Inocencia

     Afortunadamente hace tiempo que no llueve. Ya sé que para muchos supone un serio problema. Antes decían que sería estupendo que sólo cayese en el campo, donde el agua es imprescindible y beneficiosa, salvo que caiga en exceso, fuerte, a deshora, acompañada de granizo u otros cientos de nefastas y dañinas posibilidades. Ahora también la deseamos, aunque menos, en las ciudades. Pues, a pesar de lo incómoda que resulta y del caos que genera, limpia aceras y atmósferas al tiempo que transforma el aire en algo un poco menos venenoso. Con todo, que me perdonen asmáticos, alérgicos, barrenderos, taxistas y demás sufridos urbanitas. Para mí, esta pertinaz sequía es una auténtica bendición. Lo primero porque mis doloridas articulaciones se sienten menos que cuando la humedad es significativa o, simplemente, se prevé. Lo segundo, porque me permite alargar mi jornada. Y dado que trabajo en la calle… pues eso. Yo, e imagino que no debo ser el único, hago cierto el dicho de que nunca lo hace a gusto de todos, ya que nunca, nunca, nunca, llueve o ha llovido a mi gusto.

     Ya llevo años en la misma esquina. Es una buena esquina, orientada al sur. Lo que no sólo me proporciona una mayor insolación, lo que en invierno es una delicia, sino que también me protege del temido viento característico de esta localidad y que tan de cabeza lleva a sus habitantes. Si la geografía es buena, no lo es menos desde el punto de vista pecuniario. Un poco más arriba de mi posición, abajo en realidad ya que es hacia el río, pero todo el mundo dice arriba así que, un poco más arriba de mi posición se alzan las moles de un par de organismos oficiales, hormigueros hacia y desde los que, a todas horas, desfila un incesante flujo de personal. Eso dinamiza económicamente las mañanas de la zona, dando vida a varias cafeterías, tres sucursales bancarias, una tintorería, un supermercado y una papelería con su “se hacen fotocopias” bien visible en la puerta de vidrio. Para la tarde disminuye mucho el volumen de gente, aunque la parada de taxis, que en la matinal es más oferta, se transforma en demanda, lo que da algo de cancha a los bares, cuyas terrazas vespertinas se orientan hacia los vecinos y los altos cargos, más que a los funcionarios, oficinistas y demás sujetos-objetos de la fagocitante burocracia.

     Yo, desde mi sitio, apenas tomo conciencia del trajín que me rodea y, en ocasiones, me esquiva. Desde bien temprano, no por creyente o refranero sino porque o llego pronto o me lo quitan, me atrinchero en un tramo ancho sin portales, con un árbol que me dará sombra en las horas centrales del día y lo bastante cerca de varios locales que me garantizan una mayor clientela, y lo suficientemente lejos para no herir la sensibilidad de los clientes ni la dignidad de los propietarios. Hay un reglamento no escrito que regula mi actividad y que, en general, se respeta. Bueno, lo había y se respetaba. Y es que la inmigración y la crisis han afectado a mi sector como a todos, con nuevos grupos organizados que tratan de gestionar cada opción lucrativa que pueda imaginarse, cobrando peajes inventados o exigiendo unos “impuestos” a los que sólo la fuerza les da derecho y que no repercuten en servicio o prestación alguna. Y con un elevado nivel de intrusismo profesional que no respeta nada y hace que se resquebrajen los viejos códigos, costumbres y maneras. Una pena, la verdad. Antes sabías qué hacer o qué esperarte en cada situación. Ahora te pegan una paliza o dos puñaladas sólo para obligarte a abandonar el emplazamiento que has elegido y que llevas cuidando desde hace años.

