Campamento lunar

*** Segundo premio categoría A (menores de dieciocho años) en el IV Concurso de relatos, convocado por el ayuntamiento de El Burgo de Ebro (Zaragoza). Abril de 2014 ***

       Todo me había parecido mucho más emocionante cuando a mis padres les comunicaron que su nuevo destino estaba en ¡LA LUNA! Incluso cuando me dijeron que íbamos a pasar dos semanas de vacaciones en el “complejo de ocio” que su empresa tenía en el satélite, al que yo sabía que ningún turista había logrado ir por su cuenta y que, se lo oí decir mientras estuvimos en el Parque Selene de Teruel, no era sino un centro de adaptación: el último paso antes de fijar allí nuestra residencia. Lo de Teruel había sido más o menos divertido. La baja gravedad simulada estaba bien. Tuvimos muchos juegos; aunque nada de aire libre. Incluso las excursiones eran en entornos cerrados, separados de los módulos habitables que “recreaban las condiciones lunares”, tratando de imitar sus peligros. Ahora iba en serio. Yo sabía qué pasaba cuando uno cambiaba de ciudad. Al principio chateabas con los viejos colegas y, poco a poco, la relación se perdía conforme avanzaban las semanas y las novedades eran menos. Imaginaba que con lo de ir al espacio duraría un poco más; pero ya podía irme haciendo a la idea de volver mi vida a cero y empezar de nuevo.

       Cuando nos recibió nuestra familia anfitrión (se preocuparían de ayudarnos-guiarnos durante unos meses) en la base lunar de la empresa de mis padres las cosas no mejoraron. Ellos se conocían del trabajo y yo los había visto por casa unas cuantas veces. De la que no tenía noticias era de su hija Alanha, una niña de mi edad que sólo tenía dos defectos: no pronunciaba bien las erres y se arreglaba demasiado. Así que allí estaba yo, con mis padres muy nerviosos, esperando a que llegaran los Houlon para que Alanha y yo fuésemos al campamento. Llegaron media hora tarde y se excusaron por no sé qué de una erupción solar; pero a nosotros no nos había afectado. Pensé que más bien debió ser la erupción de la mochila de Alanha, el doble de grande que la mía, cuyos cierres demostraban a las claras que estaba a reventar. ¿Realmente necesitaba una niña de trece años tantas cosas? Imagino que sí. Puedo asegurar que las despedidas de los padres son igual de abrumadoras en todas partes. Besos, lagrimitas y muchas advertencias hasta que el transporte se puso en marcha.

       -Bueno, Francisco. Soy responsable de ti y tengo que asegurarme de que sabes todo lo que necesitas para no matarte. La verdad es que no es nada complicado, ya que las medidas de seguridad son lo más de lo más; pero con los novatos como tú nunca se sabe. Así que tendrás que hacer lo que yo diga. ¿Está claro?

       -A la orden, Alanha. Tú eres la experta -contesté con el tono más irónico que pude y con una sonrisa.

       Empezábamos bien, sí señor.

       La verdad es que el sitio no estaba mal. Habitación individual, buffet libre todo el día, gimnasio, rocódromo y piscina. Lo malo eran las conferencias al punto de la mañana. Nuestros canguros no tenían que asistir, así que al menos descansaba de Alanha hasta que nos reuníamos todos para hacer ejercicio. Era por algo de que se perdía masa muscular al estar en una gravedad menor que no entendí muy bien. Pero, dado lo estrictos que se ponían los monitores, debía ser importante. Las tardes eran más tranquilas porque teníamos tiempo libre. Así que la sala de ordenadores y consolas se abarrotó el primer día con los que en ese momento residíamos allí: cinco novatos, bien identificables debido a nuestra torpeza y asombro por todo, y sus respectivos cinco canguros.

       Llegó la noche. No sé cuanto llevaba durmiendo cuando un grito me despertó. Era Alanha, no cabía duda. En pijama, me acerqué a la puerta de su habitación.

       -¿Ocurre algo Alanha? -llamé tímidamente-. ¿Puedo pasar?

       Iba a empujar la hoja cuando ésta se abrió de golpe. Casi chocamos, aunque ella se me abrazó, temblando.

       -¡Hay alguien ahí!- dijo toda nerviosa. He notado como alguien me tocaba y luego he oído pasos.

       Cuando se dio cuenta de que me sujetaba con fuerza, se separó y trató de poner cara normal.

       -Ha debido ser una pesadilla. ¡Te pareceré una tonta! -Se ruborizó. Luego corrió hasta una silla y se puso una bata-. Es imposible que nadie entrase, la puerta estaba cerrada por dentro.

       -¿Y qué hay de la ventana? -pregunté mientras me dirigía al amplio mirador, automáticamente ajustado a modo sueño, pues estábamos en la cara iluminada y nunca era realmente de noche.

       -¡No se puede abrir, merluzo! ¡Esto es la luna! ¿Quién querría abrir una ventana y perder la atmósfera interna?

