Niseis

      La mañana del 6 de junio de 1994 muchos veteranos de la II Guerra Mundial se levantaron temprano, con las imágenes del horror aún presentes en su memoria, por más que ya hubieran pasado cincuenta años. Para mí, cincuenta años y dos días, pensó Akira Fuijita mientras terminaba de abotonarse su guerrera y se miraba en la luna de cuerpo entero que cubría la puerta del armario frente a su cama. Oyó las risas de sus nietas abajo, en la cocina, enredando, mientras su hija bromeaba con ellas durante el desayuno. Él ya se había tomado un té y las pastillas para la tensión. A los 68 años uno está sujeto a la disciplina médica. Ya me he jugado la vida en demasiadas ocasiones para desobedecer ahora -se dijo con ironía mientras abrochaba el pasador de la banda azul con galones blancos y rojos, al que iban prendidas tres hojas de roble, del que colgaba la Cruz por Servicio Distinguido.

      La miró en el espejo hasta que se empañaron sus ojos. Recordaba muy bien el porqué de cada una de aquellas condecoraciones. Dos en Montecassino, donde su regimiento, el 442º de infantería, tuvo tantas bajas que hubo de ser reconstruido casi por completo. Poco más de quinientos supervivientes de los tres mil ochocientos hombres que lo componían. Y el muy canalla nos dejó a 11 kilómetros de Roma.  Maldito seas, Mark Wayne Clark -juró para sí-. Otra en la desesperada liberación, casa por casa, de Bruyeres. Y la última, en la maldita carga a bayoneta calada de los bosques de La Houssiere. Ocho de nosotros caímos por cada alemán. Ochocientos soldados muertos, todos de ascendencia japonesa, para rescatar a doscientos once tejanos del 141º.  Así se nos valoraba. Sí. Nos llenasteis de medallas. Somos el regimiento más laureado del ejército americano con diferencia. Y… ¿para qué?

      Lo cierto es que no me puedo quejar. Soy uno de los pocos que regresó entero de aquel primer Batallón Provisional Hawaiano, el 100º. Cuando nos presentamos voluntarios ya nos podíamos imaginar de qué iba aquello. Nuestras familias confinadas en los campos de internamiento californianos con su lealtad bajo sospecha. Como la nuestra. ‘No pelearán en el frente del pacífico y llevarán a cabo labores de retaguardia’, decían. Podrían pasarse al enemigo o no tener suficiente capacidad de combate. Nos hicieron sentir soldados de segunda, carne de cañón que reservaban para los escenarios más sangrientos. Pero dimos la cara, ¡“hai”! ¡Claro que la dimos! Aún recuerdo las expresiones de muchos oficiales blancos cuando, en un solo día, rompimos las defensas alemanas de la Línea Gótica, en Monte Folgorito. ¡Y ellos llevaban seis meses bloqueados!  A las tres semanas teníamos a esos malditos nazis en fuga. Y que nadie me amoneste por insultarlos tras lo que vimos cerca de Dachau. ¡Bastardos! Pero nada de eso fue suficiente. Cuando regresamos nuestras familias seguían en los campos. ‘No admittance Japs’ era el letrero habitual en bares y tiendas y muchas de nuestras casas habían sido quemadas o saqueadas. ¡Y eso que los racistas eran ellos! Habíamos pasado hambre y frío, luchado y muerto por nuestro país, y éste nos rechazaba. ¡En fin! “A por todas”, ese era el lema de nuestro regimiento. ¡Y aún lo es!

      -¿Bajas ya, papá? ¡Llegaremos tarde! -llamó sacándole de golpe de su reflexión. Oyó el traqueteo del coche en el garaje.

      -Ya voy, cariño, ya voy. No atosigues a este pobre viejo.

      -¡Estás impresionante, abuelo! -le sonrió Airi, su nieta menor, al pié de la escalera, al recibirle con la ceremonial reverencia -. ¡A la orden, mi sargento! -bromeó.

      -Tú sí estás hermosa, mi amado jazmín -le contestó recordándole el significado de su nombre-. Me alegra verte con ese “iromuji”. Era uno de los favoritos de tu abuela.

      -Es una preciosidad, abuelo. Y te agradezco que me permitas vestirlo para la ceremonia de hoy.

      -Padre -les interrumpió Suki- deberíamos salir ya.

      -Claro, claro. Pero déjame que te vea. Alegra los ojos de este viejo un día más, como lo has hecho desde que llegaste a este mundo. -Ella giró sobre sí misma, ruborizada y bajando la vista-. ¿De dónde has sacado ese hōmongi?

      -¿Te gusta? Es un regalo de Kenshi para la ocasión.

      -Un detalle precioso. Es un buen hombre tu marido.

      -Bueno. Ya sabes que su familia no es tan tradicionalista como la nuestra; pero te respeta y te tiene cariño.

      -Y a mí me basta con ver lo feliz que te hace. A ti y a las niñas. ¡Aquí estás, Gorrión! Mi adorada Suzume.

      -Vamos, abuelo. No seas zalamero. Además… hoy es tu día.

     -Bueno, en realidad, no es una fecha alegre. Al fin y al cabo… Les vencimos en Normandía; pero pagamos un precio demasiado alto.

      -Así fue, en efecto. ¿Pero merecía la pena, no? Al fin y al cabo luchasteis en defensa de la libertad y…

      -Sí, sí -la cortó-. Recuerdo toda aquella propaganda. ¿Pero alguien nos recuerda a nosotros? En fin. Llegaremos tarde.