     Con el tiempo uno se acostumbra a permanecer sentado durante horas sobre un cartón, aislante accesible aunque poco acolchado, moviéndome apenas para vaciar de soslayo la caja de monedas, que debe verse poblada aunque nunca en exceso, si quieres que sigan cayendo las monedas. Pienso que podría ser el tema de la tesis de algún economista o matemático. Algo como Análisis del crecimiento económico en función del nivel de riqueza detectable o Aproximación estadística a los límites de la caridad. Ante su inexistencia funciono por intuición y, vuelvo a lo rural, al mecanismo que llevaba a los abuelos a vaticinar la climatología próxima sin margen de error posible: la experiencia. También es importante la imagen. El cartel debe ser cuidadosamente deslucido, sin llegar a lo de aquellos con bastas faltas de ortografía o paradojas, como la del viudo con la esposa en el hospital. Ahora hay que herir otras sensibilidades y eso exige un alto nivel de diseño. Lo mismo con la apariencia: nada que suene a alcohólico, drogadicto o lumpen; delgado pero no enfermizo; sucio pero no dejado, como si te lavases todo lo que puedes y te molestase tu propia indigencia pero no pudieses hacer más por remediarlo. Vamos, que hay que ir de clase media-baja venida a menos, con ropas buenas aunque algo pasadas de moda, remendadas o raídas, con detalles que impliquen que eres un pobre con dignidad. Si puedes mantener ese estatus, eres un mendigo con futuro.

     Poco a poco vas aprendiendo a manejarte. Yo ya estoy bien organizado. Duermo en una residencia de las Hermanas de la Cruz Blanca, que me dejan cena, ducha y sofá a cambio de que las ayude durante la noche con los ancianos que cuidan, que las pobres están mayores y no tienen fuerzas para moverlos, dinero para pagar un auxiliar ni voluntarios que presten ese turno. El desayuno me lo gano ayudando a Santos a cargar su furgoneta, con la que hace el reparto del Banco de Alimentos a varios comedores sociales de parroquias. Y la comida. Para eso dependo de varios camareros que me pasan las sobras del vermú del día anterior y que están destinadas por su mala vista, aunque en perfecto estado, al cubo de la basura. También los taxistas colaboran en mi manutención, sobre todo desde que fui el responsable de que el robo de uno de los coches lo fuese en grado de frustración, mientras el pobre chofer se aliviaba de urgencia en el baño de un bar próximo a la parada, ese agosto vacía. Eso me granjeó su aprecio y el de las patrullas de la nacional que se suceden en la zona y que, cuando son trasladados, me traspasan casi como un elemento más de la dotación. Con las horas que me pego en la calle y el tiempo que llevo ejerciendo, tengo muy controlado el barrio. Yo les informo y ellos me cuidan con su mera presencia. No, no soy un soplón. Porque para ser soplón tienes que ser delincuente y cantar. Y yo nunca he delinquido. Lo de cantar… No viene al caso.

     Tampoco necesito demasiado. No fumo, ni bebo. Me gustaría, por supuesto, ir al cine o al teatro de cuando en cuando. Incluso un poco de vida social; pero es incompatible con mi actividad. Así que nada de amigos, ni pareja. Lo de pagar por sexo ni me lo planteo, que veo lo que hay y como que no apetece. La miseria crea su propia espiral viciosa que te arrastra hacia el interior. Lo que debes hacer para sobrevivir en, te impide a su vez escapar de ella. Imposibles los amigos, imposible un trabajo, imposible nada que no sea ignorancia, desprecio o compasión. Así que entrego casi íntegra mi colección diaria de monedas a la superiora de la residencia que me la guarda y, cada primero de mes, ingresa íntegra, por más que insisto en que se quede algo como agradecimiento, en una caja local. Ya nos ayudas bastante, hijo -me repite-. Y si nos hace falta más, Dios proveerá. Tú vas para mayor y entonces lo necesitarás, que no llevas buena vida y eso, al final, se acaba pagando. Lo que no sabe la pobre mujer es que esa cartilla nunca ha sido mía; pero ese es mi secreto, mi condena, Espero que también, al menos así lo siento, una parte de mi redención, de la penitencia de la especie. Aquella experiencia me rompió y, voluntariamente, eché sobre mis hombros una carga de la que no he sabido escapar.