       -¡Ups! -Tragué con fuerza. Era cierto. Eso, en la Tierra, bien; pero aquí-. Vale, vale, que aún estoy dormido -disimulé-. Pero no ha sido una pesadilla. Esas manchas. No creo las hayas dejado tú. -Viendo su cara, ahora sí que me había apuntado un tanto.

       Varias marcas iban desde la cama hacia la pared. Cuando las seguí con la vista desaparecían al llegar a una pared.

       -Mira la rejilla del aire.-Me acerqué para examinarla y, desde luego, por allí cabía una persona-. Los tornillos están sueltos -aseguré, tirando de ella y extrayéndola-. Alguien ha utilizado el conducto para entrar. No hay otro modo.

       -¿Quién querría entrar aquí y para qué? No parece que me falte nada.

       -Bueno, podríamos seguirle y averiguarlo.

       -O llamar a los monitores.

       -¿Y qué les decimos? ¿Qué el suelo de tu cuarto está sucio o que el último técnico de reparaciones dejó los tornillos sin poner? No sé; pero los mayores no llevan bien estas cosas.

       -Como tú digas mi héroe. -La ironía era obvia-. Pero mejor si antes nos vestimos. ¿No crees? No me apetece nada ir por ahí en ropa de dormir.

       -Siempre a vuestras órdenes, mademoiselle -había adivinado que era francesa y adorné la frase con una reverencia, como las de los mosqueteros de las viejas pelis.

       Ya cambiado volví a su habitación y, poniendo una mesa junto a la pared, nos introdujimos en el conducto. Reptamos un poco siguiendo las manchas hasta llegar a otra rejilla abierta. Bajamos a un pasillo, justo enfrente de una salida al exterior.

       -Ha tenido que salir por ahí. No hay más marcas -dijo Alanha.

       -Seguro -confirmé-. El armario con los trajes de vacío está abierto y faltan varios. Vamos.

       Nos colocamos los trajes y me pareció ver un brillo de asentimiento en sus ojos. Tras entrar en la esclusa, vaciamos el aire y abrimos la puerta contraria. En efecto. Había huellas en el suelo. Me puse a seguirlas y, al poco, desaparecían.

       -Aquí se pierde el rastro -dije por la radio interna.

       -Pero…

       -Pero tenemos que ampliar la búsqueda -la interrumpí-. Dada la escasa gravedad el extraño puede haber saltado varios metros. –Sí, sí, sí. Me he acordado, pensé.

       -Vale.

       -Ya te he anclado a mi traje… por si acaso.

       Me adelanté unos saltitos y no encontré nada, así que cuando llegué a lo que daba el cable me puse a trazar un semicírculo, con ella como centro y la cuerda como radio. Al poco lo encontré. El intruso se dirigía hacia un cráter profundo.

       -Es por allí -informé.

       Ella asintió con su escafandra y dio un salto en la dirección que le indicaba. Cuando localizó las huellas se paró y yo salté. Así, como si midiésemos con un compás, fuimos llegando a la cima del cráter.

       Mi sorpresa fue total. Al alcanzar la cima miré para abajo y vi que allí estaban todos los demás de la estación. Una voz sonó por mi comunicador.

       -Ya pensé que no llegabais. -Era uno de los monitores.

       -Éste, que se puso en plan Sherlock Holmes y me ha llevado por el camino más difícil -dijo Alanha-. Por cierto. Espero que no hayáis acabado con todo el chocolate para las pistas. Un poco duro lo del conducto del aire, ¿no? -se quejó.

       -No te preocupes -dijo el cocinero-. Usé lo que me sobró de hacer la tarta. ¿Qué tal lo ha hecho?

       -Salvo porque quiso comprobar si alguien había entrado por mi ventana -risas generalizadas de los veteranos-, excelente. Se acordó de los trajes y supo manejar la esclusa. Y no se ha despegado del suelo como un globo. Eso sí ha sido una pena. ¡Me hubiese encantado tener que bajarlo!

       Yo no podía hablar. Estaba indignado. Me habían engañado como a un tonto y, encima, me avergonzaba en público.

       -Bueno chicos. Hemos venido aquí porque nada mejor para daros la bienvenida a la luna que una fiesta. Está preparada en el comedor. Pero no queríamos que os perdieseis algo que los afortunados terrícolas no han visto nunca. Esta noche hay “tierra llena”.

       Todos miramos hacia arriba y los nuevos apenas pudimos más que abrir la boca, como bobos.  Unos “Ahhhhh” y “Uhhhhh” se escaparon por los micros; pero ni siquiera los monitores dijeron nada. El espectáculo era tremendo. Colgada del limpio cielo lunar, la Tierra: una enorme y brillante bola en cuya superficie dominaba el azul, con remolinos de blanco. Hizo que se me pasara el enfado. Más aún cuando noté que Alanha, a la que ya veía con otros ojos, me cogía de la mano. ¡Lástima de guantes! -pensé.

       -Es muy romántico, ¿verdad, cherie? Además… No te arriesgas a que el chico te intenté besar.

       -¡Qué hablamos por la radio del traje!

       -Recuérdame que te explique como cambiar a los canales privados, mon ami. Es más que posible que nos haga falta.

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6 comentarios en “Campamento lunar

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