      Subieron al coche y se dirigieron a la base de Pearl Harbor. Apenas nadie -pensó Akira con pena. Si fuera siete de diciembre sí habría desfiles y banderitas. Y gritos contra los japos. Pero no. No he de dejarme llevar. El pasado, pasado está. Avanzaron hasta el polideportivo de la base tras pasar los controles de seguridad. Casi era mediodía. Unos cuantos vehículos ocupaban una mínima parte del aparcamiento de visitas. Fueron conducidos a un pabellón y acompañados hasta su mesa. Los veteranos del desembarco de Normandía presidían la sala. Al fin y al cabo era “su” cincuenta aniversario. Tras el almuerzo, un hombre tomó la palabra. Le faltaba el brazo derecho y todos reconocieron a Daniel Ken Inouye, en su calidad de senador por Hawai. Akira, no obstante, como aquel sargento loco del 442º. Apenas había comenzado a hablar cuando Airi y Suzume se levantaron y se colocaron en sendas esteras a los lados del atril. Con absoluta concentración comenzaron a desarrollar los ritos de la Ceremonia del té, en perfecta sincronía. Akira perdió el hilo del discurso embargado por sus nietas. Sin embargo una voz le trajo de vuelta a la realidad: era su hija Suki la que hablaba desde el estrado.

      Hoy hace cincuenta años. Miles de nuestros jóvenes morían en las playas europeas junto a otros tantos muchachos ingleses, franceses, polacos, australianos… Y también alemanes. Más de tres millones de soldados aliados participaron en una campaña que terminó con la liberación de París. Pero estamos en Hawai. Aquí tenemos otra fecha relevante que hoy, sin embargo, no viene al caso. También soy japonesa, al menos de origen y cultura. Así que son tres los días anclados con más fuerza en mi memoria: la traición de Pearl Harbor y los inhumanos bombardeos de Hiroshima y Nagasaki. Eran otros tiempos. De nada valen ahora lamentos o vanaglorias. Conmemoramos el principio del fin de la contienda en el frente atlántico. Una operación perfecta sobre el papel y que sólo resultó brillante gracias a la entrega demostrada por todos y cada uno de los hombres que asaltaron aquella costa. Héroes callados de los que sólo se recuerdan sus nombres en las listas oficiales. De bajas, de heridos, de condecorados. Mucho se ha hablado y escrito sobre la Overlord. Nada nuevo he de descubrirles. Pero aquello no puede caer en el olvido. ¡Tanta barbarie! Démosle, al menos, un sentido. Obtengamos de ella una lección provechosa.

      Yo puedo hablar de la guerra. No había nacido, es cierto. Pero sí la he conocido de primera mano. La he vivido, desde pequeña, día a día en los ojos de mis padres. Él, entre otros miles de estadounidenses de ascendencia japonesa, la sufrió de todas las formas posibles. Pelearon salvajemente a pesar de ser considerados poco aptos y de que su lealtad estaba bajo sospecha. A pesar de saber a sus padres, esposas, hermanas y hermanos recluidos en la misma patria por la que estaban dejándose la piel y la vida. No les permitieron ir al Pacífico, por si colaboraban con el enemigo, mientras ítaloamericanos o germanoamericanos sí podían demostrar de qué lado estaban en la tierra de sus ancestros. Fueron humillados en Italia porque daban mala imagen en los desfiles; pero no en las trincheras. Fueron humillados al regresar a casa y ser tratados como enemigos. Saquearon sus casas y negocios, confiscaron sus ahorros y siguieron confinados. Se les negó la entrada a tiendas o bares. Y, aún peor, las medallas o el reconocimiento a su entrega. Pero eso ya ha sido moralmente resarcido y, por lo tanto, perdonado.

      Hay algo que falta por hacer, y es dar respuesta a una pregunta que he visto en los ojos de mi padre desde que tengo memoria e, imagino, lleva allí desde que regresó. ‘¿Para qué tanto sacrificio? ¿Merecía la pena tanta sangre?’ Me atreveré a utilizar una cita del senador Inouye, al que presento mis excusas por ello. ‘Mi padre sólo miraba al frente, y yo miraba al frente, y luego se aclaró la garganta y dijo: “América ha sido buena con nosotros. Me ha dado dos trabajos. A ti, tus hermanos y hermanas, os ha dado una educación. Amamos este país. Hagas lo que hagas, no deshonres a tu país. Recuerda: nunca deshonres a tu familia. Y si tienes que dar tu vida, hazlo con honor“.  Y yo te digo ahora a ti, padre -abrió los brazos señalando a sus hijas a ambos lados, que seguían con el ritual. Las largas mangas del kimono se abrieron mostrando la escena en que Ninigi, el ser celestial que dio origen al pueblo japonés tras pacificar el territorio, casa con Konohana, símbolo de las flores y la prosperidad- que es por esto, papá, por lo que tú y tus compañeros os dejasteis la piel. Para que yo primero, y ellas después, pudiéramos seguir siendo lo que somos, nada más y nada menos. Para que pudiéramos mantener la mirada de cualquiera sabiendo que no tenemos nada más que demostrar. Que ya lo hicisteis vosotros. Pero que, si hiciese falta ojalá nunca se repita, tenemos ya elegido nuestro lema. ¡A por Todas!

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s