Pero es lo que somos. Tú sueñas conmigo y yo contigo sin apenas conocernos, ambos nos imaginamos en la profunda oscuridad y, sin embargo, no nos atrevemos a mirarnos cuando el sol revela nuestros rasgos. Cobardes, miedosos, atados a prejuicios. Ambos arbitramos un juego en el que nos sabemos coincidentes y que, a pesar de la tortura, seguimos jugando sin el coraje para romper unas reglas que nadie sino nosotros mismos nos hemos impuesto.

     Acudo, como todas las mañanas, al café donde trabajas. Espero a que estés libre para asegurarme de que seas tú quien me atiende. Veo el rubor en tus mejillas cuando nuestras miradas se encuentran. Apenas me reconozco en el hilillo de voz con el que te pido un café y lanzo un estándar Buenos días. Bajas los ojos al contestarme y, mientras te observo de espaldas, preparándome un cortado, me fijo en tu figura, disimulada en un nada favorecedor uniforme, que redibujo de memoria. Me extraña la facilidad con que adivino tus detalles, el modo de moverte, los cambios de postura. Cuando logro despegarme de ti, veo la rosa que adorna, solitaria, la trasera de la barra. Te giras y sigues hasta ella mi mirada. La sorpresa se refleja en tu cara cuando desentrañas mi expresión y caes en la cuenta. Cuando nos reconocemos. Mientras manipulas el servicio me interrogas y me atrevo a asentir. Miras nerviosa a todas partes y apenas consigues que la taza se mantenga en el plato. Nuestros ojos se abrazan y temblando escribes algo en una servilleta que me alcanzas disimulando. Quiero dejar de soñar contigo.

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6 comentarios en “Sueños

  1. Gemma

    Por fin!!! Lo pude leer! Me encantó!! Me enamoreeeeee!! Eres increíble es uno de los mejores relatos que pude leer. Es fascinante como puedo llegar a meterme en las escenas…

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