Fe

     ¿Sabes esas mañanas soleadas de domingo en pleno otoño, esas con su luz especial reverberando en las copas doradas de los árboles, esas en las que el cielo aún sabe a verano por más que el paisaje ya lo haya dejado atrás? Sí, esas en las que apetece salir, deambular sin rumbo definido para acabar disfrutando de algún rincón que desconocías o que redescubres desde nuevas perspectivas o estados de ánimo, qué más da. Esas en las que no sabes por qué no has quedado con nadie y, en lugar de aprovechar para dormir, que buena falta te hace, te vas a dar un garbeo a ver si la ciudad te provoca un satori, una revelación o, lo más probable, el placentero ordenar de ideas al que conducen por sí mismos, las más de las veces, el sosiego y el silencio.

     Mis pasos me han conducido hasta un parque pequeño, de espíritu francamente urbano, de césped esquilmado y parterre en decadencia por falta de adecuación de las especies vegetales al clima, chiringuito de terraza desde media mañana, camino irregular hormigonado, recauchutado rincón de juegos infantiles y grandilocuente fuente con estatua de personaje importante en una plaza demasiado grande y alargada, desproporcionada para escala del parque. Por fortuna, no es zona de botellón ni de recogida, así que no hay restos, ni orgánicos ni post alcohólicos. Algo que en los tiempos que corren resulta muy de agradecer. Y aún es pronto para que las madres cedan a la impertérrita labor de zapa infantil y terminen por llevar a los vástagos a desfogarse. Sólo unos cuantos abuelos comparten el espacio con somnolientos dueños de perros, esclavos de rutinas higiénicas insoslayables. Me refiero a los canes, claro. Unos cuantos ¿runners? redondean la escena, aislados en su mundo de pasos medidos y listas de reproducción, en la que desentonan tanto por la competición a la vestimenta más estridente como por la mucha carne que exhiben y que los abuelos, machistas, valoran con apreciativas afirmaciones o resignadas negaciones de cabeza, murmuraciones y algún ocasional aspaviento.

     Os sonará raro pero, aunque los veo avanzar hacia mí, no los evito. Los dos son altos, por el metro noventa; de piel muy clara, rubios de pelo recortado a lo militar; pulidos zapatos negros de cordones, pantalón oscuro de tergal perfectamente planchado, camisa nívea impoluta, chapita negra con el nombre grabado en blanco, y volumen encuadernado en cuero blando en la mano izquierda, pegado a la cadera. Un par de mormones de los de libro pienso. Y me sonrío por la fácil ocurrencia. Se acercan y, aunque sé que con un educado No gracias pasarían de mí y continuarían su labor proselitista, sus horas de servicio a la comunidad -de nuevo sonrisita- sin altercado ni aspaviento, hoy estoy de humor. Aburrido, mentiroso. Lo que estás es muy aburrido. Así que les dejo hacer. Debo reconocerles que no engañan, que ni se disfrazan ni disimulan lo que quieren de ti, vienen derechos y te abordan a una educada distancia, evitando cuidadosamente que puedas sentirte intimidado, coaccionado, rodeado o, simplemente, incómodo.

     -Buenos días -el acento es inequívocamente yankee a pesar del germánico aspecto, aunque en Estados Unidos hay de todo, claro-. ¿Puedes dedicarnos unos minutos? Nos gustaría hablarte de Dios…

     Sucede una pausa forzada. No hace falta ser muy listo para entender que ahora es cuando suponen, con la estadística a su favor, que les voy a mandar a hacer puñetas, como la mayoría, y ellos habrán de resignarse y seguir tratando de evangelizar a una población marcadamente hostil, ya sea por sus creencias, practicadas o no, o por la ausencia de las mimas. Tanto monta, monta tanto.

     -Claro -respondo destrozando las apuestas que, de no ser llave segura para abrir las puertas del infierno, hubiesen podido cruzar-. Estaré encantado de escucharos. Mormones, supongo.

     Mi mueca lobuna debería ponerles en guardia; pero, por supuesto, estos tipos están más curtidos que un subagente de compañía de seguros que trabaje a puerta fría. Con todo, al más joven se le escapa un segundo la sorpresa en el rostro, mientras el otro se mantiene como el estereotipo fílmico de sargento de los “US Marines”. Me cae bien de inmediato.

