Mwanamke nyeupe – La dama blanca

     Alba se demoró unos instantes más de lo habitual en la cafetería del ministerio. Sale a desayunar siempre la última de su servicio y sabe que, cuando regrese a su puesto, sus compañeros ya estarán formando un corro en torno a la mesa de Iratxe, la nueva técnico que, además, hoy se reincorporaba tras las vacaciones. Y, la verdad, no le apetece nada. Se dirige a la barra y, para sorpresa de Carlos, pide otro café.

     -¿Remoloneando tú, Alba?

     -¡Mira que eres bobo! Bueno… En realidad, sí. Hoy ha vuelto Iratxe y no tengo ninguna gana de aguantar todo el tinglado que se monta, ya sabes.

     -No hace falta que me lo expliques, ya ha bajado antes bien escoltada -hace una mueca cómplice que destaca aún más su perfecta dentadura en su negro rostro-. No le han hecho caso, pero te aseguro que les ha contado África de El Cairo a Ciudad del Cabo. Por lo que he oído, ha salvado de la indigencia tres aldeas, evitado doscientas ablaciones y eliminado un par de mafias de tráfico de marfil. Con algo de ayuda de los de la O.N.G, por supuesto.

     -Ya sé cómo me quieres decir -sonríe ante el evidente sarcasmo-. Cóbrame el café, por favor, anda.

     -Deja. Éste va de mi cuenta.

     -Gracias Kibwe -ella conoce su nombre auténtico, no el adoptado para que la gente pueda pronunciarlo, y lo usa cuando nadie les escucha-. ¡Vale! ¡Vamos allá!

     El ascensor no tarda. Una de las ventajas del desayuno casi a mediodía es que el trajín ya ha desaparecido, junto con los churros, y aún no ha comenzado el vermut, por lo que sólo quedan algunos cargos intermedios que rematan las reuniones en el bar. Y Carlos, tan majo siempre, le reserva un cruasán tostadito, como ella los prefiere, para que pueda acompañar el café a pesar del horario. Cuando llega a su dependencia no puede reprimir una sonrisa. Todo está tal y como ha imaginado. Iratxe, sentada en su escritorio y vestida como para una foto de perfil exitoso de Twitter: camiseta ajustada que ofrece, generosa, buena porción de sostén y pechuga, y minifalda a lo portada de Mecano con medias tupidas, de blonda a juego con el tanga que asoma por las lumbares. Marta, la joven auxiliar administrativo, a su lado, envidiosa y resignada. Y Luis e Ibai detrás, de pié, inclinados como dos rapaces en sus perchas. Apenas se ha hecho notar cuando Marta, siempre tan oportuna la pobre, levanta la cabeza y le hace señas para que se reúna con ellos.

     -Vente. Iratxe nos está enseñando las fotos de su viaje. ¡África es increíblemente hermosa! -Grita, así que no queda otra que unirse.

     Aprovecha su incorporación para desplazar al par de buitres babosos y estropearles la perspectiva. Iratxe, en su salsa, está dando rienda suelta a su verborrea. Se ha pasado algo más de un mes recorriendo el continente con una caravana solidaria para llevar alimentos y medicinas a diferentes poblados. Para quien desconozca la realidad africana parece una acción humanitaria y, en buena medida, es cierto. Pero no lo es menos que se trata de una agencia de viajes encubierta, un mecanismo velado para unas vacaciones mucho más económicas. Ciertas aldeas se benefician realmente de la actividad y la organización obtiene unos permisos que de otro modo no conseguiría, con lo que puede llevar a cabo sus auténticos fines. Igual sería un medio justificable. Pero este trayecto en concreto está montado para que algunos poderes locales se lucren. Las mafias, los señores de la guerra, los gobiernos… Muchos sacan tajada de lo que los países del primer mundo envían para lavar sus conciencias, provocando que apenas un pequeño porcentaje cumpla los fines originales. Los turistas no; pero Alba lo sabe bien. Hizo un viaje similar a ese hace doce años, huyendo del dolor del temprano fracaso de su matrimonio. África la enamoró desde la primera luna. Después regresó con diferentes colectivos y vivió en primera persona los sobornos, saqueos, mordidas y demás corruptelas. Algo quedaba, sí, mas poco a poco fue perdiendo la esperanza.

