Tempus

       Soy viejo. No es que haya ocurrido nada especial; pero esa certidumbre me ha golpeado de improviso y se ha impreso de modo indeleble en cada uno de mis actos, de mis pensamientos. Y será así de aquí en adelante. Estoy seguro de que ha habido una palanca, un dato, un estímulo que ha provocado esa brutal y repentina consciencia, por más que sea incapaz de identificarlo. Con todo, no me cabe la menor duda: algo ha cambiado, sin remedio. Reconozco que no ha podido ocurrir de manera tan traumática, que los indicios, a pesar del piadoso, involuntario y tenaz esfuerzo por mentirme, estaban ahí, que he llegado a este punto poco a poco. Es difícil asumir que pierdes capacidades y, aunque los hechos se empeñan en poner de manifiesto el deterioro, tu mente recurre a trucos, disimulos y falacias descaradas. No es que no lo viera, es que no quería darme cuenta. Pero ahora lo sé. Y los engaños ya no sirven. El velo se ha levantado y la realidad, cruda, se me exhibe impúdica.

       Lo peor es que apenas llego al medio siglo, que tengo mucha vida por delante. Mas la sensación de derrota es rotunda. Me he dado cuenta de que carezco de sueños, de ambiciones que me impulsen a avanzar. De que todo mi anhelo es encontrar un punto vital neutro en el que poder ver cómo mis días discurren, mientras me complazco indolente en mis recuerdos, mientras me excluyo del mundo que me rodea, mientras renuncio a pelearle el control de los acontecimientos a mi destino. Una mecedora, una pipa, una botella de güisqui y la luz del atardecer bañando el porche. ¿En que película he visto yo esto? Dicen que la vida es como un río, salvaje y desbocado en su origen, potente aunque contenido en el tramo medio, ancho y pacificado al final. Hacia mi mar me dirijo, sí, Manrique, como un pecador que conoce su penitencia, como regresa el soldado en la derrota, como el reo inocente que aun así asume su sentencia: resignado.

       Sé que todavía me quedan fuerzas; que podría llevar a cabo grandes cosas —o eso me digo a mí mismo en los raros momentos de euforia en que mi autoestima deja la bebida y decide ponerse manos a la obra—; que aún tengo mucho que aportar; que he cubierto mis pérdidas con un capital de conocimientos y experiencias adquiridas; que puedo ponerme al día con los cambios; que si algo he hecho bien siempre es aprender, adaptarme, que me queda mucho por vivir. Lo que no tengo ya son metas que batir, deseos que satisfacer, ambiciones que colmar, quimeras que perseguir. Ni siquiera me fuerzan las responsabilidades que asumo como ineludibles. Sencillamente, me da igual, continúo por inercia. Estoy seguro de que si recapacitara maldeciría mis actuales circunstancias —sin duda culpa mía por más que no vaya a reconocerlo, ¡sólo faltaría!—; pero me refocilo en mi ciénaga y me hago creer que todo me resulta indiferente mientras le sirvo otra copa a mi esperanza.

       Hasta ahora nunca me había sentido así. Es más, siempre me he considerado racional ante los problemas y les he buscado solución… o los he asumido. Cierto que analizo mejor los ajenos que los propios, mas ¿quién no? Incluso he llegado a dudar de mi capacidad de empatía cuando he mantenido el tipo ante algunas duras situaciones personales. No necesito titulación para autodiagnosticarme un estado depresivo —sí para determinar el grado, sólo que eso me la trae al pairo—. Ni para comprender que mi angustia se retroalimenta con mis actitudes y que estás empeoran conforme recrecen aquella. Para darme cuenta de que mi soledad me la gano con el sudor de mi frente. No importa si mi entorno hace méritos o no, colabora o se inhibe. Da igual desde el momento en que yo no hago nada por salir de mi espiral decadente, de mi escalera de caracol hacia el particular pozo negro en el que quiero encerrarme. Así podré gritarle al mundo lo mal que me ha tratado, lo injusto que ha sido, lo culpable que debe sentirse, aun a sabiendas de que nadie va a oírme. Y ya hundido, vacío, cambiar la mecedora por el suelo, la cachimba por un arma y el ocaso en el porche por el haz de una farola en la semioscuridad de un hediondo callejón. ¿En qué otra película he visto yo esto? La botella sí, esa la conservo. Hace años que no bebo. La última vez, cuando era joven. Estoy seguro de que el alcohol no me traerá la respuesta; pero es probable que me ayude a olvidar la pregunta y, con ella, la angustia que provoca. Al menos durante un pírrico instante glorioso.

       En cualquier caso, necesito una catarsis. Bueno. Igual no la necesito; pero soy consciente de mi inexorable deriva. He estado así antes y reconozco las señales: el tedio, la falta de interés, la nula capacidad para disfrutar de casi nada, la ausencia de rebeldía, la pérdida de gusto por el detalle, el dejarme llevar… Sé que mi sociabilidad empeora de forma progresiva y que iré quemando puentes, imposibilitando vías de retorno, negándome al diálogo y al pacto, incluso conmigo mismo, hasta que todo estalle, hasta que la racionalidad se dé por vencida y el caos barra mi realidad actual para crear otra a partir de los escombros. También reconozco la ironía de todo esto, pues esa derrota, ese origen reconstructivo son el germen que dará lugar a una futura catástrofe cuando hacer lo necesario se descubra otra vez como insuficiente, cuando la compulsión me exija cualquier dirección excepto la que mantenga. Sé que el error está en mí, aunque en muchas ocasiones intente justificarme y echar balones fuera. Nunca he sabido, ni he sido capaz de descubrir el modo correcto de vivir.

