Batalla teatral

     No había sido una buena jornada para Ailin. Había acabado bien entrada la noche y estaba realmente cansada. Lo peor no había sido el trabajo. Al fin y a cabo, ser un príncipe valiente y matar un par de ogros, acabar con un enorme dragón y rescatar una princesa antes de cenar, y derrotar a cientos de esqueletos que defendían a una malvada momia a base de los hechizos que lanzaba una vieja hechicera era lo de todos los días. Lo peor había sido lo de después. Era lo que menos le gustaba de actuar en los castillos de los nobles. Si las obras eran en un pueblo, todo el mundo se reunía en la taberna y comentaban y reían. En los castillos, no. La troupe apenas se había cambiado de ropa cuando ya era reclamada para ser recibida la familia, los brutos de la guardia y demás. ¡Por no hablar de los insufribles hijos pequeños!

     Los del señor de Albentry habían sido extremadamente educados. Cosa rara. Aunque las severas miradas de su cuidador igual habían tenido algo que ver. Eso y el largo bastón de madera que portaba y no dudaba en sacar a pasear. También los padres se mostraron amables y educados. Alabaron su interpretación y les escucharon atentos cuando ellos les contaban los pequeños trucos que utilizaban para atraer la atención del público. No era lo normal. Y menos aún que el sirviente, por mucho que fuese el encargado de educar a los niños, tomase parte en la conversación como si fuese un igual. Ailin empezó a sospechar, sobre todo porque sus compañeros estaban desvelando secretos sobre su oficio que nunca contaban a nadie. Al menos, la noticia que les dio antes de acostarse Nurlian, el jefe de la troupe, era más que interesante: el señor de Albentry iba a patrocinarles si aceptaban entrar a su servicio.

     Durmió mal. Les habían permitido aparcar los carromatos en un pequeño patio lateral. Pero no fueron los ruidos de los animales que andaban por allí, ni los golpes del martillo del herrero contra el yunque, ni los guardias con sus tintineantes cotas haciendo la ronda. No. Algo le daba vueltas por la cabeza y no acertaba a saber qué era. Así que se levantó pronto -un par de horas antes de comer- y decidió acercarse a los hornos a ver si conseguía algo de pan tierno para desayunar. Cuando llegó a su destino, sólo dos panaderos y el preceptor de los niños estaban allí.

     -Buenos días -saludó Ailin nada más atravesar la puerta. -Venía a por algo para abrir boca. ¡Estoy hambrienta!

     -Sírvete tú misma, chica -le espetó uno de los hombres, todo envuelto en harina y sudor. -Hay mucho que hacer.

     Ailin fue a coger unos pequeños panecillos blancos; pero la mirada del anciano, que meneó levemente la cabeza, hizo que se decantase por un pan de peor calidad. El viejo asintió y, con un gesto, la invitó a sentarse a su lado.

     -Es mejor así. Esos bollos son para la familia. El pequeño Geoffrey los engulle sin cesar. Desaprovechados. -Y, guiñándole un ojo, le tendió uno de los panecillos blancos que había ocultado en su manga-.

     -Bueno -le devolvió el guiño-. Cada cual debe saber el puesto que le corresponde.

     -Ya que lo mencionáis. ¿Cuál es el vuestro: príncipe, hechicera, sirviente, bandido? Vos aparentáis ser eso y mucho más. Y, sin embargo, aunque os hemos visto en muchas facetas, no os reconocemos.

     -Sólo soy yo. A veces, como anoche, actúo y soy muchos otros. Pero lo que en realidad me gusta es idear todos esos trucos que mis compañeros tan amablemente os desvelaron anoche -dijo con evidente pesar. -Ahora tendré que idear otros nuevos. Sobre todo si vamos a entrar al servicio del señor de Albentry.

     -¿Ya habéis tomado una determinación?

     -En realidad no. Bueno. Al menos no oficialmente. Se supone que es algo que nos afecta a todos y que todos participamos en la decisión. Pero como Nurlian está claramente convencido, no creo que nadie se oponga. Además. ¿Cómo rechazar una oferta así? Es lo que muchos llevan tiempo esperando. Trabajo estable y comida todos los días. No se les puede reprochar que les tiente. Sobre todo a los más mayores.

     -Sin embargo…

     -Sin embargo -continuó Ailin- perderemos nuestra capacidad de ir dónde y cuando queramos, de representar una obra u otra, de quedarnos o seguir sin que nadie nos obligue. En definitiva, nuestra libertad.

     -Es cierto. Un dilema complicado.

     -No para mí -dijo ella con un gesto soñador. -Yo pertenezco al camino. Me gusta ir de un sitio a otro, ver cosas nuevas y conocer gentes distintas, escuchar historias de lugares que no conozco, y conocer ciudades cuyo nombre sólo existe en las baladas. Si ellos se quedan, yo soy libre de irme.

     -¿Y lo harías?

     -La verdad… no lo sé. Nada me ata a ellos o a este castillo.

     -Quizá la decisión no corra tanta prisa como crees.

     Las campanas de alarma empezaron a tañer. Todo el mundo comenzó a ir de aquí para allá gritando: Vienen los hombres de Harald, vienen los hombres de Harald. El miedo era patente y sólo los soldados mantenían un relativo orden.