     Hasta hace cinco años. Era la tercera Navidad que pasaba en el pequeño poblado ruandés en pleno parque de los volcanes y comenzaba a integrarse. ¡Si incluso chapurreaba un poco de suajili! Los lugareños, católicos en su mayoría, mantenían una agricultura de subsistencia y trataban de incorporar el café y el turismo como fuentes de ingreso alternativas, sin demasiado éxito. Pero las condiciones de vida y el genocidio tutsi a manos de los hutu -maldita descolonización europea- habían debilitado mucho la aldea. Ella los trataba con respeto y eso era algo que lo nativos percibían y devolvían. Allí descubrió la fuerza de aquellas mujeres, capaces de echarse la familia a la espalda y levantarse tozudas ante cada adversidad, una vez, y otra, y otra, y otra. Fue una mañana, al verlas adecuar y resembrar el cafetal barrido por el fango y las aguas tras una enorme tormenta, reconstruir por enésima vez su sueño, con los pequeños atados a la espalda, cuando enfrentó la pena propia a la injustificada aunque sempiterna esperanza ajena. Aún recuerda la escena con una antinatural viveza. Saluda al sol sola, con los ojos arrasados en lágrimas recordando amaneceres en compañía, cuando una anciana se la queda mirando, le pone una especie de pala de madera en la mano, la lleva con todas y la empuja a trabajar. Alba no entiende nada; pero al rato está acarreando tierra. Y poco después se une al rítmico mantra que cantan todas. Bueno, más o menos. A la tarde, molida pero feliz, celebra con ellas otro día de sudor, de esfuerzo, de comunidad, de futuro, de esperanza. Sencillamente, de vida. Y se escucha riendo como ya no recordaba que era capaz. Aún no lo sabe; pero África ha echado raíces en su corazón, se ha aferrado a su alma. Y ya no la soltará.

     Iratxe sigue hablando y hablando de las necesidades de África, de lo que tienen que hacer los occidentales para que puedan desarrollarse, de la obligación moral de los países ricos hacia los pobres y explotados. Repitiendo los eslóganes que tanto se mueven en los entornos “progresistas”. Alba sabe que no tiene ni idea, como tantos otros. Bienintencionada, por supuesto; pero muy, muy equivocada. Lo primero a aprender es que no necesitan caridad, sino medios; que no necesitan civilización, sino independencia para desarrollar la suya; que no necesitan tutela, sino justicia. Que son perfectamente capaces de dirigir sus vidas y países si cuentan con las herramientas y las oportunidades. Lo que requieren es formación y un punto de partida. ¡Y que les dejen  hacer! Pero claro, eso es algo que se evidencia cuando convives, cuando te rozas con ellos, cuando sufres y disfrutas a su lado. Algo que no se descubre desde la ventanilla del Jeep ni desde la piscina de un hotel europeo en el centro de Kigali. Escucha de fondo a su compañera, interrumpida por los poco ocurrentes comentarios de los maromos y la sobreactuación, por desgracia innata, de Marta.

     Y, si tan claro lo tienes, ¿por qué no haces nada al respecto?

     Pone manos a la obra. Se dirige a la embajada ruandesa, a la Agencia Española de Cooperación y a todas las organizaciones que se le ocurren. Vence a cuantos organismos y burocracias, de las que ella entiende bastante, se le ponen por delante. Con unos ahorrillos, sus padres estarían orgullosos, compra las tierras y pone en marcha el proyecto. Comienza por fundar la empresa importadora. Nada de “sin ánimo de lucro”, al contrario. Mwanamke nyeupe anhela ser una gran empresa. La diferencia es que esas mujeres con las que labró a mano el cafetal son ahora empleadas y socias, cobran un sueldo digno y participan de los beneficios. Estos, por estatutos, se dividen en tres partes: una revierte en la empresa y la mitad de eso debe destinarse a la ampliación del proyecto creando esquemas similares en otros lugares. Otra se destina a inversión financiera para asegurar la supervivencia fuera de la edad laboral, y el resto financia la escuela, el dispensario y otras actividades sociales en cada aldea que se incorpora.