       Pero me estoy yendo del tema. Decía haber descubierto –rotunda obviedad donde las haya— que soy viejo. Cuando pienso acerca de mí no lo asumo. Es la realidad la que, tozuda, me demuestra una y otra vez que es así. Y me he dado cuenta sin querer, de golpe, hablando, sin más, con un desconocido. De repente he sido consciente de que todo lo que cuento de mí lo hago en pasado. Hablo de lo que he hecho, de lo que he sido, de lo que ha ocurrido. Y tan sólo cabe el pretérito perfecto. Como si mi vida, a partir de determinado momento —porque es así—, hubiese dejado de ofrecerme interés alguno, de parecerme relevante, de hablar de mí. Cierto que varias veces ha dado un giro como ese que he descrito y preveo, cierto que en algunos ámbitos se han cerrado ciclos, cierto que he acabado capítulos. Recuerdo sin embargo que, a la par, subsistían proyectos ilusionantes, se abrían caminos a explorar, retos por afrontar. Ya no. Y ahí reside la diferencia, en que ahora no me queda nada por lo que pelear, nada que deba ser realizado, nada que azuce mi creatividad, nada que me estimule ni vital ni intelectualmente. Nada de nada. Nada.

       Así que tengo claro que todo lo que conozco, mi entorno, mis relaciones, mi trabajo, mi ilusión, se va al cuerno sin remedio. Porque yo ya no lo cuido, porque en el fondo parece que me he rendido, he renunciado a seguir viviendo de forma activa. Llego, incluso, a decir que toqué techo y ya no hago sino caer, como si no tuviese más opciones. Y lo que trato de vender como “morir de éxito” no es más que una pésima excusa. Debo reconocer que la realización temprana de los sueños es una oportunidad para iniciar otros que yo he dejado pasar. Debería haberme reinventado, debería haber crecido, debería haber utilizado esos capítulos para construir un libro. Sin embargo, no lo he hecho. Y mal remedio tiene.

       Con todo y con eso, me siento reluctante a actuar. Me domina el temor a empezar de cero, el miedo a perder lo que no tengo, el pánico a la soledad. Vivo de logros antiguos, anclado en un tiempo pasado que, sin duda —¿verdad Manrique?—, siempre nos parece mejor. Sé que debería ejercitarme en dos actitudes: hablar menos de mí y recurrir con más frecuencia al futuro. ¡Al presente siquiera! Pero ya no poseo esa chispa, esa curiosidad infinita que obliga a experimentarlo todo, a probarlo todo, a levantarse después de cada caída. Y el hueco, que debería haber llenado con experiencia, con sabiduría, sigue espeluznantemente vacío. Me he acomodado, aunque ni siquiera me sienta cómodo en esta puñetera burbuja, de autocomplacencia —ya es pena— en el mejor de los casos, de destructiva autocompasión en el peor y más habitual. Querría ser capaz de hacer algo bien de nuevo, sentirme útil otra vez, volver a amar como siempre he amado. Si no es posible, me conformo con la tranquilidad, un estatus quo estable que me permita un dulce y anodino discurrir, que las cosas sean como parecen y permanezcan. Si nada me estimula, al menos, tampoco me hará daño. El tiempo te ofrece un pacto: tienes el que tienes y cómo lo emplees es tu decisión. Disfrutarlo u obcecarte en la insensata obstinación de prolongarlo, vivirlo conforme viene o anclarte al pasado —como he hecho yo—, derrocharlo en el lamento por el que ya pasó.

       Es tú apuesta.

       Vale. He perdido, lo reconozco. Tan sólo me queda pedir clemencia. Pero eso es algo que hay que ganarse. Para mí ya es tarde, soy consciente. Me he convertido en el pardillo de la timba, me lo he trabajado a pulso, y se han repartido demasiadas manos para poder reconducir la partida. Hace mucho que renuncié a la posibilidad de levantarme de la mesa. No me queda otra que seguir adelante y usar las cartas que me han tocado. Quizá reste un último rapto de rebeldía frente a tan experto contrincante. ¡Qué va! Incluso le hago trampas; pero igual acabo perdiendo la partida. ¡Maldita oferta! Puedes aceptarla o jugártelo a las cartas. Pero el tiempo, en su infinita paciencia, siempre termina por ligar una escalera de color. Y va de mano.

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7 comentarios en “Tempus

  1. Mar Prades Urgell

    Viejo? Qué es la vejez hoy en dia? Tan sólo la falta de entusiasmo. Reconozco que hay días en que yo también me siento así, pero siempre soy capaz de darle la vuelta, de admitir mis errores y esforzarme por mejorar. Creo que necesitas (o el personaje) una vuelta en nuestro ” barco de la sabiduría” . Estás invitado! Me encantan tus letras!

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    1. No todo es autobiográfico, pero muchas veces se te escurre la vida entre las letras, lo quieras o no. En este caso hay cosas mías, dramatizadas, por supuesto. Y, al fin y al cabo, no somos sino la suma de todas nuestras experiencias, de todas.

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  2. Buen relato, y especialmente me han encantado dos frases:
    “Estoy seguro de que el alcohol no me traerá la respuesta; pero es probable que me ayude a olvidar la pregunta y, con ella, la angustia que provoca”
    “Pero el tiempo, en su infinita paciencia, siempre termina por ligar una escalera de color. Y va de mano.”

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