     -Así nos llaman, sí. Aunque nosotros nos denominamos Movimiento de los Santos de los Últimos Días. En ellos se engloban varias iglesias que tienen una raíz común y discrepancias menores, pero suficientes para separarnos. Nosotros pertenecemos a la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Si se nos denomina mormones es por esto -me larga un librito, el Libro del Mormón-, uno de nuestros escritos sagrados, pues recoge las palabras de los profetas.

     -Sí, lo conozco -lo tomo y, como me ocurre siempre, no puedo dejar de ojearlo y valorarlo, primero como objeto, antes de adentrarme en las primeras páginas, que miro por encima-. No lo he leído completo; pero sí lo he empezado -le digo devolviéndoselo. Él se sorprende y lo acepta.

     -¿Y qué te ha parecido?

     -Es complicado. Todos narran sus propias experiencias y dan un salto… complicado.

     -¿Crees en Dios?

     -No

     -Pero eres cristiano… O, cuando menos, te has criado en un entorno religioso casi con seguridad.

     -Sí, claro. De pequeño me bautizaron y tomé la comunión, como todos. El primer encontronazo lo tuve al acabar el colegio, cuando no quise confirmar mi fe católica. Puedes pensar que soy un católico no practicante, aunque, hazme caso, estarás más cerca de la realidad y nos evitaremos equívocos si aceptas que niego la existencia de dios, de cualquier atisbo de la idea de dios.

     El más joven nos mira como quien asiste a una obra de teatro, con un nivel de atención propio del oyente de una clase magistral, tratando de memorizar, de aprender y hacer propias las actitudes y los argumentos de su compañero y, eso lo deduzco, mentor. El mayor me mira con una mezcla de intriga y ternura. Imagino que trata de evaluar mi nivel de agresividad, de decidir si mi posición nace de un rechazo visceral a las enseñanzas impuestas desde la infancia o de una evolución intelectual, de un planteamiento razonado de la vida y la espiritualidad. Necesita desvelarlo para poder continuar, pues resulta innegable que el momento es delicado y de su próximo movimiento depende que podamos seguir charlando o la entrevista se vaya a la porra. Se muestra conservador y tira por la aludida ternura.

     -¿Y cómo es vivir así? Porque no debe ser fácil vivir alejado de Dios.

     -No, no lo es. Es más sencillo cuando las normas están claras, cuando las jerarquías son siempre las correctas, cuando todo viene impuesto, cuando no hay que decidir. Es más cómodo cuando nada de lo que te ocurre es realmente culpa tuya, bien porque puedas echársela a algún ser maligno que ronda provocando tus deslices, bien a tu propia contingencia como ser creado imperfecto. O porque esa “entidad superior” puede, de manera directa o por intermediación, deshacer o limpiar las consecuencias de tus debilidades.

     -¿Y por qué no tratas de acercarte a Dios? -me mira francamente sorprendido y preocupado, como un médico ante un paciente que rechazase un indoloro tratamiento, como un amigo que te ofrece un muy meditado consejo.

     -¡Ya me gustaría, ya! Bueno… gustaría… no, no es el término exacto. Creo que sería mucho más feliz de ser creyente sincero de un culto, si admitiese a pie juntillas las enseñanzas, las normas de cualquier iglesia, si dejase en manos de alguien o algo… ¿superior? la tarea de ordenar el mundo, mi mundo. Pero eso no es algo que se decide, ¿verdad? ¿Cómo fue para vosotros? ¿Cómo sentís a dios?

     El más joven va a hablar, dispuesto a narrar su vivencia; pero su compañero le ataja con una dura mirada antes de que entre, inocente, al cebo que intuye le he lanzado.

     -No es algo que se pueda describir con palabras. Cuando sientes la llamada en tu corazón tienes la plena seguridad de que es así, de que es cierto y que tu vida, a partir de ese momento, ha dado un giro del que no hay retorno, que ya nada puede ser de otra manera. Cuando el amor de Dios te toca, cuando sientes su presencia… todo es llano, diáfano, claro, limpio.

     -¡Qué suerte tenéis! Dios os ha considerado dignos para revelarse a vosotros. -Él me mira curioso y confundido, a la defensiva, sin tener claro todavía si mi actitud es sincera o me estoy riendo de ellos-. Y no me refiero al modo en que se reveló a John Smith o a san Pablo, por poner un ejemplo -se relaja un poco-. Eso es diferente, imagino. Me refiero al hecho de que os haya considerado dignos de haceros partícipes de su existencia, de que os haya permitido sospechar siquiera su grandeza.