     Diez años después su semilla ha ramificado y cada vez echa raíces en nuevas zonas, entre otras gentes y en sectores distintos. Ya es muy fuerte. La pequeña empresa es ahora un grupo que coordina muchas cooperativas independientes que se asocian bajo su protección y asumen su criterio. Alba está desbordada. Entiende que ha llegado el momento. Repasa el razonamiento que acaba de hacer para sí misma, en parte por estar segura, en parte porque le apena saberse en lo cierto, y se da cuenta de que sí, de que ya es hora. Se acerca a su mesa y toma el móvil. Marca el número de su abogado y tras intercambiarse los acostumbrados saludos, le pide que active el “Protocolo 66” -sonríe ante la “fricada”, pero le importa un comino-, y le insiste cuando él le pregunta para confirmarlo. Cuelga, ahora de mucho mejor humor. Eso le confirma que la decisión es la correcta. Ya no pinta nada, ya todo está en sus propias manos.

**********

     Tan sólo están a veinte grados; pero la escasísima humedad y la abundancia de polvo hacen que cueste respirar. Una mujer, envuelta en ropajes blancos regresa a su casa desde el pequeño despacho que posee en la plaza de la aldea. Tiene su propia tierra, la que se reservó al vender la compañía, y aún participa en las decisiones del grupo que la nombró presidenta honoraria. Es curioso. Ya prejubilada, no echa de menos su trabajo de funcionaria, ni el teatro, la música, la cocina o el simple bullicio de las ciudades y el modo de vida occidental. Vive retirada, dedicada a su cafetal, disfrutando de su numerosa familia africana. Aún saca algo de tiempo para ayudar en la escuela y acudir a cuantos actos benéficos le reclaman desde la compañía. Bueno, cada vez la llaman menos, reconoce. Y cada noche se acuesta asombrada de cómo ha crecido aquel loco sueño de una joven que llegó rota por dentro y que se dio cuenta de que su dolor no era nada ante el miserable día a día de aquellas mujeres que, aún así, son capaces de reír al final de la jornada ahuyentando el cansancio, el hambre, el miedo. Ahora cantan sabiendo que su trabajo merece la pena, les dará de comer, promete un futuro. Y que depende principalmente de ellos, que se esfuerzan en beneficio propio y de sus vecinos. En definitiva, que manejan las riendas de su vida.

     Como aquel amanecer, como todos desde que se instalase allí, saluda al sol sola, con los ojos arrasados en lágrimas. Pero ya no llora por aquel amor de juventud. Ni siquiera por ella. Hoy lo hace porque, cada mañana, los hombres y las mujeres cantan de camino a sus trabajos y los niños de camino al colegio. Y en el canto siente el respeto, la alegría, el agradecimiento. Se deja arrastrar unos segundos por el orgullo; pero en seguida se recupera. De nuevo sonríe. Con eso le basta. Ni en sus mayores delirios podía soñar tan grata recompensa, tan genuina compensación. En el cántico escucha su nombre, un nombre que es leyenda y se repite en muchas chozas con veneración.

     -Pero tú eres sólo Alba -se recuerda.

     Aunque también es Mwanamke nyeupe, “La dama Blanca”.  Pero nadie en la aldea lo sabe. Así ha de ser.

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6 comentarios en “Mwanamke nyeupe – La dama blanca

  1. El relato es tremendo. Hace ver cosas desgraciadamente desconocidas por muchos o, si no desconocidas, que no se quieren ver por la venda en los ojos. Esa venda que se nos hace tan cómoda…
    Al final me ha subido un escalofrío, pero se me ha quedado corto. Estaré pendiente.

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    1. Muchas gracias por tu tiempo y el comentario.
      Como le dije a @JaniJoplin, este tipo de escritos me cuesta alargarlos porque tengo cierta fijación con el entorno de los cinco folios, medida que suele resultarme cómoda para un hilo argumental único.

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    1. Tenías razón en que quedaba coja la historia; pero creo que me exigió demasiado tiempo y un esfuerzo que no suelen… más trabajo y menos inspiración directa. Es lo que buscaba al pedirte el tema y que no saliese de mí. Además, algo de fijación con la longitud de estos relatos y que me daba miedo que sonase a Memorias de África. Pero sí. Alba merecía más.

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    1. Pues va a ser que tienes razón. Ya te dije que no lo sentia y, posiblemente, he pecado de alumbrarlo demasiado pronto. Lo he releido (otra vez) y, en efecto, se resuelve con demasiada brusquedad… así que lo dejaremos un poco en el cajón y volveré sobre él con ojos nuevos.
      Gracias por hacerme ver lo que, con tan poca distancia, a veces te empeñas en no ver.

      (Este comentario se refiere a la primera versión)

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