     Poco tardó Ailin en hacerse una idea de lo que ocurría. Las tierras de Albentry estaban al norte y servían de frontera con los bárbaros de Harald, que de vez en cuando saqueaban las ricas tierras del sur. Los campesinos de los alrededores habían corrido a refugiarse en el castillo. Tendrían que reconstruir sus granjas, pero al menos salvarían la vida y el ganado. Los atacantes usaban siempre una táctica similar. Esa noche estarían asediados por el contingente más numeroso, encerrando a los defensores dentro de las murallas, mientras varios grupos se dedicaban a la rapiña. Nada les sobrevivía. De haber tenido más tropa, quizá el señor de Albentry se hubiese atrevido a plantarles cara. Pero, con los escasos soldados de que disponía, lo mejor era defender a la gente a resguardo de la fortificación.

     Ailin no lo veía así. Lo más importante era poner a salvo a la gente, no cabía duda. Solo que pensar que esas familias tuviesen que empezar de cero cada vez que los haraldianos les invadían… Buscó al anciano y, casi asaltándole, le pidió que le llevase ante el señor. Tal fue su insistencia que éste la recibió y, tras una embarullada exposición de ideas, recibió permiso para llevarlas a cabo. Al fin y al cabo no interfería con la defensa del castillo. Pasó la tarde corriendo, perseguida por el pobre tutor, pues él le daba la autoridad que necesitaba para conseguir que los vasallos de Albentry le hicieran caso. Anochecía cuando ambos se sentaron, exhaustos, en uno de los comedores.

     -¿Funcionará? -preguntó el anciano tras servirse una jarra de cerveza.

     -Ya lo veremos. Si es cierto la mitad de lo que he oído sobre los bárbaros, tardarán años en reunir el valor para volver por estas tierras.

     -¡Ay! ¡Que a mis años tenga que confiar en las baladas y las locas ideas de una jovencita!

     -Bueno… En mis locas ideas y un montón de dibujos raros que habéis hecho vos.

     -Sí, pequeña. ¡Eso es ciencia! Y ahora que lo dices… no te vendría mal aprender un poco. Con tu imaginación y una buena dosis de conocimientos… -Ambos rieron.

     -Propónmelo mañana -dijo ella ofreciendo su jarra en un brindis-. Eso significará que hemos tenido éxito. ¡Hasta puede que acepte tu oferta!

     Poco tardaron en ver llegar las hordas de Harald. Eran muchos, unos quinientos, mientras los defensores apenas pasaban de cincuenta hombres a caballo, una veintena de guardias en los muros y la improvisada e inexperta milicia de aldeanos apenas armados. Con la eficacia que da la costumbre, rodearon el castillo. Nadie podría entrar o salir sin enfrentarse a un combate suicida. El señor de Albentry llamó a Ailin.

     -Mis defensas están dispuestas como siempre. Ellos no podrán entrar; pero tampoco evitaremos los saqueos. Y aún hay rezagados que no encontrarán refugió esta noche -se lamentó-. Mañana morirán. Voy a dejarte llevar a cabo tu plan; pero no arriesgaré ni una vida a menos que lo vea muy, muy claro. ¿Has entendido?

     -Como digáis… mi señor.

     Ailin corrió al muro donde la esperaba el anciano.

     -No sé si confía o no en que tengamos éxito; pero vamos a dar un buen espectáculo.

     Cuando fue ya noche fue cerrada todas las antorchas del castillo se apagaron. Sólo un gran fuego ardía en mitad del patio. Un viejo encorvado se asomó a las almenas con un bastón encendido en la punta. El silencio era tal que se oía el crepitar de los maderos. Un grito profundo dio comienzo a un extraño ritual. Pronunció extrañas palabras que resonaron en la quietud de la noche. Repitió el grito y señaló con el bastón hacia el campamento enemigo. Una bola de fuego salió disparada y estalló un poco detrás de las tiendas. Un nuevo gritó-conjuró-gritó y otra bola salió disparada. Y otra, y otra, y otra. Tantas como munición tenían para la catapulta que habían escondido tras el muro.

     Los haraldianos estaban ya muy asustados cuando el grito cambió, mucho más agudo, como el chillido de un animal. Una línea de fuego cayó desde la torre hacia la puerta, envolviéndola en un humo. El mago ya no estaba y los portones estallaron. Una bestia volaba a ras de suelo dirigiéndose hacia el campamento enemigo lanzando bocanadas de llamas. Ailin botaba en el pescante de su modificado carromato, mientras los ayudantes del herrero se afanaban en la trasera. Cuando alcanzaron a los enemigos estos huían aterrorizados del dragón que les atacaba, seguido de cincuenta jinetes con espadas ígneas.

     -No creo que vuelvan en mucho tiempo, la verdad -dijo el anciano tutor al señor de Albentry. Y creo que he encontrado una nueva pupila.

     -Aunque también tiene mucho que enseñarte, viejo maestro. -rió el noble-.

     -Parece mentira, pero aún puede sorprenderme una descarada jovencita.

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