     -Pero Él se nos ofrece a todos, el nos ama a todos y cada uno, incluso a pesar de nosotros mismos. Es el padre que desea a todos sus hijos a su alrededor, dispuesto a perdonar cualquier ofensa si nuestro amor es sincero, si nos volvemos hacia Él con la mirada limpia y el corazón puro. Siempre está ahí para acogernos, esperando paciente a que decidamos volver nuestra mirada hacia Él y sumergirnos en su infinito amor…

     -Ya, claro -le interrumpo el momento místico-. Todos afirmáis lo mismo y nos ofrecéis al dios misericordioso que nos echa de menos… y que luego resulta colérico justiciero. Pero no voy a ir por ahí -le tranquilizo al descartar esa línea de razonamiento con un gesto-. Me dices, entonces, que Dios se nos muestra siempre y que somos nosotros los que no somos capaces de reconocer sus señales, ¿no es así?

     -Así lo creo, en efecto. Dios nos hace saber que está ahí por todos sus hijos, probos y díscolos. ¡Si incluso sacrificó a su hijo para limpiar nuestros pecados, para crear un nuevo vínculo de amor! Sólo necesitamos abrirnos a Él. Sin miedos, sin reservas.

     -Y, sin duda, es él quien nos ha creado, quien nos ha hecho como somos…

     -En efecto. Todo emana de Él y sin Él no hay nada. Todo lo que somos se lo debemos a Él, y a Él debemos agradecérselo.

     -Entonces… ¿por qué es tan cabrón? -Su beatífica mirada se transforma en una mueca de horror. Balbucea una oración mientras se persigna-. ¿Por qué no se deja de juegos y probatinas y se nos muestra abiertamente? ¿Por qué se empeña en complicarnos la existencia cuando, en su omnipotencia, tiene en la mano facilitarnos la maldita existencia? Vosotros lo tenéis muy cómodo. Alguien os dice lo que podéis o no hacer, lo que está bien o mal, lo que es correcto o incorrecto. Incluso os inventáis seres a los que culpabilizar en parte de vuestros errores y, para rematar, mecanismos para borrar el rastro de vuestras acciones, al menos para el reo, no así tanto para la víctima.

     »Pero en mi vida, yo soy el responsable de mis actos, único y plenamente responsable -enfatizo- de lo que decido y sus posibles y no siempre predecibles consecuencias. No hay diablo al que culpar, no hay dictados que estereotipen y marquen líneas. Es la condena de la libertad, en la que incluso la inactividad es decisión. Puedes hacer lo que quieras, sí; pero has de vivir para siempre con ello. Me dirás que es un don, que dios nos ha regalado el libre albedrío y nos prueba… ¡Ya! ¡Pero si él ya sabe cómo somos! Al fin y al cabo se supone que nos ha creado. Entonces… ¿qué es? ¿Un sádico, un ególatra? Porque, a sabiendas y pudiendo evitarlo, nos sumerge en un entorno opresivo y tentador, nacido también de su mano para, encima, exigirnos que nos mantengamos firmes en lo que él define como rectitud. Así que o se trata de ver cómo sufrimos continuamente gracias a nuestros tremendamente incitados errores, sadismo; o de regocijarse en el triunfo de aquellos que logran perseverar en sus exigencias, como imagen de su éxito, parcial pero éxito.

     »Así que, si va a mandar señales, que lo haga clarito, si va a tocarnos el alma que no acaricie, que nos dé una hostia imposible de ignorar. Que se deje de chorradas y se tome el trabajo en serio, que no deje lugar a duda, Y, si no está dispuesto a ello, que nos deje en paz, que no nos juzgue. Si nos ofrece libertad, que asuma que la usaremos y que nos equivocaremos, por supuesto. Y si quería algo concreto, él que puede, que lo organice para que no perdamos la senda.

     Cuando termino mi diatriba el rostro del cachorro está demudado. El otro, sin embargo, me mira compasivo. Toma mis manos entre las suyas y, sin levantar la voz, se despide emocionado.

     -Espero que algún día encuentres le paz en él, de verdad. Rezaré todos los días para que así sea.

     -Gracias. Yo no podría ofrecerte tanto -le susurro a sus espaldas.

Anuncios

4 comentarios en “Fe

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s