     En ocasiones me asaltan los recuerdos y la negra garra de la desesperación me atenaza las entrañas con más fuerza si cabe. La ciudad, destruida por las impúdicas bombas lanzadas por los diferentes bandos en conflicto, todas ellas, bienintencionadas o interesadas, con su carga de odio y muerte, es un reflejo de los cuerpos de sus habitantes, famélicos, heridos, mutilados, enfermos o ya piadosamente muertos. Aún así, en pleno escenario de terror, destellos de esperanza. Locales solidarios que permanecen y se arriesgan en generosa entrega, por las mismas elevadas y divinas razones que justifican algunos bombardeos. Extranjeros que abandonan temporalmente familia y confort para satisfacer unos ideales propios y unas necesidades ajenas que nadie más está dispuesto a socorrer. Y, en medio de tanta barbarie, cuando no eres más que un David que sabe que no, que nunca vencerá a tantos Goliat, que tus esfuerzos apenas suponen una gota de agua en un desierto que debería ser regado, primero te resignas, te conformas con saber que has puesto tu granito de arena, que haces cuanto puedes, que cada uno que salvas es cuanto puedes humanamente hacer. Luego, cuando el mismo niño al que amputaste una pierna que unos pocos euros de antibiótico hubiesen salvado te llega de nuevo reventado por la metralla, te derrumbas por enésima vez. Y ya, cuando se te muere de hambre el bebé cuya madre se desangró tras ser violada salvaje y repetidamente, cuando ves los saltos de los pequeños que escuchan los oníricos estampidos mientras duermen o las lágrimas calladas de las niñas que miran con miedo, asco, vergüenza y culpa a los hombres adultos que las rodean, aunque esta vez en verdad quieran apoyarlas, te rompes. Luego te sumerges en una espiral autodestructiva en un afán desmedido por ayudar, por lograr algo, por marcar una mínima diferencia. De ahí se sale sólo con ayuda. O no se sale. Sobre todo cuando, como en mi caso, el estrés, el sueño, la locura condujeron a un error de trágicas consecuencias que me niego a perdonarme, que me niego a que pueda serme perdonado, por el que quiero pagar todos y cada uno de los días que me queden.

     Así que mi vida transcurre entre piernas. Las variopintas de la mañana temprano, camino del trabajo, al que se llega apurando la hora con la tranquilidad que da la rutina, desde el traje o la media seria de los más mayores hasta los juveniles calentadores, rejillas, vestidos, “leggins” o leotardos, con el vaquero como claro triunfador. Aunque de verdad reina un poco más adelante, cuando los grupos de chavales del cercano instituto saltan, corren, se empujan, riñen y hacen lo que todos los adolescentes suelen renovar, generación tras generación, perpetuando pautas de comportamiento. Aunque ahora los besos, y lo que no son sólo besos, en lugar de darse a escondidas se publicitan a mayor gloria de los copartícipes, quienes renuncian al placer del secreto y la intimidad a favor de una fama efímera, retransmitida y mensurada por “You Tube” o “Whastapp”.

     El ir y venir, frenético a principio y fin de mañana pero siempre móvil, se interrumpe algunas veces dejando una foto fija de calzado castellano con media color carne muy tupida, acompañada o no de patas de cánido, esto es, alguna anciana que se apiada y rebusca en el monedero, esos enormes de fuelle con cierre de clip dorado, una moneda pequeña con la que hacer tintinear a las que residen en la caja, las que estudiadamente he dejado y las que los otros, más porfiados en su puntería, lanzan al paso agachándose apenas. Por eso me sorprende cuando se detienen unos pantalones negros de mujer, con zapato de medio tacón, a los que acompañan unos azules de tirilla sobre calcetines de canalé. En unos segundos cae sobre ellos una falda gris de palas y aparecen un peto que salvaguarda una camisa blanca y los tirantes de una enorme mochila escolar, sobre los que destacan unos enormes ojos verdes aureolados por los indomables rizos de una cabellera castaña. Mientras la adulta rebusca en su cartera, la cría, sonriente, me saluda con un simple “Hola” carente por completo de connotaciones.

     Por el ruido sé que su madre -ese pantalón no es de niñera- ha sido generosa y musito un leve “Muchas gracias”. Mientras, a la hija la miro a la cara. A ella sí puedo sin comprometerme, y tan sólo sonrío, agradecido, con los ojos. Le cuento, en silencio, cuanto puedo, cuanto me atrevo a enseñarle sin ofender su ternura, sin desvelarle la crudeza de un mundo del que, así lo espero, todavía la protegen. Cómo contarle que hay lugares donde casi todos son como yo ahora y casi nadie como ella, donde la vida no tiene valor aunque sí precio, donde los niños trabajan, hacen la guerra o satisfacen inconfesables o aberrantes deseos. Y, sobre todo, ¿para qué? Para qué romper una inocencia –¡Bendita sea!– que aún es capaz de mirar a lo invisible.

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2 comentarios en “Inocencia

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